Eminencia:
Leí hoy, sin mucha sorpresa, una nota de la Curia Arzobispal en la que con motivo de mi participación en algunas actividades estudiantiles y obreras, de carácter reivindicatorío, se me retira el uso de las Sagradas Ordenes e impide el consiguiente ejercicio del sacerdocio en la Arquidiócesis de Río de Janeiro.
Innecesaria se torna esa nota, ya que no ejerzo, nunca ejercí y jamás ejerceré actividad ministerial en la Arquidiócesis por cuanto la considero incapaz de dicho ejercicio, dada la orientación pastoral que la preside.
¿Por qué, supuestamente, se me ha retirado el uso de las Sagradas Ordenes en la Arquidiócesis de Río de Janeiro?
Simplemente, y esto la Curia malévolamente omitió afirmarlo, porque integrándome en la lucha del pueblo brasileño fui a la plaza pública a luchar por las reformas de base necesarias para la emancipación socio-económica del Brasil.
Mi crimen fue, teniendo en cuenta mi condición de hombre del pueblo y de sacerdote del pueblo, estar vinculado a las luchas. En Río de Janeiro, como en Marañón, al lucha es la misma y por eso no puedo estar ausente de ella, y jamás lo estaré, suceda lo que suceda.
¿Por qué lucha el pueblo brasileño?
Luchan los campesinos por reforma agraria, luchan los estudiantes por reforma universitaria, luchan los obreros por el fin de la explotación capitalista, lucha el Brasil por las reformas necesarias para su emancipación. Pero, al lado del pueblo que lucha, están los que luchan contra el pueblo, el «anti-pueblo», empeñados en una lucha titánica, en una lucha de la que ya se conoce al vencedor.
Desgraciadamente, en no pocos casos la Jerarquía de la Iglesia se unió al «anti-pueblo» y se constituyó por eso mismo en una fuerza de opresión en un instrumento de dominación. Debemos lamentar de que la Jerarquía de los cristianos tenga la impresión de que sólo subsistirá dentro de las limitaciones anti-humanas y anti-cristianas del capitalismo; eso significa una perspectiva histórica totalmente errada, y lo que es peor, afrentosa al Cristo del Evangelio.
Pase V. E. revista a cada uno de aquellos que forman parte de la «elite» que lo rodea; analíselos fríamente, en sus palabras y acciones, y vea qué distantes están de la predicación de Cristo en el Evangelio. Son ladrones, chantajistas, demagogos, opresores del pueblo, traidores a la Patria, antinacionales, corrompidos, sepulcros blanqueados, son el antievangelio.
Son los mismos que luchan contra el progreso del país, que combaten las reformas de estructuras, que mienten a las clases trabajadoras, bloqueándolas con aumentos de salarios. Son ellos que venden el Brasil a los intereses criminales y sospechosos del capitalismo internacional, son ellos los instrumentos de dominación imperialista, los planificadores de la «Alianza para el Progreso», los maquinadores de golpes contra la democracia, los defensores de privilegios de los que ya son beneficiarios.
Son los lobos voraces de que habla Cristo en el Evangelio y que para entrar en el rebaño se disfrazan con pieles de oveja.
Se sirvieron de su mano de Pastor para condenarme por el apoyo que di al pueblo que ellos desprecian y odian, pero al que yo amo apasionadamente.
V. E. fue Obispo en el Norte y en el Nordeste de Brasil. Vio de cerca la más terrible miseria, la más burda explotación, el más trágico panorama socio-económico que alguien puede presenciar. Porque vio todo eso es que V. E. debería comprender el sentido y el significado de mi lucha con el pueblo y por el pueblo.
Pero no basta ver, es necesario sentir; sentir en la propia carne, en el alma; sin experiencia nadie puede —definitiva y radicalmente— comprometerse en la lucha por el pueblo. Para luchar al lado del pueblo es preciso además creer en él, firmemente, sin dudas, sin tergiversaciones, sin desfallecimientos, sin intereses. Es necesario aceptarlo como es, con sus defectos, con todas sus virtudes, captando su dinámica e intuyendo su deseo nato de poder. Pero las «élites» insisten en no comprender al pueblo negando de hecho, a cada uno de los individuos que lo componen, su condición de persona.
V. E. halló más fácil ser «élite» aún contrariando el precepto evangélico de que el pastor debe servir antes de ser servido.

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