• Secuestros, torturas y traiciones
  • Mientras Onganía se asombraba, y pretendía contagiar su asombro a la SIP, de que entre nosotros existía la “libertad de prensa”, los agentes policiales y políticos del régimen secuestraban ejemplares de las pocas publicaciones independientes y amenazaban a los kiosqueros para que no insistieran en la venta de esas revistas y periódicos.
    Nuestra revista cayó en la lista negra y también fue secuestrada. La intimidación tenia por objeto disminuir el impacto del aniversario de la muerte del Che y por eso había “órdenes” de hacer desaparecer todo material referido a Guevara, aunque fuera una vulgar historieta que algunos negociantes y avivados habían puesto en circulación en esos días.
    Es evidente que la cuestión de la “libertad de prensa” no nos va a hacer llorar por la muerte de las “libertades públicas” o de la Constitución de 1853, que nunca se cumplió sino en contra del pueblo. Tampoco se puede pensar seriamente que esta revista, o las que fueron secuestradas, representan para el gobierno un peligro como para preocuparse por hacerlas desaparecer. Ni siquiera pensamos en que se pueda perder el tiempo con reclamaciones o recursos de amparo inconducentes, estériles, ridículos.
    Aquí hay algo mucho más importante en juego: todas las libertades populares están conculcadas y cercenadas. El derecho al pataleo o a la aparición de publicaciones como la nuestra se encuadra en la “tolerancia” que el gobierno se puede permitir todavía y que sirve para mostrarlo como un régimen que aún quiere contar con la simpatía de los “demócratas” yanquis. Es ridículo que el gobierno y sus torpes servicios de inteligencia pretendan borrar la imagen del Che secuestrando las revistas que llevan su nombre o su foto en las tapas.
    Demás está decir que el responsable directo de estas estupideces de la dictadura es un peronista vergonzante, que. así como permite que los fantoches del peronismo se reúnan con ayuda policial y espectacular despliegue de televisión, se preocupa por negarle la condición de peronistas a los militantes de Taco Ralo y se dedica a rapiñar revistas en los kioscos sin atreverse a dictar legalmente su secuestro o prohibición.
    Veníamos por malos caminos y estamos llegando a los senderos más torcidos: cuando el gobierno necesita no sólo secuestrar revistas, sino difamar a compañeros por su militancia revolucionaria, hacer secuestrar a los dirigentes obreros petroleros en Mendoza, o unirse con los que traicionan a su clase y a su gremio, es que entramos en etapas más difíciles. Habiendo fracasado todos los planes de sometimiento y de burla a la soberanía popular, comienzan a aplicarse otros métodos.
    No deben extrañarnos las denuncias, numerosas y escalofriantes, de torturas policiales por motivos políticos y aún por delitos comunes.
    No deben extrañarnos tampoco las reapariciones de tránsfugas y traidores del movimiento obrero que ahora reaparecen disfrazados de “unidad”.
    No debe llamarnos la atención que se abandone a un gremio en lucha y se compre la conciencia y la conducta de sus dirigentes.

    Juan García Elorrio

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