Fue un verdadero festín, una auténtica orgía de canalladas, a cuál más obsecuente e imbécil. Rivalizaron desde Francisco Franco, el emperador fascista de España, hasta Juan Volasco Alvarado, el general desarrollista del Perú que quiso mojarle la oreja a los Estados Unidos. No faltó nadie a la cita; el “demócrata” Gustavo Díaz Ordaz de México y el “totalitario” Alfredo Stroessner de Paraguay; Richard Nixón, el papá mayor, y Arthur da Costa e Silva, el verdugo del Brasil. El precario o insignificante Jorge Pacheco Areco, de Uruguay, y Juan Carlos Onganía, por supuesto.
La muerte de Rene Barrientos Ortuño, un sicario de la CIA, un pelele grotesco que ensangrentó durante cinco años a Bolivia, fue la ocasión exacta para que la jauría entera de Latinoamérica emulase en aplicación y prolijidad: había muerto uno de los pares más respetados de la hermandad de gorilas y vendepatrias que virreina en esto continente a nombro de la Casa Blanca. No hubo distinciones ni sutilizas; los gorilas mayores rasparon sus hombros con los gorilas menores. Nadie olvidó de enviar su telegrama de pésame, nadie dejó de proclamar infamantes duelos “nacionales” y organizar carnavalescas delegaciones para concurrir al sepelio del gran canalla. A Barrientos, sin embargo, lo rodeó siempre una mezcla de menosprecio y subestimación por parte de sus camaradas: al fin y al cabo, tanto para Itamaraty como para el Palacio San Martín, Bolivia no dejó de ser nunca solo una pieza a disputar ardorosamente en el tablero de ajedrez de la política sudamericana. La Patria Grande, pese a la bufonada de la ALALC, jamás fue un concepto respetable para el elenco estable de militares que ocupan los gobiernos de estos países. Si de algo se trató siempre fue de rivalizar en bellaquerías para ganar el favor del severo amo yanqui. Porque si Onganía concedió puertos francos a los bolivianos en territorio argentino, o si envió armas a los soldados mercernarios del general Ovando la única motivación fue la real politik neocolonial de establecer regiones multinacionales bajo la égida de un gorilón que otorgue a “Washington absoluta tranquilidad. Los únicos ideales bolivariano3 que los militares de Sudamérica “respetan” son los de la integración, sí; pero integración para que la oligarquía argentina rapiñe el hierro boliviano de El Mutun, integración para que la oligarquía brasileña rapiñe los beneficios que devengará la construcción de la represa de los Saltos del Guairá, a expensas del Paraguay. Esa integración ávida y minúscula persiguen los diversos CONASE que proliferan en cada gobierno militar establecido en esta parto del mapa. Por eso los funerales del canalla Barrientos resuenan con un eco de hipocresía repugnante, intolerable. La prensa liberal se rasga las vestiduras por el aviador muerto en Cochabamba, al cual lo ornan con objetivos desopilantes. Dicen que Barrientos era un militar “varonil” y “recio”, cuando nadie ignora que al escucharse en el Altiplano los primeros balazos disparados por las tropas guerrilleras del Che, el presidente boliviano so escondió abajo de la primera cama que encontró en su huida; dicen que era “hábil” e “ingenioso” en su actividad política, cuando nadie ignora que ni un solo acto político perpetrado por este títere norteamericano dejó de constituir una torpeza soez. Ese aviador educado por los yanquis en las academias militares preparadas para los cabe-citas negras del sur (y Barrientos era de tez cetrina, cosa que los norteamericanos —se sabe— no soportan) resultó de pronto para idarios y alcahuetes varios un estadista vigoroso y sutil. El, que había albergado en su gobierno a un amigo que pateaba para el arco contrario, como Antonio Arguellas; él que marcaba obedientemente el paso señalado por Alfredo Ovando desde el vamos.
Esto sepelio, estas loas para un individuo lamentable y siniestro, que arrojó cuantas veces fue necesario sus tropas sobre los mineros y los campesinos de Bolivia, demuestran —entre otras cosas— la crisis de los regímenes oligárquicos, crisis caracterizada por la pesada tozudez del obtuso Costa c Silva y la aburrida mediocridad reaccionaria de Onganía. Para las fuerzas populares lo único que debe lamen-tarso es que René Barrientos no haya muerto en manos de quienes le debían históricamente la muerte. Porque él, como cabeza del descompuesto sistema boliviano de poder, es el máximo responsable de muchos cadáveres caros al movimiento revolucionario da Latinoamérica: Ernesto Che Guevara, Roberto Peredo, Juan Pablo Chang, Tania, Joaquín, y todos los combatientes del ELN que cayeron en suelo boliviano luchando por una América nueva.
Cuando la hora del ajuste de cuentas llegue definitivamente para los pueblos sudamericanos, habrá sepelios que contarán, sí, con el homenaje conmovido de todos los luchadores, de todos los revolucionarios. Pero el homenaje que habrá de rendirse a los precursores, a aquellos que cayeron dignamente peleando por la revolución y el socialismo, no será por supuesto al estilo de estas mascaradas oligárquicas. Será el combate, la banda de sonido que proporciona la guerra popular, el único modo honesto de recordarlos. Este penoso funeral de un canalla demuestra que los mejores están de este lado, del lado de la revolución. Solo resta demostrarlo en los hechos. En Bolivia, donde murió este fantoche, cayó gloriosamente un argentino ilustre: Ernesto Che Guevara.

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