Estimado Jaime:
Lamento que en nuestra apresurada y fragmentaria charla, durante su visita a Camiri, no hayamos podido profundizar sobre el proceso revolucionario de Bolivia, pero tal como le dije brevemente creo en verdad que hombres como Ud., de gran capacidad de trabajo y lucidez política, no deben darle la espalda a la primera oportunidad histórica de transformar las estructuras coloniales de su país. La susceptibilidad nacional suele considerar intromisión cuando un extranjero da su opinión sobre estos temas; pero no es esa mi intención y además estoy casi nacionalizado por mis treinta años de condena.
Ignoro si este proceso revolucionario, continuará hasta las últimas, auténticas etapas que exige el paso de una sociedad de economía sometida a los monopolios imperialistas, dominada por una clase propietaria explotadora y entreguista, hacia una sociedad de economía independiente y planificada por un estado que desarrolle la propiedad social como reclama Bolivia. Pero lo deseo así y tengo esperanzas de que lo sea. Me remito a expresiones del propio jefe del movimiento Gral. Ovando, al tiempo de asumir la presidencia: “la mejor imagen revolucionaria de este nuevo gobierno es la composición de su gabinete” y también: “Son los hechos los que dirán si esto es o no una revolución”. Será difícil olvidar que fue este mismo ejército el que combatió tenatm~fn~le~ a quienes lucharon por la liberación, y el responsable de la muerte del Comandante Ernesto Guevara. Sin embargo los hechos comenzaron a sucederse y marcaron un innegable carácter antimperialista. Asumir una actitud antimperialista sustentada en actos concretos supone en este continente una verdad revolucionaria.
La revolución en América Latina es un hecho irreversible; los pueblos buscan y encontrarán sin duda el camino para llegar a ella; los movimientos de liberación han asumido distintas formas y elegido diversos frentes de lucha, no obstante una nueva característica histórica se inaugura con la irrupción de los ejércitos nacionales, participando de un modo probablemente decisivo en favor de los pueblos, caso Perú y ahora Bolivia. En mi concepto, no importa quienes hagan la revolución. Esta no es un problema de individuos,’ ni de grupos selectos, ni de teóricos rigurosos, ni siquiera de una definida concepción marxista, en su comienzo. En Cuba, ni Fidel ni su gente eran comunistas y más bien estos —los comunistas— no participaron de ella, pero se hizo y encontró su camino por imperio de los “hechos revolucionarios”. En Argelia su vanguardia tampoco era comunista y no sólo no lo era sino que tenía en contra al PC Argelino, apéndice del francés, que sustentaba la tesis de “Argelia francesa”, pero también se hizo. El factor fundamental está en la participación decidida y masiva de todos los sectores motores de una revolución: el proletariado, el campesinado, los estudiantes e intelectuales, en suma la izquierda nacional popular y progresista, radicalizada o no pero consciente de la necesidad de sacudirse la dominación colonialista. La actual situación es un punto de partida que no se contrapone a los propósitos de la lucha armada revolucionaria; no es el poder del pueblo armado, pero es el poder de las armas apuntando a los enemigos de la independencia económico-política y de la justicia social. De la actitud de los sectores antes señalados depende que se dispare contra los enemigos o que las armas se vuelvan contra el pueblo y sus intereses. Creo que el destino revolucionario de estos procesos, tanto el peruano como el boliviano, está más en manos de los obreros, campesinos, intelectuales, etc., que en las propias manos de quienes lo iniciaron. Si ¡a conciencia de las masas se moviliza y participa, el proceso se radicalizará, se profundizará y desembocará inevitablemente en el triunfo de la Revolución. Si estos sectores se retraen, se marginan por pruritos de origen teórico, por sectarismos de partidos o por resentimientos —aun cuando estén legítimamente fundados en hechos negativos de historia reciente— se crea una presión a la inversa, un vacio ideológico, que fatalmente actúa en favor de los enemigos de cíasela oligarquía, los lacayos del imperialismo, fortaleciéndolos apresuradamente, entregándoles los resortes de la conducción política y llevando finalmente al movimiento al fracaso y al derrocamiento.
El caso del movimiento peronista en la Argentina, para no habita del MNR de Bolivia, es el mayor ejemplo de tomo la traición de los partidos de izquierda-marxistas, la ceguera de los sectores progresistas, fundamentalmente los intelectuales y la estupidez congénita de los estudiantes y de la pequeño-burguesía dejaron sólo a Perón que podría haber llevado a cabo la primera gran revolución de América Latina; sin embargo éste debió recurrir a la derecha nacionalista, antimperialista, pero capitalista y burguesa, para estructurar su “inteligencia” que no llegó a transformar las estructuras económicas profundamente y aunque desarrolló nuevas fuerzas productivas y modificó las relaciones sociales, nunca dio participación activa a la clase obrera en el poder: un movimiento de masas potencialmente revolucionario, naufragó ante la feroz oposición de clase, que para colmo de vergüenza, unió las izquierdas marxistas, los partidos liberales, los sectores “democráticos” y “progresistas” y la derecha conservadora, en una extraña alianza francamente burguesa-pro imperialista, oligárquiia-antinacional contra la clase obrera que el peronismo representaba. Repetir este doloroso precedente en nuestros países, seria doblemente criminal y continuar favoreciendo los intereses de los enemigos del pueblo. Creo que hay que desechar los esquemas, los moldes que se vacian en duro yeso ideológico. Hay que desprejuiciarse se y entender que la revolución llega por caminos más flexibles, y —más importante— inéditos. No me sorprende que sean los ejércitos nacionales quienes la inicien, como no me sorprendería que el próximo paso lo dieran los cristianos revolucionarios, que si existen y no es una etiqueta más. Apenas un centenar de Obispos católicos están haciendo más por la revolución en Latino América que todos los PC junóos en cincuenta años. Evidentemente, corno dice Marcase “no es ta religión la que mata, es el hambre”. La realidad de América Latina es una sola: subdesarrollo provocado por el sometimiento imperialista; pero es a la vez la suma de realidades nacionales, con ciertas características comunes y otras diversas. Comprender esto posibilitará que la revolución se haga por fin, aunque en su eclosión la características difieran, confluyan factores y coyunturas distintas, los métodos se adecúen a ellas y los dirigentes respondan a las propias contradicciones dialécticas nacionales En este sentido, el mejor ejemplo es el de Cuba revolucionaria que en virtud de una total fusión pueblo-dirigentes de un despertar sistemático de la conciencia histórico nacional —retorno a las banderas de Marti y los héroes de la Independencia — y de una voluntad, una honestidad y una dignidad inquebrantables, es hoy el rostro limpio de América.
Con la amistad de siempre lo saluda
Ciro Roberto Bustos (Carta al Dr. Jaime Mendizábal Moya, abogado de Bustos y Debrav)

26 de noviembre de 1969.

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