El drama de los obreros azucareros, la dura huelga del puerto, el latente conflicto ferroviario, la ocupación de la C.G.T. por los estibadores, el problema planteado por la Kaiser en Córdoba, pero sobre todo, la coherencia absoluta del gobierno militar para ejecutar una política económico-social dictada desde los Estados Unidos por Alsogaray hizo que los burócratas de la conducción gremial (¡el secretariado cegetista pusiera en marcha el “Plan de Acción” que se está desarrollando en estos días por decisión del Comité Central Confederal.
La total identificación del gobierno con la reacción y la oligarquía pudo más que el “pacto social”, el “diálogo”, el “acuerdo” y la “colaboración” en que se mantenían muchos dirigentes gremiales temerosos de arriesgar la intervención de sus sindicatos y de movilizar efectivamente a las bases. Los sindicalistas que habían sonreído mansamente en la Casa Rosada se encontraron muy pronto con el amargo rostro de la realidad golpista que venía a imponer por la fuerza un plan económico de miseria y desocupación.
A pesar de que esa misma conducción es quien dirige, ejecuta y aún negocia el “Plan de Acción”, las bases tienen la posibilidad de expresar su tremendo descontento y de presionar a los dirigentes para demostrar una vez más el espíritu de combatividad y de lucha. Porque, finalmente, ahora estamos en lucha.
Hay una causa de privilegio y una causa de liberación. Vamos hacia la misma violencia de siempre: la amenaza de las armas para contener al pueblo. Los sindicatos ahora “sin conflictos” no pueden esperar que les toque el turno en el matadero. Deben organizarse desde ya en la lucha solidaria de toda la clase. Los estudiantes deben levantarse de su habitual frustración revolucionaria y ponerse al servicio de la lucha obrera. Todos estamos en la misma guerra: la cuestión es saber de qué lado. No hay terceras consignas, ni mediaciones clericales, ni treguas empresarias. No debe haberlas. Este es el desafío que nos ha lanzado la reacción para probamos. De la “frustración nacional” llegamos rápidamente al “enfrentamiento”. El gobierno anunció ya que ahora comienza la etapa del “escalonamiento”. Palabras que ocultan la única realidad de siempre: la violencia contra la rebelión del pueblo. Estamos en medio de la violencia y no podemos hacernos a un lado.
Para organizar las formas militares de esa misma violencia reaccionaria, a nivel continental, los Cancilleres y funcionarios de la OEA se reunieron en Buenos Aires en los últimos días. Fue un cónclave cuyos entretelones de dólares y chantajes han sido analizados por toda la prensa burguesa y en el cual se prepararon los detalles para el “show presidencial” a realizarse en abril con la atracción del responsable de las masacres del Vietnam, de la invasión a Santo Domingo y de la permanente política yanki de explotación y coloniaje en América.
Los cancilleres de los gobiernos militares “respaldados” por el Pentágono y los cancilleres de las democracias “autorizadas” por el Departamento de Estado, junto con los cerebros de la OEA, se abocaron a la tarea de contrarrestar todos los movimientos de liberación y todas las manifestaciones populares que en nuestro continente señalan el único camino capaz de modificar la injusticia social y el sometimiento económico: la loma del poder por y para las mayorías. Esto es lo que se llama, en el cínico lenguaje panamericanista, “combatir la subversión” y “contener el avance de la violencia”.
Esa subversión y violencia que tanto preocupan a las conferencias de la OEA, están presentes en los millones de niños que mueren sin llegar a vivir, en los que mueren de hambre y enfermedades antes de los tres años, en los que nunca llegan a las escuelas, en los que deben mendigar desde pequeños. Esa violencia se está gestando diariamente en los que no tienen ni tendrán vivienda digna, ni luz, ni agua, ni caminos, ni hospitales. Esa violencia es la prostitución, el alcoholismo; son las lacras sociales provocadas por la miseria. Es la subversión de los millones de desocupados, sumergidos y explotados que a lo largo y ancho de nuestra América dan testimonio de la existencia del imperialismo y constituyen el ejército invencible de la Revolución.
Allí deben investigar los cancilleres y técnicos de la OEA el origen y las causas del subdesarrollo y del estancamiento latinoamericano. Deben pensar también en los escandalosos presupuestos de armamentos y gastos militares de sus países y estudiar las cifras fabulosas de dólares arrancados por las oligarquías nacionales a nuestras tierras y colocados fuera de América para que sus dividendos vuelvan a nuestros pueblos como créditos y préstamos de sometimiento y colonialismo económico. Allí encontrarán los cancilleres y los comandantes de los ejércitos represores, los recursos para combatir esa subversión que nace del hambre y esa violencia que es la respuesta popular en la lucha de liberación.
Como mártir y signo de esta exigencia de “LIBERACIÓN O MUERTE” hace un año caía Camilo Torres en la guerrilla colombiana. Camilo realizó vertiginosamente su camino personal hacia la Revolución. Sacerdote y sociólogo, luchador y agitador político, líder estudiantil y popular resolvió su sed de justicia en la lucha armada cuando comprendió que la oligarquía cierra todos los caminos y enfrenta al pueblo con el último recurso: la violencia. Camilo Torres, silenciado y retaceado por sus propios hermanos cristianos, nos señala el carisma evangélico en la lucha de liberación de nuestros pueblos y su nombre es bandera del movimiento revolucionario latinoamericano.
Sentimos profundamente a Camilo. Recogemos su mensaje y su grito cara a cara. Camilo murió por su pueblo, murió con las armas en la mano: un nuevo gesto y un nuevo sacrificio que estremeció proféticamente a toda América. Camilo se nos adelantó para ser el primero en el Amor. Su vida y su muerte nos exigen cada día la autenticidad en el compromiso concreto y en la lucha.
Camilo es signo de contradicción, de escándalo, de búsqueda, de unión, de sacrificio, de acción, de violencia, de entrega. Lo aceptamos y lo proponemos totalmente. No lo parcelamos o dividimos hasta donde llega nuestro pobre miedo. Queremos encontrarnos con él desde la realidad argentina, con él movimiento peronista, ascendiendo a la clase obrera, realizando nuestra experiencia nacional del socialismo.
Bajo el signo de Camilo dejamos aquí nuestra declaración de guerra total a la explotación, al imperialismo, al subdesarrollo, a la antipatria de adentro y de afuera. Hacemos también nuestra declaración de fe revolucionaria, de necesidad revolucionaria y de existencia revolucionaria. Una fe llena de esperanza en el triunfo del pueblo, una necesidad definitiva y permanente, una existencia exigida por nuestro cristianismo.
Porque, con Camilo, creemos que la Revolución es la única manera eficaz y amplia de realizar el amor para todos.

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