Un año más ha pasado. Pero indudablemente éste fue un año distinto, tanto para el régimen como para quienes sobrellevamos su presencia. La realidad con que se enfrentó el gobierno el 29 de junio de 1970 hizo que todos los argumentos y sutilezas empleadas hasta ese momento perdieran validez y quedaran herrumbrados, tal vez para siempre. Comenzaba un nuevo ciclo que nos aventuramos a asegurar, culminará cuando los que detentan el poder resignen su ambición de seguir sometiendo al pueblo. El secuestro y posterior ejecución de Pedro Eugenio Aramburu, por parte de una organización peronista, desarmaba de un día para otro la gran carta a jugar por el liberalismo. Todo ya estaba preparado para que el otrora fusilador del 56 y últimamente «hombre de una política de apertura», desplazara a Onganía y gobernara con apoyo de la línea Lanusse en lo militar y de quienes poco después de su muerte lanzaban el llamado de «la hora de los pueblos», en lo político. Lo que vino después es lo que indica el desajuste y desconcierto que se produjo a nivel gubernamental. A Onganíi lo sucede Levingston, un hombre que pocos argentinos conocían y que es recibido con la mayor de las indiferencias.
El nuevo presidente comenzó a hablar de la posibilidad de un plan político a corto plazo, inquietando a los seguidores de la partidocracia que tanto anhelan volver a la época de las fáciles prebendas y los proyectos estancados.
Por supuesto, de estos planes estaba excluido Perón, el único con representación real y auténtica. La respuesta del pueblo a esta aparente nueva estrategia lanzada por Levingston, fue contundente. Por varios flancos del país: Córdoba, Salta, Tucumán, Rosario, Neuquén, Catamarca, el descontento popular encontró canales de escape para expresar a la dictadura, su réplica inmediata ante la nueva frustración. Pero frente a esta realidad inocultable, hay todavía elementos oportunistas que insisten en consumar alianzas y frentes electoralistas a espaldas de quienes dicen representar. Por eso hoy se habla de «la hora de los pueblos», una vulgar resurrección de la Unión Democrática de Braden, pero con el agregado de un elemento nuevo: la presencia de representantes del peronismo pactista. Creemos que es menester hablar claro. Ya es imposible aceptar una posición conciliadora y de abierta traición como la de estos elementos. Mas cuando los auténticos peronistas buscan la liberación de la Patria, luchando con las armas en la mano, hermanados con hombres de otras tendencias. Quienes montan e integran el burdo aparato del frente preelectoral —y todavía dicen ser peronistas— están ultrajando para
siempre la memoria de los caídos de 1955, la memoria comoatiente del Peronismo de la Victoria. De Valiese, Bevilacqua, Abal, Ramus, Ferrari, Maza y otros muchos.
Otra experiencia importante es la que se puede obtener del panorama gremial, donde la sucesión de batallas dadas en este período que se ha cerrado, ha sido sumamente alentadora.
Los trabajadores demostraron en los hechos que están por encima de los dirigentes enfrentando a la represión con paros activos y ocupación de fábricas, culminando en las magníficas jornadas de setiembre y octubre donde se paralizó el país en protesta por la política oficial. Allí se pudo ver claramente cómo la combatividad del proletariado arrancó de manos de la burocracia dos paros activos, provocando las iras del presidente y sus ministros que hicieron vanos esfuerzos para restarle importancia a estas acciones. Papel destacado jugaron en estas movilizaciones los militantes de Agrupaciones de Base de la CGT de los Argentinos, con Raimundo Ongaro a su frente; los hombres de las Agrupaciones Gremiales Peronistas, que militan en las 62, y las distintas conducciones unitarias y autónomas de gremios del interior. Todos ellos conformaron con distintas tácticas una estrategia de lucha contra el poder patronal.
Un rostro tramposo
El repertorio de salidas políticas está agotado, todas han sido ensayadas ya: elecciones con prescripciones y elecciones con frentes fraudulentos, golpes palaciegos y golpes disfrazados de «revolución argentina». El desgaste del liberalismo después de tres lustros de gobierno es palpable incluso para amplios sectores de la oligarquía y los monopolios extranjeros. Es necesario entonces presentar otra cara. Esa cara tramposa, maquillada de un desarrollismo de tono «nacionalista», se llama Aldo Ferrer. Su atractivo popular pretende basarse en la recuperación del salario real y en el apoyo a los capitales nacionales. Pero en esta sociedad capitalista, para dar a unos hay que quitar a otros
Básicamente, los ingresos nacionales se reparten entre tres grandes sectores: el pueblo asalariado por un lado, y el imperialismo y la oligarquía por otro. Dentro de esta última existen tres subsectores que pugnan entre sí por la tajada mayor, el capital financiero, el industrial y el agrario.
La política de Krieger Vasena, continuada por sus sucesores, incrementó los ingresos del imperialismo y del capital financiero, en detrimento de la participación de los trabajadores y del capital agrario fundamentalmente, mientras que el capital industrial nacional perdía posiciones y era comprado por los monopolios industriales extranjeros.
Para revertir esta situación y aumentar los ingresos de los trabajadores y el capital industrial nacional mediano y pequeño, como se postula, hay una sola fórmula; quitarlos al capital financiero y eliminar las salidas de capitales al exterior, para redistribuirlos internamente.
Pero el desarrollismo de Ferrer, igual que en su turno el de Frondizi, preconiza la armonía de clases en lo interno y la armonía con el imperialismo en lo externo, o sea, dar a todos sin quitar a nadie. Dicho en sus propias palabras: «el apoyo a lo nacional no implica discriminación contra el capital extranjero». Obviamente esto es imposible y en política las utopías son mentiras.
No es casual entonces que los enunciados de una «nueva política económica» no hayan sido acompañados de la creación de nuevos instrumentos y del cambio radical de hombres que todo lo nuevo exige No se puede hacer una política distinta con las mismas instituciones y los mismos hombres: las directivas se canalizan a través de medios que fueron creados para otros objetivos y sucumben indefectiblemente a las trampas del sistema y a la mentalidad de toda una red de funcionarios altos y medios formados teórica y empíricamente en el capitalismo liberal. El Banco Nacional de Desarrollo y el de Comercio Exterior son sólo juguetes preciados de un ministro universitario encandilado por ejemplos extranjeros, que no rozan siquiera aquella cuestión de fondo. Lo cierto es que sin control de cambios no hay ninguna posibilidad de volcar los varios centenares de millones de dólares que anualmente se van al exterior hacia la economía interna. No es esa la fuente de recursos que se propone para el Banco de Desarrollo, sino nuevas retenciones a los salarios de los trabajadores.
Lo cierto es que sin la nacionalización del crédito bancario no existe posibilidad de redistribuir los ingresos y orientar el ahorro interno hacia el trabajo y el capital nacional, evitando que financien al capital extranjero, como hasta ahora.
Nada de eso se ha hecho ni está propuesto. Es que tocar el sistema financiero es tocar el sistema nervioso del capitalismo monopolista, y establecer el control de cambios es atacar al imperialismo norteamericano donde más le duele en estos momentos, o sea en los ingresos de su balanza de pagos.
En la Argentina, en las condiciones internas y externas de la década del 70, ya es imposible proponerse medidas de esa naturaleza sin prever simultáneamente una subversión política total del capitalismo monopolista liberal, o sea sin proponerse una revolución socialista nacional.
Mientras tanto, la política de «corto plazo» tiene en el plano salarial una definición netamente continuista con un miserable aumento del 6 %, el mismo que fuera anunciado por Moyano Llerena, y que ha sido justificado con la expectativa totalmente irreal de una
inflación de sólo el 10% en 1971. Basta recordar que en 1970 el aumento de los precios ha sido del 23 %.
De esta forma comienza la «recuperación del salario real».

  • La violencia del pueblo
  • FAP, ERP, MONTONEROS, FAL, FAR y comandos menores. Estos son los protagonistas más importantes de 1970. Los que en una acción constante, sin descanso, conmovieron a los bien provistos aparatos de seguridad del gobierno.
    A esta nueva lucha se incorporaron elementos de distintas tendencias, peronistas, marxistas, nacionalistas, cristiano, demostrando claramente que ante el enemigo común, las tendencias quedan de lado y nace la unidad en la acción.
    Quizás, el factor más importante de esta experiencia, es la seriedad con que se trazaron los esquemas del accionar guerrillero y la solidaridad existente entre las organizaciones, que surje de todos sus documentos y comunicados.
    La misma solidaridad que transmiten sectores del pueblo ante la presencia de militantes armados, por ejemplo: la reciente ovación y muestras de apoyo brindados en Córdoba por los obreros de Fiat, al ser ocupada la guardia de la empresa, y donde miembros del ERP improvisaron un acto para agradecer ese entusiasmo. O la cálida acogida que brindaron los estudiantes tucumanos a un guerrillero que se hizo presente en una Asamblea a testimoniar el apoyo de su organización.
    Ambos casos —que no son aislados— pueden computarse como una victoria contra los que todavía critican estas formas de lucha, como aisladas de las masas, y por lo tanto inaplicables.
    Ante el panorama presentado, muy poco es lo que resta decir. Mientras el régimen se empeñe en buscar una salida de forma a lo que en realidad es un problema de fondo, nada cambiará. Los sectores populares seguirán conformando sus organismos de autodefensa y a la vez los que posibiliten dar la batalla definitiva. A nivel gremial, ya son muchos los que han entendido que con pactos nada se logra y mucho se pierde y por eso, no dudamos que el año que se inicia será rico en conflictos obreros. Todo a causa de un aparato económico —impuesto desde el exterior— que está desangrando a la clase obrera, y de un aparato político-militar atado de pies y manos a la estrategia imperialista. Frente a todo esto nadie duda sobre cual es la táctica a aplicar por el pueblo. Las tres banderas levantadas por Perón en 1945 y el ejemplo invulnerable del Che, caído en combate por el socialismo, abren el sendero que hay que recorrer.
    Retornando al principio de esta crónica podemos decir que un año más ha pasado. Nada cambió a nivel del régimen Mucho, a nivel del pueblo. Este ha comenzado la gran marcha para que nuestra Patria deje de ser colonia o para que la bandera flamee sobre sus ruinas. Tenemos fe. No seremos más colonia.

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