• El pueblo no elige la violencia lucha por la justicia
  • Como respuesta a toda la “violencia institucionalizada” lanzada sistemáticamente durante estos tres años contra los trabajadores, sus organizaciones sindicales, sus derechos y conquistas sociales, y sobre todo contra su dignidad, se han venido dando —desde los sucesos de mayo en Córdoba— hechos que manfiestan la violencia popular, la violencia de los pobres, la violencia de la justicia.
    Con motivo de la huelga ferroviaria y de los paros generales, Rosario, Córdoba, Tucumán y otras ciudades fueron ocuparlas por el pueblo para expresar la protesta legítima contra todos los abusos económicos, sociales y políticos que viene soportando y contra el mayor abuso que se pretende continuar: la negación del poder que les corresponde como pueblo, como trabajadores, como pobres.
    La violencia y la conciencia de poder de los pobres se manifiestan así, con estas formas de lucha, cuando se han cerrado sistemáticamente todas las puertas, todas las posibilidades: cuando todos los derechos se niegan y pisotean; cuando todos los diálogos se endurecen; cuando los ricos, los explotadores, los dueños de la “violencia establecida” y los usurpadores del poder popular usan y abusan de la fuerza, de la prepotencia, de la represión y del terror.
    Entonces, como ocurre en estos días, aparecen los lamentos y las amenazas de los poderosos. Se lamentan hipócritamente de la violencia que ellos mismos han engendrado y a la que han llevado irremediablemente a los pobres. Y amenazan desaforadamente a hombres, mujeres, jóvenes y hasta niños que sin armas, sin organización, sin entrenamientos, ni “órdenes” de ninguna clase deben enfrentarse con las armas que el pueblo paga, con las organizaciones que el pueblo mantiene, con los resortes de la propaganda y de la violencia del sistema.
    Las advertencias y los insultos aparecen mezclados en un mismo miedo: el miedo al pueblo. A nuestro pueblo que se le niega el derecho a ser, a decidir, a hablar, a todo. A nuestro pueblo que se le niega el derecho a vivir. A nuestro
    pueblo que va viendo cada vez más claro cuál es su camino: la toma del poder.
    Hay un plan de intimidación, a nivel nacional, que está en marcha: para eso se impone y se mantiene el “estado de sitio” al mismo tiempo que se reanuncia el “tiempo-social”; por eso se encarcela y tortura a los dirigentes obreros al mismo tiempo que se reinauguran las “comisiones paritarias”; por eso se encarcela y tortura a los dirigentes estudiantiles al mismo tiempo que se retoma el “diálogo universitario”. Por eso se clausuran revistas invocando sus propias promesas de “libertad de prensa” y se confina a militantes revolucionarios aduciendo “su mejor seguridad”.
    Todo esto está cumpliendo, paso a paso, lo que habíamos denunciado en setiembre de 1966, al comenzar la humilde tarea de esta revista, lo que hemos denunciado en estos tres años de trabajo y lo que seguiremos denunciando desde la cárcel, desde el confinamiento, desde cualquier lugar que nos toque en la lucha del pueblo.
    Esta “Revolución Argentina” que tiene las manos llenas de sangre, que sigue cobrándose sus víctimas entre los obreros y estudiantes, hombres y mujeres de nuestro pueblo, viene a demostrarnos a todos, especialmente a los que no quieren oir ni ver, que aquí no quedan “alternativas”, ni “salidas”, ni “tiempos”, ni “diálogos” entre los explotadores y explotados: entre el ejército reaccionario y el pueblo; entre los ricos y los pobres.
    En estos tres años no son los ricos los que han muerto en las calles de Córdoba y Rosario, de Tucumán y Buenos Aires. Son los pobres los que siguen derramando su sangre por la Liberación.
    Los ricos disponen de ejércitos y policías para resguardar sus vidas, sus empresas, sus estancias, sus negociados, sus explotaciones. Los ricos disponen de aparatos de seguridad y represión para seguir manteniendo este orden que con una blasfema ironía llaman todavía “cristiano”; un orden que vienen construyendo desde la san ere de Cristo con la sangre de todos nuestros hermanos asesinados.
    Los ricos tienen toda la “violencia legalizada” para justificar todos sus crímenes. Para justificar todo el hambre, el dolor y la desesperación de los pobres. Y esa “violencia organizada y establecida” les sirve para condenar y reprimir a los pobres cuando la explosión del hambre, el dolor y la desesperación se manifiesta en el fuego, en la lucha y en la rebelión popular.
    Los hechos de Rosario han aclarado aún más las cosas, que ya estaban muy claras. Y no hay juegos de palabras, ni solicitadas oficiales, ni conferencias de prensa, ni amenazas, ni prepotencias capaces de confundir a nadie: la violencia está entre nosotros desde hace mucho tiempo. La violencia fue usada y utilizada siempre por los ricos, y por eso no había problemas legales, ni morales, ni cívicos, ni religiosos para usarla. ¡Porque se usaba con los pobres!
    Cuando a nuestra generación hace 14 años, en setiembre de 1955, se le hizo conocer y practicar la violencia de la clase dominante, de los ricos contra los pobres, contra los trabajadores, contra el pueblo peronista… no había ningún problema.
    Los pulpitos de las iglesias de la oligarquía y los colegios católicos que se preciaban de educar “la clase dirigente”, servían para predicar el odio de clase, impulsar la lucha armada y la violencia en todas sus formas. Era un violencia de clase y la moral cristiana de clase cubría todo como un manto de salvación y hasta de heroísmo.
    Pero cuando la violencia la tienen que asumir los pobres, los trabajadores, el pueblo como la única vía que les queda para hacer valer su condición de hombres y hacer respetar su dignidad, entonces esa “sagrada violencia” se transforma en “terrorismo criminal”, en “extremismos sangrientos”, en “órdenes del extranjero” o en cualquiera de esos viejos y estúpidos fantasmas que se convocan para explicar lo que no se quiere comprender: la violencia de los pobres.
    Ahora que la violencia del pueblo se manifiesta en Córdoba, en Tucumán, en Rosario, ya no queda lugar para las condenaciones o anatemas, y mucho menos en defensa de lo que llaman “valores cristianos”, “orden” y “nuestro tradicional modo de vida”.
    Estos hechos, que no son nuevos, adquieren una significación cada vez mayor en nuestra patria. Desde 1955 el pueblo viene luchando para tomar el poder… pero cada lucha ha hecho que el “poder” vaya significando cada vez algo más concreto, más absoluto, más revolucionario.
    Cada respuesta o protesta del pueblo en su lucha por la toma del poder ha significado una mayor conciencia de la liberación nacional y de la revolución social.
    Mientras tanto los “señores de la violencia”, los ricos, los explotadores, los que sirven al “imperialismo internacional del dinero”, del dólar, han venido desnudando más y más el verdadero rostro de la violencia explotadora: han reemplazado las elecciones fraudulentas por las elecciones con proscripciones y finalmente por los golpes militares. Ahora que ni siquiera los golpes militares les aseguran su “sistema” y su “orden”, ¿a qué formas recurren?: a la violencia represiva.
    Y la lucha del pueblo para tomarse el poder continúa. Es un hecho grandioso. Es una conciencia de la clase trabajadora en marcha. Eso es Córdoba, Rosario, Tucumán… son hechos, constataciones que nadie puede ignorar o rechazar.
    Nuestro pueblo no lucha para destruir, para incendiar, para matar. Lucha para tomar el poder y para liberarse.
    Por eso el pueblo no elige la violencia, lucha por la justicia.
    Y los cristianos que estamos comprometidos definitivamente —por nuestra vocación y nuestra fe— en el servicio a la causa de los Pobres, a la causa de la Revolución, a la causa de la Liberación tenemos que planteamos las cosas como son; no tenemos que optar por la violencia o contra la violencia: tenemos que elegir por la Justicia o contra la Justicia.
    Y una vez que hemos elegido por la Justicia, en nombre del Evangelio, en nombre de la humanidad, en nombre de Jesucristo, en nombre del hombre que es nuestro prójimo, entonces estamos comprometidos hasta la muerte —mucho más allá todavía— hasta la Resurrección.
    Nuestro compromiso con los pobres, con la justicia, con la revolución significa un compromiso con la Resurrección, con el Hombre Nuevo.
    Ya hemos elegido: la violencia no es nuestra elección, ni nuestra vocación, ni nuestra alegría.
    Pero si el camino por donde avanza esta humanidad —que ha dicho ¡basta!— es un camino de violencia.. . ¡ese será también nuestro camino!
    Porque nuestro compromiso de cristianos nos obliga a marchar con nuestros hermanos y formar parte de su marcha hacia la Liberación, hacia la Nueva Humanidad.
    Porque nuestra conciencia de cristianos nos exige una fidelidad definitiva y total a la Justicia, nos reafirma en la generosa entrega de nuestra vida con la absoluta esperanza de la victoria siempre.
    Juan García Elorrio
    Cárcel de Villa Devoto Setiembre 1969

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