«Un sargento con dos soldados puede derribarme». El elocuente comentario que Adolfo Siles Salinas, el tímido abogado que ejerce los atributos formales del poder en Bolivia, deslizó a un periodista amigo y despiadadamente difundieron las agencias noticiosas internacionales por todo el mundo, definió más que cualquier agudo análisis político, la caótica situación política boliviana.
La muerte accidental de ese delegado del imperialismo que se llamó Rene Barrientos Ortuño, vino a perturbar los cómodos planes que la camarilla militar entreguista tenía preparados para perpetuarse en el poder. O sea, la elección como presidente sin mayores contratiempos —fraude mediante— de ese otro fiel baluarte del Pentágono en el Altiplano: el general Alfredo Ovando Candía.
Imprevistamente, Adolfo Siles Salinas, el civil adosado a la candidatura de Barrientos en las elecciones de 1966 para civilizar la fórmula electoral, se encontró, sin buscarla, con la llave del Palacio Quemado. Jefe de un pequeño, casi inexistente partido político de significativo nombre (Social Demócrata), casi un club de amigos, su entronizamiento en el poder marcó con dramática certeza, el fin de la otrora peligrosa (para los yanquis) Revolución Nacional. Aunque quizá más ajustado a la realidad es recordar, como fecha de defunción de ésta, el 4 de noviembre ile 1964, el día en que el actual hombre fuerte Ovando Candía y su amigo, el bravucón Barrientos. desalojaban a Víctor Paz Estenssoro, fundador y líder del Movimiento Nacionalista Revolucionario, de la jefatura del Estado. Entonces, el ejército, hijo traicionero
de la revolución de 1952, siguió los consejos de sus amos (U.S.A. y Ejército Argentino) y la sepultó inmisericordemente.
En los hechos, porque en las palabras, en el Cielo confuso de las ideologías, la Revolución Nacional es el slogan con que se llene la boca la burocracia gerencial —militar yanquizada— que soporta el pueblo boliviano.
Nacionalización de las minas, con el consiguiente fin del dominio despótico y expoliador que la ronca (Patiño, Aramayo, Hoschild, los grandes barones de la minería) había establecido sobre el metal del diablo (el estaño). Voto universal (o sea, el dominio del campesinado sobre la geografía política). Reforma Agraria, que extendió la propiedad de una parcela de tierra a los empobrecidos indios quechuas y aymarás. Tales las consignas de la revolución de 1952. Son hoy el patrimonio básico, liminar, sobre el que alienta la vida social de Bolivia, tan clave que ni al imperialismo conviene alterar. Es mucho más rentable ciertamente condenar a Bolivia a refinar el estaño por conducto de la William Harvey Co. en Inglaterra o cualquier otra empresa imperialista, reteniendo además los mecanismos de comercialización y entregar a los capataces locales la tarea de la represión brutal, des piada del espantosamente expoliado proletariado minero (promedio de vida 35 años). En ese sentido nada ha cambiado: en 1942, 1947, 1949, el viejo ejército rosquero ametrallaba y masacraba los campamentos mineros de Catavi, Huanuni y Siglo XX con la misma ferocidad con que en 1965, lo hacia el nuevo ejército, el de la Revolución Nacional.
Claro que no fueron factores rigurosamente externos los que liquidaron esa revolución, que el 15 de abril de 1952 destruía completamente (mineros y campesinos armados mediante) por primera vez en la historia moderna de América Latina a un ejército regular. En 1963 el caudillo Víctor Paz Estenssoro, consecuente reformista, había recibido su patente de político inocuo: John Kennedy postulada entonces, la imitación de la tarca del entonces presidente, un líder del cambio democrático, para superar la convulsiva situación social latinoamericana. Hoy, cuando el inventor de la «nueva frontera» yace enterrado en Arlington y el Mono Paz Estenssoro, alivia los rigores de su exilio en Lima residiendo en el barrio de San Isidro, el más elegante de la capital peruana, el esquema de la revolución controlada yace roto en pedazos, definitivamente mellado por el paso insolente de los marines en su nada épico desembarco de 1965, en Santo Domingo.
En 1969, el proletariado minero y fabril, auto-desterrado del MNR cuando éste espantanó la revolución, permanece como uno «le los vértices del triángulo de poder en Bolivia; los otros dos: el campesinado y las propias fuerzas, armadas. Estas últimas, que digitan mediante el fraudé electoral y la violencia el proceso político desde noviembre de 1964, enfrentan a los campesinos contra el proletariado: es el gambito salvador; las exiguas clases medias de las ciudades y la casi Inexistente burguesía no podrían soportar el empuje «le la alianza armada obrero-campesina. Tan es así la situación, que el propio Siles Salinas ha debido reconocer que «soy un funcionario sin fuerza, con un remedo de partido político tras de mí». El Partido de la Revolución Nacional (PRN), el Partido de la Izquierda Revolucionaria (PIR) una suerte de socialismo ghiodista boliviano, el Movimiento Popular Cristiano (MPC) y el Partido Social Demócrata (PSD), no son más que un conjunto de siglas, de nula entidad política, inclusive dentro del panorama urbano. Su función, la de arbitrar una triste mascarada constitucionalista, sólo se sostiene por la fuera de las bayonetas y en tanto que las sirva con rigurosa puntualidad y sometimiento. Los jerarcas militares no se engañan. Sabe muy bien Alfredo Ovando Candía que los ecos de la lucha en la quebrada del Yuro, donde cayera el Che, han llegado a «oídos receptivos» que preparan silenciosamente una nueva aurora de combate. Ahora su apuesta os tratar de ganar posiciones ante el campesinado, como hasta hace poco lo hiciera su carbonizado colega. Lástima para Ovando: tiene los mismos cañones que Barrientos, no su misma demagogia. Y tampoco podría, aunque quisiera, fabricar como en Chile y Venezuela una falsa salida democristiana: el PDC boliviano es minoritario y además sanamente radicalizado. Del mismo modo, reconstituir al MNU, desfondado a izquierda (Partido Revolucionario de la Izquierda Nacional, PRIN liderado por Juan Lechín) y derecha (fracción de ex-presidente Hernán Siles Suazo) se revela como imposible. Y si arrima a su rodeo, para tratar de aumentar su irrisoria representatividad, a la Falange Socialista Boliviana (FSB), no haría más que entorpecer, con el acercamiento de sea sumatoria de terratenientes expropiados y profesionales liberales que comanda a FSB, su puente con el campesinado. Porque ese puente es su carta, y la del ejército, y la del imperialismo. Será empleada por estas tres escorias, todo el tiempo que el desconcierto político de la izquierda boliviana permita a través de ese frío, cínico general vendepatria, amañar comicios, masacrar mineros, entregar concesiones petroleras a la Gull Oil, abrir la circulación a los Peace Corps.
Todo el tiempo que lleve comprender a los revolucionarios sin mediatizaciones, que la autoridad política sobre el campesinado en ese país violento y sin piedad que es Bolivia. se gana a partir de la punta de un fusil, preferentemente apuntado a la cabeza del boina-verde más próximo. Que el poder se gana, en definitiva, con la estremecedora pureza de un balazo.

CLAUDIO SAN ROMÁN

Tags: ,