En su edición del 19 de diciembre el semanario uruguayo Marcha publicó una entrevista de Carlos María Gutiérrez al presidente del gobierno militar boliviano Alfredo Ovando Candia bajo el título “El General Ovando mira hacia Cuba”. Las definiciones del general presidente, apenas atemperadas por un comunicado oficial emitido días después de la publicación del reportaje, causaron sorpresa por el giro verbal, en las apreciaciones políticas del hasta hace poco represor de los guerrilleros del ELN liderados por el comandante Guevara. Cristianismo y Revolución entrega el texto completo de estas declaraciones como una contribución al análisis del complicado panorama político del altiplano, sin estimar que las medidas de corte nacionalista-burgués que en determinada opción una conducción reformista puede aplicar, constituyen criterio como para caracterizarla como revolucionaria.
Cuando indiqué mi interés por una entrevista con el general Alfredo Ovando Candia, el ministro de Información, Alberto Bayley Gutiérrez, dijo que no había dificultades para una audiencia en palacio, pero sugirió algo mejor: “Hay que dar al presidente la oportunidad para que hable tranquilo y a fondo. En su despacho, nunca ha atendido más de veinte minutos a un periodista”. El consejo del ministro fue bueno, porque Bayley es a la vez un veterano periodista y un profundo conocedor de la psicología del general. El jueves, cuando se me comunicó que Ovando me recibiría en su casa particular, pude conversar durante tres horas y sin testigos con este hombre maduro, parco y experto en síntesis orales, que conforma el más reciente enigma de un militarismo latinoamericano volcado de pronto, según parece a la desarticulación del esquema imperialista de los Estados Unidos. La sesión de gabinete de la noche anterior había durado hasta el alba, ocupada en poner a punto el decreto de nacionalización del comercio exterior de minerales —aunque el secreto sería guardado 24 horas, ante la velada amenaza norteamericana de volcar en el mercado mundial sus reservas de estaño y abatir el precio del producto— y Ovando se había retirado a descansar a las 4.30 de la mañana. Tuve que esperar dos horas en la sala de su residencia, frente a su busto de yeso dorado (obsequio de algún entusiasta escultor más nacionalista que experto en proporciones). En la vereda, pacientes indios, mineros desocupados y viudas de soldados montaban guardia, atisbando la posibilidad de deslizar una petición al presidente. Tras el portón de hierro pintado de blanco y el cerco de cipreses que ocultan la casa de dos pisos, los centinelas masticaban furtivamente sus tortas de la tarde. En la sala, el edecán presidencial (un teniente de marina), y una secretaria, desalentaban sin pausa a los importunos telefónicos, mientras la primera dama doña Elsa de Ovando, pasaba y repasaba de una a otra habitación, ocupada en entrevistas, exámenes de cuentas y otros quehaceres de su obra social.
A las 17, el general bajó de la planta alta, vestido de civil, fresco y descansado, y tomó asiento en su despacho, donde conversaríamos. Antes, pidió al edecán que no le pasara llamadas telefónicas y encargó a un ordenanza que trajera té. Después, dedicó la primera hora de la conversación a definir ante el micrófono de un grabador las características del golpe del 26 de setiembre, la heterogeneidad peligrosa del elenco gubernativo, la etapa de Barrientos, sus concepciones como jefe del golpe en cuanto a política nacional y exterior. No todo lo grabado, a su pedido expreso, fue para publicar. “Lo podrá hacer más adelante —me dijo—, peí o ahora estarnos en gestiones que no pueden ponerse en peligro por cosas que yo piense o me imagine”. Ovando sugirió, también, no utilizar de inmediato el diálogo de las dos horas restantes, que fue sin micrófono. Allí, el general relató minuciosamente el episodio que todavía oscurece su pasado político y mantiene a la izquierda continental en hostil expectativa frente al régimen boliviano: la guerrilla del Ejército Nacional de Liberación, con los infamantes aspectos de la ejecución del Che Guevara, el proceso de Cainiri y la intervención de la CÍA y los green berets en la represión del alzamiento popular. “Sr. mezcle en este reportaje —dijo— ese tema con éste de la tarea que estarnos realizando para romper el cerco imperialista. Lo he tratado con toda franqueza, en ese entendido. Píspete unas semanas”. Primero, interesaba fijar la posición actual del régimen en cuanto a criterios con que evalúa el estado de un país profundamente infiltrado por el imperialismo; la concepción económica que sirve a Ovando v a su equipo de jóvenes nacionalistas para promover los declarados objetivos de cambio:
En el Mandato Revolucionario del 26 de setiembre —expresé al general— se dice que es necesario “un modelo revolucionario nacional, donde coexistan la propiedad estatal, la propiedad social, cooperativa y comunitaria de los medios de producción y la propiedad privada”.

¿Usted podría definir cuál es el modelo de economía que esta revolución se propone implantar?
—De mañero de dar más claridad a su pregunta, quisiera decirle que el modelo nacionalista que hemos tomado es producto de una observación, de un estudio de las características particulares del país; de la situación del continente latinoamericano, también. Y él forma las características propias de un capitalismo de estado. En Bolivia el sector privado es un sector pequeño; no ha tenido nunca este país una burguesía progresista y la mayoría de sus sectores económicos más valiosos -a partir de 1952 con la nacionalización de las minas— está en poder del estado. El petróleo lo está ahora, a partir del 17 de octubre. Un caso incongruente fue la revolución del MNR, que empezó nacionalizando las minas, haciendo la reforma agraria, otorgando el voto universal (conquistas profundas, indudablemente, en el proceso revolucionario boliviano), pero se sometió al cerco imperialista y decayó en su espíritu revolucionario y tuvo que firmar el famoso código del petróleo, conocido aqui en Bolivia con el nombre de “Código Davenpori”, por las imposiciones impenalistas que en él existían. Esta defección del MNR, que trajo como consecuencia la división de ese gran partido, posibilitó también la revolución de 1064, en la que tomarnos parte el general Barrientos —ex mandatario fallecido trágicamente en un accidente aéreo— y yo. Esa revolución ya tenia, o debía haber tenido, este carácter; inicialmente la llamamos “la revolución dentro de la revolución” Con esta frase, queríamos dar a entender que el movimiento del 64 no era contrario a la revolución nacional, sino que más bien tendía a enderezar ese camino. Una serie de circunstancias impidieron que así fuese. Más bien, empezó a crecer la contrarrevolución. Barrientos -tal vez sin quererlo— se prestó a ate juego y su gobierno fue un tipo de gobierno sometido, entreguisía. Y prácticamente todo lo del 52 se fue por la borda.

—¿Y todo lo del 64 —lo que se pretendía—, también?
—En parte, también; porque había todavía un núcleo de hombres que teníamos esa fe. Y el fallecimiento de Barrientos posibilitó, en gran parte, poder capitalizar una serie de factores que se presentaron interesantes y positivos para el golpe de setiembre.

—¿La aparente inacción de los hombres que integraban el régimen del 61 y que después harán la revolucion de setiembre —usted incluido— ante hechos entreguistas como Usted los calificó, se debía a que no tenían plena conciencia del proceso involutivo de Barrientos, o a una impotencia para actuar?
—No se debía a que no había conciencia. Creo que la conciencia la teníamos, y desde mucho antes. Usted me comprenderá, sobre todo cuando le toque este punto. Barrientos —un hombre que tenia una gran simpatía natural— creó dentro de las Fuerzas Armadas afecto personal, aunque no una unión ideológica. Una acción directa contra Barrientos, significaba una ruptura en el seno de las Fuerzas Armadas. Ese cisma hubiese imposibilitado la revolución que estamos haciendo. De ahí que yo tuve que prestarme a un papel pre electoral, aunque nunca hubiera llegado —de estar con vida Barrientos— a configurar una continuidad de su régimen. De ninguna manera.

—¿En caso de que usted hubiera triunfado en unas elecciones, Barrientos le hubiera entregado el poder?
—Por lo que sabíamos, no. Por lo que hemos encontrado también, en documentos, se corrobora esta idea que teníamos desde hace rato. En mí existe un sentimiento muy especial: el cariño hacia su institución, el deseo de no verla en situaciones de división, y preferí esperar una ocasión favorale, con gran paciencia, hasta que por azar del destino ella se presentó,

¿A qué altura del régimen del 64, general, usted advirtió que él no conducía hacia los fines previstos al derrocar a Paz Estenssoro?
—Diremos, más o menos, en mayo de 1965, cuando se produjo el asunto minero, la sofocación de una rebelión fabril. Entonces me di cuenta de que, ideológicamente, Barrientos no estaba en la línea y que estaba (que me perdone su memoria), con mucha ambición de poder, simplemente.

—¿Estaba ya manejado por influencias foráneas?
—Indudablemente. Quizás desde antes, ya.

—¿Y desde ese período hasta 1969, no hubo ninguna posibilidad de modificar esa situación?
—No hubo esa posibilidad.

—Volvamos a la definición de la linea económica.
—Volveré nuevamente: el socialismo de… Digo, capitalismo de estado. Aquí quisiera aclarar: capitalismo de estado puede confundirse también con fascismo. Pero el molde de nuestra revolución no es, desde luego, el del fascismo; al contrario, tiene un sentido social profundo y se acerca más a un sistema socialista Pero atentos a esa realidad boliviana, creemos que ése es el molde a seguir. ¿Con qué objeto? El de sacar a Bolivia de la nómina de países dependientes. No sólo a Bolivia: hay una obra conjunta latinoamericana. Hay que empezar a crear esta conciencia. De ninguna manera queremos intervenir en asuntos internos de los países hermanos. Pero juzgarnos que Latinoamérica, si no toma sus previsiones en esta década del 70 al 80 para salir de su dependencia, va a ser nomás una colonia, un, proletariado internacional. Hay factores en América Latina que hacen peinar que esto puede lograrse: el caso del Perú, el caso boliviano ahora. Conformar un sector de países que vayan en busca de este desiderato. Chile también, por ejemplo.

—Una parodia es el papel de las Fuerzas Armadas en ese proceso de liberación, general, y quisiera oír su explicación. En estos países si hay sectores profundamente comprometidos en el esquema imperialista, ellos son las burguesías nacionales y las Fuerzas Armadas. Sobre todo éstas, encajadas en estructuras que se manejan desde la Junta Interamericana de Defensa y el Pentágono. ¿Cómo entiende usted que los militares sin renunciar a esos dispositivos estratégicos, que los ponen al servicio de fines no nacionales, pueden ser un factor de desarrollo o de liberación? ¿No cree que. previamente, deben zafar de esas estructuras?
—Yo creo que sí. Si no hay la educación, si no hay la formación, usted ve que eso sería imposible. Y ésta fue la tarea nuestra, precisamente. Haber ido creando este espíritu, haber ido educando al futuro oficial en el espíritu esencialmente nacionalista. Las Fuerzas Armadas de Bolivia se prestan para esto. No han sido siempre una institución de casta. Los oficiales provienen de una clase media pobre. Y en algunos casos de sectores campesinos. Y creo que existe un gran espíritu revolucionario, aunque quizás, todavía no una total comprensión del proceso latinoamericano. Pero indudablemente, ya, un sentido revolucionario; todavía un poco romántico, pero que se ha de encauzar de una manera definitiva en estos años.

—Yo no me refería al material humano, sino a hechos concretos que insertan a las Fuerzas Armadas Bolivianas en ciertos esquemas, que van desde la formación profesional con entrenamiento en el extranjero, hasta la adecuación a planes de defensa hemisférica manejados por el interés nacional de los Estados Unidos. Y a otros factores que como lo bu reconocido el general Torres en la Junta Interamericana, obedecen a un propósito hegemónico exterior. ¿Su gobierno piensa que, para cumplir los objetivos revolucionarios, las Fuerzas Armadas tienen que salirse de esas estructuras? Por ejemplo: ¿abandonar la junta, el entrenamiento en el exterior, los convenios de armamentos con los norteamericanos?
—Sí, desde luego. Las Fuerzas Armadas, en ese sentido, tienen que adquirir gran independencia. Salir en algo de ese esquema que, indudablemente, tiende a llevar a la institución y a las personas a determinadas finalidades. La institución armada boliviana, creo, no va a requerir asesoramienlo técnico. En gran parte tiene ya sus escuelas profesionales propias. A Dios gracias, tuvo una doctrina muy propia, también. Ha influido que su Escuela de Armas y su Escuela de Estado Mayor hayan sido siempre manejadas en forma exclusivamente nacional; a ellas rio llegaron misiones extranjeras de ningún tipo. Por otra parte, nunca la misión militar norteamericana tuvo aqui una actividad muy grande. Vamos hacia esa independencia total.

—¿En este momento no hay misiones norteamericanas de entrenamiento ?
—Existe una misión, pero muy reducida. Y, muy entre nosotros, no está en actividad.

En este tema, le haría una pregunta en su calidad de militar, no de presidente. La estrategia de los estados mayores latinoamericanos, antes de la segunda guerra mundial, y en algunos casos, en años posteriores, desarrolló siempre el tema del ataque exterior. La política exterior norteamericana nos impuso otra linca: la preparación para la contrainsurgencia, cambiando entrenamiento, armamentos y planes tácticos. En el Tercer Mundo, generalmente, los planes de Estado Mayor preparan a los ejércitos para la guerrilla —no la contraguerrilla— como medio más apto para la defensa nacional, o han vuelto, simplemente al tema estratégico del ataque exterior. Bolivia ha sido hasta ahora, armada y adiestrada para la contrainsurgencia. ¿La nueva orientación de su régimen puede hacer variar también ese aspecto de inserción en el aparato imperialista?
—Si, volver a la guerrilla como método del sistema defensivo nacional. Pero creo que, ante todo, el esquema fundamental que ahora deben tener las Fuerzas Armadas, no debe ser el de un ataque externo o el de una preparación para la contrainsurgencia, sino uno que parece salir de la esfera militar, pero que en un país subdesarrollado encaja en los fines de la institución: facilitar el proceso revolucionario nacional, como instrumento del desarrollo. Ahora que. a mi modo de ver, como medio de defensa, Bolivia tiene que utilizar la guerrilla

—Usted ha afirmado que el modelo económico boliviano mantendrá en funcionamiento un sector privado y consecuentemente, una economía de mercado. ¿Dadas las inevitables conexiones de una economía de mercado con el sistema capitalista mundial, en materia de precios, abastecimientos, inversiones, etc. (factores que el país no puede controlar), usted cree que una reforma de infraestructura puede hacerse manteniendo esa dependencia, que el programa de ustedes consagra ?
—Sí, es duro de hacerlo así. Es un poco difícil. Desgraciadamente, es una cosa impuesta por la realidad, a la que hay que estar sometidos un tiempo más, hasta poder crear la propia fuerza económica, aprovechando en este caso las infinitas posibilidades que tiene Bolivia. Reconociendo siempre que su posición es débil; que la dependencia de su economía del exterior la ata en mucho para realizaciones que pudieran ser más fulgurantes o rápidas. Hay que someterse a esa realidad.

—¿Esa realidad no puede, en un plazo cercano, mediatizar los objetivos y anular la acción revolucionaria?
—Creo que podernos vencer eso, porque llevarnos el control, por supuesto, de los principales productos. En verdad que en otros renglones de la economía tenemos que estar, como
usted dice, en dependencia. Eso ya lo sentimos en la nacionalización de la Gulf, como una permanente amenaza: el bloqueo de nuestro petróleo, la poca posibilidad de venta que tiene entre los mismos países limítrofes. Se siente la dependencia económica; es un factor que influye, que ha debido influir también en el MNR, en su época. Bueno; esperamos vencer ese factor.

—En el programa del régimen, aparece la necesidad de la inversión para el desarrollo. Ustedes han demostrado ya en el caso del oleoducto, que el financiamiento externo es un factor de bloqueo imperialista, con las reticencias del Banco Mundial bajo presión de la Gulf. Pero tienen otros proyectos financiados por el banco, a los que no han renunciado. Y hay una masa de capital nacional privado, que declaran no tocar, que no es imponible, pero que podría sustituir, en parte, el financiamiento externo. ¿ Medidas como las tomadas recientemente, con plazo fijo, sobre entrega de dividendos al Banco Central, impuesto sobre exportaciones, etc., que representan una especie de nacionalización temporaria del comercio exterior y les permiten controlar la divisa y utilizar una masa de maniobra, pueden reiterarse?
—Si. tenemos que tener un control total de la divisa.

—¿O sea que la línea económica tiende a eso, aunque en el plan permitido por el problema previo de una sustentación política del régimen?
—Indudable. Usted ve que tenemos que conciliar muchas cosas. Tiene que ser la característica de la revolución latinoamericana, característica nacida de su propia debilidad. El caso de Cuba es un ejemplo muy especial. Se pudo hacer en Cuba mucho más;’ tal vez su situación geográfica y otras características especiales. Bolivia. en esa parte, tiene que adecuarse a ciertas particularidades. Ir con decisión, es verdad; radicalizarse en caso necesario, pero en ciertos casos ser un poco flexible.

—¿La revolución tiene, en estos momentos, una base política suficiente como para seguir avanzando, o le falta crearla?
—Tiene que crearla; hoy, es un poco vertical. Es verdad que hay una gran aceptación de las medidas, pero no organizada. Hace falta el instrumento político de lucha. Llámesele partido, por ejemplo. Yo pienso hacer lo siguiente: un experimento que tiene ciertos riesgos también, pero que puede dar sus frutos. Presentar muy pronto al pueblo de Bolivia un programa de gobierno, en forma muy clara, y convocar a un referendo. para que exprese su sentimiento de aceptación o rechazo a este programa. Creo que podremos lograr la aceptación. Lograda la aceptación, el régimen adquiere legitimidad. Adquirida esta legitimidad, y teniendo el apoyo popular a un programa de gobierno, manifestado por una votación, se puede organizar inmediatamente el gran instrumento de lucha. Con el apoyo popular expresamente manifestado, que nadie en América y en el mundo podría ne,gar, en un referendo para el cual se invitaría a órganos de prensa externos, a gente de todos Los sectores de América, que vean que el referendo ha sido democráticamente llevado.

—Esas invitaciones incluirían comisiones de Naciones Unidas o de la OEA?
—Exacto; y la gran prensa latinoamericana. Mire, marcharíamos muy aceleradamente. Podríamos emprender tareas de verdadero orden estructural. Por ejemplo, entrar a una campaña de alfabetización, con cierre de la conscripción, para volcar ese dinero a la tarea alfabetizadora; utilizar el potencial de la juventud universitaria; en fin, tareas de gran aliento. Para eso, primero hay que obtener un gran respaldo popular.

—¿El referendo, conduciría a la creación orgánica de un partido de la revolución?
—Correcto.

Los ejemplos latinoamericanos o mundiales, hasta ahora, muestran que toda revolución que pretendió profundizar su cambio de estructuras, requirió también una verticalidad política, es decir, el partido único. El régimen pluripartidista ha demostrado, en las revoluciones sociales verdaderas, ser un obstáculo para la acción revolucionaria. La reacción o el interés foráneo pueden encarnarse en determinados partidos artificiales, incluso financiados desde el exterior. ¿Cree que en Bolivia, una verdadera revolución, como ustedes se proponen, puede hacerse dentro de un régimen pluripartídista?
—No. Tiene que hablar un partido dominante, entre otros que pueden aliársele, coadyuvantes a la acción revolucionaria. Pero tiene que haber un partido dominante.

—¿Habrá, en consecuencia, condiciones que obstaculicen la acción de partidos considerados contrarrevolucionarios?
—Indudablemente. Eso es inevitable.

—¿O sea que, en caso de legitimar, por medio de un referendo, la revolución, no se establecería tampoco un parlamento, o un foro de discusión política, sino sólo el funcionamiento de los partidos que acompañaran la línea revolucionaria?
—Exacto. Ya creemos caduco ese sistema de la ficción democrática, de esa democracia formal que no ha tenido ningún resultado positivo en nuestro sistema latinoamericano.

—¿Esa acción revolucionaría de modificación de infraestructuras que ustedes se proponen, tiene un plazo, posee etapas?
—Esto está sujeto al tiempo, a una planificación más adecuada que podamos hacer, a un estudio más profundo.

—La forma en que usted declara el radicalismo final del programa, está un poco en contradicción con las fuerzas que aún alberga el régimen, sea en el gabinete, sea en la composición militar o en los sectores económicos. ¿Está contemplada una depuración de los elencos, para permanecer con las fuerzas radicales?
—Si, indudablemente. Y aún eso partiría de mi misma persona. Yo lo he dicho: en el momento en que sienta el cansancio revolucionario, en el momento en que sienta flaquear mis fuerzas, en que sienta debilitarse mi espíritu, voy a ser el primero en dar ese ejemplo, en aras de este movimiento revolucionario de profunda liberación del país, que creo que ya no debe ser interrumpido nunca más. Precisamente con la experiencia de lo que le ha pasado al MNR, con las experiencias muy humanas que la historia nos presenta, en todo momento, yo parto de ese concepto. Lo voy a hacer conmigo, con absoluta honestidad revolucionaria.

—¿Dónde ve usted, general, los factores de mediatización o los obstáculos para la acción revolucionaria: en el sector civil o en las Fuerzas Armadas?
—Es difícil predecirlo.

—De acuerdo con el panorama actual.
—Puede haberlos en ambos sectores. Por el momento, no se notan signos tan candentes que me pudieran ayudar a darle un juicio más cabal en esto. Pero podría ocurrir en cualquiera de ellos.

—¿Cuál es su concepción final de la revolución? Al término del proceso que ustedes programan, cómo sería esta sociedad?
—Bueno; sería una sociedad sin diferencias, donde el pueblo tenga total participación en el manejo de la cosa pública; donde la democracia formal haya sido sustituida por esa democracia real; donde la pobreza y la miseria hayan sido sustituidas no por la abundancia, sino por una vida mejor, por un nivel cultural aun más amplio, por la incorporación del campesino a la vida nacional, por la erradicación del analfabetismo, y por el total dominio de nuestro sistema económico.

—Hablando más concretamente, ¿en qué instituciones estarían encarnados esos logros? ¿En qué sistema económico ve usted encarnado esa sociedad boliviana al término del proceso revolucionario?
—En la propiedad estatal.

—¿Habría eliminación total de la propiedad privada?
—Tendría que llegarse a ello.

—¿Totalidad de los medios de producción en manos del estado?
—Si, correcto.

—¿Nacionalización del comercio exterior, la banca y todos los aspectos conexos? —Claro.

¿ En materia de política exterior, sería un país inserto aún en los organismos panamericanos o zafado de esa dependencia?
—Dependería de la evolución, también. Podrían ser una tribuna de lucha, o se podría estar ausente de ellos.

—Su régimen ha logrado, en un tiempo sorprendentemente corto, un éxito diplomático con la solidaridad de Perú, Chile y Argentina. En cierto modo, eso parece consolidar el hecho revolucionario boliviano. Ello podría conducir a otra situación, en el futuro: ustedes, en el mandato, anunciaron la decisión de mantener relaciones con el bloque socialista y de propender a la unidad económica y política de América Latina. Eso pone el tema de Cuba sobre el tapete: es un país socialista y es un país segregado de la unidad latinoamericana. Dada la necesidad boliviana de colocar sus hidrocarburos, el bloqueo socialista, incluyendo a Cuba, aparece como un mercado deseable. ¿Cómo ve usted, la posibilidad de reanudar relaciones económicas con el régimen cubano?
—De ningún modo cerrada. Una de mis primeras declaraciones ha sido ésa. Precisamente, ¡yo veo que seria la puerta para la comercialización del petróleo. Desgraciadamente, no hemos tenido mucha receptividad en Castro. Lo que es comprensible, también por todo el proceso que ha sufrido Bolivia. Las dudas que tiene aún el observador más cercano, es lógico que las tenga él, aun más profundas. Se lo hemos ofrecido desde el primer momento. Yo creo que lo mejor para Cuba —para la URSS, también— seria proceder a comercializar ese petróleo y llevarlo allá. Yo creo que el costo, incluso, seria mucho más bajo que el que actualmente tienen.

—¿Cree posible una coincidencia de acción política entre países latinoamericanos que han declarado como objetivo común el antimperialismo y el rechazo del control de los Estados Unidos? Se ha hablado de un bloque oficioso entre los países que han declarado la guerra al imperialismo económico norteamericano, mencionándose los casos de Cuba, Perú y Bolivia. En los primeros días de la revolución, usted mencionó, con respecto a Perú una posible “federación ideológica”. ¿Considera viable, en el aspecto del antimperialismo, una acción política de Cuba, Perú y Bolivia fuera de los organismos hemisféricos?
—Podría ser. Y hasta es imperativo hacerlo. Espero que exista más comprensión hacia el proceso boliviano, en el aspecto cubano. Y se podría llegar a esto.

—¿Bolivia estaría de acuerdo —ahora que experimenta el cerco imperialista, un hecho que Cuba conoce desde hace una década— en promover en el continente la reanudación de relaciones económicas con Cuba, para reintegrarla al consenso latinoamericano antimperialista?
—Desde luego. Y hasta como una defensa. Sin que fuera una cosa obligada, pero más bien, necesaria.

—¿Qué método cree usted factible para lograr actualmente un acercamiento entre Cuba y Bolivia? ¿Qué pasos daría su gobierno?
—Yo creo que, primero, procedimientos de contactos informales; de conversaciones de personeros de uno y otro régimen; de análisis de su situación política, de sus posiciones frente al imperialismo. Pueden llegar, asi, a determinadas coincidencias o similitudes. A una coincidencia de intereses que puede facilitar, desde luego, esto. Porque hay desconocimiento, en uno y en otro caso.

—¿En el proceso boliviano, se puede predecir nuevas medidas inmediatas de tipo económico, que pudieran inducir a los observadores cubanos a confiar en las perspectivas de cambio que usted anuncia?
—Yo creo que si. Con las medidas que vaya tomando e1 gobierno revolucionario han de ir clarificándose en forma más nítida las características del régimen, y naturalmente, eso ha de posibilitar lo que usted pregunta.

—¿Vislumbra, entonces, un nuevo bloque latinoamericano a integrarse por los países radicalizados, que incluyera a Bolivia y a Cuba?
—Puede llegar esa instancia. Puede llegar a presentarse esto.

—¿Lo ve en un futuro cercano?
—Si. Tal vez más cercano de lo que muchos piensan.

Finalmente, le pediría que resumiera las condiciones en que el régimen boliviano encarará sus relaciones con la política exterior norteamericana. Hasta ahora, la presencia norteamericana en Bolivia era un hecho avasallador. Ustedes han conseguido modificar esa situación. Pero Bolivia sigue dependiendo todavía, no sólo del financiamiento internacional, sino del abastecimiento de armas norteamericanas, está inserta en organismos manejados hegemónicamente por los Estados Unidos, etc. ¿De qué manera cree usted que Bolivia puede ir saliendo de ese dispositivo imperialista, hasta obtener una libertad de maniobra que le permita continuar su revolución ?
—Conforme vaya hallando aliados, tanto en América Latina como en el resto del mundo, podrá ir deshaciéndose de estos reductos del imperialismo dentro del país, que están indudablemente muy bien enclavados.

—¿En el caso de que se produjeran en los próximos meses, como se ha insinuado por Perú o por Chile, proposiciones concretas para separarse de la OEA, o pedir una modificación de la OEA que neutralice la hegemonía norteamericana, qué posición tendría Bolivia.
—Solidaria con esos países, desde luego.

—¿En abandonar la OEA?
—Claro. O en tomar una posición que cambie las estructuras de la OEA.

—¿En cuanto a la Junta Interamericana, ustedes estarían dispuestos a abandonarla?
—Sí; eso es menos problemático aún.

—¿Aunque eso significara un corto en el abastecimiento a las Fuerzas Armadas bolivianas.
—Ya estarnos cortados de esos abastecimientos. Es decir, no hay ya la ayuda militar. La famosa ayuda militar, es la primera que ha sido cortada.

—¿Contemplan la posibilidad de examinar a Europa Occidental o al bloque socialista como abastecedores de armamentos?
—No lo creo tan necesario. Si realmente conseguimos este fervor popular, creo que de inmediato no serta tan necesario esto. Tendríamos que volcar nuestro esfuerzo económico a otros renglones más sustantivos, todavía.

—¿La revolución tiene fijada alguna fecha electoral, aparte del referendo? ¿Se ha pensado en la posibilidad de una elección general, o este proceso tiene que terminarse antes de llegar a ese tipo de salidas?
—No, no está pensado eso. Seria muy prematuro, todavía.

—¿O sea, que su régimen pretendí” legitimarse por el referendo, y continuar hasta el fin la tarea revolucionaria?
—Exacto.
Carlos María Gutiérrez

Tags: , ,