El 26 de setiembre de 1969 el general Alfredo Ovando Candia marchó sobre el Palacio Quemado, expulsó al sucesor de Rene Barrientos, el abogado paceño Adolfo Siles Salinas y propuso a los bolivianos hacer la revolución. Desde entonces este general, al que sus adeptos motejan «El Viejo», ha lanzado al país por una política zigzagueante, vacilante, entre un enfrentamiento abierto con el imperialismo, por un lado, o el pacto del entendimiento diplomático por el otro. En sus reverdeceres revolucionarios, Alfredo Ovando llegó a impulsar la nacionalización de la Gulf Oil Company, una empresa norteamericana que monopolizaba la explotación y comercialización del petróleo nacional. También alguna vez bosquejó en público la necesidad de estatizar los depósitos bancarios, de que el estado monopolice el comercio exterior y nacionalice la minería mediana, empresas estas manejadas indirectamente por los pool estadounidenses. El artífice de toda esta estrategia destinada a impulsar en Bolivia un capitalismo de estado, que en lo político guardaría algunas fórmulas populistas de organización, fue el primer ministro de minas del régimen nacido el 26
de setiembre, el nacionalista Marcelo Quiroga Santa Cruz. Desde un principio Quiroga albergó la esperanza de radicalizar el gobierno reformista de Ovando: para hacerlo contó con la voluntad del que fue, en los albores del movimiento, comandante en Jefe del Ejército, general Juan José Torres, un caudillo militar que representa a la corriente reformista del ejército personificada en oficiales de menor graduación. También se sumó a la cruzada redentora el ex-ministro de informaciones y turismo, el periodista Alberto Bailey Gutiérrez.
Si bien el sector nacionalista del gabinete logró que se plasmaran medidas revolucionarias en el manejo sectorial de la economía —se nacionaliza aisladamente el petróleo— no tuvo el mismo efecto en el plano político: el Palacio Quemado no se lanzó a desbaratar las estructuras institucionales del viejo régimen. Menos aún. Ovando incursionó en el terreno de la justicia revolucionaria. Torturadores como el Coronel Edgar «Toto» Quintanillas, que al frente de la Dirección de Investigaciones Criminales cobraron fama por la represión a los guerrilleros del Che. que culminó con el asesinato de Inti Peredo en un refugio de La Paz, lejos de ser condenados volvieron a ocupar puestos políticos: Quintanillas ha sido ungido —después de la última crisis ministerial del lunes 10 de agosto— como secretario general de la presidencia. Igual camino lo llevó a Ovando a pactar con lo más negro del barrientismo dentro de las Fuerzas Armadas. Es así como prominentes amigos de los Estados Unidos —denunciados por el ex-ministro del Interior Arguedas, ahora residente en Cuba, como asalariado de la CÍA en Bolivia— parten a cómodos puestos en el servicio exterior de la Reoública: el general Juan Lechín Suárez —un puntal del barrientismo— acomoda sus huesos en Londres, su par Julio Sánchez Goitía se regodea como representante en Washington y Remperto Triarte que presidió el tribunal que condenó a Régis Debray y a Ciro Bustos, baja a Buenos Aires como embajador.
Otros militares de fortuna siguen en el escalafón activo: los coronelas barrientistas Hugo Bancer Suárez y Armando Moreno ascienden en sus funciones, el primero se luce como director del Colegio Militar, el secundo ocupa el mismo cargo en la Escuela de Aviación.
Quizás la sombra de la restauración, de la vuelta a la corruptela imperialista de Rene Barrientos, de Siles Salinas, nunca se haya proyectado tan intensamente sobre el Palacio Quemado, en La Plaza Murillo, como en la mañana del 12 de mayo, cuando el ministro de planificación, José Ortiz Mercado, tremoló la reforma administrativa, una excusa que le servió a la derecha para desembarazarse del ala nacionalista. Con el pretexto tecnocrático de buscar altos niveles de eficacia en el aparato estatal, se reubicaron algunos ministerios y secretarías y se institucionalizó a la Junta de Comandantes. Objetivo final de la maniobra: despojar al general populista Juan José Torres del Comando en Jefe de las Fuerzas Armadas. Con la nueva reforma, cada arma tendría su propio comandante, según modelo argentino Por este camino trepó al poder en el ejército el general fascista Rogelio Miranda; en la marina, el almirante Alberto Albarracín, y en la aeronáutica, el general Fernando Sartori. Triunvirato, el de la Junta, desde el cual la derecha pasó, virtualmente, a controlar el poder político. La primer escalada de los tres comandantes redunda en el alejamiento de Marcelo Quiroga Santa Cruz, el nacionalista que el 1 7 de octubre confisca la Gulf.
No conforme con la caída de Quiroga, la derecha, los mejores amigos de los Estados Unidos, afincados en el Club de Leones —los más pobres o con algún pasado indígena muy próximo— y en el Rotary —presuntamente los más blancos, los del mejor inglés vocalizado— se lanzan a la conquista del poder político: deciden cercar a Ovando Candía, maniatarlo en la sordidez conspirativa de la CIA. La trepada de la reacción se concreta con el ungimiento al ministerio de gobierno del coronel Miguel Ayoroa, un agente de la CIA que integra la lista que Arguedas entregó a Ovando antes de partir el 23 de abril rumbo a México. La troika militar también coloca en los niveles ministeriales a sus más destacados adlateres. Es así como ingresa al Quemado el coronel Edmundo Valencia, a cargo de finanzas y el general de aviación Kolle Cueto pasa a conducir el ministerio de asuntos agrarios. De los tres punteros de la Junta Militar en el gabinete, Miguel Ayoroa es, sin duda, el más emprendedor: organizó con la ayuda del jefe del Servicio de Seguridad, capitán Luis Arce, la ocupación, en la mañana del viernes 24 de julio, de la facultad de Derecho por parte de las huestes de Falange Socialista Boliviana.
Caciqueados por José Alvarez y Jorge Chávez. los defensores de Occidente publicaron un manifiesto suscripto por MANO, organización similar a la fundada en Guatemala por el presidente Arana Osorio, destinada al asesinato político. Los reivindicadores del modo cristiano de vida amenazaron, desde el panfleto de marras, con eliminar a los activistas revolucionarios. La lista de los posibles asesinados por la cristiana organización incluyen al sacerdote José Prats y al secretario del gremio de prensa, Chiche Solís.
La ocupación de algunos edificios universitarios por parte de los instrumentos activos de la derecha fascista, es utilizada por Ayoroa para presionar sobre Ovando en busca de una represión dura, sangrienta. No lo logra: Ovando decide guardar las formas y solo ordena una pulcra vigilancia en los locales conflictivos. Por su parte, los universitarios nucleados en multifacéticas agrupaciones —Comité Central Revolucionario de tendencia China armados por la fracción del Partido Comunista que lideriza Oscar Zamora, Partido Obrero Revolucionario (POR) de concepción trotskysta, Partido Comunista (línea revisionista) y el Frente Universitario Cristiano —que se nuclean en la Confederación Unitaria Boliviana, lograron retener en su poder la mayoría de los centros universitarios y jaquear a la derecha, limitada solo a la ocupación de la facultad de derecho.
También la mayoría de las agrupaciones que conforman la CUB se suscribieron a las tesis guerrilleras y alentaron la necesidad de volver a robustecer las filas del legendario Ejército de Liberación Nacional (ELN) que comanda el médico Osvaldo «Chato» Peredo.

  • La guerrilla
  • El sábado 18 de julio —una semana antes de la toma de la universidad por la derecha— a las 10 de la mañana, 75 universitarios, encabezados por Rueda Peña, Quiroga Bonadona y Mario Suárez, dirigentes de la CUB, parten de la Plaza Murillo como alfabetizadores, como maestros improvisados que parten a llevar las primeras letras al campo. A las 3 de la mañana llegan a Teoponte, un poblado cercano a la zona selvática del río Beni, en el valle del Yunga. Lo ocupan en nombre del ELN y el «Chato» Peredo lee la proclama revolucionaria: el gobierno no ha mostrado capacidad para hacer la revolución social —explicó el Chato— y solo ha hecho reformas parciales que no modifican el régimen de explotación en que se encuentran los obreros y campesinos bolivianos. El único camino —según la proclama del ELN en Teoponte— para hacer la verdadera revolución es la conquista del poder por parte del pueblo y ésto sólo se logra por el camino de las armas.
    En Teoponte, la columna del ELN captura a los técnicos alemanes, Eugen Schlhauser y Gunther Lerch que revistan en la empresa imperialista South American Placer: por su libertad solicitan que el gobierno libere a los militantes presos. Los 10 elegidos por ELN, son los revolucionarios, Loyola Guzmán, Félix Melgar Antelo, Víctor Córdoba. Oscar Busch Barbery, Enrique Ortega Hinojosa, Benigno Coronado, Juan Sánchez Rocabado, Roberto Moreira Montecinos, Gerardo Bermúdez Rodríguez y Rodolfo Saldaña. Los liberados parten el miércoles 22 rumbo a Arica, Chile. Un día antes Ovando declara el estado de sitio. El mismo miércoles Ovando se dirige por radio al país y pretende abrir una puerta de negociación con el ELN: «todo guerrillero —dijo Ovando— que deponga sus armas ante las autoridades militares tiene asegurada la salida del país». Por cierto la propuesta fue rechazada por el ELN que seguía operando en Teoponte y se extendía por el valle de Yunga.
    Paralelamente a las declaraciones presidenciales, el comandante en Jefe del Ejército, general Rogelio Miranda, telegrafiaba al embajador boliviano en Washington, el corrupto barrientista Julio Sánchez Goitía para que renegocie con el Pentágono el Pacto de Ayuda Militar, anulado en los primeros meses del gobierno surgido el 26 de setiembre. En cumplimiento del renovado convenio, el viernes 24 aterrizó en «El Alto» —aeropuerto que sirve a La Paz— el primer Hércules C 130 de la USAF, portando en sus bodegas material bélico para el ejército. Junto con las vituallas se descuelgan los primeros agentes de la CÍA que el Pentágono envía para
    reforzar sus huestes en Bolivia, que son recibidos por el embajador estadounidense John Siracusa. Simultáneamente al ingreso de los asesores militares del imperialismo, el gobierno de La Paz parecía sumirse en una de sus más profundas crisis: el discurso negociador de Ovando frente al ELN parecía enfrentarse a la tesitura esgrimida por Rogelio Miranda de llamar a Washington para que ayude al ejército en una guerra santa con las guerrillas. El miércoles 5 la crisis parece alcanzar su cénit con la renuncia de Alfredo Ovando Candia a la presidencia. Algunos oficiales encabezados por el ovandista Jesús Díaz Solís, coronel jefe del estado mayor, rechazan la renuncia de Ovando y parecen convenir con él una reubicación del régimen: de ahora en más el gobierno retomaría los pasos nacionalistas iniciados con el desmoche de la Gulf. El concordato entre los adeptos de Díaz Solís y Ovando redunda en la renuncia del gabinete que, con la excusa de dejar las manos libres al presidente para que reorganice el gobierno, no hacen más que retirarse del poder para conspirar abiertamente con Rogelio Miranda.
    Pero lejos de fortalecerse con el apoyo del grupo militar nacionalista y cargar contra la derecha, Ovando vuelve a replegarse y confirma al gabinete renunciante con una sola excepción: acepta el alejamiento del titular de informaciones y turismo, el nacionalista-reformista Alberto Bailey Gutiérrez y lo reemplaza por Carlos Carrasco, un desteñido afiliado al MNR y confidente de la CIA desde los tiempos de Paz Estenssoro y Siles Zuazo.
    Gustoso por los pasos descorridos por Ovando, Rogelio Miranda se siente en la necesidad de explicar la ideología de los mandos: «somos simplemente nacionalistas y contrarios a cualquier lineamiento político» farfulló el comandante en jefe. «Desde el llano el derrotado ex-comandante del ejército, Juan José Torres retrucó la posición de los mandos: «Aquellos que afirman que no son de izquierda ni de derecha —recordó Torres— son los mismos que so pretexto de anticomunismo, asaltan la universidad y cometen una serie de atentados». Sin duda Torres acusaba al ministro Ayoroa, un protegido de Miranda, de promover los atentados fascistas que culminaron con la ocupación de un local universitario. Tampoco la Iglesia guardó silencio frente a la alzada de la derecha: el arzobispo de La Paz. monseñor Jorge Manrique responzabilizó a la derecha, en concomitancia con las empresas extranjeras, de la pobreza y deshonra en que se encuentra sumido el altiplano. También monseñor Manrique clamó por «una revolución que libere a Bolivia de todo sometimiento».
    En suma la crisis soldada el lunes 10 con la confirmación del gabinete y la expulsión de Bailey Gutiérrez parece haber dejado al gobierno de Ovando Candia en manos de la Junta de Comandantes en Jefe y de los desgastados grupejos de la derecha, abriendo, casi en forma definitiva, las puertas a la restauración de la corruptela barrientista. Como contrapartida, la única oposición organizada parece partir del ELN.

  • Los partidos políticos
  • Mientras el vuelco a la derecha, el pacto con los agentes del Pentágono y el ascenso al. poder de los militares fascistas parecen dar la razón a la postura beligerante del ELN frente a un proceso que se inició como progresista y parece concluir en una dictadura vulgar, los partidos políticos eluden una toma de posición definida en el cuadrilátero de la política boliviana.
    El primero en salir a la palestra, enarbolando razones principistas, fue el partido Comunista: «No creo que la guerrilla sea el camino revolucionario para Bolivia —razonó ante el corresponsal de Cristianismo y Revolución en La Paz el dirigente minero del PC, Simón Reyes—. No podemos reiterar la experiencia de Ñancahuazú. El camino es una insurgencia popular masiva, caso contrario se cae en un simple terrorismo», explicó Reyes. En cuanto a Ovando, Reyes afirma que el PC solo lo defenderá de los ataques de la derecha. Hasta el presente, los conmilitones de Kolle Cueto no han movilizado su aparato partidario, ni para apoyar o presionar a Ovando Candia para que no gire a la derecha ni para alistar la sublevación popular que tanto añoran como sustituto de la táctica guerrillera. Tampoco ensayan explicación alguna sobre los compromisos adquiridos por su secretario del comité central, Mario Monje Molina —actualmente preso— frente al ELN en los tiempos en que lo comandaba el Che. (Ver reportaje aparte.)
    Por su parte, la cobertura táctica del Partido Obrero Revolucionario (POR) no parece deparar mayores expectativas: «No descartamos el accionar guerrillero —explica el dirigente minero del POR, Filemón Escobar— sino creemos que este no es el momento oportuno para comenzar a actuar. Fundamentamos nuestra posición en dos hechos: 1) la clase obrera está en receso a causa de los golpes que le propinó la dictadura de Barrientos (bombardeos aéreos a las minas de Catavi, Huanuni, Siglo XX, etc.), 2) el movimiento obrero está expectante frente al proceso abierto por Ovando el 26 de setiembre que ahora empieza a desmoronarse. Estas dos razones son suficientes para determinar un tiempo político poco favorable a las acciones del ELN». Por cierto Escobar concuerda con Reyes en que es necesario defender al gobierno —ya entregado a la derecha después de la crisis del 10 de agosto— de los embates del barrientismo. Hasta el presente el POR de Guillermo Lora no ha movilizado a sus adeptos ni a la Federación Sindical de Trabajadores Mineros de Bolivia (FSTMB) en pos de sus mojones tácticos: proteger a Ovando de la restauración y sacar a la clase obrera de la apatía, de la postración en que la habría hundido la represión. Los desaparecidos partidos barrientistas. Izquierda Revolucionaria, de Ricardo Anaya, Revolucionario Auténtico, de Walter Guevara y el Movimiento Popular Cristiano, de Hugo Bozo, se han limitado a conspirar con Miranda en las penumbras: destartalados y maltrechos están inhabilitados para las acciones públicas.
    Tampoco parece ser distinta la suerte del Movimiento Nacionalista Revolucionario (MNR), que protagonizó las heroicas jornadas del 9 de abril de 1952, cuando el pueblo en armas desmanteló a la reacción y ungió en el poder a Paz Estenssoro. Diez y ocho años más, el MNR aparece fraccionado, comido por el discenso interno y con una dirección tambaleante impuesta por el universitario Mario Díaz de Medina, que sólo atina a seguir la política pactista del exiliado Paz Estenssoro. Desde la cúspide de la FSTMB, Juan Lechín Oquendo inmoviliza a su partido —Partido Revolucionario de la Izquierda Nacional, PRIN— y a la propia Federación aprovechando la disparidad de criterios de la mesa directiva compuesta por Irineo Pimentel, un ex-afiliado al PRIN, Simón Reyes, un adherente al PC y Filemón Escobar, un suscripto al POR. Si bien Lechín ha evitado tomar una postura clara frente al ELN, carga sobre sus espaldas el último acuerdo del congreso minero que lo eligió secretario general: los mineros se pronunciaron, en el congreso de marras, por el socialismo, sino histórico de toda revolución nacional. Por último, la corriente socialcristiana no pudo evitar la división frente a una inevitable toma de posición frente a la lucha armada impuesta por el ELN: el Partido Social Cristiano, regenteado por Benjamín Miguel, se limita a permanecer titubeante, manejándose en una limitada política de alianzas y pactos menores, mientras la fracción rebautizada como Partido Demócrata Cristiano Revolucionario —que dirige Río Dalmas— se lanza a un apoyo abierto al ELN, integra sus filas y comunica públicamente su adhesión.
    En suma, los partidos políticos —agotados y marginados de la vida política— solo han atinado a deslindar posturas en lo que hace a su# apoyo al gobierno que, no es más, que una pérdida de su capacidad de iniciativa, una irremisible pérdida de identidad política frente al régimen de Ovando Candía. Solo el ELN ha mantenido su identidad programática frente al gobierno y lo demuestran cuando el 18 de julio comienzan a operar en Teoponte. El propio Ovando reconoce la capacidad táctica del ELN cuando el jueves 6 ordena al ejército no tirotearse con la guerrilla: intenta pactar. Por cierto sin resultados: el ELN no entraría en acuerdos con un régimen que hasta el presente es muy poco lo que ha hecho de su proclamado nacionalismo revolucionario y que cada día más se entrega al imperialismo, a la reacción restauradora del barrientismo. Eso lo demostró el 10 de agosto cuando Ovando, tirando por la borda el apoyo de un sector populista del ejército volvió a ungir a la derecha en el Palacio Quemado.
    Además si es cierto aquello de que un partido revolucionario encarna la memoria de la clase obrera y, que su tarea consiste, entre otras cosas, en no olvidar el pasado a fin de poder prever el futuro, están cerradas las puertas de posibles concordatos entre el régimen restaurador de Ovando Candia y el Frente de Liberación Nacional que pugna por nacer, en Teoponte, en el Beni y en el sur boliviano.

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