Nosotros, cristianos, informados de su viaje a Colombia, con motivo del próximo Congreso Eucarístico Internacional, y a otros países indo-americanos, queremos hacerle llegar nuestra voz, con toda caridad.
Nada podemos objetar a que se rinda homenaje a la Divina Eucaristía.
AI hablarle, lo hacemos en virtud del derecho que tienen los humildes para llegar hasta su corazón de Padre y Supremo Pastor.
El Congreso para honrar al Cristo pobre, se celebrará en una nación donde mueren de hambre y desnutrición 30.000 niños al año.
En su preparación y realización se han invertido decenas de millones a fin de asegurar el éxito externo, la pompa detonante, la ostentosa culminación. Pero las multitudes seguirán hambrientas de justicia y de bienes esenciales para sobrevivir.
Será un acontecimiento magnífico, inspirado y promovido por nuestra Iglesia, ahora llamada de los pobres. Pero no será un triunfo de los pobres porque, dadas las condiciones específicas de Colombia y de nuestro continente, el Congreso constituye un derroche desafiante a la miseria. Nada le dice a la fe de los explotados y de los desposeídos de América, cristianos en abrumadora mayoría. No se trata de una cuestión de fe sino de un problema de techo, de abrigo y de pan.
Visitará nuestro hermano un continente donde millones de hombres son víctima de la miseria, del hambre y de condiciones infrahumanas de vida, por obra de un ordenamiento social inhumano y, por lo mismo, no cristiano.
Vendrá a aceptar el homenaje de gobernantes al servicio del capitalismo que nos esclaviza y mantiene sumidos en situaciones de abyección.
Vendrá a palpar hasta qué extremo insoportable llega el predominio imperialista, que estima justa la guerra del Vietnam y se cree con derecho a subyugar a Iberoamérica para impedirle su plena independencia.
Vendrá a ver cómo los poderosos dispensan a los indigentes una caridad que retarda su derecho a la dignidad con que deben vivir en cuanto hombres e hijos de Dios.
Vendrá a tierras donde la violencia vertió la sangre de millones de hombres por culpa de dirigentes hipócritas y egoístas; de los cuales nuestro hermano Paulo va a recibir demostraciones de adhesión y lealtad a una creencia religiosa explotada por ellos con abominable cinismo.
Vendrá a naciones donde la inmolación trágica de sacerdotes como Camilo Torres se debió a la conspiración de los grandes sin escrúpulos contra los anhelos del pueblo.
Vendrá a departir con quienes encarcelan y persiguen a los ungidos de Cristo porque no se avienen cohonestar la injusticia y se tornan rebeldes para favorecer a los humildes.
Contemplará en nuestra Iglesia estructuras jerárquicas vacilantes, estáticas y calculadoras porque no quieren perder su situación de ventaja temporal y sus privilegios de clase.
Nosotros eremos, hermano Paulo, que en torno a su visita mueven grandes intereses los magnates de la economía y del oportunismo político.
En el Congreso Eucarístico de Bogotá veremos a las multitudes cuya suerte no cambiará mientras los pastores y los diplomáticos desfilarán con boato y ostentación por entre fusileros amaestrados en asesinar a los pobres cuando se rebelan con justicia.
Nuestro ánimo de creyentes se conturba y nuestra fe sufre quebranto, si vemos a nuestro hermano autorizando, con su presencia y sin protesta, la situación anticristiana a la que estamos sometidos.
Venir, es dar respaldo omnímodo a quienes en una u otra forma nos tienen sojuzgados; no hacerlo, equivale a una protesta de máxima autoridad contra un orden que debe cambiar.
Hacerlo, sería deshonesto y desdoroso, porque no es honesto estar con los grandes mientras gimen los humildes; no venir, equivale a testimoniar ante el mundo que nuestro hermano Paulo, el Pontífice, es el vocero auténtico de Cristo.
Venir a proclamar condenaciones formales de nada serviría si nuestro hermano Paulo se ve constreñido a no desautorizar con actitudes a los usufructuarios del privilegio, la explotación y la injusticia.
La esperanza de ver al Papa puede suscitar en nuestros ambientes una avasallante movilización de multitudes, acuciadas por la curiosidad o por factores emocionales, pero no por una fe actuante que la lleve a rebelarse contra un sistema sociopolítico y económico, opresor y degradante.
Porque venir, hermano Paulo, a que nuestros pueblos permanezcan como están, equivale a cohonestar el conformismo, a prolongarlo, a sacralizarlo en nombre de Cristo, el cual nunca podrá justificar la existencia de turbas con hambre.
Creemos firmemente que el Pontífice es el representante de Cristo en la Tierra. Pero de un Cristo que nunca se hipotecó a los poderosos. Fundó en el tiempo la Iglesia, no transitoria sino eterna, como que se prolonga en los justos y se encarna en los humildes.
Su visita, hermano Paulo, no debe constituir un insulto a nuestra pobreza.
BOGOTA, abril de 1968.

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