• Presentación
  • En el mes de julio de este año nos reunimos por primera vez 50 sacerdotes de todo el país en la finca de Golconda, Municipio de Viotá (Cund).
    Queríamos conocer los trabajos que, en el campo social, cada uno realizaba. En este primer Encuentro nos aglutinó la finalidad de profundizar en el conocimiento de la Populorum Progressio.
    Necesariamente en esta reunión no se pudo establecer una línea general común de acción, pero sí sentimos la necesidad de organizamos para intercambiar experiencias y coordinar trabajos.
    Por eso se pensó en la organización de un II Encuentro que tuviera como sede a Buenaventura, debido a la acogida ferviente que nos hizo su obispo, Mons. Gerardo Valencia.
    La reunión se realizó del 9 al 13 de diciembre de 1968 con la asistencia de sacerdotes de todo el país y sacerdotes de otros países de América Latina.
    El tiempo de Adviento en que se realizó la reunión tiene especial significación. La esperanza de salvación que celebramos en este tiempo nos lleva a reflexionar sobre la relación de esta esperanza con las aspiraciones del hombre colombiano.
    El objetivo de nuestra reunión se circunscribió a la problemática social de nuestro país. Y es esto el punto de vista desde el cual hemos estudiado nuestra acción pastoral.
    El presente documento es el fruto de nuestro II Encuentro…

  • INTRODUCCIÓN
  • América Latina parece que vive aún bajo el signo trágico del subdesarrollo, que no sólo aparta a nuestros hermanos del goce de los bienes materiales, sino de su misma realización humana”.
    “Como cristianos, creemos que esta etapa histórica de América latina está vinculaba íntimamente a la historia de la salvación” (CM Mensaje), “llena de un anhelo de emancipación total, de liberación de toda servidumbre, de maduración personal y de integración colectiva… evidente signo del Espíritu que conduce la historia de los hombros y de los pueblos hacia su vocación… Asi como otrora Israel, el primer Pueblo, experimentaba la presencia salvífica de Dios cuando lo liberaba de la opresión de Egipto, cuando lo hacía pasar el mar y lo conducía hacia la tierra de la promesa, así también nosotros, nuevo Pueblo de Dios, no podemos dejar de sentir su paso que salva, cuando se da «el verdadero desarrollo, que es el paso, para cada uno y para todos, de condiciones de vida menos humanas a condiciones más humanas” (CM 1,4.0.6).
    Estas palabras de la II Conferencia del Episcopado Latinoamericano reunido en Medellín resuenan clamorosamente en nuestra conciencia, como los gemidos inenarrables del Espíritu, de que nos habla el apóstol Pablo (Rom. 8,26)
    Como sacerdotes, compartimos vivamente la preocupación de nuestros Obispos. Siguiendo su ejemplo, nos hemos reunido precisamente para encaminar “nuestra reflexión hacia la búsqueda de una nueva y más intensa presencia de la Iglesia un la actual transformación de América latina” (CM 1,8) y de nuestra Patria en particular.
    Nos hemos impuesto la tarea de lograr una visión objetiva de esta realidad de explotación, a la que los Obispos se refieren, para reflexionar sobre ella a la luz del Evangelio, a fin de encontrar orientaciones pastorales concretas de una acción sacerdotal y coherente y a nivel nacional.
    Fruto de nuestro trabajo es el presente Documento, que manifiesta nuestro estudio, reflexión y compromiso y que ofrecemos, como un servicio, a todo el pueblo de Dios, en particular a nuestros hermanos en el sacerdocio, así como también a todos los colombianos de buena voluntad comprometidos en el cambio radical de estructuras.

  • I. ANÁLISIS DE LA SITUACIÓN COLOMBIANA
  • Manifestamos clara y enérgicamente que la situación trágica de subdesarrollo que sufre nuestro país —al contrario de lo que ciertas interpretaciones deformantes de la realidad creen— es un producto histórico de la dependencia económica, política, cultural y social de los centros extranjeros «le poder, que la ejercen a través de nuestras clases dirigentes (Cfr. CM 2,9e).
    Lo característico del subdesarrollo colombiano, como de toda Latinoamérica, está precisamente en la dominación ejercida sobre nuestra sociedad por una clase minoritaria, cuyos privilegios se remontan a la época colonial. Efectivamente, las luchas de independencia, lejos de limitar su poder, contribuyeron a afianzarlo más. No se dio en verdad entonces una revolución del pueblo, sino un cambio de guardia —el primero de una serie indefinida que llega hasta nosotros en toda Latinoamérica—, el paso del gobierno colonial a roanos de la aristocracia criolla.
    Los ejércitos que entonces se improvisaron fueron mantenidos luego para seguir protegiendo, basta nuestros días, ese “orden” establecido.
    El poder político surgió como tutor y promotor de ese sistema de privilegios, que la Constitución Nacional vino a justificar. La Iglesia, por su parte, lo sacralizó, como si fuera la expresión inequívoca de la voluntad de Dios.
    Esta clase dirigente, renovada y fortalecida allá por los años 30, aparece como dueña absoluta de las tierras que otrora pertenecieron a los indígenas, para utilizarlas en su exclusivo provecho.
    En cuanto al pueblo, la inmensa mayoría de la población, quedó imposibilitado —luego de haber derramado su sangre en los campos de batalla— para vivir como ciudadanos en su propia Patria.
    Tras los edificios monumentales, los lujosos aeropuertos, las autopistas, yace un pueblo sufriente, humillado, amordazado por su misma inconsciencia y acomplejado por las fuerzas represivas de una violencia instalada en el poder.
    ¿Qué hacer para liberar a este pueblo de bautizados, de hijos de Dios, de esta verdadera servidumbre y esclavitud, para usar expresiones de nuestros Obispos?
    Se habla mucho de una verdadera y auténtica reforma agraria. Pero, ¿será posible tal reforma sin cambiar previamente las estructuras, ya aludidas, de dependencia exterior?
    Es precisamente esta situación de dependencia la que genera la actual estructura distorsionada, que suele calificarse equívocamente de subdesarrollo, y que nos lleva a pensar, por consiguiente, en términos puramente cuantitativos, es decir, en términos en que la superación del subdesarrollo podría realizarse por la simple intensificación del esfuerzo, sin necesidad de cambios estructurales, Ello supone el desconocimiento de que es la revolución industrial la causa y motor del desarrollo.
    Por eso podemos caracterizar como causa y motor del subdesarrollo:
    a. la carencia de una industria pesada, que genera la dependencia industrial respecto a los medios de producción: maquinarias y equipos,
    b. y la existencia de una producción industrial que no genera divisas, por falta de mercado en los centros de poder, lo que priva al país de la posibilidad directa de autofinanciación, teniendo que apoyarse en un producto como es el café, sin relación necesaria con nuestro desarrollo industrial.
    Indudablemente que esta situación es imposible de superar sin una verdadera revolución que produzca el desplazamiento de las clases dirigentes de nuestro país, por medio de las cuales se ejerce la dependencia del exterior
    Asimismo, la verdadera reforma agraria, que ofrezca al pueblo, tan honrado en los discursos políticos a la hora de las promesas, pero crucificado a la hora de los hechos, un real acceso al disfrute de la tierra y, por consiguiente, a la participación en la producción, en las decisiones del país y en su grandeza. “Dios ha destinado la tierra y todo lo que en ella se contiene pura uso de todos los hombres y de todos los pueblos, de modo que los bienes creados deben Legar a todos en forma justa, según la regla de la justicia, inseparable de la caridad” (Vat. II, Const. Iglesia y Mundo n. 89). “La tierra es de todos, no de los ricos” (S. Ambrosio, De Nabuthe Jeraelita, XII, P.L.. t. XIV. col. 731).
    Otro tanto habrá que decir en cuanto a la reforma urbana. Creemos que aparecerá necesariamente como una de las primeras etapas por realizar, una vez emprendido el cambio radical de estructuras.
    Por todo lo cual nos parecen sumamente débiles los argumentos herodianos que señalan como causa fundamental del subdesarrollo los factores antropológicos y sociales de nuestro pueblo: indolencia, incultura, herencia ancestral. Con esto no queremos minimizar la importancia de los recursos humanos. Al contrario, somos conscientes de su papel, como elementos laboriosos y disciplinados, para la revolución, que necesariamente debe ser popular o no ser.
    De todos modos, no queremos dejar de subrayar el freno que puede representar, para el paso hacia el desarrollo y para todo este proceso, la existencia en nuestras naciones de elementos que, por su pasado, resultan lentos para participar en el ritmo acelerado de una nación en revolución.
    En resumen, podemos decir que, debido a esta situación, de explotación y violencia institucionalizada, “peso a los esfuerzos que se efectúan, se conjugan el hambre y la miseria, las enfermedades de tipo masivo y la mortalidad infantil, el analfabetismo y la marginalidad, profundas desigualdades en les ingresos y tensiones entre las clases sociales, brotes de violencia y escasa participación del pueblo en la gestión del bien común” (CM Mensaje).

  • II. REFLEXIÓN A LA LUZ DEL EVANGELIO
  • Ante la situación analizada, es necesario asumir un compromiso que conlleve no sólo una reflexión, sino también una actuación de cocreadores en el dominio
    de la creación.
    Esta actitud se funda en una visión teológica que tiene como base la doctrina conciliar y el Documento de la Conferencia Episcopal Latinoamericana de Medellín.
    Dado el objetivo de nuestro Encuentro y para dar respuesta a ciertas inquietudes sacerdotales, nuestra reflexión se limitó a subrayar y dar énfasis a la inclusión de lo temporal en el designio salvífico y al compromiso del sacerdote en lo temporal.
    1. Inclusión de lo temporal en el designio Balvifico
    Al responder los hombres a las situaciones concretas de su existencia, van dando respuesta a la revelación de Dios y va profundizando la Iglesia el sentido de la misma revelación y de su compromiso (Cfr. Vat. II, Iglesia y Mundo).
    Se comprueba un progreso teológico en el campo de la antigua antinomia, exagerada y mal entendida, entro lo temporal y lo eterno, lo natural y lo sobrenatural, lo terrestre y lo celestial. La distinción que no decía separación, llegó a decirla y a degenerar en pugna, cuando la realidad es una en si misma y es una e indivisible en el designio de Dios, donde ciertamente (Cfr. Con. 1-2) lo material, lo humano, lo cósmico, distinto de Dios, tiene valor por sí mismo y, al mismo tiempo, es fruto de la voluntad de Dios y no degeneración en el piano del ser y del valer.
    Sin caer en confusiones o en identificaciones simplistas, se debe manifestar siempre la unidad profunda que existe entre el proyecto salvífico de Dios, realizado en Cristo, y los aspiraciones del hombre; entre la historia de la salvación y la historia humana; entro la Iglesia, Pueblo de Dios, y las comunidades temporalea; entro la acción reveladora de Dios y la experiencia del hombre; entre los dones y carismas sobrenaturales y los valores humanos. Excluyendo así toda dicotomía o dualismo en el cristiano…” (CM 8,4; cfr. 1.35; 2,14b).
    El rechazo de la antinomia tiene serias consecuencias en la visión cristiana de realidades antes poco valoradas, como el trabajo manual o industrial, la vida social, económica y política, etc. Estas realidades deben ser consideradas como partes integrantes del designio de Dios sobre la realización humana y el desarrollo personal y social y, por tanto, indispensables para la respuesta de fe a Dios.
    La misma vina de fe no puede entenderse, en forma alguna, como simple acto de carácter intelectual, sino como actitud de compromiso, a la luz del designio de Dios, con todo lo que constituye lo humano, en el plano individual social, económico, político, educativo, etc.
    Consecuentemente, y lo dice claramente el Documento de Medellín, la acción evangelizadora, el despertar de la fe, se encuadra, con necesidad absoluta, en las aspiraciones humanas y en la problemática del humano.
    “La catequesis actual debe asumir totalmente las angustias y esperanzas del hombre de hoy, a fin de ofrecerle posibilidades les dé una liberación plena, las riquezas de una salvación integral en Cristo, el Señor. . . Las situaciones históricas y las aspiraciones auténticamente humanas forman porto indispensable del contenido de la catequesis” (CM 8,6; cfr. 9.6.7).
    El entroncamiento de la fe en las aspiraciones humanas no se limite a tomar pie en ellas, sintiéndolas como oportunidades u ocasiones, sino convirtiéndolas en expresiones auténticas de la misma fe y dándoles una dimensión de trascendencia.
    2. El sacerdote y lo temporal
    Las anteriores consideraciones sobre la tarea evangelizadora de la Iglesia permiten determinar bis condiciones en que se realiza la acción del sacerdote.
    “La consagración sacramental del orden sitúa al sacerdote en el mundo para el servicio de los hombres… Esto exige en todo sacerdote una especial solidaridad del servicio humano… de tal modo que de su consagración resulte una manera especial de presencia en el mundo, más bien que una segregación de él
    “Descubriendo el sentido de los valores temporales, deberá procurar conseguir la síntesis del esfuerzo humano, familiar, profesional, científico o técnico, con los valores religiosos…” (CM 11,17.18).
    Consideramos que eso no es posible si no es por medio de un compromiso sincero en lo temporal, sin el cual el testimonio del sacerdote corre el riesgo de carecer de autenticidad, de eludir responsabilidades y de desconocer que esta hora “se ha tomado, con dramática urgencia, la hora de la acción” (CM I, 3).
    Queremos destacar, especialmente, la necesidad de asumir tareas y actitudes que permitan “colaborar en la formación política” de los ciudadanos, de suerte que “consideren su participación en la vida política de la Nación como un deber de conciencia y como el ejercicio de la caridad, en su sentido más noble y eficaz para la vida de la comunidad” (CM 7.21; 1.1)
    La necesidad de “alentar y favorecer todos los esfuerzos del pueblo por crear y desarrollar sus propias organizaciones de base” (CM 2.2V; cfr. 2,1)
    La necesidad de una “tarea de concientización y de educación social” (CM 1,17; cfr. 2,18).

  • III. ORIENTACIÓN PARA LA ACCIÓN
  • Para explicitar nuestra actitud de fidelidad a la Iglesia y la necesaria solidaridad con el pueblo al que tenemos que servir, exponemos nuestra postura ante los acontecimientos analizados anteriormente y declaramos que no ahorraremos esfuerzos para lograr su realización en un quehacer concreto, porque estamos invitados “a tomar decisiones y a establecer proyectos, solamente si estamos dispuestos a ejecutarlos como compromiso pastoral nuestro, aún a costa de sacrificio” (CM 1,3).
    Esto nos exige una actitud pastoral militante, tendiendo a eliminar todas aquellas circunstancias que conspiran contra la dignidad humana.

    A. En el campo social, económico y político destacamos los siguientes objetivos:
    1. Insistir en que no basta la buena voluntad y en que es necesario conocer la realidad objetiva.
    2. Elaborar una metodología científica de investigación y de trabajo que nos impida caer en el empirismo y en el practicismo.
    3. Comprometernos cada vez más en las diversas formas de acción revolucionaría contra el imperialismo y la burguesía neocolonial, evitando caer en actitudes meramente contemplativas y, por lo tanto, justificadoras.
    4. Evitar reducirnos a un trabajo comunitario estrecho que pierda la perspectiva del conjunto nacional e internacional.
    5. Luchar denodadamente por la actualización de las estructuras eclesiásticas tanto en su organización interna como en la liquidación de rezagos preconcilíares tales como el maridaje entro la Iglesia y el Estado, cuya separación es exigida por la diferente dimensión de la personalidad y de la sociedad en que se colocan la acción eclesial y la acción civil, las cuales, aunque constituyen una única realización en el individuo y en la sociedad, se distinguen por el carácter trascendente de la primera (Cfr. Vat. II. Iglesia y Mundo n. 76). “La Iglesia deberá mantener siempre su i pendencia frente a los poderes constituidos y a los regímenes que los expresan, renunciando si fuere preciso aún a aquellas formas legitimas de presencia que, a causa del contexto social, la hacen sospechosa de alianza con el poder constituído y resultan, por eso mismo, un contrasigno pastoral” (CM 7.21)
    6. La enérgica reprobación que hacemos del capitalismo neocolonial, incapaz de solucionar los agudos problemas que aquejan a nuestro pueblo, nos lleva a orientar nuestras acciones y esfuerzos con mirar a lograr la instauración de una organización de la sociedad de tipo socialista, que permita la eliminación de todas las formas de explotación del hombre por el hombre y que responda a las tendencias históricas de nuestro tiempo y a la idiosincrasia del hombre colombiano.
    7. Nuestro convencimiento de la necesidad de un cambio profundo y urgente de las estructuras socio, económicas y políticas del país nos llevan a hacernos solidarios, sin discriminación alguna, con lodos los que luchan por ese cambio. “Alentar y elogiar las iniciativas y trabajos de todos aquellos que en los diversos campos de la acción contribuyen a la creación de un orden nuevo que asegure la paz en el seno de nuestros pueblos” (CM 2,33).
    8. Rechazamos como maniobra divisionista la existencia de los llamados partidos políticos tradicionales que enfrentan a nuestro pueblo en dos grandes bandos, dirigidos, cada uno de ellos, por sectores igualmente explotadores de las masas populares c igualmente sumisos y colonizados por los monopolios extranjeros. “El ejercicio de la autoridad política y sus decisiones tienen como única finalidad el bien común. En Latinoamérica tal ejercicio y decisiones con frecuencia apareen apoyando sistemas que atenían contra el bien común o favorecen a grupos privilegiados” (CM 1,16).
    9. Rechazamos igualmente el inmenso presupuesto de guerra destinado al mantenimiento de fuerzas que no están orientadas u la defensa de nuestra soberanía nacional, sino a la represión violenta de las luchas populares y reivindicativas de obreros, campesinos y estudiantes, en defensa de estructuras que interesan a minorías que detentan el poder económico y político.
    “En determinados países se comprueba una carrera armamentista que supera el límite de lo razonable. Se trata frecuentemente de una necesidad ficticia que responde a intereses diversos y no a una verdadera necesidad de la comunidad nacional. Una frase de Populorum Progressio resulta particularmente apropiada al respecto: “cuando tantos pueblos tienen hambre, cuando tantos hogares sufren miseria, cuando tantos hombres viven sumergidos en la ignorancia… toda carrera de armamentos se convierte en un escándalo intolerable” (CM 2,13).
    10. Hacemos un llamamiento a los distintos sectores populares y revolucionarios para que, prosiguiendo en sus organizaciones, búsquedas y luchas, no olviden la responsabilidad que tienen ante sí mismos y ante la historia y para que, destacando los objetivos comunes, traten de hallar las formas de unidad de acción y solidaridad que conduzcan a un frente revolucionario capaz de romper las cadenas e inaugurar el porvenir.
    11. Por último, declaramos que estas afirmaciones están sustentadas por diferentes realizaciones concretas en el plano de la educación, de la organización comunitaria de base, de la organización misma de las comunidades eclesiales, etc., y que juzgamos necesario el que nuestra actitud de denuncia esté siempre respaldada por tales realizaciones de carácter constructivo y positivo.

    B. La postura que acabamos de exponer es inseparable de nuestra tarea litúrgica, evangelizadora y de conducción de la comunidad eclesial. En esto campo queremos destacar los siguientes aspectos:
    1. En el ejercicio del ministerio de la Palabra debemos partir de la situación del hombre colombiano, de sus experiencias y de su anhelo de cambio social.
    La falta de una auténtica evangelización hace que las actitudes religiosas de nuestro pueblo constituyan frecuentemente un freno del dinamismo personal y del desarrollo integral. Por eso urge presentar la fe como factor de cambio hacia una sociedad más justa y humana.
    Consideramos que la catequesis debe dar preferencia ni mundo de los adultos y de los jóvenes (Cfr. CM 8,1; 5,1).
    2. La participación en la liturgia exige fundamentalmente una comunidad comprometida con el cambio social y en la construcción de una sociedad donde haya amor y justicia para todos (Cfr. CM 9,4.6). Por su carácter de anticipo y de manifestación de la escatología, la celebración litúrgica ha de constituir un llamamiento y un compromiso continuo de transformación de una realidad siempre cambiante y limitada (Cfr. CM 9.7).
    Pensamos que el ambiente más adecuado para una liturgia auténtica os la comunidad de base, en la que el cristiano encuentra la vivencia de la comunión a la que ha sido llamado.
    3. El servicio de la Iglesia a los hombres se debe llevar a cabo mediante la unificación de fuerzas y de iniciativas, que encuentra su máxima expresión cuando se hace colegialmente. De esto se deduce que en la búsqueda de una sociedad más justa y humana se deba renunciar a iniciativas personalistas.
    Es necesario revisar los movimientos de laicos en nuestro país, que por lo general no responden a las exigencias actuales del compromiso de los cristianos (Cfr. CM 10.1-5). En especial merece revisarse la formación de sus élites, interrogándose sobre si respondo a nuestra estructura colombiana y si se realiza dentro del mismo grupo humano, sin aislarlas de la comunidad a que pertenecen.
    Pronto al pueblo debemos descubrir los centros de interés que favorezcan su promoción y dar preferencia a los marginados, tanto del campo como de la ciudad.
    Toda esta actividad de servicio debe estar garantizada por un testimonio personal y comunitario en la entrega completa y en la pobreza. “La Iglesia de América latina… experimenta la urgencia de traducir eso espíritu de pobreza en gestos, actitudes y normas que la hagan un signo más lúcido y auténtico de su Señor… La situación presente exige, pues, de obispos, sacerdotes, religiosos y laicos, él espíritu de pobreza que «rompiendo las ataduras de la posesión egoísta de Ion bienes temporales, estimula al cristiano a disponer orgánicamente la economía y cl poder en beneficio de la comunidad” (CM 14,7).
    Creamos que va contra este espíritu de pobreza, entre otras muchas cosas que están en la mente de todos, el actual sistema arancelario en la administración de los sacramentos y en los servicios religiosos, cayo aspecto de lucro impide ver la gratuidad de la gracia conferida y significarla por el sacramento.
    No compartimos que organismos extranjeros se conviertan en distribuidores de excedentes agrícolas que, se pretexto de ayuda, disimulan la explotación que ejercen a través del deterioro progresivo de las relaciones de intercambio, revistiéndose de una aureola de generosidad y creando en quienes la reciben el espíritu de limosneros.

    Buenaventura, 13 de diciembre de 1968

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