Los documentos de la Iglesia en los últimos tiempos abrieron la posibilidad de que un cambio de la situación injusta en que viven pueblos y clases sociales, se diese por la lucha, por la violencia. La afirmación es explícita en la Encíclica “Populorum Progressio” “en caso de tiranía evidente y prolongada que atentase gravemente a los derechos fundamentales de la persona y damnificase peligrosamente el bien común del país”. Pero está implícita en muchos lugares de la Encíclica y en otros documentos que declaran al capitalismo sistema nefasto, injusto por sí mismo. El capitalismo por definición tiene como motor el lucro, como ley la competencia, y como derecho fundamental la propiedad privada. Si es así, sería ingenuo creer que el sistema capitalista dejará de existir por decisión espontánea de las clases propietarias y de los monopolios internacionales en bloque.
Pero junto a esas afirmaciones se encuentran y van aumentando últimamente llamados de atención a los católicos sobre el peligro de la violencia las ventajas de la paz, etc. Muchos discursos del Papa aluden al tema. Monseñor Helder Cámara declaró haber recibido de Paulo VI la misión de promover los cambios por vía pacífica. Hasta nuestro señor Arturo Frondizi después de su visita al Papa se dedicó metódicamente a comunicar esa consigna que había recibido de él. Para la próxima reunión de obispos de latinoamérica (Celam) que se realizara en Colombia el próximo mes de agosto, se anuncia una condena a la participación de cristianos en la lucha armada por la liberación de nuestros pueblos.
¿A qué se debe ese cambio de actitud, si lo hay, o esa ambivalencia en todo caso?
Los motivos que se aducen, los explícitos, son de índole ético-cristianos. “El cristianismo promueve el amor, no la violencia; el cristianismo se basa en la ley fundamental del amor”.
No se puede negar que hay algo que se conmueve en muchos cristianos cuando oyen decir que la única manera de amar al prójimo en una situación determinada tal vez sea ejercer la violencia física contra otros. Pero lo que habría que preguntarse es si sienten lo mismo cuando ven al ejército de sus países defendiendo las fronteras de la patria por las armas, o cuando ven a los agentes de policía apresar y encarcelar a los que atentan contra la vida social; eso también es violencia; y no ven ninguna dificultad en que los cristianos entren en el liceo militar o en la escuela de policía federal “Ramón L. Falcón”. En ese caso, dicen, es para algo necesario, para el bien social. Es para defender el orden. Pero entonces el problema no es si se puede usar la violencia, sino para que se puede usar. Vivimos en una sociedad que usa la violencia para mantenerse, hacia fuera y hacia adentro. Por el solo hecho de aceptar esa sociedad aceptamos esa violencia, le pedimos que nos defienda. Existe porque nosotros la apoyamos; es decir nosotros ejercemos esa violencia por intermedio de unos empleados que sólo son ejecutores.
Los primeros cristianos, algunos, dudaron que les fuera lícito ingresar en el ejército del Imperio Romano; pero cuando el imperio se convirtió al cristianismo nadie dudó más. Si hubiesen dudado mucho los hubiesen arrasado los árabes o los turcos.
El cristianismo se presentó como un movimiento que debía crear una nueva manera de ser hombre, un nuevo tipo de comunidad de hombres, una nueva manera de relación con lo divino.
Presentó el ideal de una sociedad regida no por leyes ni constituciones sino por la pura espontaneidad del amor; ya no debía haber más ley. Presentó el ideal de una sociedad donde la autoridad no fuese más un privilegio ni concediese prerrogativa alguna sino fuese un puro servicio; el ideal de una religiosidad que ya no necesitase más templos materiales ni sacerdotes intermediarios sino que se daría en el nuevo templo que eran los cristianos reunidos. La única ley sería el amor, y eso haría innecesario en adelante el uso de la violencia. Los primeros cristianos, que esperaban para muy pronto el fin de la historia, creyeron que eso se iba a ir realizando por el solo hecho de que los hombres, individualmente, fuesen aceptando el mensaje del Evangelio; no creyeron que fuese necesario modificar las instituciones y las estructuras en las que vivían como ciudadanos.
Pero llegó el momento en que hubo cristianos que llegaron a ocupar cargos directivos en la sociedad; llegó el momento en que el imperio entero se convirtió al cristianismo. Ya no pudieron escapar a la cuestión. Dependía de ellos la forma que tomaría la sociedad No podían no tratar de hacerla lo más fiel posible a los ideales cristianos. Lo más fiel posible, porque del todo era imposible, porque del todo era imposible lograrlo. Los hombres por más cristianos que fuesen, eran aún seres inmaduros y necesitaban leyes para ser gobernados y palacios reales que admirar. Los hombres eran inmaduros y necesitaban un culto externo, y templos y sacerdotes.
Si el cristianismo debía difundirse era irremediable que aceptase la realidad de esa inmadurez.
Había etapas que cumplir, etapas, intermedias, imperfectas. Y hubo leyes cristianas y reyes absolutos cristianos y templos cristianos. Y también hubo violencia cristiana, violencia ejercida por cristianos. Si no bastaba el amor, si no había comunidad de amor entre los países, debía haber ejércitos que defendiesen las fronteras. Negarse a eso era criminal, no “ideal cristiano”.
Si un demente se pone a disparar con un arma sobre una multitud, lo que hay que hacer es detenerlo por la fuerza, y sería criminal no hacerlo a título de que “el ideal” sería ayudarlo a curarse de su enfermedad.
Hoy la paradoja es que se condena el uso de la violencia ejercida por los países pobres y las clases desposeídas, y se acepta la violencia ejercida por ejércitos y policías para mantener una situación injusta, para preservar el privilegio de unos pocos que
lo poseen todo a costa del hambre de la mayoría. Se acepta la violencia del demente, y se niega el derecho del atacado a defenderse.
¿Quién tiene interés en que se perpetúe una situación injusta, que beneficia a unos pocos? Esos pocos, evidentemente.
Aunque cuesta decirlo, los dirigentes de la Iglesia también pertenecen a los sectores beneficiados. La Iglesia en los países capitalistas, y más aún en América Latina participa del poder político, tiene propiedades; los altos dirigentes de la Iglesia, salvo excepciones, son también clase dirigente o no son los pobres. Un cambio de sistema les haría perder esa situación de privilegio. Si de ellos mismos viene la condenación de los esfuerzos que realizan los sectores desposeídos por modificar la situación, es difícil no sospechar que más que el ideal cristiano lo que se defiende es el poder de la Iglesia, el privilegio.
Cuando algo sacude un orden de cosas en el que uno mismo era privilegiado, o cuando en el orden personal algo obliga a modificar el “carácter”, la estructura de personalidad que uno se había forjado, lo primero que se intenta es calmar la inquietud, reacomodar las cosas sin cambiar de fondo, porque eso da miedo; hace sufrir o hace perder privilegios.
Algo inquietó a los cristianos, laicos, sacerdotes, obispos, papas. La injusticia era patente, y el apoyo de la Iglesia a esa injusticia también. Lo primero que se intenta es calmar esa angustia sin tocar nada de fondo; hablar de cambio de estructuras y predicarle a los ricos que se porten mejor con los pobres.
En economía, calmar la inquietud sin cambiar nada de fondo se llama desarrollismo; y en cristiano, se llama “pacifismo”.
Un capitalismo humanizado deja a la iglesia en situación de propietaria y de líder político. Pero cristianos identificados con los pobres, luchando con ellos y como ellos son el fin de un cristianismo “rico”, de una iglesia poderosa. Y eso da miedo.

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