La etapa colonialista del capitalismo, en la cual los países dependiente eran apenas un apéndice del mercado imperialista, está superada históricamente. Actualmente los países capitalistas avanzados están presentes en los países pobres, bajo la forma de grandes empresas, consorcios, programas de ayuda civil, organismos financieros internacionales, empréstitos de gobierno a gobierno. Y el desarrollo de estos países se presenta en integración cada vea mayor con el imperialismo.
La situación internacional cambió de iniciativa. Estados Unidos se instituye en mentor del capitalismo en escala mundial. El estado actual de expansión del imperialismo norteamericano lleva a una integración cada vez mayor de las economías dependientes con las economías de los países capitalistas avanzados. Pero la expansión económica de Estados Unidos y de los otros países imperialistas está acompañada de expansionismo político, que se traduce en el establecimiento de gobiernos sumisos a la política de las potencias occidentales y a la penetración de los grandes grupos económicos internacionales.
Actualmente su expansión, por espectacular que pueda parecer, es provocada por el estado, que estimula las inversiones, asegure lucros excesivos a los monopolios y orienta los capitales hacia los sectores amenazados de contracción. Por esa razón, los países imperialistas piensan poder extraer de los países de industrialización, un tributo importante, que les permita acelerar su propia expansión, promover la modernización y automatización de sus industrias y la integración de las economías nacionales de la denominada comunidad atlántica.
De proseguir su desarrollo según el modelo capitalista, los países sub-desarrollados estarían destinados a absorber procesos de producción en que la utilización de su mano de obra abundante desempeñaría el papel fundamental, por lo cual no se eliminaría el abismo tecnológico y económico que los separa de los países subdesarrollados. Y una vez que las remesas de lucros continuaran realizándose, para la modernización de las economías imperialistas, las desigualdades entre los dos grupos de países seguirían acentuándose.
Pero están también los obstáculos «internos» a la modernización y al desarrollo del «Tercer Mundo»: la estructura agraria, la estructura de las exportaciones, la organización del mercado interno y c| predominio de las formas parasitarias de la economía sobre las actividades productivas.
Cualquiera que sea la forma social asumida por los regímenes de explotación agraria en los países subdesarrollados, limitan al extremo el desarrollo del mercado interno necesario para la expansión industrial. Son también responsables de los altos índices de analfabetismo y de la bajísima calificación de la mano de obra. Provocan además continuos excedentes de mano de obra, cuya acción se hace sentir de dos maneras. Por un lado, va a engrosar el éxodo rural y la presión demográfica sobre las grandes ciudades. Por otro, impiden el desarrollo de nuevas técnicas agrícolas, porque la mano de obra servil puede sustituir la mecánica, los cultivos científicos, la ingeniería del suelo, aunque a largo plazo sus resultados son desastrosos.
He ahí la razón del extraordinario desarrollo del capital comercial y del capital usuario. El monopolio de la tierra y el predominio de la agricultura de exportación hacen crecer desmesuradamente el capital comercial. La competencia de las empresas extranjeras, su política de absorción da los grupos nacionales, la rentabilidad dudosa de las empresas nacionales y la exiguedad del mercado interno contribuyen a que el capital financiero se dirija preferentemente a las actividades de pura especulación y no al financiamiento de proyectos industriales de base. Incluso los grandes bancos y las sociedades de inversión son, o la expresión misma del capitalismo parasitario, o empresas asociadas a grandes grupos internacionales.

  • Las burguesías no pueden ser revolucionarias
  • Por ello en Asia, África y en América Latina las burguesías nacionales no pueden ejercer un papel político revolucionario. Esta incapacidad no es producto de su traición a la causa popular, ni de su espíritu conciliador, ni de otros motivos de orden moral. Esta incapacidad es fundamentalmente estructural, ya que está ligada a la explotación servil de la mano de obra rural y dado que su status de clase dominante está condicionado a la existencia de un capitalismo mundial, que se internacionaliza cada vez más.
    A las clases sociales dominantes en los países sub-desarrollados les interesa mantener el status que. Y, detrás de la defensa del status que, en cada país sub-desarrollado, considerado aisladamente, aparecen formidables asociaciones de intereses, desde los grandes latifundios y los tradicionales consorcios petrolíferos, hasta los productores de metales especiales y equipos de precisión, pasando por las empresas de productos alimenticio y por las sociedades bancarías.
    Por eso mismo es una ilusión creer que las dictaduras militares son una excepción a la regla en los países subdesarrollados, o que esos militares no comprenden el saqueo organizado contra sus países.
    Es innegable que en algunos países del «Tercer Mundo» hay gobiernos reformistas dispuestos a asegurar las libertades formales al pueblo, a realizar modificaciones estructurales y a promover una política de industrialización. Pero esos gobiernos desaparecen de la escena política el día en que no pueden ya conciliar los intereses populares con los del imperialismo. En ese momento entran en escena los militares «amigos» de las grandes potencias occidentales.
    Para hacer frente a la amenaza que representan las revoluciones nacionales y posibilitar la integración del bloque capitalista, el imperialismo usa al mismo tiempo varios métodos. Varían según el grado de evolución del país a que están destinados. En la zona convulsionada de los países subdesarrollados, para poder poner la casa en orden, aplicar las directivas del F.M.I. y mantener el nivel de rentabilidad de sus empresas, tiene que utilizar, y cada vea con más frecuencia, la fuerza.
    En este caso, la tarea de sanear política y social-mente el ambiente, en beneficio del imperialismo, corresponde a un aparato represivo que se encarga de preparar el terreno para un gobierno fuerte. Generalmente el propio aparato represivo, las fuerzas armadas locales, se transforman en gobierno.

  • La política de los golpes
  • Por eso, la política de golpes para América Latina se extendió a todo el mundo subdesarrollado, siempre bajo el patrocinio de las autoridades norteamericanas. La batalla diplomática de los cohetes de Cuba dio a los gobernantes estadounidenses la falsa impresión de que ninguna resistencia eficaz podría oponerse a la expansión de la máquina bélica y a su política de golpes. Esta creencia se vio reforzada por el desembarco de los marines en Santo Domingo para aplastar impunemente la rebelión popular. Y por acontecimientos como los que ocurrieron en Indonesia o en Grecia.
    A partir de su independencia, Estados Unidos ha practicado una política de constante expansión en América Latina. Anexase territorios arrancados a México y son bien conocidas sus intervenciones armadas en la zona del Caribe. La doctrina de Monroe —América para los americanos— no fue enunciada, como pretende la propaganda norteamericana, en defensa de los naciones del continente, ni para proteger su identidad. Surgió del conflicto entre los intereses expansionistas de Estados Unidos y de las naciones europeas.
    Las intervenciones se han sucedido durante más de un siglo. Si las declaraciones diplomáticas se preocupan por las formas de los pronunciamientos, los políticos más responsables no esconden, muchas veces, los verdaderos objetivos de su país. En 1827, el presidente Clay declaraba que «sólo a Estados Unidos corresponde determinar cuándo y cómo la doctrina de Monroe debe ser aplicada respecto a las otras naciones americanas».
    Opiniones de ese tipo indican los intereses que deben prevalecer y disipan las ilusiones de que esa doctrina ha sido concebida con intenciones fraternales. En todas las épocas el tenor de las declaraciones es el mismo: hay que guardar bien a América Latina, como a un patio trasero, como zona preferencial de influencia.
    Partiendo de las regiones más próximas, donde su acción podía ser ejercida con mayor eficacia. Estados Unidos fue extendiendo su zona de dominación, a medida que su desarrollo se lo permitía. En el periodo de entre guerras, pasó a ejercer decisiva influencia económica en todo el continente, tomando el lugar de Ingla-terra que dominaba, hasta entonces, los mercados sudamericanos.
    Después de la Segunda Guerra Mundial la sustitución fue total. Pero las pretensiones norteamericanas ya habían excedido de las dimensiones del continente y abarcaban el mundo entero. La invasión de la propia Europa alcanza ya una etapa tan avanzada que bien podría autorizar la formulación de una doctrina de Monroe para los europeos.
    América Latina siempre fue considerada zona de expansión natural por los norteamericanos. Sus institutos de dominación mundial hacen cada vez más imperiosa la necesidad de controlar su retaguardia.

  • Imperialismo Y subdesarrollo
  • La situación política internacional conduce, cada vez más, a una polarización de fuerzas, por un lado el imperialismo norteamericano y por otro los países subdesarrollados. Lo cual unifica los objetivos de la contrarrevolución y lleva a los militares extremistas de los países subdesarrollados a aceptar la tutela norteamericana, para defender sus privilegios y los de las oligarquías dominantes. La utilización que hacen del aparato del estado, lejos de obedecer a imperiosos «objetivos nacionales» es un simple manejo para consolidar relaciones de poder que amplían la desnacionalización y refuerzan la explotación de los trabajadores.
    No es de extrañar, entonces, que los gobiernos liberales, tan ensalzados por la mitología política europea y por la máquina de propaganda de Estados Unidos, hayan desaparecido de la escena política. Al perder su eficacia fueron sustituidos por gobiernos dictatoriales pero sumisos a las órdenes emanadas de las agencias imperialistas.

  • Brasil 1964: el golpe gorila
  • Hasta marzo de 1964, el empresario industrial brasileño utilizaba el apoyo político que le ofrecía el proletariado, sus organizaciones de masas y la clase media urbana para fortalecer su posición interna y para aumentar su poder de vanguardia en los disputas con el imperialismo norteamericano.
    A los tecnócratas y a la inteligencia cabía la responsabilídad de formular la política de desarrollo y ejecutar sus programas, y a los organizaciones de izquierda les correspondía el papel disciplinador de la política de alianza de clases que el «desarrollismo» exigía.
    En la ejecución de la política desarrollista, el estado suplía, en gran parte, la carencia de inversión privada, pero al hacerlo se veía obligado a otorgar concesiones a los clases populares, cuyos dirigentes se tornaban cada vez más conscientes, reivindícativos e independientes en relación a las organizaciones de izquierda.
    La política de compromisos y concesiones, luego de puesta en práctica, acabó conduciendo al país a una situación difícilmente controlable por los grupos dominantes, en la cual |as reivindicaciones obreras y campesinas se concretaban, radicalizándose, en la cual la agitación social se generalizaba.
    En esto clima de inestabilidad, la irritación de la clase media asumió la forma moralista clasica, mezclada a vagos sentimientos anticomunistas, que se expresaban en la acción turbulenta de los dirigentes derechistas más en boga y en las marchas semiburlescas, semipolíticas, patrocinados por ciertas figuras conocidas por sus opiniones conservadoras.
    Los dirigentes populistas también empezaron a dificultar el compromiso establecido, en la medida en que adquirían una visión más precisa del proceso social y que se convertían en un conducto más auténtico da las reivindicaciones esgrimidas por las capas pobres de la población de las grandes ciudades y de las regiones rurales.
    En estas condiciones, el golpe de estado de 1961, preparado por el gobierno norteamericano, se hizo realidad en virtud de la comprobación, por el empresariado brasileño, de que ya no estaba en condiciones de ejercer el poder político en términos de una colaboración ideológica entre trabajadores y patronos.
    El golpe de estado fue una opción consciente de las clases dominantes del Brasil, que quisieron adoptar los esquemas de gobierno impuestos por Estados Unidos. La aceptación de esos esquemas las obligó a utilizar la fuerza represiva del ejército para acallar el movimiento reívindicativo del pueblo y para imponer la superexplo-tación a los asalariados. La sustitución de hombres en el poder y en el aparato gubernamental es, pues, apenas un aspecto secundario de esta opción.
    Pero la liquidación del movimiento popular en Brasil y la implantación de una dictadura militar tutelada asumen enorme importancia, porque constituyen una conquista esencial de los planes norteamericanos a reimplantar en otras partes del mundo.
    La explotación de las, riquezas brasileñas representa, sin duda alguna, un factor importante en la política exterior norteamericana. También lo es la tranquilidad para sus empresas en el exterior, así como la necesidad de controlar materias primas y productos raros que Estados Unidos no dispone en cantidades suficientes.
    Esos motivos son relevantes y bastarían, por si solos, para justificar las maniobras norteamericanas. Se agregan, además, los de naturaleza política y militar, fundamentales para sus planes de expansión mundial. La ejecución de esos planes supone asegurar la «tranquilidad» para la operación de sus ejércitos en otros partes del mundo, es decir, la complicidad de los gobiernos y la pasividad de las poblaciones latinoamericanas.

  • Los monopolios yanquis
  • Los grupos monopolistas norteamericanos se valen de la influencia política y militar que Estados Unidos ejerce en el resto del mundo, para poder expandirse. Pero en el gobierno norteamericano no repercuten, necesariamente, los conflictos de intereses que oponen esos grupos. Esta contradicción secundaria no influye en la política norteamericana y, transplantada al contexto de los países satelizados, no tiene ninguna importancia: a| contrario de lo que pretenden algunos, cuyos esperanzas políticos se basan en el juego de esas contradicciones.
    Pero ese choque de intereses ha sido explorado, con cierto éxito publicitario, por las corrientes políticas vinculadas al imperialismo norteamericano que, en Brasil, so disputan el poder. Unas presentan como posibilidad más cómoda dominar el pais por la fuerza, negando todo participación popular que ponga en peligro la dominación norteamericana. Es el caso de los militares en el poder. Otras cuentan con su propia capacidad de maniobra y su habilidad política, para conducir el proceso con arreglo a normas liberales, alegando que la ausencia de libertades puede conducir a un enfrentamiento que rebasaría ampliamente los marcos políticos y legales de lucha. Ambas encuentran resonancia entre las esferas dirigentes del imperialismo norteamericano, porque giran en torno, simplemente, de métodos de acción, sin cuestionar el proceso global de dominación. En la etapa actual, no obstante, cuando para mantener su hegemonía Estados Unidos so ve obligado a librar en Vietnam una guerra costosa y sin perspectivas, la seguridad es el factor que prevalece en sus cálculos. De ahí el predominio de los militares entre sus «aliados» y la poca importancia que le da a las libertades y a los políticos profesionales.
    En los cálculos norteamericanos no sólo las tendencias dentro de cada país, sino también los países en si, deben tener una utilización apropiado. En el caso de Brasil, país en proceso de desarrollo, se intenta transformarlo en una potencia capitalista de segunda clase. El envío de tropas brasileñas a Santo Domingo se inserta dentro de esta concepción, aceptada por el grupo militar en el poder desde 1964.

  • Brasil de hoy
  • El periodo actual de gobierno en el Brasil es el reverso de la medalla de la época desarrollista. Está destinado a garantizar la política de restricción de créditos, de congelación de salarios preconizada por las autoridades norteamericanas.
    En el plano jurídico el desdoblamiento del golpe es una anomalía política en que el sistema de partidos, del poder legislativo y judicial sólo tiene la vigencia que les permite el grupo militar en el poder y está destinado como en Vietnam a dar una fachada legal a una dictadura de hecho. La dictadura militar brasileña, al crear su propia legalidad pretende afirmar claramente que no es un fenómeno político transitorio.
    La politice económica y financiera del actual gobierno brasileño, a pesar de ser dictada por el imperialismo norteamericano es aceptada tranquilamente por la gran burguesía. Necesita actualmente, una política de fuerza una vez que, en la actual situación del país, el pater-nalismo y la conciliación de clases se han vuelto impracticables.
    En el Brasil, la mayor alianza con el imperialismo norteamericano supone necesariamente una política de estabilización monetaria basada en la superexplotación de la mano de obra y en la monopolización de la economía, mediante la eliminación de pequeñas empresas.
    Pero la alianza con el imperialismo no podrá resolver los problemas brasileños. Implica ademán, necesariamente, una sumisión cada vez mayor del país a los interósea de los grupos económicos internacionales y provoca una polarización de fuerzas en el proceso de lucha social.
    Frente a esas dificultades el gobierno militar, sin respaldo popular, continuará oscilando entre una estabilización total y un ablandamiento de la política crediticia y salarial. En esto ir y venir hará concesiones o a las capas medias del empresariado o a los trabajadores, para aliviar presiones sociales acumuladas.

  • El régimen militar
  • El régimen militar enfrenta, cada día que pasa, nuevas dificultades en el ejercicio del poder que conquistó y que procura mantener por la fuerza, sin conseguir resolver los problemas del país, que se agravan progresivamente. Esto crea cierta inquietud en los círculos militares que lo apoyan dando lugar a que se formen corrientes que luchan por la hegemonía dentro del sistema. Ninguna de esas corrientes controvierte el sistema en sí. Divergen en cuanto a métodos de gobierno y otros problemas secundarios. Están de acuerdo en cambio, respecto a las orientaciones generales del gobierno y sobre todo consideran que la tutela militar debe prolongarse.
    Se atribuyen las dificultades, generalmente, a la ineficacia de los que ocupan los cargos de gobierno y a las formas de administrar. Sus divergencias son insignificantes, y cuando surgen en torno a problemas mayores, se restringen en el fondo, a la determinación de limites de la política general trazada. Ninguna se opone, por ejemplo, a la integración con Estados Unidos. Algunas entienden empero que no hay que llevarla hasta sus últimas consecuencias, al punto de ceder el Amazonas, atentando contra la propia integridad territorial del país. Otras se oponen a la política de liquidación y entrega de las empresas estatales a grupos extranjeros, pero ninguna cuestiona la política general oficialmente adoptada. Esas criticas podrán ser positivas, pero por ser parciales a nada conducen. El principio general de subordinación permanece y es aceptado.
    Es indudable que la idea del desarrollo independiente del país nunca tuvo, en el pasado, una predominancia real. Era sustentada y defendida por varias corrientes políticas, que influenciaban, en cierto modo, decisiones importantes. Se ha producido ahora un trastocamiento por la política económica y financiera que estimulo los concentraciones, y facilita a la vez la invasión del ca-pital extranjero, en detrimento de la pequeña y mediana empresa nacional.
    El golpe de estado, en ese sentido, marca el fin de una larga etapa de conciliación. La subordinación al imperialismo ya existia, pero existía también un esfuerzo por desarrollar independientemente al país. Coexistían las dos tendencias. La participación enciente del pueblo, que le daba apoyo político, amenazaba hacer prevalacer la segunda. La intervención militar impuso la subordinación.
    El cambio de generales cuando asumió el poder Costa e Silva, no modificó esa posición. Las transformaciones introducidas se limitaron al plano institucional para aliviar las presiones sobre la economía del país, provocadas por las disposiciones ejecutadas por Cántelo Bronco. Después de sacrificar a miles de pequeñas y medianas empresas nacionales se adoptó una política de inmovilismo, en virtud del clima de ínseguridnd que prevalecía en el ambiente empresarial.

  • La «humanización» de Cosía e Silva …
  • Pero estos métodos no alteran los anteriores, mediante los cuales los puntos básicos de la economía nacional pasaron a manos de los grupos extranjeros. La «humanización» de la economía, consigna del actual gobierno, es apenas fruto de la desorientación del equipo gubernamental, frente al deterioro de la situación económica del país que recae fundamentalmente en la clase obrera. Las concesiones hechas en el dominio del crédito, como parte de la propalada «humanización» de la economía no alteran la orientación general. Se tolera esa liberación, es una excepción que justifica la regla.
    A pesar de las humanizaciones de Costa e Silva, la evolución de la economía asume dimensiones cada vez, más monopolistas, y tiene como soporte principal a la máquina del estado. Las intervenciones estatales son mas frecuentes, mediante los mecanismos de control e incentivos, utilizados a pretexto de combatir la inflación y de racionalizar la producción, en detrimento de los intereses de los trabajadores.
    El aspecto negativo de la intervención estatal surge también claramente de la utilización de las empresas estatales en beneficio de la política de trustificación de la economía a la cual están estrechamente asociados los grandes grupos económicos internacionales.
    El crecimieno económico del país se realiza, cada vez más con el apoyo de los grandes inversiones de capital extranjero, resultando un aumento absoluto de las inversiones imperialistas, que se localizan en los sectores más modernos y más rentables de la economía brasileña.
    Otro factor importante a destacar es la reducción de importancia relativa del comercio externo en relación al conjunto de actividades económicas, que en lugar de representar una liberación frente a los consorcios que controlan el mercado internacional, representa sólo el deterioro progresivo de la relación de intercambio.

  • … la pagan los trabajadores
  • Para los trabajadores la congelación de salarios es una consecuencia inmediata de la política económica financiera de la dictadura, que consiste en lanzar todo el peso de la explotación sobre las masas populares. Lo cual exige un firme control de los instrumentos de coerción, el apartamiento del pueblo de los pronunciamientos políticos y la represión de todas las organizaciones populares, políticas, sindicales y estudiantiles.
    Desde el momento en que se convirtió en un instrumento consciente de la política de hegemonía de Estados Unidos, el gobierno brasileño demostró continuamente este carácter, a través de la imposición de su tutela a los organismos sindicales y de la intromisión directa en sus elecciones y asuntos internos, de la disolución de sindicatos rurales, de la interdicción de los partidos políticos y de la abolición de las elecciones directas.
    Su subordinación irrestricta? la política de explotación de Estados Unidos ha sido comprobada en varias ocasiones. El envío de tropas a Santo Domingo representa el punto culminante y más significativo de esta subordinación. En 48 horas se cumplieron las órdenes de Washington y los soldados brasileños fueron a dar
    un aval político a los marines encargados de aplastar la rebelión del pueblo dominicano contra la explotación imperialista y de las camarillas locales dominantes.
    Los golpes anteriores pudieron sólo impedir mayores progresos en la conquista de la independencia real y de la solución de los problemas sociales. El de 1964 provocó un nítido retroceso de todas las conquistas obtenidas en el transcurso de muchos años. Las oligarquías dominantes confiesan, de eso forma, su incapacidad para sobrevivir, incluso dentro del sistema político de democracia representativa. Por eso el golpe no sólo se lanzó contra las fuerzas populares, sino también contra los grupos liberales más conscientes, puesto que la concesión de libertades implica necesariamente la posibilidad de participación popular.
    Al fijar sus objetivos, el régimen militar se ve compelido a establecer una serie de medidas que llegan a formar una cadena cuyos eslabones deben necesariamente continuar interligados. La subordinación externa y el mantenimiento de las estructuras internas determinan la política económica financiera. Esta a su vez conduce a la congelación de salarios. La congelación de los salarios sólo se mantiene con cohersión. En otras palabras, la supresión de las libertades está intimamente ligada a los objetivos antinacionales y antipopulares del gobierno.

  • Excluir al pueblo de la vida nacional
  • Para mantener ese rumbo el régimen militar precisa seguir utilizando las mismas armas, conservar intacta la cadena de medidas que forjó. Sus objetivos sólo pueden ser alcanzados con la exclusión del pueblo de la vida nacional.
    El régimen militar no sólo se instauró para liquidar al gobierno anterior o para restablecer alguna norma violada. Escogió una política propia y creó los instrumentos que juzgó necesarios para su aplicación.
    Interesado en no aparecer como una dictadura sin disfraces, el régimen militar propició la formación de una oposición cuyo destino seria representar la otra cara del sistema, aglutinar cierta clase de descontentos, aquellos que por divergencias regionales o locales no pueden integrar la «mayoría». El ideal seria que sólo representase ese papel, que sólo levantase estas consecuencias del funcionamiento del propio sistema y en parte así es.
    Para fingir una democracia hay que pagar un precio. En este caso la imposibilidad de establecer un control total sobre la oposición. En realidad plantea problemas que el poder militar preferirá encaminar a su manera. Dada su naturaleza y por tener que actuar, en última instancia, dentro de los marcos que le fueron trazados, esa oposición se limita a proporcionar el restablecimiento de ciertas libertades para los sindicatos y el movimiento estudiantil, a la derogación de las leyes de excepción, la amnistía general, las elecciones directas y el aumento de los salarios.
    Puntos aceptados por todas los tendencias de la oposición, pero sin duda insuficientes. No obstante, pueden considerarse como un mínimo a transar, porque, en teoría unirían a toda la oposición. Pero el régimen militar es incompatible incluso con ese mínimo, porque supondría el abandono de sus instrumentos de sustentación. Lo cual podría conducirlo a no estar en condiciones da imponer su política, transformándolo en un vehículo de conciliación de las tendencias opuestas, como ya ocurrió en el pasado con otros gobiernos.
    No existen síntomas de que pretenda desempeñar cae papel contrario a su naturaleza. Camina exactamente en el sentido contrario. Marcha hacia una creciente militarización y se mude de nuevos instrumentos para acentuar la represión. La aplicación de las disposiciones más odiosas de la Ley de Seguridad, y el aumento de poderes al Consejo de Seguridad Nacional son pruebas irrefutables.
    La necesidad de jugar a la democracia tiene sus limites. No llega al punto de conducir al régimen militar a dejar de lado armas que considera indispensables para su sobrevivencia. La dosis de «democracia» que puede aportar es muy débil. So limita a la fachada actualmente en vigor.
    Los últimos actos de régimen militar indican que pretende apretar y no aflojar los controles. Antes de asumir el poder, sus actuales ocupantes daban a entender que promoverían cambios en la orientacion de sus antecesores. Hubo quien creyese en esas promesas y previera la posibilidad de mayores libertades. Y que el grupo militar sintiendo el aislamiento a que estaba reducido se viera tentado a extender su área de influencia.
    Por supuesto, no haría concesiones gratuitas, pero ai,
    a cambio de apoyo directo o indirecto.

  • Falsas esperanzas
  • Al admitir pequeñas concesiones, el régimen militar procura crear falsas esperanzas con la intención de apaciguar a la opinión pública descontenta. Se permite la actividad de los partidos políticos siempre que no pongan en discusión la actual relación de poder.
    La compra de neutralidad ya seria una forma de obtener apoyo indirecto, al igual que la participación dentro de cierta oposición que desea alimentar para poder mantener las apariencias. Terminada la «operación limpieza», es decir, disueltas las organizaciones populares y desterrados sus dirigentes por el gobierno anterior, la represión entraría en su fase de rutina, con algunas redadas, de vez en cuando, para reavivar memorias.
    En última instancia, si todo marchase dentro de los piones, la revisión de las restricciones podrían ser utilizadas para metas de más alto nivel. Seria una «redemocratización» por etapas, debidamente controlada por el gobierno.
    Esas esperanzas, alimentadas por fuerzos políticas que estimularon el cambio de gobernantes, son inviolables. Las consecuencias posibles están extremadamente limitadas y no permiten ni siquiera una real participación en el ejercicio del poder de los políticos más conservadores, ni incluso de los que apoyan al gobierno.
    Restringiéndose al estricto margen «legal», ciertas fuerzas y personalidades políticas intentan participar en la vida política y proponen como objetivo exactamente la «redemocratización» del país. Por supuesto la lucha
    contra lo dictadura puede incitar a los grupos y capas democráticas del empresariado brasileño, que se sienten ahogados por lo presión imperialista, a aprovechar la lucho y lo combatividad de los fuerzas populares para reconquistar las posiciones perdidas. Para esos sectorea del empresariado esto desembocaría en un nuevo gobierno liberal y desarrollísta, que restableciera las libertades formales restringidas por la dictadura y posibilitara el retomo a lo relación de poder anterior.
    Esos grupos cuentan con el aislamiento del poder militar, cuya base de sustentación social es precaria. Frente a la presión social y político el gobierno tendría dos caminos: cambiar de rumbo, alternativo poco probable, O caer, dando lugar a un gobierno más abierto y mas liberal, que promoviera lo «normalización de la vida nacional».
    Sería el mayor progreso político posible, en opinión de los propios promotores de la «redemocratización». Nadie se opondría a que esto ocurriese. Seria insensato preferir la represión a la libertad de acción política. Por otra parte y no obstante todos los indicios contrarios, la notoria incapacidad del actual gobierno podría provocar su caída.
    Un nuevo gobierno tendría que afrontar una serie de problemas y tomar posiciones frente a ellos. Dejando de lado otros problemas, tendría que enfrentar los reivindicaciones de salarios y, en consecuencia, un movimiento de masos que lo obligaría a usar la represión, olvidando los promesas de «redemocratización'» de la víspera.

  • Se imponen cambios profundos
  • Antes del golpe de 1964, las estructuras del pais ya se demostraban incapaces de soportar la legalidad entonces existente. En muchos casos la simple aplicación de las leyes parecía un acto revolucionario. Las sucesivas concesiones y pequeñas reformas nada resolvían, o ya no podían realizarse. Actualmente se imponen cambios más profundos, o el uso de la fuerzo pora conservar la situación vigente.
    Situación ya controvertida y que lo será más aún si algunas libertades fueran restituidas al pueblo. Poro evitar que así ocurra el poder militar usa la fuerza. Un nuevo gobierno también tendrá que usarla, si no puede resolver los problemas de estructura. Y para resolverlos tendrá que enfrentarse con sus beneficiarios.
    Las transformaciones ocurridas en las últimas décadas no permiten ya que la vida del país se restrinja a los estrechos límites de las viejas disputas del pasado. La participación popular, la presión creciente de las capas pobres marginalizados, para obtener su integración en la vida nocional, de un contenido nuevo a la actividad política.
    La «redemocratización» es pues inaccesible por la vía «democrática». Para conquistarla no bastan las maniobras políticas ni los acuerdos de gabinete. El propio examen de las reivindicaciones presentadas por la oposición consentida demuestra la total incompatibilidad entre el régimen militar y la «redemocratización». Aceptar la «democratización» seria abandonar los instrumentos de coherción, abandonar sus objetivos. Lo cual es incompatible con los fundamentos mismos del régimen militar.
    La «redemocratización» no resolverá un solo problema del país, cuya solución sólo puede ser aplazada con el empleo de la fuerza. He ahí el contrasentido de las corrientes que pretenden restablecer las libertades formales y mantener a la vez el status que económico y social.
    Las posibilidades de «redemocratización» son remotas, pero, de llegar a ocurrir, no podrá permanecer por mucho tiempo buscando el difícil equilibrio de fuerzas sociales antagónicas. Las veleidades de democracia pueden desencadenar acciones de masas capaces de aglutinar grandes capas de población, dejando al descubierto las contradicciones del sistema y la sumisión del régimen al imperialismo norteamericano.
    Por otra parte se han tomado todas las medidas necesarias para evitar que, de hacerse efectiva la unión de las fuerzas populares, las bases de sustentación política y social de la dictadura se reduzcan de tal forma que provoquen su disgregación. No obstante hay quien acredite la liberación del régimen, a pesar de todos los indicios en contrario.
    En cualquiera de las hipótesis, la liberalización sería transitoria. Duraría el tiempo necesario para el replanteamiento de los problemas por el pueblo, para el surgimiento de los contradicciones mus profundas existentes en el seno de la sociedad brasileña, en su actual estado de evolución. Además, por superficial que fuese, seria aprovechada por el movimiento popular para demostrar a las masas las deformaciones del sistema, imponer las reivindicaciones de los trabajadores, obtener concesiones en el plano social, y exigir las transformaciones que necesita el país.
    Lo más probable, entonces, es que el imperialismo norteamericano y la oligarquia brasileña, viendo reducido codo vez más su margen de maniobra, pusiera al pueblo, una vez más, ante el hecho consumado del terrorismo y de lo violencia institucionalizada. Es necesario, pues, al mismo tiempo que se exige lo concesión de libertades, continuar organizando una fuerza capaz de asumir el poder, paro solucionar los verdaderos problemas nacionales. Se logre o no las libertades, un movimiento popular que una las masas, en el plano nacional, será el instrumento a utilizar para democratizar el país.
    El movimiento popular sólo tiene una forma de reaccionar, envolvimiento y dominación del imperialismo norteamericano: la lucho contra la dictadura en todos los terrenos, para implantar un gobierno democrático, de base popular.

    Miguel Arrais

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