El presente reportaje fue efectuado por la revista “Panorama”. Las valientes respuestas del padre Benitez provocaron la autocensura de ese típico representante de nuestra prensa.
Movidos por nuestro interés de conocer su apreciación sobre el caso Aramburu, entrevistamos a Hernán Benitez, quien optó por entregarnos, a modo de respuesta, el polémico reportaje donde analiza este episodio de la vida nacional, epílogo de un largo y turbio pasado.
El confesor de Eva Perón —como es sabido— piloteó la resistencia al gorilismo en los años crueles de la Revolución Libertadora. Defendió la causa popular contra el revanchismo y la violencia. Conoce como pocos esa historia de asesinatos, vejámenes e impunidad.
La Iglesia no alzó entonces la voz ni siquiera para condenar los genocidios. No era aquella “Iglesia de los pobres”. No contaba a ni con curas obreros ni con curas del Tercer Mundo. Aquella Iglesia no predicaba entonces que la violencia es contraria al Evangelio. Ello dice hasta qué punto su complicidad con los factores de poder puede desvirtuar su razón de ser y su misión en el mundo.
Al cierre de esta edición el padre Benitez caía, una vez más, víctima de la represión por su incansale testimonio junto al pueblo.
¿No cree usted, Padre Benitez, que los curas del tercer mundo, con su prédica de la violencia, son un poco responsables en el fondo del asesinato de Aramburu?
—En el fondo —como usted dice— del asesinato de Aramburu más responsables que los curas del tercer mundo es usted, soy yo, es el cardenal Caggiano y el propio Aramburu.
Porque, observe usted, los jóvenes señalados por la policía como ejecutores del hecho no son de extracción peronista. No son gente de pueblo. No son ni hijos ni parientes de los 29 argentinos, unos asesinados otros ejecutados en Junio del 56. Huelen a Barrio Norte. Católicos de comunión y misa regular. Algunos, hijos de militantes de los comandos civiles. Al caer el peronismo contaban de cinco a diez años. Nacieron y crecieron oyendo vomitar pestes contra el peronismo. ¿Qué los lleva a reaccionar violentamente contra el medio social en que acunaron? A mi entender, dos causas:
Primera. La convicción de que sólo la violencia barrerá con la injusticia social. Por las buenas jamás los privilegiados han cedido uno sólo de sus privilegios. Estos jóvenes sienten, con una fuerza que no sentimos los viejos, la monstruosidad de que un 15 por ciento posea más bienes que el 85 por ciento restante. Viven en un estado de indignación y de irritación del que apenas podemos formarnos idea. Por eso son fervorosos del socialismo. No por fe en el sistema sino por castigar con él a sus padres individualistas. Por eso ven con buenos ojos al peronismo y reaccionan en contra de las pestes oídas contra él. Segunda. Todavía les hiere más la injusticia moral o jurídica impuesta en la sociedad individualista. Guardan entre sus más lejanos recuerdos de infancia el del furor revanchista desatado a la caída del peronismo. En el amanecer de sus conciencias contemplaron un traumatizante cuadro de terror. Vieron cómo se asaltaron y saquearon los gremios y la Fundación Eva Perón. Supieron del encarcelamiento durante años de altos funcionarios y legisladores peronistas, sólo por ser peronistas. Oyeron cómo se confinó durante meses en las cárceles australes a personas contra las cuales luego nada pudo probárseles. Cómo se las sometió a cruel incomunicación y a la tortura del frío polar. Estos jóvenes presenciaron el regocijo exultante de la oligarquía en el festín de sangre de Junio del 56. Aquella orgía no podía no producir resultados desastrosos en sus almas niñas, naturalmente buenas y sensibles. Piense usted el efecto en sus corazones de los asesinatos de los cinco muchachos baleados por la espalda en el basural de León Suárez. Se los había apresado horas antes de impuesta la ley marcial y se los ultimó sin juicio ni siquiera sumarísimo. Parecida suerte corrieron otros seis en la comisaría de Lanús. Y todo quedó impune.
¿Cómo incidiría en la conciencia de esos niños, el día en que pensaran con cabeza propia, el que Aramburu convirtiera el derecho presidencial de gracia en derecho de desgracia, y ordenara fusilar a diez y ocho militares argentinos, a quienes los tribunales castrenses acababan de condenar a muy ligeras penas; pues la casi totalidad
de ellos no había disparado un solo tiro en la intentona? La mañana del 12 de Junio toda la prensa del país anunció el cese de las ejecuciones. Trampa mortal. Aquella mañana se entrega Valle y veinte horas después se lo ejecuta por decreto de Aramburu. Antes de caminar al paredón, en la Penitenciaría de Las Heras, Valle escribió de su puño y letra cinco cartas: a su esposa, su hija, su madre, su hermana y a Aramburu. Cartas que la oligarquía desconoce, pero que el pueblo argentino leyó llorando miles de veces. Dígame usted: ¿qué habrá pasado por el alma de nuestros jóvenes cuando de niños, acaso a hurtadillas, i que no los vieran sus familiares!, leyeron esas cartas? Palabras estremecedoras aquellas de Valle a Aramburu. i Cuánto me han hecho pensar en estos días! “Entre mi suerte y la de ustedes me quedo con la mía. Mi esposa y mi hija a través de sus lágrimas verán en mí a un idealista sacrificado por la causa del pueblo. Las mujeres de ustedes, hasta ellas, verán asomárseles por los ojos sus almas de asesinos. Y si les sonríen y los besan será para disimular el terror que les causan”. Nuestros jóvenes, de veinte a treinta años, de las mejores familias, ¿no nacieron y crecieron leyendo en los ojos de algunos de sus mayores aristócratas o comandos civiles el furor de que habla Valle?

  • ¿Quién impone la ley de la selva?
  • —Pero, sólo en la selva se hace la justicia por propia mano. La civilización cuenta con organismos judiciales, a quienes compete juzgar los crímenes…
    —No, mi amigo. Frente a un decreto presidencial de desgracia, que hace tabla rasa de los fallos de la justicia militar —caso sin precedentes en nuestra historia—, no hable usted de los recursos de la justicia. Hable de la conculcación de la justicia. No son estos muchachos quienes introdujeron la ley de la selva. El responsable directo del genocidio de León Suárez fue acusado y procesado. ¿Conoce usted el resultado? Cuando iba a efectuarse su prisión preventiva por orden del juez Dr. Hueyo, interviene el fuero militar. Pretexta que el acusado es coronel del Ejército. Lo substrae a la justicia civil. Y nunca más vuelve a saberse del proceso. Se diluye en agua de borrajas. El l9 de Mayo de 1958 Frondizi asume el mando. Su discurso inaugural del Congreso “baja el telón” —es su frase— sobre las atrocidades de la Revolución Libertadora con una inusitada amnistía: queda impedido enjuiciar el pasado de “los libertadores”. De esta suerte a quien pretenda justicia sólo le queda la ley de la selva.
    Aquí, en mi casa, le oí decir al diputado Dr. Agustín Rodríguez Araya, presidente de la comisión parlamentaria investigadora del asesinato de Satanowsky, que durante la investigación dos veces lo había visitado Aramburu pidiéndole no insistir en el caso, porque el culpable era demasiado conocido, pero su condena cedería en desprestigio de la Revolución Libertadora. Por supuesto, el criminal quedó impune, a
    pesar de haber sido marcado a fuego por la investigación parlamentaria. ¿Impune? ¡No; premiado por Frondizi con embajadas en Europa! No son estos muchachos quienes imponen la ley de la selva. Crasísimo error el de Aramburu al amparar a los asesinos. Una sociedad no se vuelve perversa cuando dentro de ella se cometen crímenes, sino cuando los criminales quedan impunes. La Revolución Libertadora se habría prestigiado condenando el genocidio de León Suárez y de Lanús. Como se habría prestigiado la Suprema Corte y el Arzobispo de Buenos Aires resistiendo las presiones de quienes indujeron a Aramburu a dictar el decreto de desgracia. Con lo que a éste le habrían hecho grandísimo favor. Acaso al presente no estaría muerto.

    —Los hechos que usted aduce son innegables. Esa es nuestra doloroso historia. Indudablemente se sembraron vientos. Eran de esperar estas tempestades. Pero a todo esto hay que ponerle punto final. ¿Cómo se le pone punto final?
    —¿Ha leído usted el libro Operación Masacre de R. J. Walsh? ¿Ha leído Víctimas y Verdugos de S. Feria? ¿La minoría adueñada del país sabe cómo contestó a las gravísimas acusaciones estampadas en esos libros? ¡Ignorándolos! Ahogándolos en silencio. Cree esa minoría que puede continuar todavía confeccionando la historia argentina como a ella le da la gana. Pero los jóvenes los han leído. Los jóvenes han cobrado conciencia de las mentiras dirigidas con las que la oligarquía pretende fabricar la historia. Y no aguantan más la tergiversación alevosa de la verdad. No quiero recordar los insultos del general Aramburu al general Valle. A Valle su íntimo amigo. No hubo buen nombre de peronista que no se emporcara. A la impunidad para los asesinatos físicos se sumó la impunidad para los asesinatos morales. Hasta se asentó la tesis de que todo peronista por sólo ser tal era delincuente. Para escapar al castigo debía probar su inocencia. Verdadera monstruosidad jurídica.
    Ni faltó el hecho macabro para terminar de traumatizar la conciencia juvenil. Se le cercenó la cabeza al cadáver tumefacto de Juan Duarte. Se la guardó en heladeras del Departamento de Policía. ¿Para qué? Para impactar con su repentina y espectral aparición bajo reflectores a las víctimas de los autos inquisitoriales del famoso “Capitán Gandhi”. Un tal Albariños, brazo derecho del Capitán Molinari. Se secuestró, profanó e hizo desaparecer el cadáver de Evita. Delito en vigor todavía. Es mentira que la madre firmara autorización ninguna para sacar esas reliquias del país. Y, a fin de que el dolor y la indignación se les retorciera a los derrotados en las entrañas, el decreto 4161 creó el delito de pensar en voz alta en defensa de los victimados.
    La esposa de uno de los militares fusilados por el monstruoso decreto de desgracia, he oído decir, fue precisamente quien salvó la vida a Aramburu, nueve meses antes, en Curuzú-Cuatiá, cuando el derrocamiento de Perón. Esta señora, recordando que Aramburu le debía la vida, corrió a la Residencia presidencial de Olivos
    a pedirle salvara ahora la de su marido, condenado a muerte por él. Aramburu no la recibió. “El presidente duerme” le repetían los guardias a la pobre mujer abrazada a los barrotes de la verja, en la noche helada, sintiendo correr los últimos minutos de vida de su esposo. “No se lo puede molestar; el presidente duerme”. Todo esto es historia argentina. Nos guste o no nos guste. Son hechos. No los revuelvo para echar más leña al fuero sino para penetrar en la conciencia de los guerrilleros. Para explicarme el porqué de sus reacciones violentas y de su indignación incontrolada. Lo hago para ser justo con ellos. Condenarlos sin comenzar por comprenderlos es contraproducente. Nos llevará a la guerra entre argentinos.
    Sí, es injusto condenarlos sin haber medido antes toda la responsabilidad que a nosotros, más que a ellos, nos cabe en lo sucedido. No volvamos a sembrar nuevas simientes de odio en los corazones niños. Ciertos extremos persecutorios no hacen sino revelar nuestro complejo de culpa. ¡Cuidado!

  • La persecución al peronismo
  • —El peronismo, Padre Benitez, cometió errores gravísimos. ¿Cómo pueden estos jóvenes ignorarlos e idealizarlo?
    —¡Vaya si los cometió! Creo conocerlos mejor que usted y jamás los he callado. No he entrado yo en la disyuntiva de baba a presión u odio a presión frente al peronismo. Por eso no soy santo de la devoción ni de los peronistas ni de los antiperonistas. En este país cantar la verdad no granjea amigos. Cometió errores el peronismo, errores garrafales. Pero sucedió algo inexplicable. Sucedió que las casi cien comisiones investigadoras plenipotenciarias, creadas a su caída para juzgarlo, no probaron delito ninguno o apenas ninguno. Quedaron de esta suerte impunes los incendios de los templos. Impunes los fortunones amasados con plata negra. Impunes los enriquecimientos con coches obtenidos a precio de lista. Impunes quienes en la prisión asesinaron a Ingalinella. Impunes quienes en las cárceles torturaron y vejaron a presos políticos, muchos de estos militares. ¡Impunes tantas y tantas cosas!
    ¿Qué consecuencia debieron sacar los jóvenes de semejante impunidad? Que se persiguió al peronismo por sus aciertos, no por sus desaciertos. Por otra parte, su gran propaganda son los errores de los gobiernos posteriores. Estos errores, que nuestros muchachos tienen a la vista, magnifican al peronismo, al que no lo tienen a la vista.
    —Pero, ¿no cree usted que quienes ejecutaron a Aramburu van mucho más allá del peronismo?
    —No me cabe la menor duda. Las ideas revolucionarias de nuestros jóvenes dejan muy atrás los ideales justicialistas. Pero, permítame terminar lo que estaba diciendo. Estos guerrilleros de misa dominical, que juzgaron y condenaron a Aramburu, no conocieron por dentro al peronismo. Conocieron por dentro al antiperonismo. Conocieron y padecieron —como le decía —los desaciertos de los gobiernos posteriores. Padecieron el galopante deterioro de la economía, la entrega del país, el saqueo que nos están haciendo los monopolios yanquis, la prepotencia de militares que se constituyen arbitros supraconstitucionales del destino de la República, como si los lloviera el cielo, y no siempre son modelos de sobriedad.
    Nuestros guerrilleros padecen algo peor todavía. Un escándalo que tortura increíblemente a las generaciones jóvenes: la proscripción del ochenta por ciento de los argentinos, exiliados en su patria, sin representación, sin voz ni voto, sin arte ni parte en nada. Y, para mayor escarnio, condenados a oir a cada rato a los solitarios del poder arrogarse la representación de todo el pueblo. Cuando ese pueblo los abomina. Nada afrenta tanto la conciencia juvenil como la farsa, como la hipocresía. Un país ficticio vive aquí jugando a país real. No sé si por prepotencia de los militares o por cobardía de los civiles estamos padeciendo los argentinos una represión del pensamiento, que pagaremos muy caro. No hay nervios juveniles que puedan aguantar esto a la larga sin estallar.
    ¡Y el colmo de la ignorancia! Políticos que volcaron sobre Perón cloacas de denuestos volaron luego a Madrid, a abrazarse con el exiliado, a estrechar alianzas, a mendigar votos. ¿Semejante indignidad no los coloca por debajo de sus denuestos? Uno de ellos no tuvo empacho de ir a fotografiarse con Perón, al tiempo que los quioscos de Buenos Aires exhibían un obsceno libe, lo suyo contra Perón. Y es que se ha impuesto en el país el catecismo del éxito, la moral de la política. La que se da de patadas con el señorío y la moral del Evangelio.
    Enferma presenciar todo esto. ¿Cómo podemos pretender que nuestros muchachos no idealicen el pasado peronista y no sientan náuseas de la presente farsa liberal? Chorreamos podre moral a escala de pueblo. ¿Y pretendemos que estos chicos sean buenitos a escala de individuos? ¡Cosa de locos!

    —Su apreciación del país. Padre Benitez, es dura pero tiene demasiado fundamento. No puede negarse. Pero nuestros males, así como no justifican el crimen por robo o por venganza, tampoco pueden justificarlo por razones políticas. ¿Exculpa usted a quienes ultimaron a Aramburu cargando toda la responsabilidad sobre el país?
    —¡Delicada pregunta! Su respuesta pide luz a la psiquiatría y al confesionario. Quisiera darle la más clara respuesta. Filosóficamente hablando, les hemos creado a estos jóvenes una circunstancia existencial o un clima vital, el que en vez de protegerlos contra la violencia, los empuja a la violencia. No les hemos dado normas precisas de conducta, porque no las ven en nosotros. No han conocido hombres paradigmáticos. Hemos cotizado sus conciencias no dejándoles ver cómo debe ser el joven modelo 70. Es tan absurdo exigirles a todos autodominio y control en el clima epiléptico que les creamos, como sería exigirles virginidad en el mundo panerotizado que los envuelve.
    Ahora le pregunto yo a usted: en un caldo de cultivo fermentador del crimen psicopático, de la exaltación neurótica y hasta del asesinato místico o psicodélico, si usted lo quiere llamar así, ¿quién es la verdadera víctima: el asesino o el asesinado? Me he preguntado al alma si estos jóvenes no habrán creído dar gloria a Dios y hacer justicia al condenar a Aramburu. Me he preguntado, si la mañana de la “ejecución” no habrán comulgado, pidiendo al cielo su valimiento. Porque —escúcheme usted—, si estos muchachos fueran hijos de peronistas, si fueran familiares de las víctimas del 56, podría creerse que los dinamiza el odio o la venganza. Pero, no. Los mueve un convencimiento, una filosofía, un ideal. ¿Ideal utópico?, ¿vesánico? ¿Ideal justiciero?, ¿religioso? Sólo Dios lo sabe, quien mira lo subjetivo de las conciencias. Pero ideal de cuya desviación objetiva somos responsables nosotros, quienes les hemos creado una cruel circunstancia existencial. Discurran otros si se trata de crimen político o de crimen social. Yo entiendo que nos hallamos en presencia de un dramático hecho generacional. Nos hallamos en presencia de un castigo de los jóvenes a los viejos. De los hijos a los padres. De la Argentina de hoy a la Argentina de ayer. Nos cuadra a la perfección aquello de Donoso Cortés: hemos alzado a la Argentina de ayer. Nos cuadra a la perfección aquello de Donoso Cortés: hemos alzado tronos a las premisas, ahora vamos a alzar cadalsos a las consecuencias. ¿En estos jóvenes no pretendemos ajusticiar a toda nuestra juventud?
    Añado más. Somos responsables incluso de la elección de la víctima. Lo somos de que ahora o en el futuro paguen justos por pecadores. Porque donde impera la división y el odio nadie sabe quién es quién. Nos forjamos todos de todos una imagen mentirosa y distorsionada…

  • La violencia y el Evangelio
  • —Dijo usted recién que entraba en estos el confesionario. Qué nos quiere decir: ¿qué partió del confesionario la orden de ultimar a Aramburu?
    —¡Cálmese, amigo! No pasa día sin que el Papa o los obispos condenen la violencia por contraria al Evangelio. Los jóvenes oyen esto, por un lado. Pero, por otro, leen criterios muy distintos en los grandes teólogos católicos.
    Oiga usted, por ejemplo, esto de Schoonenberg, jesuíta, profesor de teología toda su larga vida, y uno de los escritores más originales. “En lo referente a la revolución suscribo a la letra las palabras de Paulo VI en la Populorum Progressio: “La insurrección revolucionaria —salvo el caso de tiranía evidente y prolongada que atente gravemente contra los derechos fundamentales de la persona y dañe peligrosamente al bien común— engendra nuevas injusticias, introduce nuevos desequilibrios y provoca nuevas ruinas”. “En Bogotá Paulo VI se convirtió en heraldo de los necesitados y explotados: pero condenó la violencia por contraria al espíritu del Evangelio. Si con tal condena no pretendió borrar con el codo lo que escribiera con la mano en la encíclica —cosa absurda—, debemos entender que, según el Papa, la violencia es el extremo recurso que les queda a los cristianos, si pretenden conformarse al Evangelio. Condenar en absoluto la violencia, empleada en defensa de legítimos derechos, sería abiertamente contrario al Evangelio. Porque equivaldría a sancionar como contraria a la moral cristiana la defensa de legítimos derechos. “No sólo las autoridades de la Iglesia —termina diciendo—, sino los laicos cristianos —estos en primer lugar por ser los más interesados— debieran ponerse a analizar con qué medios eficaces cuentan al presente para redimir al pobre del hambre y de la explotación. Si no hallan medios eficaces y radicales, condenar la violencia equivale a canonizar el actual estado de cosas.
    Y la canonización del actual estado de cosas es mucho más antievangélica que la canonización de la violencia”.
    Como Schoonenberg piensa Karl Rahner, piensa Johanri B. Metz, piensa J. Hering, piensa von Balthasar. En una palabra, nuestros jóvenes podrán hallar uno que otro teólogo que calle frente a la violencia, pero no hallan uno sólo que condene en absoluto la violencia. Acabo de recibir el número de Julio de Lettre de París.
    Y en él, bajo el título “Valor revolucionario del Evangelio”, hallo estas páginas del canónigo malagueño J. M. González Ruiz. Escuche usted lo que escribe: “Permítaseme una breve reflexión sobre la violencia. Porque ésta presenta sus dificultades a las conciencias cristianas que han sido sutilmente tergiversadas por la oligarquía. La violencia no es cristiana. La violencia es un mal. Es un pecado. Pero debemos empezar por distinguir dos tipos de violencia: Primera, la de los explotadores contra los explotados. Aquéllos son los primeros en introducir la violencia. Segunda, la de los pobres infelices que luchan por librarse de la violencia de los explotadores.
    “El Evangelio jamás justifica la violencia. No, por supuesto, la de los explotadores. Tampoco la de los explotados. Pero Cristo, para redimir al mundo del pecado, “se hizo pecado”. No lo redimió desde una estratosfera incontaminada de pecado. “Se hizo pecado” quiere decir, no que fuera culpable por cometer pecado, sino que encarnó en un medio vital o existencial viciado y dominado por el pecado. “Pero, el hecho de que los cristianos no podamos canonizar la violencia como algo objetivamente bueno, ni siquiera —como dije— la violencia de los explotados, ¿ese hecho —pregunto— nos prohibe encarnar, como Cristo, en el pecado de la violencia redentora y liberadora de los oprimidos? ¡Claro que no! Podemos y debemos encarnar en ella.
    “Como cristianos nos corresponde aportar al proceso revolucionario algo muy positivo, a saber, de un lado, que no se canonice la violencia como si en sí fuera santa y buena: pero, de otro lado, que no se la condene como antievangélica. Se canoniza la violencia cuando al violento se lo convierte en héroe. Como si la violencia fuera una virtud, cuando de hecho apelamos a ella sólo impelidos por las circunstancias. Se condena la
    violencia cuando mediante campañas, por todos los me. dios publicitarios, se procura crear en los cerebros reflejos condicionados contra la violencia como antievangélica.
    “Semejante condenación de la violencia como contraria al espíritu del Evangelio no la avala ni el dogma católico ni la Biblia. No es correcto, pues, canonizar el pacifismo en nombre de la Sagrada Escritura. Como cristianos debemos luchar por la liberación de los oprimidos. Y, si para ello, nos es forzoso asumir el pecado de la violencia, como asumió Cristo el pecado del mundo, debemos asumirlo…”.
    El autor de estos párrafos no es un lego. Es un especialista en Sagrada Escritura. Sus estudios sirvieron en el Segundo Vaticano de eficaces documentos de trabajo para elaborar la constitución pastoral de la Iglesia. Lo afirma así el Padre Chenu. No conozco en nuestro medio un eclesiástico de su talla en ciencias bíblicas.
    En las consideraciones que preceden a estos párrafos el teólogo español constata los siguientes hechos: l) Toma cuerpo cada día más entre los jóvenes el convencimiento de hallarse ellos en medio de un galopante proceso revolucionario, en el que les corresponde un papel protagonice 2) El proceso de reconstrucción de la sociedad es obra de todos. De cristianos y no cristianos. De individualistas y comunistas. No le compete, por tanto, al aparato oficial eclesiástico dictaminar si se dan o no se dan en concreto las condiciones de la revolución. 3) La oligarquía y los poderes públicos presionan de mil maneras al clero para que condene la violencia por contraria al Evangelio. Con ello reducen el Evangelio al servicio del privilegio y la opresión. No al servicio de la salvación eterna de los hombres. 4) El hecho de le expansión del cristianismo por todo el orbe da la posibilidad a los cristianos —sobre todo a los teólogos— de reconquistar para los pobres, los oprimidos, los explotados el poder y prestigio cristiano confiscado por los oligarcas y manipulado en favor de sus intereses.
    Los nuevos enfoques teológicos inflaman la conciencia de los jóvenes cristianos con un poderoso dinamismo revolucionario. Los oligarcas no lo ignoran. De aquí su desesperación. Cada vez manejan menos los sentimientos religiosos de la masa. Cada vez ésta despierta más a la conciencia de sus derechos esenciales, al soplo del profetismo cristiano. Es la tarea emprendida por los curas del tercer mundo. De aquí la inquina de los oligarcas contra ellos. Inquina que no se para ni ante la difamación ni ante la calumnia. Todo esto dice en substancia el teólogo español. Nada he puesto yo en ello de mi cosecha. Me objetará usted que en el criterio de los jóvenes debiera pesar más la palabra de su obispo que la de los teólogos. Así se lo decía yo, ha poco, en rueda, a unos muchachos. Pero, ¿sabe usted qué me contestaron? “Que sí, que debiera pesar más la palabra de su obispo, si éste fuera libre, si fuera teólogo y razonara sus afirmaciones, si viviera dentro del mundo del trabajo, si conociera y sintiera al vivo los problemas de los desheredados, si no se hallara comprometido con el poder, los honores, las riquezas…” Me callé. No estaba el horno para bollos. En pasados tiempos era prohibido no ya predicar en los templos pero ni enseñar en los seminarios la doctrina del regicidio. Igual sigilo cubría el asesinato por “la razón de Estado”. No había otra forma de evitar el puñal exaltado de los Ravaillac. Dolorosamente no se ha mantenido en la debida reserva la doctrina de los teólogos sobre la violencia. Era imposible mantenerla —comprendo—, dado el frenesí publicitario de las revistas y de la prensa, siempre al acecho de lo detonante. Por eso se explica la refrescara Pablo VI en la Populorum Progressto.
    No partió del confesionario la orden de asesinar a Aramburu. Esté usted seguro de ello. Pero lo doloroso es que la repicada polémica dentro del clero entre la licitud o ilicitud de la violencia y el diario manoseo con ligereza y vaciedad de tema tan espinoso, ha logrado el efecto contraproducente de que cada cristiano, joven o viejo, se crea autorizado a tomar partido, a su entero albedrío, por uno u otro extremo. De esta suerte se logró también que escapara al confesionario la enseñanza moderada, prudente, criteriosa, sabia, razonada, sensata, acorde a cada inteligencia y cada sensibilidad. La que podría ponernos a resguardo de aberraciones y locuras.

  • Los hijos y los entenados de la Iglesia
  • —Se dice que hay complicados en el “ajusticiamiento” de Aramburo, curas y militares. El entourage del occiso señala a personas del gobierno de Onganía como sus inspiradores y promotores. Los jóvenes señalados como autores serian sólo ejecutores. Y, por cierto, acusados, luego de consumado el hecho, por los mismos promotores. ¿Ha formado usted opinión al respecto?
    -Ninguna. El hecho presenta contradicciones palmarias. Gran ajuste por un lado y gran desajuste por otro. Ello da pie a todo tipo de suposiciones. Esto sí: no creo implicado en él a ningún sacerdote que esté en sus cabales. Ni el más fanático violentista de los clérigos podría inscribir semejante crimen en un cuadro de acciones revolucionarias ni echar sobre su conciencia la complicidad en el delito. Tal es mi convicción. Pero —le confieso a usted—, cuando vuelvo los ojos a los jóvenes señalados como ejecutores del crimen, no puedo menos de sentir por ellos inmensa compasión. Son producto del criminal pasado histórico antes sugerido, del que es Aramburu el máximo responsable. Son producto del cruel presente de nuestro país, cuajado de hipocresía, avasallamiento de los argentinos, entrega del país, fatuidad triunfalista. Son producto del caos mental y espiritual que la iglesia crea en sus conciencias con controversias doctrinales y divisiones internas.
    No les hemos dado ni doctrina sólida ni sólidos ejemplos de austeridad, pobreza, espíritu evangélico. ¿De qué vale cantar a todo viento que la violencia es antievangélica, si vivimos los clérigos en riqueza antievangélica, fastuosidad antievangélica, complicidad antievangélica con los explotadores de las masas? No seré yo quien tire contra ellos la primera piedra.

    —La jerarquía eclesiástica ha condenado a los ejecutores de Aramburu sin la menor disculpa y en términos severísimos. ¿Qué opina usted de semejante condena? —Creo que la autoridad eclesiástica ha estado muy bien ahora en condenar este crimen, como estuvo muy mal, en el 56, al no condenar aquellos crímenes. La coloración que da a la condena responde al medio vital en que ella vive. Como mi coloración responde a mi medio.
    No se alzó en aquellos años una sola voz de prelado ninguno en defensa de los asesinados ni en condena profética de los genocidios. ¡Página negra de la historia de la iglesia argentina! Flaco servicio hizo la jerarquía eclesiástica a la Revolución Libertadora, adulando a su gobierno y callando frente a sus asesinatos y ajusticiamientos contra todo derecho. Le hubiera evitado quebraderos de cabeza diciéndole la verdad. ¿Mala voluntad de los prelados? ¡No! Alejamiento de las masas.
    Los asesinatos en León Suárez y los asesinatos en Lanús, antes recordados, los perpetró un paranoico contra órdenes expresas del almirante Rojas, quien estaba al frente del comando de represión, en la madrugada del 10 de Junio. El mismo paranoico asaltó la residencia del embajador de Haití, sacando de ella para fusilar a un buen número de militares y civiles asilados allí. El mismo fue responsable del asesinato de Satanowsky.
    Sin embargo —¡asómbrese usted!— escasos días después de los crímenes de Junio, un alto prelado aprovechó una Asamblea de Acción Católica para “comprometer a los fieles, en nombre de la iglesia, a apoyar incondicionalmente a Aramburu y Rojas, por haber asumido la responsabilidad histórica de devolver al país las instituciones republicanas y democráticas”. Forzaba así dicho prelado la conciencia del pueblo proscripto, la conciencia incluso de las esposas, madres e hijos de los asesinados a besar la mano del verdugo paranoico. ¡Y en nombre de la iglesia! Aquellos crímenes fueron aplaudidos sin salvedades. El presente crimen es condenado sin salvedades. ¿Mala voluntad de los prelados? ¡No —repito—, no! Desconexión del pueblo humilde, del pueblo que no firma manifiestos, del pueblo que no ejerce presión sobre las curias, del pueblo que piensa y siente todo lo contrario de lo que el dirigismo estatal le endosa, que piensa y que siente.
    Muy distintas se ven las cosas desde la Argentina real, proscripta, indignada que desde la otra artificial, de ficción, triunfalista, que hace democracia a silbo de cuartel y alimenta su hipnosis con autobombo. Es ésta la que se arroga a cada rato la representación de todo el pueblo argentino para curarse del complejo de soledad.
    Su alejamiento de las masas le impidió en aquellos años al oficialismo eclesiástico tender puentes de comprensión y de diálogo entre unos y otros partidos políticos, entre unas y otras clases sociales, entre las generaciones de padres e hijos, entre patronos y obreros, entre argentinos de una y de otra ideología. Nos odiamos porque nos ignoramos. No estarían hoy asesinados ni Vandor ni Aramburu, si la iglesia hubiera tendido esos puentes de diálogo.

    —Arroja usted una tremenda acusación contra la iglesia…
    —Peor la arrojó el Concilio. La iglesia argentina del 55 era preconciliar. Preconciliar hasta los tuétanos del alma. Y su jerarquía se hallaba totalmente divorciada del pueblo. Mucho, por suerte, cambiaron las cosas desde entonces, aunque paguemos todavía las consecuencias de aquel divorcio. Ahora no pocos de nuestros señores obispos han cobrado conciencia de sus deberes proféticos y denuncian los atropellos encarando a los poderes públicos en defensa de los oprimidos. ¡Véalo a Helder Cámara! Es una antorcha bíblica llevando por el mundo la denuncia profética de las torturas en las cárceles brasileñas. Reconcilia con Dios aún a los que no creen. Como alejan de Dios aún a los que creen esos otros eclesiásticos a quienes el encandilamiento ante el poder y boato mundano no les deja ver la tristísima situación de las masas. Quéjase el profesor yanqui W. Mills, en su libro El poder de la élite, de que los militares, los oligarcas y empresarios estén distorsionando, desacreditando y llevando a la ruina a las democracias latinoamericanas. Deplora aún más que el aparato eclesiástico se preste al juego, dejándose manejar y sirviendo los intereses de aquéllos contra los del pueblo. Y añade: “Hasta los grandes valores religiosos: Dios, la moral, la libertad, los han sofisticado los factores de poder para asegurarse con ellos los privilegios y justificar la explotación de las masas. Y la iglesia oficial, ¡mutis!” 4 Bueno, no tan mutis. Porque, si hay obispos quienes con sus pacifismos y morondangas se prestan al juego oligárquico, los hay también —en número creciente— cuyo revolucionarismo va de veras .cosechándose con él la ira de los gobiernos. Un obispo, de esos de que se queja el profesor yanqui, aconsejaba a un cura del tercer mundo no atacar las personas sino las instituciones. ¡Linda manera de castrarlo! Juan el Bautista no combatió el adulterio de Herodes disparando al aire. Lo combatió nombrando a Herodes con pelos y señales. De haber disparado al aire, hubiera podido sentarse al festín del rey y bailar con la linda Salomé. Pero aquel hombre, el Bautista, era todo un macho. Todo un profeta. Ño sabía las reglas de la pastoral pastelera. Por eso las pagó caras. ¡Con la cabeza! Es la suerte del profeta.

  • Por qué se ataca a los curas del Tercer Mundo
  • —El cambio de la iglesia salta a la vista. Y les duele a muchos conservadores. Tenemos que habituarnos los laicos al tipo de sacerdote nuevo. Paulo VI está librando verdaderas batallas contra extremistas de derecha y de izquierda. Pero, si hay crisis de iglesia, no creo haya crisis de fe. Los templos se ven más llenos ahora que antes. Y abundan en ellos los jóvenes. —Pienso exactamente como usted. La historia hará justicia al equilibrio y mesura de Paulo VI, en tantas cosas genial. Cristo fundó la iglesia como sociedad
    jerarquizada y la instrumentó en lo esencial para que sirviera a la salvación del hombre, de la historia y del mundo. Pero después de fundarla no se encaramó a su gloria ni se cruzó de brazos ni les dijo a los curas: “¡Arréglenselas ahora ustedes!” No. Cristo continúa personal aunque invisiblemente su obra redentiva. La continúa por modos misteriosos y a veces despistantes. ¿Vio usted los padrenuestros de Jairzinho, en el mundial de Méjico? ¿No cree que esa oración sacudió las conciencias más que los sermones de los templos? A mí —le confieso— me arrancó lágrimas verlo a ese muchacho después de cada gol correr a hincarse de rodillas en medio de la cancha y darle a Dios su corazón agradecido en presencia de mil millones de televidentes.
    ¡Qué preciosa fe la de ese mago del gol! Fe simple, ingenua, sin miramientos humanos. ¡Cuánto me hizo reflexionar aquel chico sobre el misterio de Dios! No, no acabaremos con la religión los curas, aunque sigamos con nuestras peleas y nuestras tonterías! Salvarán la iglesia los Jairzinhos, si no sabemos salvarla nosotros.

    —Una última pregunta. ¿Cree usted comprometidos a los curas del tercer mundo por el Padre Carbone?
    —Nuestros curas tercermundistas son propuestos como modelos a los clérigos europeos por los obispos de allá. Porque, mientras los sacerdotes europeos, en número impresionante, cuestionan el celibato, reclaman tareas seculares, censuran los estipendios, abogan por un clero desclerizado y critican todo lo interno de la iglesia, nuestros curas del tercer mundo sólo miran al trabajo externo, sólo piden se los deje servir al pueblo de Dios conforme al espíritu del Concilio y las directivas de Medellín sin retaceos.
    Calcule usted la repercusión en Europa y en el mundo entero si se los molesta por un asunto en el que nada tienen que ver. Si el Padre Carbone se halla compróme, tido en el affaire Aramburu es cosa suya. Como sería de Imaz o de Onganía, y no del ejército, si se hallaran éstos comprometidos. Se ha orquestado toda una campaña de desprestigio contra nuestros curas del tercer mundo. Carbone es el pretexto. La verdadera causa de esa campaña artera y cobarde es la prédica de la justicia social y la defensa que hacen de los humildes. Y no me cabe duda de que el antípueblo presionará de mil modos a los obispos para que los condenen. Pero esa campaña les está haciendo a ellos grandísimo favor a los ojos del pueblo. Este tiene ahora pruebas fehacientes de que esos muchachos han tomado su defensa de veras. No son quintacolumnas metidas por el antipueblo en el corazón del pueblo para traicionarlo. Están reconciliando al mundo obrero con la iglesia. Vacunan al pueblo contra el ateismo marxista. Condenarlos a ellos sería condenar también a los obispos del tercer mundo. No creo a la jerarquía de la iglesia argentina tan esclava de la oligarquía que se coma la gallina de los huevos de oro.

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