• TUCUMAN, el ejemplo
  • Después del fracaso de la huelga azucarera de FOTIA, traicionada por los dirigentes sindicales sin conducta y abandonada por los dirigentes sindicales sin conciencia de la importancia de esta lucha, Onganía pudo instalarse en Tucumán y proclamar desde un cerrado despacho a una provincia y a un país ocupados por la represión preventiva: «donde hubo caos hoy impera el orden».
    Pudo además, alentado por la inspiración casi divina de su misión histórica, otorgar a Tucumán «la responsabilidad de adelantarse en el tiempo social de la revolución argentina».
    Estas ironías, que si no fueran trágicas serían grotescas, sólo pueden darse porque frente a la coherencia imperialista y oligarca del gobierno militar no hay una reacción de lucha organizada auténticamente desde las bases, desde la rebelión de las bases; no hay una acción organizada de los grupos que deben decidirse a integrar la vanguardia, la vanguardia en los hechos.
    Todas las expectativas concentradas y agotadas sobre el drama de los obreros azucareros, toda la literatura que convirtió a Tucumán en la zona explosiva y el meridiano de la revolución popular, toda la impotencia y la rabia juntas no bastan para expresar este episodio y este lujo permitido al gobierno de convertir a Tucumán, en los decretos y en los discursos, en la punta de lanza de la apertura social.
    Hay que asumir plenamente el acontecimiento político de un episodio que demuestra hasta qué punto el régimen no teme los disturbios callejeros, ni la prensa vociferante, ni las declaraciones democráticas, ni los contubernios electorales, ni los rumores gol pistas.
    El régimen conoce muy bien a su único enemigo: el pueblo. Y sabe que ese pueblo no va a salir más a la calle a defenderse con piedras, o con gritos, de ese «orden» impuesto por la policía armada hasta los dientes y por el ejército.
    El gobierno sabe que la crisis de la traición de los dirigentes gremiales, políticos y burócratas, es demasiado profunda como para que se resuelva solamente con buenas intenciones y lindas palabras.
    La dictadura sabe que puede seguir siendo una dictablanda, una paternal dictadura que no debe mostrar todas sus garras porque no tiene que enfrentarse con una vanguardia organizada y combatiente, una vanguardia que resulte del ejercicio de la violencia en las luchas populares.
    Aquí no se engaña nadie. Ni el régimen, ni el pueblo. Nosotros no podemos engañarnos a nosotros mismos: ni se conmueve el régimen, ni se moviliza el pueblo con amenazas sin fundamento o con agitaciones intrascendentes.
    La lucha está planteada en otros términos. Tucumán sigue siendo el ejemplo. Lo demás, son los hechos.

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