• LOS HIJOS DE LA VIOLENCIA
  • Hasta el obispo de Roque Sáenz Peña se sintió en la necesidad de dirigirle una carta a Borda para explicarle que Juan José Cabral no había muerto por los 30 pesos de diferencia en el aumento del comedor universitario. Pero todo el pueblo ya sabía que Cabral había muerto asesinado por la violencia represiva, institucionalizada, oligarca. Por algo se prendió en Corrientes la chispa de la rebelión popular, de la auténtica “explosión de desesperación” que se fue extendiendo por todas las ciudades del interior —especialmente Rosario y Tueumán— para culminar en el paro nacional del 30 de mayo y en las jomarlas de Córdoba. Todavía no se habían apagado los ecos de las salvajes torturas a militantes peronistas revolucionarios en Tucumán y en Buenos Aires, cuando la represión brutal, absurda y descontrolada se ensañó a quemarropa contra los estudiantes y obreros movilizados en protesta popular por reivindicaciones económicas, sociales y políticas.
    La tristemente célebre imagen, mundialmente conocida, del policía asesinando a un combatiente del Vietnam, se repitió en Corrientes, en Rosario, en Córdoba. A pocos metros de un joven desarmado e indefenso una bala asesina liquidó uno, dos, tres argentinos, tres patriotas, tres inocentes víctimas de la violencia del sistema. Esta es la nueva imagen del gobierno cursillista y participacionista. Ahora todo el país sabe cómo se va a integrar la comunidad en el proceso de la “Revolución Argentina”. Nos van a integrar a balazos, con gases, con perros, con torturas, cotí hambre, con éxodos. Después de los asesinatos, del’ ensañamiento con el pueblo que acompañaba sus muertos, que mordía su dolor y su rabia, vinieron las inevitables palabras de los hipócritas condolidos y amenazantes para descubrir cínicamente que “la violencia engendra la violencia”. Se vaya o se quede Borda, no nos interesa su suerte en el gabinete, quedarán sus palabras selladas con sangre de pueblo, de estudiantes y de obreros, y en los hechos represivos más violentos de los últimos tiempos, quedará la lección que hemos aprendido todos —junto al pueblo— de lo que entendió por “repugnancia por el uso de la fuerza”.

    “Nuestra institución no está para la represión indiscriminada”
    Alejandro Lanusse

    Mientras el Comandante en Jefe pronunciaba su arenga correspondiente al día del Ejército, los obreros y estudiantes salían a las calles «le Córdoba para manifestar su protesta política a los derechos gremiales avasallados sistemáticamente desde el 28 de junio de 1966, a la política más reaccionaria e impotente en la historia de las Universidades; a una economía que por responder obsecuentemente a los monoplios norteamericanos va creando más desocupación, más miseria, más problemas sociales y a una dictadura que tiene miedo de consultar al pueblo y que cada día debe recurrir más a las balas, a las leyes represivas, a las amenazas y a toda forma de abuso de poder y de tiranía.
    El mismo día en que el general Lanusse afirmó que el Ejército “no está para la represión indiscriminada”, comenzó en Córdoba un operativo militar de represión indiscriminada que costó la vida de compañeros obreros y estudiantes en proporción de 10 a 1 con los agentes de las llamadas “fuerzas del orden”. Es importante destacar esta proporción porque siempre el pueblo pone la carne y la sangre y porque esta proporción es la mejor prueba de que en Córdoba se atacó a mansalva al pueblo, se lo acorraló, se lo ocupó militarmente y se lo condujo a esa “explosión de desesperación” que señalan los obispos en Medellín. Lo sucedido en Córdoba corresponde muy bien a una descripción que un sacerdote hace en su reciente libro Morir por el pueblo: “En fin cuando los negadores empecinados en su error social, recurren a la represión militar, la gran mayoría se siente invadida por un temor casi pánico ante toda perspectiva de enfrentamiento con el poder de los militares, pero también se siente invadir por un sentimiento de odio hacia ellos, capaz de llevarla a las micciones incontrolables del instinto vital contra los negadores. Por eso la minoría lúcida trata de organizar y encauzar esa “explosión de la desesperación”, creando cuadros políticos y militares para la lucha armada popular”. (Andrés Lanson).
    En Córdoba, el pueblo vivió el odio contra el sistema que lo explota, que le niega sus derechos elementales y que lo reprime cada vez que se rebela. Ese odio se manifestó en los incendios, en las barricadas, en todas las explosiones del pueblo que no tiene ya otro camino para hacerse escuchar, para hacerse respetar, para recuperar el poder que le corresponde. Frente al pueblo estuvo el Ejército y otras fuerzas de represión. Esta es una alternativa nueva que debemos analizar en todas sus consecuencias. Los Consejos de Guerra, las condenas militares a los compañeros obreros y estudiantes, las nuevas formas del plan “Conintes” señalan algo muy distinto a lo que el general Lanusse dijo el día del Ejército: la represión indiscriminada en Córdoba mostró, una vez más. que los hechos desmienten a las palabras. Por eso es necesario recordar cada una de las palabras que los responsables de la represión han pronunciado en los sucesos de mayo.

    “Avanzaremos. Avanzaremos a cualquier costo”
    Juan Carlos Onganía

    Nada más lamentable y decepcionante que el mensaje del presidente Onganía. Esto no es ninguna novedad, pero los acontecimientos nacionales merecían un mensaje más acorde a los días que vive el país. Por contradictorio e incoherente, este mensaje nos exime de comentarios. Pero hay algo que nos preocupa y sobre lo cual pensamos que todo argentino debe meditar: ¿hacia dónde avanzamos? ¿cuál es el costo que vamos a tener que pagar? ¿qué clase de costo y quiénes vamos a tener que pagarlo? Según el calendario astrológico del gobierno estábamos en el “tiempo social” y justamente Tucumán y Córdoba habían sido elegidas como experiencias fundamentales de la “participación social” y de la “modernización” del país. En eso estábamos cuando llegaron los “terroristas” de siempre y comenzaron los balazos. 131 costo de sangre, de dolor, de sacrificio, lo paga el pueblo. Lo que ocurre es que ahora todo el pueblo se ha vuelto “terrorista”. El “tiempo social” de Onganía se cerró con la vida de los compañeros caídos. Ahora comenzó el tiempo de la represión, de los bandos militares, de las guerrillas popularos enfrentando todo el poder, toda la fuerza. Hasta ayer eran pequeños grupos de “agitatores” y “extremistas”, insignificantes equipos de “activistas” y “agentes”, “células subversivas”, “delincuentes políticos”: hoy son los estudiantes, los obreros, los sacerdotes, los militantes populares y revolucionarios y toda la comunidad los que son acusados de extremistas, de violentos, de subversivos. Esta difícil unidad de los sectores populares para enfrentar todo el sistema de explotación, de entrega, de miseria, la está asegurando el gobierno con su furia represiva y la están exigiendo los nuevos mártires de la patria.
    Es evidente que avanzamos hacia un enfrentamiento, hacia una lucha, hacia una explosión de los que ya están hartos de pagar siempre los resultados de la política económica imperialista, los efectos de la política social oligarca y de recibir siempre los sablazos, los tiros, las condenas.
    Avanzamos al costo de la sangre del pueblo. Esa sangre que estos hijos de la violencia comenzaron a derramar desde que llegaron y de la cual tendrán que dar cuentas en el juicio del pueblo, en el juicio de la historia.
    Los hijos de la violencia, los que llegaron sin que nadie los hubiese llamado, los que se instalaron sin que nadie los hubiese elegido, los que se mantienen por la fuerza, los que no tienen ni siquiera el coraje de consultar al pueblo, los responsables del hambre de Tucumán, de los pueblos fantasmas del Chaco, de las “villas de concentración”, de los salarios congelados, de la desocupación, de todos los derechos cercenados, ahora descubren que la violencia de guante blanco se les manchó de sangre, que la violencia de palabras relamidas se les colmó de insultos, que la violencia disfrazada de civil se les desnudó militar y represiva.
    Avanzamos hacia la represión más descarada y total. Se cumplirá entre nosotros la advertencia de los obispos en Medellín: “Será muy fácil al gobierno “encontrar aparentes justificaciones ideológicas (anticomunismo) o prácticas (conservación del orden) para cohonestar su proceder”.
    Avanzamos en medio de la detención de dirigentes gremiales y estudiantiles, en medio de las condenas militares a los compañeros Tosco y Torres, en medio de la detención del compañero Ongaro y los dirigentes de la C.G.T. de los
    Argentinos, que ha mantenido en alto la bandera de la rebelión popular. Avanzamos, como en Córdoba, en medio de los muertos del pueblo.
    Avanzamos con un paro nacional que expresa totalmente el repudio al gobierno. Avanzamos en medio de la violencia institucionalizada y represiva.
    Lo que estos hijos de la violencia no saben es que el pueblo también avanza, que la humanidad también avanza y que no ha habido en la historia ni ejército, ni dictadura, ni costo de sangre, que haya podido detener nunca a ningún pueblo.
    Nuestro lugar está junto al pueblo, nuestros intereses son los de la Patria, nuestra bandera es la única que flameó en las barricadas, la única que se pudo mostrar en la prensa y en los televisores: la bandera de la liberación, la azul y blanca.
    La otra bandera es la del Pentágono, la del Fondo Monetario Internacional, la del Banco Mundial, la de Krieger Vasena, la de Nelson Rockefeller.
    Los que avanzan con el gobierno, con la bandera de Rockefeller, con el ejército del Pentágono: avanzan contra el pueblo. Los que avanzan contra el gobierno, con la bandera azul y blanca, avanzan con el pueblo. Las amenazas de los discursos, de las declaraciones, de las palabras, ya no cuentan. Para nadie. Ni para el gobierno ni para el pueblo. Los únicos que cuentan son los hechos. Estos hijos de la violencia lo saben y lo han dicho. Lo que cuenta es la causa a la que se sirve, por la cual se está dispuesto a morir.
    La nuestra es la causa del pueblo ametrallado, apaleado, permanentemente perseguido.
    La nuestra es la causa del pueblo vengando, luchando, retomando la larga marcha hacia la liberación.

    Juan García Elorrio

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