La guerra ha durado ya demasiado tiempo. ¿Quién, de entre nosotros, no desea la paz? Querer la paz no es otra cosa que querer vivir. Actualmente, los católicos vietnamitas que desean verdaderamente la paz no pueden no sentirse concernidos por las perspectivas de paz que se perfilan con más y más precisión. La Iglesia misma no podrá sino acoger la paz con alegría. Esto no quiere decir que con la paz ella gozará automáticamente de una tranquilidad beata. Mas bien, tendrá la ocasión de poder marchar al fin codo a codo con todo el pueblo hacia la edificación común de una paz verdadera. Ciertamente, la ruta a realizar juntos parece, por ahora, demasiado corta. Pero en realidad está sembrada de mil espinas.
LA PAZ YA ESTA EN EL HORIZONTE FUENTE DE ALEGRÍA PARA EL PUEBLO
¿Quién no se regocija con la paz en el horizonte? Con la vuelta de la paz, los sobrevivientes de una guerra que ya ha durado más de treinta años, librados de la obsesión de «vivir hoy sin saber lo que ocurrirá mañana», podrían al fin dormir tranquilos, sin tener que despertarse sobresaltados cada vez que una bomba explota al lado o en la lejanía. Al callarse las bombas y los cañones, los corazones de los hombres latirán
con un ritmo regular. Los jóvenes abandonarán sus vidas de bestias salvajes acosadas día y noche y volverán a la vida normal que les permitirá consagrar lo más claro de sus fuerzas físicas y morales a la realización de obras más bellas y realmente humanas. La vida y el porvenir les sonreirán.
Los niños que van a nacer podrán, como todos los niños del mundo, desarrollarse en la ternura del cálido y protector amor de sus mamas que no tendrán ya miedo, ni por ellas ni por ellos. Los recién casados no tendrán ya la obsesión de vivir «el marido de un lado y la mujer del otro». La paz, entonces, va a venir. Debe venir.
Pero la paz no vendrá únicamente para un cierto número de individuos o de grupos. Vendrá para todo el pueblo en su conjunto: tanto para el Norte como para el Sur; tanto para el campo como para la ciudad.
Se reunirán las familias separadas; los campesinos volverán a la tierra de sus antepasados para resucitar allí la atractiva y enriquecedora vida de la campaña; los obreros reencontrarán su dignidad de hombres en un trabajo normal.
El retorno a la paz significa que todos los ciudadanos compartirán la misma comunidad nacional de vida, de alegrías y de penas; y que todos pondrán su contribución en común para resolver de una manera equitativa todos los problemas que conciernan a la patria en común.
¡Nada es pues más regocijante que sentirse al fin desembarazado de todos los gérmenes de división solapadamente inyectados por el extranjero! ¡Que sentido más profundo tienen para todos nosotros las palabras «ser ciudadanos de una misma patria»!
Si la paz trajese solamente esto, ya sería un profundo consuelo para los vietnamitas que luchan por ella. Pero, en realidad, la paz traerá infinitamente más que esto. Con la paz nos será permitido esperar cosas maravillosas que la guerra mantiene alejadas de todo lo que podemos imaginar.
En efecto, desde hace decenios la guerra nos ha impedido valorar las inmensas riquezas espirituales, morales, intelectuales y materiales de nuestro pueblo. Con la paz, en el Sur se duplicará la producción de arroz; la industria del Norte conocerá progresos acelerados. Frente a estas perspectivas tan agradables y llenas de promesas; ¿cómo podemos tener miedo todavía, frente al futuro, de recaer en el hambre y la miseria de antaño? La cultura nacional, que no ha conocido el desarrollo que merece, tendrá mayores probabilidades de desarrollarse, como los arrozales que en la cercanías de la floración reciben las lluvias bienhechoras del verano.
A causa de la presencia de un cierto número de extranjeros no nos ha sido permitido gustar la dulzura de los lazos de amistad que deberían reunimos en el seno de la familia de los pueblos del mundo. Nuestros amigos, repartidos en los cinco continentes nos esperan y están prestos a acogernos con los brazos abiertos desde que estemos liberados. Vuelta la paz podremos ocupar el lugar reservado para nosotros en la gran comunidad humana. Tendremos una vida totalmente nueva, digna de nosotros.
Va a venir la paz y es maravillosa. Diremos entonces, desde el fondo de nuestro corazón, nuestro agradecimiento entusiasta a todos aquellos que están trabajando para su retorno. Pero a nosotros nos incumbe hacer los esfuerzos necesarios para que la paz que va a venir a la tierra herida de nuestra patria sea una paz equitativa para todos y durable, una vez eliminadas todas las causas de división.

  • LA PAZ VA A VENIR CAUSA DE ALEGRÍA PARA LOS CATÓLICOS
  • La alegría es contagiosa. El retorno a la paz llevará la alegría al pueblo vietnamita: a los cristianos tanto como a los no cristianos. Pero para los católicos, en particular, esta alegría será especialmente profunda.
    La guerra, en efecto, ha destruido más de la mitad de nuestros poblados y casi la totalidad de las iglesias y lugares de culto en el norte de nuestro país.
    Todo católico vietnamita tiene el corazón oprimido cada vez que piensa que monumentos históricos de su Iglesia como las catedrales de Xa Doai, de Nam Dinh, de Thai Binh, o iglesias de Path Diém, no son hoy más que una pila de innumerables escombros! Durante los cuatro años de bombardeos intensivos, cerca de un millón de católicos del Norte sólo pudieron asistir al culto al amparo de la noche o de las profundidades de subterráneos cavados apresuradamente. Las parroquias situadas a lo largo de los paralelos 17, 18 y 19, ya prácticamente no existen. He aquí un ejemplo conmovedor: Mons. Nguyóm Dinh Nhiém, obispo coadjutor de Vinh acaba de fallecer. En Xa Doai no quedaba ningún lugar que pudiera’ servirle de sepultura conveniente. Se lo debió enterrar en un rincón de tierra, frente a su dormitorio, ya que no solamente la Catedral ha sido completamente destruida por las bombas, sino que también el cementerio no es más que un terreno baldío lleno de agujeros de bombas.
    Aún en Sur Vietnam la suerte de los católicos no es mejor. Desde hace 7 años el desplazamiento forzado de la población del campo es un hecho cotidiano. Parroquias enteras, conducidas por sus curas, los únicos jefes en los cuales los católicos tienen confianza, son continuamente expulsadas de un lugar a otro, para retomar inmediatamente al otro día la marcha hacia destinos desconocidos y llenos de peligros. En ninguna parte, la población está segura: la guerra terrestre o aérea está en todos lados. Tiene de qué quejarse esta pobre gente, católica o no. Es I necesario haberlos visitado para comprender un poco la profundidad de su miseria.
    Con la vuelta de la paz desaparecerán estos dramas inhumanos. Los católicos podrán practicar su religión con más seguridad. ¿Quién no se regocija por esto?
    Al estar el territorio nacional de Vietnam dividido en dos zonas, la Iglesia en Vietnam, por la misma razón, está cortada en dos. Con el retorno a la paz, la Iglesia situada en las dos zonas provisorias, se encontrará automáticamente reunida. Y será sólo una bajo todos los aspectos. Los obispos, los sacci’dotes y los fieles de ambas zonas podrán vivir juntos en la misma comunión profunda, la caridad de Cristo, principio de unidad, y ésto de una manera concreta, tangible y positiva.
    Con el retorno a la paz nuestra nación será independiente. La gente que busca oponer unos con otros los adeptos de diferentes religiones, para realizar sus ambiciones políticas o financieras, no tendrá punto de apoyo para recomenzar sus obras de tinieblas. Las nuevas condiciones nos permitirán ser «verdaderos católicos vietnamitas». Nadie osará ya acusarnos de ser agentes del colonialismo y del imperialismo extranjero. Nosotros nos daremos cuenta más fácilmente que el amor a Cristo y el amor a la Patria son una sola cosa.
    En efecto, estos dos aspectos son complementarios uno del otro, como decía Phan Boi Chau, el patriota no-católico más venerado por el pueblo vietnamita. La presencia francesa ayer, y hoy la presencia americana, hacen una y otra, un daño inconmensurable a la Iglesia de Vietnam. Desde el momento en que los extranjeros hayan partido, y que ya no sean los amos nuestros, todo será claro como el día.
    El papa, los obispos y los católicos del mundo entero ruegan y obran por el retorno de la paz en Vietnam. Todos desean que el día de la vuelta a la paz esté lo más cercano posible. Cuando la paz haya efectivamente vuelto podremos cantar juntos la acción de gracias. Podremos agradecer sinceramente a todos los pacifistas del mundo entero. Podremos desear entonces a todos nuestros compatriotas, católicos y no-católicos, que se encuentren en las dos zonas, la misma bendición de Cristo: «¡Bienaventurados los artesanos de la paz!»
    El retorno a la paz es entonces una gracia de Dios, al mismo tiempo que es una obra de todo el pueblo en su conjunto. La paz en la independencia es la aspiración más profunda de nuestro pueblo. Acojamos entonces la paz con todo nuestro fervor de católicos vietnamitas.

  • NOSOTROS NO TEMEMOS LA PAZ
  • Queremos realmente la paz porque es el único medio que nos permite vivir. Sin embargo, ocurre que algunos de entre nosotros tienen aprensión a su retorno, únicamente porque son víctimas de una falsa propaganda según la cual la paz sería un monstruo.
    Se la representa como una especie de fantasma que da miedo no sólo a los niños, sino también, y sobre todo, a los adultos. Sería, por ejemplo, un monstruo antropófago que devoraría a todos los católicos. Dicho de otra manera, todos los católicos serían presa de la cólera popular. Un millón de católicos serían obligados a hacer a pie el camino de regreso al Norte. En seguida, una vez llegados a destino, serían llevados ante tribunales populares para ser juzgados según los métodos más salvajes. Intentemos analizar brevemente esta amenaza.
    En primer lugar, nos preguntamos si el FNL tiene verdaderamente interés en difundir tales rumores. La respuesta debe ser negativa. En efecto, tales noticias sólo le harían daño. Lo que busca, según su programa, es agrupar a los vietnamitas y de ninguna manera dividirlos. Descarta, en consecuencia, todo lo que le impide alcanzar sus objetivos. Esgrimir tales amenazas le alejaría elementos con los cuales deberá contar para reconstruir el país cuando haya vuelto a la paz.
    El simple buen sentido nos indica que ningún gobierno digno de ese nombre puede darse el lujo de aplicar métodos tan odiosos sin correr el riesgo de ser reprobados por la opinión mundial. Un gobierno tendrá muchas otras tareas más urgentes que cumplir. En consecuencia uno está obligado a conceder que tales infundios no podrán venir del FNL ya que ningún ciudadano deseoso de jugar un rol histórico puede permitirse ponerse en ridículo a tal punto.
    El futuro gobierno, si es ese el objetivo del FNL, tendrá que ocuparse de centenares de miles de víctimas de guerra; de desembarazar al país de innumerables abusos de toda clase, causados por la guerra; de cuidar y educar niños de todos los medios, en particular huérfanos de guerra; y en fin, de tomar en sus manos y llevar a cabo planes de reconstrucción que el país necesitará en todos los niveles. Además,
    de sobra sabemos que el desarrollo del Vietnam exigirá transferencias hacia el sur de poblaciones del Norte donde la densidad ha alcanzado ya hace mucho tiempo, el límite tolerable. Lo contrario es absolutamente inadmisible para cualquiera.
    Este breve análisis basta, pensamos, para mostrar que tales rumores, así como tantos otros del mismo tipo, no apuntan más que a excitar a la gente a proseguir la guerra. Aquellos que agitan el espantajo de una paz que sería un monstruo sediento de la sangre de los católicos, ocultan detrás de esta representación odiosa, sus intereses egoístas de beneficios personales o de grupo.

  • AQUELLOS QUE NOS EXHORTAN A TEMER EL RETORNO A LA PAZ
  • Son aquellos que están explotando la guerra en su beneficio.
    Durante los últimos años, la guerra ha matado cientos de miles de nuestros compatriotas y destruido innumerables poblados. Pero un cierto número de personas se han beneficiado mucho con ésto al acceder al poder y hacerse una fortuna colosal. ¿Si no hubiera guerra, cómo hubieran podido llegar ellos a tal situación? ¿Cuántos son aquellos que viven encaramados sobre los cadáveres de otros? Detestan el retorno a la paz porque se enriquecen gracias a la guerra. Mientras dure la guerra tendrán aún la posibilidad de ganar más por la corrupción y el tráfico del dólar. Así se inflan cada día sus cuentas de banco en el extranjero: en Japón, en Francia, en Suiza, en Inglaterra y en los Estados Unidos, etc.
    Hay algunos que tienen tanto dinero que durante la semana que han estado en Francia, han gastado más de un millón de piastras vietnamitas. ¿Si no hubiera guerra cómo podrían haber tenido tanto dinero y tanto poder? )
    En verdad, cuando se es un hombre, no se puede desear la guerra como tal. Pero para aquéllos el fin de la guerra significa el fin de todo. Se puede desde ya preveer que si se retorna a la paz, ellos serían los primeros en abandonar el país e instalarse en Europa o en EE.UU. Sin embargo, por el momento, ellos permanecen en Vietnam: es para ellos un medio de ganar más plata y de conservar lo que ellos han acumulado. Es por esta razón que nos incitan a temer el retorno a la paz.
    Por eso, buscan ligarse a aquellos que temen el fin de la guerra o a aquellos que quieren prolongar la guerra. Tanto temen la partida de los americanos y tienen miedo de que la población pida el retorno a la paz, que ellos intentan por todos los medios agitar el espantajo de una paz-monstruo.
    Al ser católicos, nosotros no podemos suscribir tal tesis, fabricada en todas sus piezas por una pequeña minoría de beneficiarios de la guerra, y aceptar en conciencia la exterminación de una mayoría de compatriotas pobres, sin defensa y víctimas de los ricos.
    Mientras dure la guerra, los beneficiarios se enriquecerán y los pobres caerán cada vez más profundamente en su miseria, sin tener jamás los medios y la esperanza de escapar de ésta.
    Los ricos beneficiarios osan, sin embargo, desear el fin de la guerra, y ésto no por razones humanitarias, sino únicamente por el miedo de ver sus intereses aniquilados si la guerra se prolonga excesivamente.
    En cuanto a nosotros, los pobres, tenemos todo que ganar con el retorno a la paz. Lo que con seguridad ganaremos es tener a salvo la vida, una vez que esa minoría de beneficiarios haya desaparecido de escena.
    Al ser católicos, debemos tener el coraje de exigir de estos beneficiarios, que cesen sus acciones criminales excitando a los otros contra el retomo a la paz. No podemos tolerar con el corazón tranquilo tales fabulaciones negativas de la paz. Si no luchamos contra la guerra, y si no exigimos el rápido retorno a la paz, no pondremos en práctica la enseñanza de Cristo, que nos dice: «Bienaventurados los artesanos de la paz, ya que ellos serán llamados hijos de Dios» (Mt., V, 9).

  • ADEMAS SABEMOS QUE AQUELLOS QUE QUIEREN PROSEGUIR LA GUERRA SON EXTRANJEROS, EN PARTICULAR AMERICANOS
  • Se nos ha dicho que los americanos han venido a ayudarnos. Pero hoy se muestran demasiado ingenuos aquellos que todavía creen esta fábula. Los americanos no pueden consentir nunca sacrificarse gratuitamente por los otros. Esto vale en general para todos los pueblos del mundo. Nos hemos dado cuenta, pero demasiado tarde, de que si los americanos están en Vietnam, es, en principio, por sus propios intereses.
    Los políticos del «mundo libre», y en particular los de los Estados Unidos, pretenden que los americanos están en Vietnam a fin de impedir la expansión del comunismo, en esta ocasión el de China Roja. Si el Vietnam gana la guerra, piensan, será la China quien, a fin de cuentas, la ganará. Y si China gana, es todo el sudeste asiático que sucumbirá. Pero en realidad no son más que teorías dichas por los políticos para justificar la guerra que los EE.UU. llevan a cabo en Vietnam.
    ¿Por qué los EE.UU. no han atacado directamente a China? ¿Por qué mientras que China no hacía nada, los EE.UU. han llevado a Vietnam más de medio millón de sus GI’s, con toda su maquinaria de guerra, la más terrorífica que la historia haya jamás conocido, para desvastar un pequeño país y masacrar sus habitantes sin defensa?
    Hay algunos que creen que los americanos están en Vietnam para destruir el comunismo. ¿Pero por qué no han golpeado directamente a la URSS, o a los países socialistas de Europa oriental, o aún a China? ¿Por qué golpean solamente a Vietnam que no es una potencia comunista y siembran la destrucción y la muerte entre la poblaciones inocentes? ¿Para salvar a Vietnam del comunismo es necesario destruirlo primero?
    Con millones de toneladas de bombas, el cuerpo expedicionario americano está aniquilando el Vietnam a fin de «salvarlo», como decía un oficial americano a propósito de la ciudad de Ben Tre, durante la ofensiva de Tet de 1968, o como lo declaraba el Gral. Curtís Le May, que había preconizado reducir Nor-vietnam a la edad de piedra.
    Lo que nosotros queríamos decir a nuestros hermanos católicos, es que tarde o temprano las tropas americanas se retirarán. Estará en nosotros tomar en nuestras manos el destino de nuestro país.

  • LOS AMERICANOS ABANDONARAN VIETNAM
  • Que los americanos abandonarán el Vietnam, ya no se duda.
    En primer lugar el presidente Nixon quiere dar término a la guerra de Vietnam, guerra que no quiere hacer suya.
    Además, la opinión pública americana está cada vez más cansada de esta guerra interminable que ha durado demasiado. Una victoria militar parece alejarse cada vez más para un pueblo que nunca ha conocido una sola derrota en su historia. Lo que es importante, es que el pueblo americano se da cada vez más cuenta de que no tendría nada que ganar en esta guerra, aún en el caso en que llegara a conquistar la victoria. Es por esto que su paciencia parece estar cerca del límite: movimientos contra esta «sucia» guerra se hacen cada vez más numerosos y poderosos. Tarde o temprano prevalecerán.
    Finalmente, el pueblo americano cuyo nivel de vida es el más elevado del mundo, no aceptará indefinidamente sacrificios que arriesgan rebajarlo al nivel de otros pueblos. En efecto, la guerra de Vietnam, que drena cada año las arcas de los EE.UU. en cerca de 30 mil millones de dólares casi ha puesto la suerte de éstas en peligro.
    Los defensores de la guerra de Vietnam no son más que los grandes propietarios de grandes firmas que se enriquecen gracias a la guerra. Pero esta gente es gente práctica. Desde, el momento en que la prosperidad de sus negocios se encuentra amenazada, no dudan en cambiar de política. Es lo que ocurrirá si la guerra de Vietnam continúa alargándose.

  • PODEMOS Y DEBEMOS VIVIR JUNTOS
  • Nadie puede negar que los católicos sudvietnamitas desean la paz de todo corazón. Han visto con sus propios ojos lo que son los americanos en carne y hueso. Pero no osan decir en voz alta lo que piensan, ya que decirlo es atraerse desgracias. Además, se plantean la pregunta de cómo podrán vivir junto a los otros cuando retorne la paz.
    En primer lugar, en Sudvietnam, todos aquéllos que reclaman el retorno a la paz, están acusados de ser pro-comunistas. Es una falta grave a los ojos de las autoridades. En consecuencia, guardan silencio, por miedo a ser encarcelados e incluso ejecutados. Sin embargo, sus aspiraciones profundas no son completamente ahogadas. Bajo una forma u otra, obispos, curas y católicos han manifestado su actitud pacifista.
    El lv de enero de 1966, en Saigón, un grupo de once curas ávidos de paz y animados de caridad cristiana, ha elevado la voz para reclamar el retorno a la paz. En el día de hoy se les da la razón, a pesar de la reticencia y la reserva observadas entonces respecto a ellos.
    Esperamos que un día cercano el Episcopado Sudvietnamita también tomará posiciones más claras y más enérgicas. No es un secreto para nadie que si los obispos hablan no serán molestados de ninguna manera.
    Por el contrario, subsiste un cierto número de dudas que no permiten que por el momento se tomen posiciones claras y precisas. Pueden resumirse en la siguiente pregunta: ¿En qué medida los católicos vietnamitas podrán cohabitar con los comunistas?
    A esta pregunta Monseñor Nguyen Kim Dien, arzobispo de Hue, respondió en una declaración que acaba de hacer en Roma. Ante los ojos de los católicos vietnamitas, decía, los comunistas vietnamitas son compatriotas. Ocurra lo que ocurra, los obispos, los curas y los católicos vietnamitas permanecerán en Vietnam con ellos2.
    Por razones de seguridad, el arzobispo de Hue no pudo expresar todos sus pensamientos y sus esperanzas. Sin embargo, ya podemos revelar las siguientes constataciones:

  • 1.—LOS CATÓLICOS VIETNAMITAS PUEDEN Y DEBEN VIVIR PACIFICAMENTE CON TODOS LOS VIETNAMITAS Y SOBRE TODO CON LOS COMUNISTAS
  • En efecto, el cristianismo nos enseña a amar a todos los hombres. En consecuencia amar a los comunistas vietnamitas es ajustarse a la doctrina cristiana. Además, amar no consiste en buenas palabras sino en actos concretos. En nuestros días, son numerosos los países que tienen un régimen socialista, en los cuales cohabitar entre católicos y comunistas no plantea ningún problema de fondo. Desde Juan XXIII la coexistencia y el diálogo se han convertido en moneda corriente. Es por ésto que aceptar vivir en paz con todo el mundo y en particular con los comunistas, es poner en práctica la enseñanza de Cristo y de la Iglesia.
    La razón más acuciante para los católicos vietnamitas, de cohabitar con todos los comunistas vietnamitas es que unos y otros son miembros de una misma familia. La prueba de ésto está dada por el hecho de que un millón de compatriotas católicos viven en este momento en paz con los otros compatriotas en el Norte. No hay, entonces, ninguna razón válida que pueda impedirnos tomar posiciones precisas a fin de poner término a la guerra fraticida y apurar el retorno a la paz. Hasta el presente una pequeña minoría, corriendo tras la colaboración extranjera por intereses egoístas, ha cavado una profunda fosa
    entre compatriotas a todos los niveles. En el pasado, los católicos tomaban a los no católicos por hijos del diablo. Hoy, estos mismos calificativos se aplican a los comunistas al representarlos como monstruos de sangre católica. Olvidamos así, que los comunistas vietnamitas, en tanto que seres humanos, se asemejan a millones de otros hombres.
    Además, en muchos casos, los comunistas se muestran mejores discípulos de Cristo que un gran número de cristianos. Practican, inconscientemente quizá, sin embargo admirablemente, los preceptos evangélicos de la caridad fraternal. Si es necesario juzgar solamente por los actos, abstengámonos de hacer juicios subjetivos y superficiales. Es necesario que nos desembaracemos de nuestros prejuicios. Sólo entonces seremos aptos para reconocer el verdadero valor de las obras que los comunistas han realizado en favor de los pobres. Si somos sinceros con nosotros mismos y consecuentes con nuestra fe, debemos más bien admirar que condenar los actos heroicos de parte de ciertos comunistas que no dudan en llegar hasta el sacrificio supremo.
    Escuchemos a uno de nuestros poetas, Van Cong, que ha dado de los comunistas vietnamitas la siguiente definición:
    ¿Han caído los comunistas del cielo?
    ¿O bien han salido de la tierra?
    ¡No! mil veces no. Ellos tienen como nosotros cabellos negros y sangre púrpura.
    Es del fondo de la miseria que ellos han salido.
    En el actual estado de cosas, nosotros, católicos sudvietnamitas, debemos darnos cuenta de que el 90 por ciento de nuestros compatriotas no comparten nuestra fe cristiana. Por otra parte, a nadie está permitido colocar sus propios intereses por encima de los de la Nación. Además, de ninguna manera es cierto que, terminada la guerra, los católicos tendrían que sufrir atrocidades por parte de los otros. Lo que es cierto, es que vuelta la paz, tendremos más facilidades para practicar nuestra religión que las que tenemos en la guerra.
    Si tenemos en cuenta sólo la vida de la fe, es innegable que la Iglesia católica de Norvietnam, está mucho mejor que la del Sur, desde ese punto de vista. Los católicos dignos de tal nombre, por las exigencias de su fe, deben preferir el espíritu de pobreza evangélica, a una vida de abundancia pero criminal. Los intereses de la mayoría y los de toda la Nación deben prevalecer sobre los de una minoría. Los católicos auténticos aman profundamente a su pueblo y están dispuestos a todos los sacrificios que la salvación de éste les exija.
    Por otra parto, no nos corresponde a nosotros hacer hacer examen de conciencia a los demás. Pero es necesario que nosotros hagamos nuestro examen de conciencia. Al hacerlo tendremos más posibilidades de comprender la doctrina cristiana que es santa y perfecta en el espíritu y la enseñanza de su fundador. Esta doctrina nos incita a humillarnos frente a Dios, reconociéndonos pecadores y esencialmente imperfectos. La enseñanza de Cristo no es una fórmula mágica que cambiaría, en un pase de prestidigitación, en ángeles los seres imperfectos que somos. Nosotros somos parecidos a todos nuestros compatriotas, salvo por las exigencias de nuestra fe. Y la enseñanza de Cristo, que hemos abrazado, debe ayudarnos, no para condenar a los otros, sino para convertirnos en hombres mejores. No podre
    mos lograrlo más que si ponemos en práctica esta enseñanza de una manera correcta. Para nada está excluido que hayamos cometido errores en nuestros juicios y faltas en nuestros actos frente a nuestros compatriotas como individuos y también frente a nuestro país como Nación.
    Es, pues, conforme a la doctrina cristiana ci reconocer sus errores y el buscar los medios de corregirlos. De nada sirve ocultar la cabeza en la arena, y menos aún, capitular sin razón. Se trata de ponerse en búsqueda de la verdad, ya que sólo la verdad nos hará libres. La verdad exige que nos tomemos el trabajo de intentar comprender a nuestros compatriotas con quienes, por la voluntad de Dios, estamos obligados a cohabitar. Es con todos ellos que debemos aportar nuestra contribución para encontrar la solución a los problemas que conciernen a nuestra Nación.
    En verdad, la cuestión inmediata no es saber quién es comunista o quién no lo es. Lo que es urgente es encontrar los medios de apurar el retorno de la paz a nuestro país. Elegir la guerra es ponerse en contradicción flagrante con la enseñanza de Cristo. Pero optar por la paz, es ponerse de acuerdo con el mensaje anunciado por los ángeles en la noche de Navidad. Tener miedo a la paz, es aceptar la prosecusión de la guerra. De todas maneras la guerra terminará un día. De no ser así, todos nosotros, comunistas, católicos y demás, seríamos ofrecidos en sacrificio sobre su altar.
    Cuando más próximo sea el día del retorno a la paz. mejor para todo el mundo. Para apurar su retorno es necesario que pongamos en acción los medios que convengan. Según la concepción de la democracia moderna, la minoría debe aceptar las decisiones de la mayoría. Todo otro sistema sería dictatorial. Por otra parte, está en conformidad con la doctrina cristiana el hecho de que el bien de la comunidad prevalezca sobre el de los individuos. Concretamente el interés del pueblo exige en la hora actual sacrificios de parte de sus miembros, sean éstos individuos o grupos.

  • 2. — EN SU DECLARACIÓN EL ARZOBISPO DE HUE AFIRMABA OUE: «OCURRA LO QUE OCURRA. LOS CATÓLICOS VIETNAMITAS PERMANECERÁN EN VIETNAM»
  • ¿Por qué debía él ser tan categórico? Es que desde hace ya varios años han circulado rumores en los medios católicos y en otros círculos diciendo que en el caso de que el FNL tomase el poder, lo que los católicos no aceptan de ninguna manera, un nuevo éxodo sería organizado para llevarlos hacia la Oceanía o la América Latina. Todo está listo para acogerlos. Son conocidos detalles precisos: tales grupos serian recibidos en tales regiones. Los burgueses, en particular, con sus cuentas bancarias bien aprovisionadas en el extranjero, ya tienen su lugar reservado. Cuando los eventuales acuerdos de paz sean firmados todos los católicos, conducidos por sus pastores, se reunirían en las bases americanas para ser transportados en barco o en avión, con destino a Australia o a América del Sur 4.
    Sin embargo, estos católicos permanecerán en Vietnam mientras tengan medios para luchar contra los comunistas. Lo que precede puede traducirse claramente por la siguiente frase: al estar excluida toda mezcla Vietnam estará compuesto exclusivamente, o de comunistas o de no comunistas.
    Es evidente que aquellos que difunden tales rumores apuntan a fines precisos: excitar por el miedo a los católicos a llevar una lucha sin cuartel contra los comunistas. Al mismo tiempo, estos «fabricantes de noticias» exhortan a la gente a que dé su confianza a las armas americanas y al equipo gubernamental actual de Saigón. Se ocultan cuidadosamente tras máscaras. Pero aquéllos que no están enceguecidos por tal cantidad de «moneda falsa», los desenmascaran fácilmente. Son los beneficiarios de la guerra de los cuales ya se ha hablado. El dinero y la voluntad de poder son sus principales móviles.
    Aún cuando falsos, estos rumores han hecho un considerable daño entre la población católica y la no católica, tanto y tan bien, que el arzobispo de Saigón y el de Hue, debieron en varias oportunidades, elevar sus voces en protesta no sólo contra los rumores en sí, sino contra los que los originaron.
    Al ser católicos, no debemos navegar en medio de ambigüedades. Es necesario que nuestra actitud sea clara. Es necesario que tengamos la determinación de vivir en nuestro país. Ya no hay duda de que cuando vuelva la paz, todos los vietnamitas deberán vivir juntos. Cada ciudadano, al vivir en la comunidad nacional, aportará su contribución a la reconstrucción del país desvastado por más de treinta años de guerra.
    Los fabricantes de falsas noticias intentan arrinconarnos en un callejón sin salida. ¿Qué es lo que nos obliga a huir? Todo vietnamita que conozca la historia de su país y deseoso de tener un rol que jugar, se rinde fácilmente ante la evidencia de que nuestro pueblo es un pueblo esencialmente pacífico. Formamos parte de este pueblo que nos tiende la mano y espera nuestra participación en la edificación de la felicidad común.
    Después de 30 años de guerra aspiramos a la paz con todas nuestras entrañas. La paz va a venir. Es una buena nueva para el pueblo y en particular para los católicos. Tendremos nuestro papel que jugar en la familia vietnamita. Es necesario que lo juguemos bien.
    Los cañones y las bombas se callarán; dejará de correr la sangre. Los vietnamitas, unidos de la mano, vivirán los mejores días de su historia, serán los amos de su destino. ¡Es exaltante!
    Una vez que el odio y los resentimientos hayan sido completamente arrancados de nuestros corazones, el amor fraternal nos ayudará a poner nuestros esfuerzos en común para reconstruir una Nación más bella y más unida que en el pasado.
    La paz va a venir. Está a nuestra puerta y golpea. Abrámosle. Nos resta aún un pequeño trecho de camino a hacer y nos sonreirá. Vayamos a su encuentro. Corramos hacia ella. La rodearemos con todo nuestro corazón y de todos los cuidados de los que seamos capaces a fin de que ella permanezca siempre con nosotros.
    20 de mayo de 1969.

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