• Primer acto: la devaluación
  • “La reciente devaluación del peso es una medida absolutamente injustificada y antinacional… con la devaluación y las medidas adicionales que la acompañarán se verán favorecidas exclusivamente las transacciones del exterior y principalmente los inversionistas y prestamistas extranjeros, que con un dólar podrán adquirir en la Argentina lo que les costaría mucho más en otros países. De este modo se consolidará y reactivará la compra de empresas nacionales, que por otro lado se verán ahogadas financieramente al tener que abonar sus compromisos con un dólar encarecido sin justificación”.
    (Julio Brener, Vicepresidente de la C.G.E., reportaje en el diario Clarín del 21 de junio de 1970).
    Sucedió como en 1962, con el advenimiento del anciano líder de la política económica liberal en las últimas cuatro décadas, Federico Pinedo, al cargo oficial. Un flamante pero seguramente transitorio Ministro de Economía decretó una fulminante devaluación, aprovechando la confusión política en el seno del Gobierno para poner al país frente a hechos consumados.
    Más allá de los circunstanciales y anecdóticos desconciertos que se producen en el escenario visible del Gobierno, el sistema liberal monopolista tiene en la cabina un apuntador seguro que sabe cómo continuar el libreto.
    Las entidades del grupo ACIEL, excepto la Sociedad Rural Argentina, se pronunciaron en contra de la devaluación, aduciendo su carácter injustificado. Al aclararse que la devaluación iría acompañada de aumentos en las retenciones a las exportaciones, el sector rural también se unió al coro.
    El grupo de la Confederación General Económica, salvo algunas manifestaciones aisladas de sus dirigentes, se mantuvo a la expectativa, pensando seguramente en forma oportunista que de la oposición del otro sector al nuevo y heterogéneo gabinete podía obtener alguna ventaja a su favor. De pequeñas empresas tal vez no se pueda esperar otra cosa que pequeñas políticas.
    Los argumentos expuestos contra, la devaluación fueron inobjetables, aún dentro de las premisas y la coherencia lógica del esquema puesto en marcha por Krieger Vasena.
    El ritmo de inflación de los precios mayoristas de nuestro país era de alrededor del 10% anual, pero en Estados Unidos el aumento de los precios había alcanzado a casi el 7% el año anterior. Por lo tanto la inflación internacional acompañaba la inflación interna, lo que hacía innecesario alterar el tipo de cambio.
    Las reservas de divisas en el Banco Central superaban los 700 millones de dólares y las perspectivas hasta fin de año en el comercio exterior y el balance de pagos eran satisfactorias.
    La promoción de las exportaciones no constituía una justificación, dado que con las nuevas retenciones se mantenía la situación anterior. Tampoco lo era la necesidad de aumentar los ingresos del Estado cuyo presupuesto se estaba cumpliendo dentro de lo previsto. Dentro de estas previsiones figuraba que los jubilados seguirían cobrando mal y tarde, y seguramente el lector coincidirá con nosotros que entre una devaluación y los jubilados no hay ninguna relación, excepto el Sr. Manrique.
    La explicación de Carlos Moyano Llerena —formado en el grupo de economistas católicos inspirado por Alejandro Bunge durante la década anterior a la segunda guerra, asesor de Adalbert Krieger Vasena, típico espécimen argentino de seudo-nacionalista advenido a liberal, de los que conservan el lenguaje de su juventud para defender los intereses que antes atacaban— no convenció a nadie, como no podía ser de otra manera.
    No sólo la amenaza de la corrida “psicológica” sobre el mercado de cambios para comprar dólares se podría haber evitado con las tímidas medidas de control que ejercen todos los países del mundo. Lo cierto es que dicha corrida ni siquiera se produjo. Horas antes de la devaluación, con toda la incertidumbre reinante, el dólar paralelo había llegado como excepción a 358 pesos moneda nacional.
    ¿Cuál fue el motivo real entonces?

  • Segundo acto: la reducción de aranceles
  • “Consideramos que es un serio ataque que se infiere a la industria nacional, el utilizar los medios de protección que legítimamente debe tener, como instrumento maleable al servicio de finalidades de corto plazo de la política económica. Los aranceles en todas las naciones que tienen o aspiran a tener una industria sólidamente establecida, constituyen una herramienta de primer orden que las autoridades utilizan celosamente y con extrema prudencia con vistas a promover el desarrollo, industrial, y nunca un expediente al que se acude para disminuir los efectos de una devaluación… ¿Cómo podrá competir con la industria extranjera en estas condiciones? ¿Cómo podrá conquistar mercados de exportación? ¿Cómo podrá impedirse la transferencia de muchas empresas argentinas a fuertes grupos económicos del exterior?……………………..
    (Declaración de la Unión Industrial Argentina publicada en La Prensa del 4 de julio de 1970).
    Si el Ministro de Economía no había logrado justificar la devaluación del peso, sí logró en cambio justificar la reducción general de los derechos de importación como forma de compensar el encarecimiento del dólar para las materias primas y productos intermedios importados.
    Nuevamente arreciaron las críticas, esta vez exclusivamente a cargo del sector industrial. La Cámara Argentina de Comercio expresó su satisfacción: no podía hacer menos al ser gran parte de sus asociados comerciantes importadores a los que se ofrecía una reducción de aranceles tan generosa como para compensarles el aumento del costo del dólar en pesos moneda nacional y para poner a su disposición amplios rubros que quedarán desprotegidos para la producción nacional.
    En cuanto al sector industrial, no se chupó el dedo como en ocasión de la reducción de aranceles de Krieger Vasena en marzo de 1967, y comprendió que en esta oportunidad la mano venía muy pesada.
    La reducción de aranceles se aplicó indiscriminadamente sobre las materias primas y los productos intermedios, y también sobre los productos de consumo final y los bienes de capital. O sea que se redujeron los derechos de importación de los productos importados que utiliza la industria para fabricar sus productos terminados, pero también los aranceles de estos últimos.
    La nueva reducción de aranceles se agregaba a la que había producido Krieger Vasena en 1967 y a la introducida por el decreto 604 para los bienes de capital a principios de año. En aquellas oportunidades se redujeron los derechos en márgenes que en muchos casos sobrepasaban la protección realmente necesaria, o sea que se mantuvo la protección efectiva. Esta rebaja adicional vulneró esa barrera, poniendo a importantes sectores a merced de la importación, particularmente al de máquinas herramientas y demás bienes de capital.
    Los efectos de esta desprotección industrial no se harán sentir en forma inmediata, ya que inicialmente el encarecimiento del dólar para importar compensará transitoriamente las reducciones de aranceles. Pero en pocos meses las importaciones comenzarán a reflejar aumentos masivos, a medida que la inflación interna, ya desatada del nivel del 10%, encarezca progresivamente los productos nacionales en relación a los importados.
    Los sectores industriales son perfectamente concientes de este desenlace ineludible: “La experiencia de la devaluación de 1967 demuestra que el efecto de compensación entre el aumento de la paridad cambiaría y la disminución de los aranceles de importación desaparece rápidamente en perjuicio de la protección y que ésta luego no se restablece” (Centro de Industriales Siderúrgicos, declaración en Clarín del 21 de junio de 1970).

  • El nuevo carácter de las devaluaciones
  • “Tradicionalmentc. el precio interno de los productos agropecuarios estuvo condicionado por los precios de exportación. De esta manera, el tipo de cambio siempre ha influido decisivamente en los precios internos de venta de la producción rural… En otros términos, la devaluación afecta la estructura de precios de la economía argentina. Aquella modificación de los precios relativos implica traslaciones de ingresos del resto de la economía nacional al sector agropecuario.”
    (Aldo Ferrer, -“Devaluación, redistribución de ingresos y el proceso de desarticulación industrial en la Argentina”, Edit. Paidós, 1969).
    Anteriormente las devaluaciones siempre tenían un beneficiario neto que eran los exportadores y los productores agropecuarios. Los primeros trasladaban a estos últimos parte del incremento de los precios en pesos que recibían por igual cantidad de dólares. Al mismo tiempo los precios internos de los productos no agropecuarios no subían con la misma rapidez.
    El actual Ministro de Obras y Servicios Públicos de la Nación divulgó entre toda una generación universitaria que este mecanismo implicaba una transferencia de ingresos de trabajadores e industriales al sector agro-exportador, y tenía consecuencias en la “desarticulación de la industria”.
    Sin embargo a partir de 1967 el carácter de las devaluaciones varió sustancialmente.
    Las retenciones a las exportaciones implican que el exportador recibe igual cantidad de pesos por dólar que antes de la devaluación y la diferencia la retiene el Estado.
    Por consiguiente este nuevo tipo de devaluación beneficia únicamente al Estado entre los sectores internos de la economía, ya que la transferencia de ingresos que antes se operaba a favor del sector agro-exportador queda en la Tesorería.
    Pero además este nuevo tipo de devaluación tiene una característica adicional; no se realiza como antes para actualizar el valor del dólar en pesos moneda nacional. Las últimas dos devaluaciones han sobrevaluado el dolar en relación al peso moneda nacional.
    Esto tiene consecuencias importantes ya que introduce nuevos beneficios para los capitales extranjeros.
    En efecto, el único dólar que no sufre retenciones de ningún tipo y que percibe íntegramente el sobreprecio de 50 pesos moneda nacional es el que ingresa desde el exterior.
    Esto implica que aunque las subsidiarias locales de las corporaciones internacionales sufran las mismas consecuencias financieras que las empresas nacionales al encarecerse sus deudas en dólares, ello se compensa con la sobrevaluación de los dólares que les envían tus casas matrices para afrontar sus necesidades de capital de evolución o de expansión de sus instalaciones, ya que pueden hacer la misma cantidad de compras locales con menor cantidad de dólares. Este beneficio económico supera ampliamente el transitorio efecto financiero negativo y por lo tanto la rentabilidad del conjunto de la corporación —matriz más subsidiaria— se incrementa.
    En cuanto a los monopolios extranjeros que desean radicarse o comprar industrias argentinas ya instaladas sucede obviamente lo mismo, ya que su dólar tiene en la Argentina mayor poder adquisitivo que en cualquier otro país. A ello se suma que la devaluación pone en serios aprietos financieros a las empresas argentinas que de esta manera ven desvalorizada su situación patrimonial y contable y su capacidad de negociación, con lo que la compra de los paquetes accionarios se puede efectuar todavía a precios más bajos. La convocatoria de acreedores de la Editorial Códex ha sido el primer ejemplo inmediato de esta situación, que será seguido por muchos otros.
    Estamos en el peor de los mundos posibles: las devaluaciones ya ni siquiera benefician a un sector nacional, aunque ese sea la oligarquía agropecuaria.
    Un Ministerio para el curriculum vale más que una devaluación, la “desarticulación industrial” y varios libros.

  • El Ministro Moyano Vasena
  • Pero todavía queda por aclarar un interrogante que ha tenido una respuesta sólo parcial.
    La rebaja de aranceles se justificó con la necesidad de compensar los efectos de la devaluación. ¿Pero cuál fue la verdadera razón detrás de la devaluación?
    Los motivos apuntados anteriormente son sólo una parte.
    En un artículo en el número anterior de C. y R. se explicó la maniobra del monopolio frigorífico alrededor de los precios y del mercado de carnes y los intereses en juego, vinculados a la excepcional coyuntura internacional en cuanto a demanda de carnes. Las medidas restrictivas de estas importaciones han debido ser dejadas de lado por el Mercado Común Europeo que ha abandonado su política de autosuficiencia por razones que sería largo detallar. Por otra parte, el mercado norteamericano se ha abierto para volúmenes crecientes de carnes cocidas, con lo que se ha eliminado el pretexto de la aftosa.
    Esto estaba previsto ya en las conversaciones del GATT (“Acuerdo General de Tarifas y Aranceles) en 1966, donde la delegación argentina estuvo encabezada por Adalbert Krieger Vasena, que pasó de ese cargo al Ministerio de Economía.
    Ello implica que el balance comercial de nuestro país con el Mercado Común Europeo ha sido sumamente favorable en los últimos años y aumentará en el futuro. Actualmente el saldo a nuestro favor supera los 400 millones de dólares.
    Para continuar aumentando sus importaciones de carne, cereales y forrajeras los europeos exigen una mayor participación en el mercado argentino. Por lo tanto el monopolio frigorífico, actualmente encabezado por Adalbert Krieger Vasena, está vitalmente interesado en permitirles esa mayor participación.
    Por otro lado, el sector industrial que se va a ver más afectado por la reciente rebaja de aranceles es el de máquinas herramientas y bienes de capital en general, que es al mismo tiempo el tipo de exportaciones que más interesa a los países del Mercado Común. Ya durante su Ministerio Krieger Vasena encabezó una misión económica a Europa por la que se establecieron líneas especiales de crédito para las importaciones de maquinaria de ese origen; la denominada línea europea que se maneja a través del Banco Industrial.
    Dentro de este contexto la devaluación ha sido en realidad el pretexto para justificar la posterior rebaja de aranceles que era el verdadero objetivo y que en otras circunstancias hubiera sido muy difícil hacer pasar.
    De este modo, con innegable habilidad, se ofrecerá al exterior la parte de la industria argentina que no conviene a los intereses monopólicos externos desarrollar localmente sino proveer desde sus propios países.
    Todo ello para obtener un mercado que sólo la Argentina puede abastecer y que está asegurado de cualquier forma.
    Algo ya está demasiado podrido en Dinamarca. ¿Debe llamarnos la atención que la Nación genere anticuerpo con tanta rapidez de un año a esta parte?

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