La realidad brutal del Tercer Mundo con su río de injusticias, hambre, dolor, hechos conciencia en un pueblo que se rebela, ha desbordado en la Iglesia, la ha superado ampliamente.
Sus viejas estructuras, tanto mentales como rituales y pastorales se tornan inútiles, incapaces de transmitir un mensaje inteligible y una vida que esté en comunión con la vida y el dolor rebelde del Pueblo.
El sacerdote del Tercer Mundo, el sacerdote de nuestra Patria, está tironeado y conflictuado por esas dos realidades a la que debe su ser: La Iglesia y el Pueblo, que deberían ser una sola realidad y que él las ve separarse y oponerse cada día más.
Frente a la realidad de un pueblo que sufre aplastado por un sistema inhumano y anticristiano, él se encuentra dentro de una institución que está alejada de esa realidad del pueblo, cuando no enfrentada a él y acomodada en el sistema que lo oprime. Mientras en su conciencia sincera el mensaje del Evangelio lo lleva a enfrentarse con el sistema, a acercarse al pueblo, a transformar la Iglesia, por otra parte siente el límite, la oposición al cambio que ésta le impone. Un Pueblo que sufre y que está alejado de la Iglesia, un sistema deshumanizante, un Evangelio vida del hombre y del pueblo, y una jerarquía ritual, maniquea, y a la vez comprometida con el sistema anticristiano, hacen que el camino del sacerdote hoy está lleno de dudas, de conflicto interior y de búsqueda.
Nosotros que nos sentimos profundamente Iglesia, pueblo de Dios, también sentimos el desgarrón de la indecisión y la búsqueda de un camino. Ello nos llevó a empuñar las armas para enfrentar al régimen y liberar al hombre y al pueblo. Hoy, desde la cárcel, queremos hacerles llegar nuestra reflexión, nuestra visión acerca de esa búsqueda: acerca del papel del sacerdote y la Iglesia en el proceso revolucionario que estamos viviendo.

  • La Iglesia en el Tercer Mundo
  • a) Realidad social:
    La triste realidad que desde hace 15 años está viviendo nuestro Pueblo es algo que todos Uds. conocen muy bien y muy de cerca. Ustedes saben de la miseria y desesperación del hombre del interior, del abuso y explotación a que está sometido. Ustedes saben de las injusticias permanentes, falta de viviendas, desocupación, bajos salarios, enfermedades, imposibilidad de dar estudio a los hijos, etc., etc. Esa base de injusticia y robo, mentira y abuso hecho sistema, que crea la miseria en un pueblo que cada día tiene más conciencia de ello y que es captado por el sacerdote —que no sea o se haga el ciego— es el impulso fundamental de que arranca todo el problema de conciencia y cambio en la Iglesia.
    b) Realidad de valores:
    Para el hombre de Iglesia la realidad cultural a la que este sistema lleva, también es motivo de preocupación y búsqueda. Se ve enfrentado con un sistema que hace del individualismo, en lucha con los intereses de los demás, el valor más grande y en base a ese egoísmo construye todo: confort, arte, cultura, diversiones, progreso. Degenera al hombre hasta convertirlo en un lobo del hombre. Destroza todo valor social, comunitario, y deja librada la justicia al egoísmo más fuerte. Y toda esta valorización anti-humana y anti-cristiana de la vida, es algo que se le impone al hombre, desde la mañana hasta la noche, en la prensa, radio, T.V., en la calle, en los negocios, en el trabajo, en los negocios, en el trabajo, en casa, en la barra de amigos; no hay forma de escapar a ese virus perfectamente estructurado que hace del hombre un enemigo del hombre, que convierte la comunidad en una eterna lucha entre hermanos en la que triunfa el más fuerte, el más egoísta, el más “vivo”, que transforma la vida en una interminable carrera de confort y status.
    Nada más profundamente antievangélico que esta estructura de anti-valores hechos vida en todo un pueblo. Nada más anticristiano que el resultado de esa estructura: hambre y miseria crónicas al lado de una riqueza y derroche insultantes.
    c) Realidad en Movimiento:
    Pero la nuestra no es una sociedad estática, como lo son las europeas, en las que el pueblo ha sido integrado al sistema que ha limado sus más extremas asperezas de miseria en base a la explotación de los pueblos del Tercer Mundo. El nuestro es un pueblo en marcha, en constante protesta y lucha. No acepta ese papel de víctima del imperialismo y la oligarquía, sino que se rebela contra él. Desde 1955 la lucha ha pasado por todos los matices: desde el golpe, hasta la guerrilla rural y urbana, incluyendo elecciones, huelgas, tomas de fábricas, ingenios, poblaciones, manifestaciones masivas, etc. La respuesta ha sido brutal: fusilamientos, proscripciones, plan conintes, detenciones arbitrarias y masivas, masacre de obreros y estudiantes. Y a pesar de todo, la protesta no se acalla y la marcha del Pueblo no se para. El trabajador ya sabe que la culpa de su situación no es sólo del patrón, del dirigente vendido, ni siquiera del virrey de turno, sino del sistema inhumano y es contra él que se dirige la acción del Pueblo.
    d) Realidad religiosa:
    Para el sacerdote que se pone en contacto vivo con el pueblo, estas realidades de miseria, podredumbre moral y guerra, son impactos de conciencia en su fe, en su decisión de hombre y de cristiano. Su celo apostólico, de mensajero de la buena nueva, se ve brutalmente zarandeado y exigido a tomar decisiones radicales, cuando se enfrenta con el panorama religioso que ve a su alrededor.
    En efecto, esto es desolador. Si bien nuestro pueblo es creyente y la herencia cristiana es algo que forma parte de su ser Nacional, ha perdido casi por completo su fe en la Iglesia, en su palabra, en sus signos sacramentales, en sus ministros y jerarquías. Ustedes lo saben bien y uno se deja engañar por esporádicas manifestaciones rituales sin ningún contenido. No sólo es anticlericalismo —comprensible por la ubicación del clero en contra del pueblo peronista en 1955, por el lujo de los pastores, por la alianza Iglesia-sistema— sino también porque la Iglesia, sus representantes, su palabra y signos, son algo vacío, inútil, que no responde a sus problemas humanos concretos, que no tiene nada que ver con su lucha, con la guerra que sostiene contra el monstruo con quien ve identificada a la Iglesia, que está “del lado de enfrente”. Y en los que van a la Iglesia, los “fieles”, el sacerdote casi siempre ve sólo una fe egoísta, un cristianismo maniqueo y para uso personal, cuando no una mera manifestación social. Esto lo convierte a él en un burócrata, que pone en regla los “pasaportes individuales”, sin influjo alguno en toda la valorización podrida y anticristiana de esas vidas.
    El drama de la Iglesia no es estar en un mundo plagado de violencia, injusticia, lucha y cambio, sino el que tanto su estructura doctrinaria profundamente maniquea, como su estructura institucional —arraigada en los poderes y “valores” del sistema con el que convive plácidamente—, como su expresión ministerial —mezclada de individualismo y expresión social de poder—, la colocan fuera de la esfera del dolor y lucha del pueblo en su marcha hacia la justicia. Y, por tanto, la vacían de valor como luz y fermento.
    El sacerdote vive insertado en esa enorme maquinaria de poder, y sintiendo el llamado del pueblo que se debate en su duro camino, no puede aceptar el ser un mero dispensador burocrático de una palabra vacía y de unos signos sin vida.

  • Surge una Iglesia Nueva
  • Pero la vitalidad de la Iglesia pueblo de Dios sobrepasa el esquematismo estancado de la institución. Así, cuando en los frentes de las guerras europeas los sacerdotes jóvenes convivieron con el pueblo, sufrieron el impacto que destrozó sus esquemas. La vida real del pueblo que sufre entró en ellos.
    Terminada la guerra iniciaron una “experiencia” que era todo un germen vivo de renovación en la Iglesia: los curas-obreros, la “Misión de Francia”. Pronto, en los jóvenes que se preparaban al sacerdocio, surgió un Ideal de Iglesia que sintetizaba en una palabra: “Encarnación” y una forma de evangelización: “El testimonio”. Alrededor de estas dos palabras “nuevas” se elaboró toda una teología, una literatura, y una vida. Fueron sobre todo estas vidas “encarnadas” las que impactaron en la juventud eclesiástica de los años 50: El abate Pierre, Voilloume, los hermanitos, los curas obreros, fueron las avanzadas de una iglesia que quería volver a ser ella misma.
    Pero no pudieron. Eran pocos y pedían demasiado y fueron expulsados, limitados, burocratizados o dejados de lado como un “accidente” de la Iglesia.
    Pero no pudieron. Eran pocos y pedían demasiado y fueron expulsados, limitados, burocratizados o dejados de lado como un “accidente” de la Iglesia.
    No fueron asimilados en todos sus niveles como era necesario e imposible al mismo tiempo.
    Sin embargo, el espíritu de esos pioneros, junto con las realidades sociales de un Tercer Mundo hizo que estas palabras no se olvidaran… y fueron vida, como lo son hoy en todos ustedes.
    a) La encarnación:
    Es el primer paso de esa búsqueda: ser hombre, ser pueblo, vivir sus problemas, su trabajo, su dolor, su esfuerzo. El Evangelio es una vida que se transmite viviendo. ¿Cómo anunciar las bienaventuranzas a los que sufren, si uno vive cómodamente, sin trabajar? ¿No es una burla? Encarnación es ser pobre, testificar con el trabajo el esfuerzo y el dolor, que Cristo no es la caricatura que la Iglesia deforma.
    Ese corte con las fórmulas abstractas, con una vida cómoda (o aparentemente cómoda), con toda una tradición de predicación, de ritos, de segregación del pueblo, es el paso fundamental imprescindible para encontrar el camino de una Iglesia nueva, con un real contenido evangélico, con nuevos signos inteligibles al Pueblo.
    Es esa encarnación en el dolor y vida del pueblo lo que necesita la Iglesia para atravesar el abismo que la separa del pueblo y la aleja de sí misma. En esa realidad de estar con el pueblo, sufrir con él, ser ejemplo y testigo de un Cristo hecho uno con el pueblo, es donde la Iglesia podrá superar su error, su segregación, su nefasta ambición de poder, para perdurar en el anonimato de la vida del pueblo, para “aprender” lo que durante siglos olvidó. Sin esa decisión de encarnación y testimonio vivo la Iglesia no podrá salir del estancamiento en que se encuentra aislada. Las reformas litúrgicas, organizativas, rituales y pastorales, no son más que paliativos que por sí solos no sirven para nada, pues sólo afectan a defectos de forma y no atañen a lo fundamental.
    b) Compromiso humano:
    Pero la encarnación y el testimonio nunca vienen solos. El hombre de Iglesia que “descubre” el sufrimiento concreto del pueblo y sufre con él la injusticia y la humillación, siente en su conciencia la necesidad de comprometer su vida en la solución de esos problemas. Es más, llega a ser una necesidad evangélica, pues en un pueblo que sufre pero lucha y marcha hacia la justicia y la humanización de la vida, todo aquel que rehúye la lucha es un cobarde, un egoísta. El sacerdote que se sumerge en el pueblo, si no quiere ser un anti-signo debe sumarse a esa lucha. Y mucho más el que no va “limpio” a ese pueblo, sino que lleva sobre sí toda la culpa y el escándalo de una Iglesia comprometida eficazmente con el verdugo que lo aplasta.
    Será un problema de falta de agua, de desalojo injusto en el barrio, o de salarios de hambre, despidos arbitrarios, condiciones inhumanas de trabajo en la fábrica, o el costo de la vida e impuestos, o estudiantes avasallados o cierre de fuentes de trabajo, siempre, cada día, a cada paro, el hombre del pueblo es golpeado, y el sacerdote-pueblo, comprometido con él, enfrenta esas realidades. Recién entonces comienza a dar testimonio de Cristo al ser testigo de Dios que sufre en ese dolor del hombre.
    Esa lucha contra injusticias concretas, los enfrenta paulatinamente con la jerarquía produciendo un serio problema de conciencia: Obedecer a la Iglesia institución que le exige permanecer al margen de los problemas del pueblo u obedecer a la Iglesia pueblo de Dios y ser testigo con su vida, su palabra y sus hechos. El sabe que esa discusión de dos Iglesias, aunque real, es un absurdo teológico, y tratará de cumplir con ambas al mismo tiempo mientras pueda. No es fácil mantener este equilibrio que aparentemente limita ambas realidades. Poco a poco su contacto con el pueblo lo va llevando a actitudes, denuncias, manifestaciones, transformaciones en los ritos y en la pastoral, que se hacen inadmisibles para la burocracia clerical. Todos estos hechos producen también un cambio radical en los fieles y en la imagen que el pueblo tiene de la Iglesia, creando una mentalidad nueva, positiva, abierta.
    c) Compromiso Revolucionario:
    Pero en la medida en que el sacerdote, como el militante, se va comprometiendo en la lucha, va experimentando lo que ya sabía: que mientras prosiga el sistema ese tipo de lucha aislada es ineficaz, inútil. Y esa ineficacia se vuelve también problema de conciencia. No se puede ser ineficaz cuando está en juego el propio destino del hombre, cuando la desesperación es el pan cotidiano de millones de hogares! Este dolor cae sobre nuestras espaldas con el peso del mandato evangélico y nos obliga a poner todo nuestro máximo esfuerzo para cambiar esa estructura lo antes posible.
    Es decir que la encarnación y el testimonio que nos llevaron al compromiso con el hombre que sufre, ya no bastan. Tenemos la formidable responsabilidad de ser revolucionarios como condición para ser Hombres, Pueblo, Cristianos, Iglesia. Y ahí sí que entran a jugar factores y argumentos de mucha fuerza que colocan al sacerdote entre la espada y la pared, pues ya a ese nivel de compromiso no sólo se opone en forma absoluta la Institución eclesiástica, sino también la propia conciencia del sacerdote.
    Tratando de salvar el dilema el sacerdote se aferra al “método” de la “no violencia” para lograr ese cambio de estructuras que le exige su conciencia y al mismo tiempo poder seguir estando “dentro de la institución eclesial”.
    Sin embargo, hoy y aquí, lastimosamente la no-violencia no puede ser el método para llegar al cambio necesario. Y decimos lastimosamente porque como cristianos y como peronistas no somos violentos. Durante 15 años los métodos no violentos de denuncias, huelgas, manifestaciones, elecciones, han sido sistemáticamente aplastados por la violencia de la represión armada que defiende y sostiene al sistema.
    El compromiso del sacerdote con el pueblo en marcha hacia la liberación no debe limitarse a la denuncia, a la palabra, a la manifestación, al compromiso en el barrio o en el trabajo, sino que también debe hacerse presente en la vanguardia del pueblo que enfrenta a la brutal violencia del egoísmo, con la violencia del amor. La causa de esta indecisión es muy compleja, la queremos analizar con mayor detenimiento, pues nos parece fundamental tanto para el éxito de la lucha, como para salvar a la Iglesia y darle una nueva configuración que la rescate del caos en que hoy se encuentra.
    El tránsito de una Iglesia burguesa a una Iglesia revolucionaria es un “salto” que rompe con demasiadas ataduras histórico-teológicas-psicológicas-económicas y políticas que hacen que en la práctica, el bloque de la jerarquía, curias y clero no lo pueda aceptar. Es un salto que sólo lo puede dar una minoría joven.
    El miedo a jugarse la vida y el dejar su “status” es el motivo fundamental que hace que muchos militantes que se autotitulan revolucionarios —a pesar de sus postulados ambiciosos— en la práctica se contentan con los métodos no violentos de periódicos, denuncias, manifestaciones, luchas reivindicativas que son positivas pero hoy ineficaces por sí solas, y no pasan al enfrentamiento con las fuerzas que sostienen al régimen. Así hablan de falta de condiciones objetivas o subjetivas, de formación de cuadros, de concientización, organización, etc., etc. Sin embargo, aunque esta motivación también influye poderosamente en el sacerdote, la causa principal no hay que buscarla tanto en ese miedo a perder una forma de vida cuanto en el miedo a romper con la Iglesia de cuya ligazón depende todo su ser sacerdotal. La realidad de su vinculación con la Iglesia hace que, a pesar de su compromiso con el pueblo, no se le hayan borrado los restos de una concepción maniquea, sectaria y clerical de lo que es la Iglesia (pues esto ha calado muy hondo, hasta el inconciente, en tantos años de permanecer fiel a la institución eclesiástica). Esto hace que justifique esa actitud tratando de negar lo que es evidente a todos los que como él, marchan con el pueblo: la necesidad imprescindible de la lucha armada revolucionaria. O si no, niega la licitud evangélica de la violencia o se escuda en una universalidad sacerdotal que hace tiempo ha perdido sentido.
    Es importante pues, revisar a la luz de ese encuentro con el pueblo los conceptos y vivencias de lo que es la Iglesia, evangelizar, sacramento, gracia y palabra, y por consiguiente de lo que es sacerdocio.

  • Iglesia y sacerdocio revolucionarios
  • a) Iglesia anti-humana:
    El maniqueísmo en que vive la Iglesia-institución desde siglos, sigue hoy plenamente latente bajo ciertas capas de modernización. Sigue mirando con desconfianza todo lo que el hombre hace al margen de ella. Sigue separando y contraponiendo: Naturaleza y gracia. Historia del hombre y providencia, cuerpo y alma, contenido vital y signos, acción y oración, natural y sobrenatural, creación y redención.
    Para ella siguen siendo más importantes las palabras, los conceptos, la sumisión, que no la vivencia histórica de esa fe. Y su moral se basa en el individuo, en su salvación personal. La caridad es sólo un frío concepto que ni ella misma cumple. Su papel en el mundo es el de organizar, hablar y dispensar una gracia que ella sólo posee a través de ritos vacíos de realidad humana La santidad se concibe como una “ascesis”, separación del mundo malo, o a lo más como caridad benéfica, nunca como el esfuerzo del hombre por reestructurar lo inhumano de un sistema.
    Por eso va a remolque de la historia tratando, en primer lugar, de impedir los cambios y luego, haciendo un esfuerzo para adaptarse al nuevo estado de cosas. Pero el pueblo vive de hechos concretos, de necesidades, injusticias y abusos concretos. Y ni esa palabra abstracta le interesa, ni ese ministerio ritual tiene nada que ver con el contenido de su vida y su lucha diaria. Para él tienen mucho más valor las instituciones que él crea, la palabra-acción que se refiere a sus problemas y les dan solución. No es que el pueblo se ha alejado de la Iglesia, sino que ésta se ha alejado del hombre, ha perdido su sabor, su capacidad de fermento.
    b) Iglesia anti-cristiana:
    Esta ascesis descarnada de su doctrina escolástica y humana, no la ha llevado a ser como esas sectas de “gurúes” de la India que reflejan en su vida, ascética, mística, casi abstracta, su vivencia de un Dios fuera del espacio y tiempo, pero que son respetados por su sinceridad y su vida consecuente.
    Pero la Iglesia no es asceta, no está separada de la historia. Se ha mezclado con ella hasta el punto de llegar a ser un factor de poder temporal. A través de la historia se ha comprometido —como estructura— con regímenes inhumanos, anticristianos, como fueron el feudal, el mercantilismo, el colonialismo, el capitalismo y el imperialismo. Y hoy en nuestra Patria la vemos —en los hechos— del brazo de la oligarquía, como defensora del sistema.
    Esta defensa de tales regímenes se evidenció en nuestro país cuando en 1955 la Iglesia, unida a la oligarquía, enfrentó a un pueblo que vivía en dignidad y justicia colaborando a imponer el yugo a los trabajadores y a instaurar la corrupción, el negociado clasista y vende-patria en el poder. Y el pueblo no lo olvida. Como no olvida el pueblo cubano a una iglesia al servicio de Batista, ni el de África a una Iglesia Europea-colonial ni el vietnamita a la Iglesia de Ngo Dinh Diem. ¡Allá donde hay un explotador del pueblo hay una Iglesia que lo apoya! ¿Dónde está la Iglesia apoyando los movimientos populares de liberación del Tercer Mundo?
    Como estructura, como institución, tanto la palabra como el ministerio de la Iglesia apareció constantemente comprometida con estructuras y valores anticristianos que penetraron en su vida convirtiéndola en farisea e hipócrita. Hoy, en la medida en que los tiempos la dejan, sigue en esa misma línea, y ante el surgimiento de la conciencia de los pueblos que se han puesto en marcha contra los que lo oprimen, la Iglesia aparece y está del otro bando. La fuerza que le nace de la verdad evangélica que encierra, se le está volviendo contra ella misma en la más grande crisis con que se haya enfrentado. Porque esas fuerzas no van a una disputa teológica, sino a toda una transformación de vida y doctrina.
    c) El encuentro con la Iglesia Pueblo de Dios:
    Para el hombre de Iglesia que asqueado de ese maniqueísmo y esa hipocresía, siente que su palabra estaba hueca, su signo vacío, y fue al pueblo a aprender de nuevo el contenido del cristianismo, se encuentra que allí —sin ayuda de la institución, más bien en contra y negándola— se ha desarrollado toda una valoración y una militancia, un estilo de vida y un camino, en los que uno reconoce el contenido auténtico del Evangelio. Así, el que iba a enseñar vida terminó por aprender esa vida cristiana del pueblo.
    Es entonces cuando esa distinción, que teóricamente parece inadmisible, la encontraremos en la vida real: Iglesia-institución e Iglesia pueblo de Dios. Cada una con su palabra, su signo y su vida. Maniquea, hipócrita y vacía, la primera; y llena de un contenido evangélico y humano, la segunda.
    Si por ejemplo analizamos los sacramentos, nos encontramos con que el rito está vacío de contenido por la inserción de ese signo dentro de un sistema de vida que niega su valor real, acentuando el valor individualista de sacramento gracia-actual como una inyección de fuerza para el que lo recibe prescindiendo de su significado vital y social, quedando la mayor parte de las veces en un rito social más del sistema. Este por orientar y vivir los valores en el eje exclusivo del egoísmo, hace del sacramento algo egoísta, transformando su contenido en algo anti-evangélico.
    En cambio, el pueblo que lucha para liberarse no tiene rito eclesial, pero el sacramento está y su contenido, gira en el Nosotros, en la solidaridad y el compromiso con el que sufre, con el que lucha y se juega por los demás. Es decir, el pleno contenido del mensaje evangélico: Amar hasta dar la vida.
    La gracia no depende de un gesto mágico sino que está vinculada al contenido de ese signo. Hay mucha más gracia —fuerza y presencia de Dios— en una reunión sindical en que se decide proseguir una huelga justa, que no en una misa ritual pero sin contenido humano y por tanto sin contenido cristiano, cuando no anti-evangélico como sucede muchas veces.
    Y lo que pasa en el ministerio sacramental sucede también en la palabra y en todos los demás gestos de la Iglesia-institución. Esta es desbordada y superada, en verdad y vida, por un pueblo cuya única expresión religiosa es la negación de la caricatura hipócrita que ve de la religión.
    Son pues dos Iglesias. Una con toda la palabra, la apostolicidad y la autoridad, la estructura y el rito, pero vacía de vida, sin valor cristiano. Y por otra parte una Iglesia-pueblo de Dios llena de vida, de entrega, de amor, sin ritos ni signos viejos, que va creando sus propios ritos y valorando sus propios signos que nacen en la lucha, consagra a sus ministros en ella, tiene sus líderes y su palabra. Es una como lo son los pueblos en su marcha, como es uno su dolor y la justicia que busca. Es universal pues se da en todo el Tercer Mundo. Es santa pues busca por amor la liberación del que sufre, y es apostólica pues su fuerza le viene no sólo de la gracia natural de la creación sino de la gracia que todos tenemos en Cristo, pues la gracia no va al rótulo ideológico sino a los hechos de vida del hombre. Y en su esfuerzo de salvación humana encuentra también, sin saberlo, la salvación divina. Es esa Iglesia inmonoliente, implícita, esa gracia habitual, ese cristianismo real pero no formulado del que nos hablan los teólogos de avanzada de hoy día. La Iglesia como el Cristianismo es una realidad que supera y rechaza totalmente a lo eclesiástico. No creemos en el fin de la Iglesia, pues sabemos que la fuerza de Dios —que desde la creación le llega a todo hombre, vitalizada en Cristo— es una fuerza real (gracia) que hace que todo acto humano positivo sea por sí mismo Gracia, Iglesia, Cristianismo.
    En esa Iglesia que siempre existió en todo hombre sincero y que hoy eclosiona en fuerza de liberación de todo el hombre, la que nos pide una definición, un compromiso total con su lucha.

  • Sacerdocio Revolucionario
  • a) Dimensión revolucionaria del sacerdocio:
    Desde esta realidad de las dos Iglesias, el papel del sacerdote adquiere dimensiones nuevas y horizontes amplios. Ya no puede ser la transmisión de una palabra ni un ministerio que es rechazado. Ni tampoco la transmisión de una vida, puesto que el pueblo ya la vive mucho antes que él se la venga a enseñar. Tampoco es el de ser un puente entre el pueblo y la Iglesia-institución pues, por culpa de ésta, eso es tan inútil como imposible. Ni orientar sus esfuerzos hacia “adentro” tratando de influir en esa estructura anquilosada mientras por hacer eso abandona al pueblo de Dios en su lucha.
    El papel del sacerdote en este Tercer Mundo es el de ser testigo de Dios en la marcha del pueblo. El de asumir hasta sus últimas consecuencias el compromiso con el pueblo, con su sufrimiento, con su liberación, hombro con hombro con el militante que desde hace mucho viene jugándose la vida por salvar a su pueblo.
    En ese compromiso, con su presencia —que siempre tendrá un valor religioso (no clerical)— irá asumiendo los valores cristianos que vive el pueblo y llenará su vida religiosa de contenido real. Irá encontrando los signos que expresen el sentido explícitamente cristiano de esa realidad popular, al mismo tiempo que irá respondiendo con el testimonio de su vida (más que con palabras) a las preguntas sobre el dolor, la vida, la historia y la muerte que sólo en Cristo resucitado tienen expresión explícita de lo que ya es intuido existencialmente por aquel que da la vida por la justicia. De los sacerdotes que asuman este papel histórico y de los cristianos que lo vivan en el compromiso de sus vidas, dependerá el que la fuerza explícita de la revelación sea fermento entre la masa y con ella la Iglesia pueblo de Dios oriente su marcha hacia la liberación con más fuerza, con mayor acierto en todos los planos de la construcción de un Hombre Nuevo del que tanto habló y testificó Cristo.
    Estamos seguros que la Iglesia institución caerá con el sistema en que se sostiene y del que se muestre. Que en su lugar, la religiosidad cristiana del pueblo será fermentada hacia una nueva forma de Iglesia-pueblo por todos aquellos sacerdotes y cristianos que, en esta dura marcha, se hayan jugado por una sociedad, un hombre, y por tanto una Iglesia nuevos___
    Seguimos con interés creciente la lucha que los sacerdotes del Tercer Mundo llevan a cabo dentro de la Iglesia en favor del compromiso con la justicia. Vemos el progresivo enfrentamiento con la jerarquía, a la que obliga a desenmascararse ante el pueblo; y con el régimen, que los ubica entre sus enemigos. Todo ese tipo de denuncia y enfrentamiento son, indudablemente, un gran aporte para la liberación del pueblo. Pero, a pesar de lo positivo de la acción que están ustedes llevando a cabo, no podemos menos que ser sinceros, y con la confianza que nos da sus vidas sumergidas en el pueblo, nos animamos a decirles lo que ustedes mismos han vivido: que no basta ese compromiso limitado; que la lucha del pueblo por su liberación exige una pronta y eficaz Revolución que termine con esta estructura que lo ahoga. Y esa Revolución, sólo es posible por el camino de la violencia, de una violencia positiva, creadora, llena de don, de construcción y de amor.
    b) Importancia de la presencia del sacerdote en la guerra Revolucionaria:
    1) Para el sacerdote: el entrar en este proceso es una necesidad de conciencia. Como hombre que ve sufrir al hombre, no puede sin deshumanizarse, dejar pasar a su lado tanto dolor, sin poner todos los medios para devolver al hombre su rostro. Como cristiano, esta exigencia es el eje en el que gira todo el mensaje y vida cristiana. El cristiano no puede contentarse con cualquier forma de “amar al prójimo” sino que exige la forma total, la más eficiente, aunque cueste la vida.
    Es por eso que los tibios nunca pueden ser cristianos Como sacerdote tiene el deber de testificar con su vida esa entrega humano-cristiano por el hombre que sufre, ser puente entre Dios y el hombre exige de él la inmersión en el pueblo en su marcha hacia Dios, a través del proceso revolucionario para construir una sociedad más humana y por tanto, más divina.
    2) Para la misma Iglesia: La mejor, más eficiente y radical (quizás la única) forma de cambiar la Iglesia, de devolverle su vitalidad, su fuerza evangélica, es la de cambiar por completo el corrompido y anticristiano sistema en que actualmente se enraíza y que la ha convertido en un antisigno. Es inútil esforzarse en hacer evolucionar una estructura religiosa cuando ésta se halla calcada sobre otra estructura política-económica que es la negación de aquélla. Es un esfuerzo que ha amargado más de una vida, que no tiene sentido, cuando a nuestro lado la verdadera Iglesia-Pueblo de Dios nos exige luchar, con todas nuestras fuerzas, para salvarlo de la miseria, del hambre; no sólo del cuerpo sino de lo humano que es sistemáticamente destrozado.
    Por otra parte, la presencia del sacerdote en el proceso revolucionario es la de la continuidad explícita de la Iglesia y de la construcción de una “Iglesia nueva” que responda a esa realidad “nueva” de la sociedad que el pueblo quiere crear. La Iglesia Pueblo de Dios necesita de la fe explícita y del signo con que expresar su contenido rico en vida, verdad y justicia.
    c) Para el éxito de la Lucha:
    El hecho de la incorporación de sacerdotes a la guerra del pueblo es de gran importancia para el progreso de ésta.
    El sacerdote en la lucha es un ejemplo vivo de lo que debe ser el cristianismo y la Iglesia, y su testimonio es la más fuerte denuncia contra lo anti-cristiano del régimen, al que quita el argumento de que la subversión es atea, marxista y desenmascara con fuerza su falsa cobertura de “civilización cristiana”.
    El sacerdote en la lucha es como un poderoso imán que atrae hacia ella a toda la desencontrada militancia cristiana y al sacerdocio joven conflictuado entre la castración o la rebeldía. Al mismo tiempo que es el mayor testimonio de lo que no debe ser la Iglesia, la acusación más positiva de lo que corroe a la institución. El sacerdote en la lucha atrae a su pueblo que, de la admiración por su actitud tan contraria a la de la institución, pasa al profundo respeto y lo lleva a adherirse más plena y eficientemente a esa guerra que con el cariz cristiano que le da esa presencia sacerdotal, la siente más suya.
    d) Sacerdote — Revolución y Peronismo:
    Todo ese anhelo de liberación que tiene el pueblo, toda esa esperanza en una sociedad mejor y toda la fuerza de su marcha, no es algo vago, sin nombre, sino que tiene uno bien concreto: Peronismo. Cuando el sacerdote se integra al pueblo se encuentra con el fenómeno peronista que lo sorprende. El sólo conocía al peronismo por los libros, los diarios, los dirigentes sindicales, etc., pero desconocía esa realidad palpitante que hace que TODO el pueblo, en bloque, no sólo sea peronista como quien es de un partido político, sino que ser peronista supone en él: un concepto de vida, del hombre; un anhelo de libertad, justicia e igualdad, que no es teoría sino imagen nostálgica de hechos concretos. Si recordamos lo dicho antes (punto c: el encuentro con la Iglesia pueblo de Dios) veremos cómo, en nuestra Patria todos los valores (desprendimiento, solidaridad, jugarse por la justicia, humanitarismo), que significan la continuidad histórica del cristianismo y que formaban el contenido de esa nueva Iglesia implícita, tienen un nombre concreto: El Peronismo. Y es también esa realidad peronista la que ha expresado toda esa marcha del Pueblo, todo el sacrificio militante, toda la sangre generosa que empuja la historia. El peronismo no sólo es importante para el sacerdote que busca integrarse en el proceso revolucionario por el hecho de ser la inmensa mayoría numérica del país, sino porque su contenido doctrinario responde plenamente a lo que un cristiano puede aspirar como meta de justicia y de sociedad, y como método, pleno de humanismo, de ir superando progresivamente las trabas que el pueblo encuentra para lograr su liberación total. Para ustedes, esa realidad del peronismo es bien conocida. Saben que ser peronista es ser pueblo; que militar en el peronismo es estar a la vanguardia de ese pueblo; que combatir al régimen desde el Movimiento Peronista es la única posibilidad para llegar efectivamente al buscado cambio total de estructuras. Ante la fuerza de esa realidad, las dificultades reales o ficticias para eludir un compromiso político con el peronismo, no tienen ningún valor. Las formas concretas de ese compromiso podrán variar, pero una cosa es cierta: que acciones de enfrentamiento aisladas o exclusivamente conectadas a lo eclesiástico, aunque positivas, pierden en gran parte su eficacia de cambio al estar desconectadas de un plan coherente hecho dentro de las fuerzas revolucionarias del peronismo. Hay que planificar con los grupos peronistas militantes una acción conjunta cuya estrategia llegue a contemplar un progresivo acrecentamiento del proceso revolucionario. Hay que impulsar la formación de cuadros revolucionarios y combatientes.
    Hay, en definitiva, que integrar con decisión los destacamentos del peronismo combatiente.
    Así lo entendieron nuestros compañeros provenientes del seno de la Iglesia: Gerardo Ferrari y Arturo Ferré. Ellos encontraron en ese peronismo en lucha, la respuesta a la misma pregunta que ustedes se hacen de cómo encontrar un camino concreto en el que realizar el ideal sacerdotal de ser fermento de Dios, en un pueblo que lucha por ser humano y más divino. En su búsqueda de Dios, en el hombre dejaron la apacible vida del seminario. Trabajaron en fábricas como obreros, vivieron en villa miserias, lucharon en el movimiento obrero y en la Juventud Peronista. Su autenticidad lleva su testimonio cristiano hasta ver la necesidad de la lucha armada, ingresando en las FAP.
    Gerardo Ferrari murió en combate. Arturo Ferré está con nosotros, prisionero de la dictadura. La vida de uno, la libertad del otro, son los duros sacramentos por los que la gracia va vitalizando esa Nueva Iglesia que nace. Compañeros sacerdotes del Tercer Mundo: Ustedes beben todos los días la sangre de Cristo. Tienen grabada en su corazón sacerdotal la sangre que Cristo derrama en su pueblo. Saben que su sacerdocio sólo tiene una posibilidad para ser auténtico: la lucha con el pueblo. Saben que esa lucha es violenta, a pesar del pueblo. Y que es peronista.
    Por eso confiamos en que no retrocederán ante esta exigencia que como hombres, cristianos y sacerdotes, les pide su conciencia. Sabemos que darán toda eficacia, todo su amor y que pronto los encontraremos en este camino de la guerra del Pueblo, en el que sus vidas testimoniarán la fe que tienen en Dios y en el hombre.
    “Caiga quien caiga y cueste lo que cueste”.
    ¡VENCEREMOS!
    Destacamento Montonero “17 de Octubre” de las Fuerzas Armadas Peronistas (en la cárcel)

    Tags: ,