• ¿FUE EL GOLPE DE JUNIO DE 1966 UN CUARTELAZO DEL IMPERIALISMO?
  • Visto desde la perspectiva extra-nacional el golpe de junio no ofrecía dudas en cuanto a su carácter reaccionario y así fue denunciado. Pero ese juicio, suficiente por si mismo para la condena y protesta, es insuficiente si se quiere definirlo en su tipicidad. Es comprensible que se haya calificado al golpe como un cuartelazo de los que promueve el imperialismo yanqui. Pero es falso.
    El levantamiento fue una resultante de la política norteamericana, del papel que juegan los ejércitos dentro de las doctrinas de la infiltración subversiva, pero no fue un acto de esa política. Fue un epifenómeno de la dominación yanqui, pero no una decisión de la voluntad imperial. Los instrumentos del imperialismo, aun los mas serviles gozan de una autonomía relativa (De lo contrario se recae en ese “marxismo” para el cual la ambigüedad, el azar, los coeficientes de lo individual han desaparecido de la historia: la superestructura es una especie de escenario donde se va reflejando mecánicamente cada variación que se produce en la infraestructura, la burguesía es una entelequia con pensamiento unificado que inmediatamente actúa de acuerdo a conveniencias preestablecidas).
    No hay similitud entre el golpe argentino y el brasileño, aunque las dictaduras emergentes se parezcan tanto. Los norteamericanos son torpes y brutales pero no imbéciles. En Brasil creyeron que se les venía encima la revolución social. Era una visión delirante, pero lo creyeron y fomentaron el golpe. En la Argentina estuvieron contra el golpe y el Departamento de Estado hizo cuanto pudo para evitarlo porque no consideraba necesario todavía cambiar el régimen. Y tenía razón. El sistema burgués argentino no corría el riesgo de su desaparición, la lucha contra el régimen se mantenía en un plano agitativo, ninguna revolución social inmediata lo amenazaba.
    En ese momento de desunión de las fuerzas populares, los teóricos dedicados a racionalizar la no-acción, inundaban el país (El “realismo” reformista no admitía —ni admite— ninguna estrategia armada para cambiar la situación. En la izquierda comunista y no comunista pupulan los teóricos cargados de erudición y de pavor: basta que alguien enuncie una idea militar para que se lancen a despedazarla desbordantes de sabiduría y con precisión electrónica un sinúmero de Clausewitz que no digamos que nunca dispararon un tiro, sino que ni siquiera han disparado jamás una piedra contra un escaparate).
    Los EE.UU. promueven los golpes militares cuando no pueden conseguir sus objetivos a través de los gobiernos “democráticos-representativos”. Esa hipótesis no se daba en la Argentina y, por el contrario, el imperialismo se encontró con que en uno de los países clave del continente EL RÉGIMEN SE HA RETIRADO, SIN NECESIDAD, A LA ULTIMA TRINCHERA — LA DE LA DICTADURA MILITAR— ABANDONANDO POSICIONES QUE NO CORRÍAN PELIGRO.
    ¿A qué replegarse innecesariamente eliminando una instancia antes de tiempo? Mientras había un gobierno civil, las Fuerzas Armadas, como instrumento decisivo del imperialismo, seguían sin deteriorarse, y en caso de que la “legalidad” fuese impotente ante un avance real de las masas, podían dar un paso al frente y presentarse como salvadoras providenciales ante la catástrofe. En junio vieron la catástrofe donde sólo había desorden y se creyeron capaces de poner fin a la crisis, lo cual era una utopía. Al asumir la responsabilidad directa del ejercicio del poder LAS CRISIS POLÍTICAS SE TRANSFORMAN AHORA EN CRISIS EN EL SENO DE LAS FUERZAS ARMADAS. Si Onganía fracasa, lo sucederá otro grupo militar. La solución para el fracaso del régimen militar es… otro régimen militar, con el consiguiente desprestigio de las FA y la exposición pública de su inestabilidad y desintegración.

  • CARGOS, PRETEXTOS Y MOTIVACIONES DEL DERROCAMIENTO DEL PODER CIVIL
  • No entraremos a detallar todas las razones invocadas para el golpe militar ni a discriminar en qué proporción se mezclaban convicciones y pretextos, hechos reales y distorsiones de la propaganda.
    Las FA como institución —y no un sector militar que buscaba la hegemonía en el cuadro de oficiales para la hegemonía en el cuadro de oficiales para la aventura golpista— fueron las que se enfrentaron al gobierno atribuyendo a su incapacidad el estado de crisis permanente que vivía el país; y la ineficiencia, desorden y confusión, lentitud y debilidad del orden civil, al que exigían soluciones que estaban fuera de su alcance, el Ejército en su conjunto opuso la capacidad técnica del orden militar, su estructuración jerarquizada, su unidad doctrinaria en torno a los mitos occidentales y cristianos, su orden y eficacia en el mundo sin roces de la verticalidad de los mandos, su poder real como monopolista de la violencia organizada. Para ellos la política es algo que hacen los políticos, los militares en cambio no hacen política: son vicios del pensamiento político civil, mientras que los militares se guían por los ideales de la Patria. De la misma manera, sus intereses no son los suyos ni los representativos de las clases dominantes, sino los intereses supremos de la Nación. No hacen demagogia sino recta administración; y se sienten predestinados para vírgenes vestales del orden social amenazado por una oscura conspiración internacional encabezada por el castrismo.
    Las FA trataban además de solucionar con el golpe el estado permanente de inestabilidad institucional que creaba la presencia de la masa peronista.
    Siempre se había pensado que el peronismo era un espejismo de las masas producido mediante la aplicación de técnicas totalitarias de manipuleo de la opinión pública. Pero cuando se produjo el golpe de septiembre del 55 y fue pasando el tiempo y resultó que Perón no poseía los resortes estatales, sino que éstos se empleaban contra el movimiento popular, desatándose una ola de represión desenfrenada, vieron con asombro que el peronismo no perdía cohesión, ni combatividad ni arraigo en las masas trabajadoras, ni se desintegraba para correr a sumarse a las huestes de los partidos tradicionales. El procedimiento del gorilismo no fue efectivo y el régimen buscó entonces la normalidad mediante la integración del peronismo: desmentida la tesis de que éramos una multitudinaria acumulación de babiecas, se buscó que fuésemos absorbidos como parte de un frente electoral en que constituíamos una simple masa de maniobra o se intentaron soluciones “Neoperonistas” que nos canalizasen en partidos más o menos como los demás, con participación marginal en el Estado. Todo ha sido en vano. Porque aunque los profetas del régimen hayan diseminado la teoría de que debe superarse el “falso conflicto” peronismo vs. antiperonismo y los burgueses de alma bondadosa piensan que es una lástima que los argentinos estemos divididos porque si, cuando sería tan fácil y tan lindo que todos nos entendiéramos, la verdad es que la antinomia peronismo-antiperonismo es la forma concreta en que se da la lucha de clases en este período de nuestro devenir. Por eso es que contra el peronismo se ejerció la violencia durante todo el tiempo, sea en la forma negativa de vedarle sus derechos, sea bajo las formas activas de la represión.
    El multipartidismo, que en los hechos había sido liquidado desde octubre del 45, reapareció en septiembre del 55, y se transformó en una competencia entre las fuerzas políticas que forman los sectores del régimen, que no sólo no cuestionan el orden económico-social sino que gracias a la proporcionalidad se dividían los cargos representativos. Claro que ese multipartidismo no expresaba los conflictos globales de nuestra sociedad sino las parcialidades existentes en el bloque histórico formado por las clases agónicas pero poseedoras de la fuerza. El otro bloque, el representativo de las masas populares, estaba excluido, pero su presencia amenazaba a todos en conjunto. El choque entre los dos sectores era casi permanentemente de suma violencia y las ocasionales fórmulas salvadoras eran celajes que se disolvían no bien entraban en contacto con lo concreto. Desde el llano se miraba al peronismo con temor, se le criticaba o se buscaba su apoyo, pera desde el gobierno había que buscar como eliminarla, porque de lo contrario lo hacían los militares a costa de los eventuales detentadores del poder civil. Y las FA a su vez intervenían directa o indirectamente, atentas a cada circunstancia en que el poder civil parecía impotente para contener a los partidarios del caos y a los causantes de las perturbaciones.
    Las elecciones de marzo del (67 plantearían el problema habitual: ¿cómo proscribir al peronismo? Ya se apelase al manejo de las personerías políticas por medio de la dócil justicia electoral, o se buscasen otros atajos, el gobierno civil no tenia sino medios que constituían actos abiertos de atropello. Pero las FA no deseaban repetir el caso de 1962, en que Frondizi erró los cálculos y la avalancha de votos peronistas los obligó a destituirlo. Esta vez el golpe se dio con suficiente anterioridad como para que la masa no lo viese como un intento de cerrarle el camino del poder.
    Ahora se ha decretado la apoliticidad y se ha proscripto a todos, pero eso no significa que exista igualdad en la proscripción, porque los intereses que los partidos políticos representaban siguen presentes en el Estado; y sigue siendo claro, a pesar de la confusión propagandística del oficialismo, que las clases poseedoras, los partidos tradicionales y el resto de la flora anémica que apareció aprovechando el atraco septembrino del 55 forma un bloque donde faltaba el elemento unificador, función que desempeñaban y desempeñan las FA, que no han sido, desde el 55, un órgano del Estado sino un poder del Estado.
    Bajo la ficción de que los cargos políticos eran ejercidos por mandato del pueblo, su origen era la fuerza que limitó las opciones ofrecidas a ese pueblo y aseguró el gobierno de las minorías, respaldó luego las investiduras de los así elegidos y los reemplazó cuando perdieron la confianza de los mandos. Con su golpe de junio los militares no liquidaron al régimen, pues la superestructura política consiste en el conglomerado de los partidos apuntalados por las FA que son el partido vertebral del régimen porque poseen la máxima capacidad de violencia en una época en que toda confrontación de intereses es pura acción directa.
    Ateniéndonos a lo fundamental, el golpe se basó en tres errores básicos:
    1) Las FA ignoran que la crisis es el estado permanente del régimen burgués argentino.
    2) Por consiguiente, creen que las soluciones son técnicas.
    A esos dos falsos conceptos del pensamiento burgués, agregaron su propia mitología como sector específico de la comunidad.
    3) Pretenden que las FA son un órgano que está por encima de la política y de los intereses particulares, excepcionalmente clasificadas para representar a la comunidad en su conjunto y administrar el Estado con desinterés y eficacia.

  • LA SITUACIÓN ACTUAL OBLIGA A REPLANTEAR NUESTRA LINEA DE ACCIÓN
  • ¿En qué medida y cómo han variado las condiciones?
    La “Revolución Argentina” de Onganía y sus congéneres, tuvo panegiristas y detractores que con distintos signos exageraron su trascendencia transformadora. Para los primeros, pertenecía a lo históricamente sublime y renovaba totalmente, modernizándolas, las estructuras económicas, sociales y políticas del antiguo régimen; para los segundos, constituía una irrupción bestial de la horda armada que destrozaba las armazones de la libertad democrática y el poder civil. Los primeros festejaron la muerte de algo que seguía viviendo; los segundos pusieron luto por la muerte de algo que nunca existió.
    Producto de un estado de crisis que las FA se consideraron capaces de resolver, el golpe reacondicionó las instituciones político-estatales. El partido del régimen con verdadera capacidad de imponer su voluntad pasó a ser partido único con la suma de facultades para gobernar. Al hacerlo pasó también a cumplir directamente, como explicábamos, el rol hegemónico vacante en el seno del bloque de las clases dominantes, que desde hace mucho carecen del sector burgués capaz de estructurar esos intereses diversos en una política de conjunto.
    La naturaleza clasista del régimen sigue intocada, pero su nivel superestructural ha sufrido modificaciones importantes. ¿Qué reajustes debemos hacer a nuestros planteos de la lucha contra el régimen? ¿Tácticos, desde que no hay alteración de fondo en las relaciones de producción y solamente ha desaparecido el senderito de la semilegalidad, o de más vasto alcance?

  • NUESTRA CONCEPCIÓN ESTRATÉGICA ES HOY, SIEMPRE, LA DE LA LUCHA ARMADA
  • Y no podría influirla en lo más mínimo este cambio sin trascendencia en el cuadro general de las relaciones sociales. Pero modifica fundamentalmente los aspectos prácticos y operativos de nuestra acción. Hay motivos que emanan del cambio institucional en sí mismo; otros, producto de la forma en que ese cambio incide sobre los procesos políticos y sociales por los efectos del programa económico del oficialismo que ha intensificado la política de “socializar” la crisis y “privatizar” los beneficios.
    1) La eficacia y capacidad real de poder de las FA no han logrado mejores resultados que la inope-rancia y lentitud del gobierno civil. Pero la diferencia de métodos parece en cambio manifestarse en el proceso de deterioro ante el cual ambos resultaron impotentes; era continuado pero lento, confuso, gradual; ahora es rápido, decisivo, inexorable, completo, como la expeditiva rudeza y laconismo castrense. Donde el gobierno militar encara un problema no crece más la hierba: Tucumán, el puerto, la Universidad, los ferrocarriles, etcétera, son logros de esta política de tierra arrasada. Los conflictos no se van arrastrando sino que enseguida se agudizan y adquieren intensidad. Nuestros burócratas de la “paz social” agitan frenética y desesperadamente la bandera blanca de la tregua, pero implacablemente las medidas oficiales los obligan a actuar en defensa de sus intereses sindicales o de los de sus bases soliviantadas. La complacencia, la blandura, la apatía, se hacen imposibles.
    2) Se han simplificado los polos de la contradicción. Los términos del enfrentamiento se han hecho tajantes. Los viejos partidos no influyen sobre el gobierno que los ha desplazado ni sobre las masas que los desprecian. Han quedado frente a frente las dos grandes fuerzas reales: por un lado las FA y los intereses que se escudan tras ellas, por el otro las masas trabajadoras. En uno u otro frente tienen que alinearse las fuerzas secundarias.
    3) La eliminación de la cornisa de la semilegalidad radicaliza el choque entre los antagonistas. En este cierre del campo del interjuego de las fuerzas sociales y políticas, desaparece la “zona intermedia” donde se desarrollan lo que para nosotros serían las “acciones de superficie”.
    La semilegalidad diluye y retarda los conflictos, les da escapes laterales, derivativos. AHORA SOLO SE PRESENTA UNA DISYUNTIVA: EL ACATAMIENTO O LA SUBVERSIÓN. El que no quiere acatar — y como decíamos, muchos quieren pero no pueden, porque sería aceptar complaciente su propia pena de muerte— se encuentra en el terreno de lo subversivo con sólo oponerse con actos que normalmente son parte de la práctica pacífica y cotidiana.
    En realidad, no ha ocurrido otra cosa que una aceleración y agudización de la política bajo la forma modificada de la apoliticidad.
    Han cambiado, como se ve, las condiciones. (Vamos a aclarar que al hablar de “condiciones” no nos referimos a esas condiciones famosas que esperan los que se declaran partidarios de la lucha armada, y que nunca parecen cumplirse, de acuerdo a misteriosos sistemas de medición teórica. Las condiciones de la Argentina no han variado con el golpe militar si las consideramos en términos generales. E incluyen la proliferación de quienes han racionalizado la pasividad en nombre de una revolución que resplandece en la abstracción de futuros indefinidos y condiciones objetivas y subjetivas que siempre están más allá de las que prevalecen en el momento). Las condiciones que buscábamos y que existen son definibles, concretas y mínimas: las que permitiesen emprender una lucha armada con posibilidad de repercutir y contribuir al salto de conciencia colectiva que otros confían a la prédica y a las “acciones de masas” rigurosamente legales.

  • LOS CRITERIOS DIVERGENTES SOBRE LA POLÍTICA A SEGUIR
  • Gente menos castigada por la experiencia que nosotros, habrán pensado que la dictadura militar liquidaba las discrepancias sobre la política a seguir por la izquierda argentina.
    Antes, uno de los motivos de las diferencias estaba entre los que aceptábamos que era conveniente y aprovechable la semilegalidad pero a condición de no enajenar las actividades con miras a la revolución armada y los que declaraban que había que morir defendiendo ese cantero semicultivado en medio de la maleza de espinas represivas. Ni nuestra actitud provocativa provocó el arrasamiento de las flores silvestres de la legalidad, ni el denuedo de la prudencia de sus defensores pudo evitarlo. No había semilegalidad que defender con “amplios frentes” ni pudo tomarse como punto de apoyo para “ampliar las libertades democráticas”.
    Inmediatamente después del golpe nosotros declarábamos: “El régimen ha asumido su violencia, ha desnudado su dictadura clasista. Aspirábamos a reemplazar una farsa liberal-burguesa por una democracia socialista, el país colonizado por el país libre. Lo que ha ocurrido no hace más que confirmar la justeza de nuestra posición, aunque la represión torne más difícil cualquier actividad. El régimen ha clarificado las cosas. Y bien, no hemos de acompañar a nadie que crea que la consigna es luchar por el retorno a las semilegalidades o democracias a medias. Habrá violencia reaccionaria hasta que pueda ser derrotada por la violencia revolucionaria. O dictadura del privilegio o liberación nacional. O los militares pentagonales o el poder del pueblo. Cualquier otro planteo es un engaño, una ilusión liberal restaurada de apuro por el reaccionarismo reformista. Apoyaremos cada lucha por una conquista social o política, pero no una restauración democrático-burguesa, aparentemente mucho más factible que la revolución popular, pero en realidad mucho más utópica e irrealizable”.
    De acuerdo a nuestras previsiones, poco después comenzó a circular la consigna, seguida por un manifiesto, en que se volvía a propugnar el eterno “frente de amplia coalición democrática”, esta vez para luchar por las conquistas de las libertades democráticas. Es decir, que ese miserable retaceo de democracia y semilegalidad que se había defendido como punto de apoyo, ahora se convertía en el objetivo de la lucha de las masas conducidas por su vanguardia, o sea, el Partido Comunista Argentino; a menos que éste, en lugar de nostalgia por ese rinconcito soleado de la legalidad, se plantease la conquista integral de las libertades democráticas tal como están inventariadas como curiosidad turística en nuestra Constitución; lo cual era todavía una política más sensacional, porque las libertades políticas sólo rigieron unas dos décadas en más de cien años de vigencia constitucional, y en ambas los comunistas trataron de derribar, aliados a la oligarquía, a los gobiernos que surgieron de un proceso verdaderamente democrático y lo defendían, cosa que se logró con el derrocamiento de Irigoyen y de Perón.
    La lucha por la restauración de la legalidad tiene el factor negativo de que el PCA, nunca ha acertado en nada; pero ese se contrarresta con el gran peso de varios factores que juegan a su favor: a) coincide con el imperialismo, que trata de lograr una farsa electoral dirimida entre los sectores del régimen para presentar una imagen “democrática” coincidente con sus objetivos propagandísticos; b) el restauramiento civil, frente al fracaso del gobierno militar, a medida que éste se torne más evidente, ganará adeptos en las propias filas de la oficialidad; c) los partidos desplazados, sin apoyo popular, son un factor de presión importante cuando las cosas se resuelven en la superestructura burguesa; d) se agregarán los activistas del golpe de junio que se vayan sintiendo defraudados porque la “revolución” no se ajusta al modelo que ellos tuvieron en vista: e) surgirá el caudillo militar con mando de tropas que busque ser la prenda de unión en la transición hacia la constitucionalidad; f) La casta militar, que hubiera compartido el éxito, se escindirá: la misión reparadora consistirá en volver a su “misión específica”.
    Para el fin de la utopía militarista se contará con todos los medios de la propaganda que funcionaron en favor del golpismo, con la inercia popular obrando en favor del retroceso a la semilegalidad; y ésta ya no será juzgada por comparación con las maravillas anunciadas por los golpistas, sino que saldrá resplandeciente del cotejo con la torpe realidad actual.
    Como siempre, el país se verá abocado a un dilema entre dos posibilidades igualmente limitadas y mezquinas, y se decidirá por el mal menor, que es la única expresión de voluntad que puede ejercer desde 1955. Y tendrá razón, pues no se le dejará otra alternativa fuera de la opción.
    ES DECIR, SI NO HAY ALTERNATIVAS FRENTE A ESA OPCIÓN. Y LA ÚNICA ALTERNATIVA QUE PODRÍA EXISTIR SERIA LA DE LA REVOLUCIÓN, QUE IMPLICA LA LUCHA ARMADA y cancela la eventualidad de reducir el problema político a aquella disyuntiva.
    A los argumentos que podríamos esgrimir en favor de la guerra revolucionaria concebida como un proyecto a corto plazo se agrega otro: hay que actuar con un objetivo más en vista, que se cumple no al triunfar la guerra sino con el mero hecho de que una guerra exista: hacer que este paso innecesario y apresurado del régimen hacia la dictadura militar sea irreversible. Porque, para nosotros, ha comenzado la última etapa del proceso argentino. No implica eso un pre-juzgamiento sobre su duración, podría durar tanto como varias etapas anteriores sumadas, pero cualitativamente llegó la última etapa.
    LA ALTERNATIVA DEJA DE SER ENTRE DICTADURA VIOLENTA O DICTADURA ENCUBIERTA EN LA SEMIDEMOCRACIA DE AHORA EN MAS ES: O RÉGIMEN DICTATORIAL BURGUÉS IMPERIALISTA O GOBIERNO REVOLUCIONARIO DE LAS MASAS, MEDIANTE EL TRIUNFO DE LA GUERRA REVOLUCIONARIA.
    Ahora la coyuntura favorable es permanente, pero se agrega la urgencia de cerrar el camino de repliegue al régimen e impedirle que retome la cadencia anterior de los ciclos alternativos de dictadura militar directa y gobierno, institucionalizados por el fraude proscriptivo. Nosotros hemos tratado siempre de dar formas extremas a la subversión, ahora sólo puede tener formas extremas; y nos vemos obligados a forzar al régimen a que acentúe sus aspectos represivos y violentos. Debemos crearle al régimen una resistencia de tal calidad como para que la violencia que lo respalda tenga que ser violencia aplicada, concreta, práctica.
    No tememos que seamos los tan denunciados y típicos provocadores que causen tanto perjuicio o a las actividades democráticas como las campañas financieras, las cooperativas y las acciones legales de “masas”; porque, efectivamente, buscamos provocar que la violencia potencial de la dictadura se desate como violencia real y se envuelva en su propia dinámica represiva y pisotee las esperanzas falsas —lógicas cuando la gente se siente impotente frente al monopolio de la coerción.
    Y ya que estamos, la lógica de los “no aventureros” no nos parece tan clara como ellos pretenden: salvo que las clases dominantes se suiciden —no recordamos ahora ningún caso— hay que echarles de su posición hegemónica. Porque lo que se plantea es si la oligarquía y el imperialismo nos van a obsequiar el poder porque tenemos razón y somos muchos, o tienen una obstinación muy marcada a retenerlo, y en ese caso, con perdón de la opinión de los prudentes, so hace necesario recurrir a la fuerza. Y si cualquier “marxista” nos dice que está de acuerdo con esa premisa, se contradice cuando después pone por objetivo permanente de la acción concreta el mantenimiento, por ejemplo, de la seguridad para la libertad de expresión, el Habeas Corpus o el derecho a la inviolabilidad de la correspondencia, dentro del orden burgués. Los burgueses no quieren hacer daño a nadie, ni violar la propia Constitución, sino disfrutar de la plusvalía; empecemos por no oponernos al disfrute de sus privilegios y nadie será detenido, nadie caerá injustamente.
    El argumento en contra lo conocemos: la violencia revolucionaria no es objetable, pero para emplearla deben existir ciertas condiciones que la diferencian de la provocación y la aventura. De acuerdo. Pero ¿quién fija esas condiciones? ¿Los que detentan el monopolio de Marx, Lenin, del materialismo histórico, de la representación del proletariado? Nosotros confesamos que vamos perdiéndoles confianza a estos sabios de la historia que nos adelantan el final pero nunca han entendido lo que pasó ayer y están enredados en la realidad de hoy. Y ahora ¿cómo saben que no hay condiciones? El criterio para el fallo también es característico: los revolucionarios toman el poder, los aventureros fracasan, van presos, mueren. No nos parece un criterio de análisis muy ajustado al marxismo, más bien tiene un sospechoso tinte de exitismo, maquiavélico. Pero no es eso lo más grave, sino ¿cómo se sabe de antemano si la intentona está destinada a la cárcel o a la gloria? Contra los eruditos y académicos, el que empuña las armas apuesta a favor de la revolución y de sus empresas; y apuesta lo más valioso que tiene como persona: su vida, que es única e irremplazable. El análisis de los “científicos” se vuelve una simple lectura de datos sin misterio: ellos aciertan con Lenin, con Mao, con Ho Chi Minh, con Fidel Castro, es decir, se apropian de los aciertos ajenos, pero recién cuando se han concretado como aciertos. Acertar con Fidel es intentar lo que él intentó, seguir el camino que él abrió. Y en último caso, siempre es preferible ser derrotado O muerto con Che que acertar y triunfar con Vittorio Codovilla. Sobre todo, mucho más alegre.
    Hay dos puntos sobre los cuales gira la controversia. Descontando que la acción revolucionaria debe adaptarse a las condiciones particulares de cada país ¿puede formularse una estrategia de conjunto para América Latina? ¿La lucha armada es no la única vía que permite terminar con la dependencia y la explotación? De existir otras, ¿cuáles son?
    Porque para soslayar el tema de la lucha armada, que es la clave de la política revolucionaria latinoamericana, se acude a las grandes declaraciones omnicomprensivas: se postula la necesidad y la importancia de todas las formas de lucha y hasta se llega a declarar que la lucha armada es la forma superior de lucha. Pero esos principios generales dejan en pie la cuestión de fondo que inmediatamente aflora en las actitudes concretas de cada uno. Si se acepta que no hay transición pacífica hacia la liberación ¿corresponde considerar a las formas no militares como auxiliares de la guerra revolucionaria o como preparatorias para ésta? ¿Ellas son las únicas que corresponden a esta etapa y las que impulsarán el proceso hacia situaciones cualitativamente diferentes? Dicho de otra manera: ¿la falta de lucha militar generalizada es una situación de impotencia que las vanguardias revolucionarias deben tratar de superar o simplemente está en la lógica de una estrategia correcta que sólo plantea la insurrección después de agotadas etapas previas e ineludibles?
    En torno a estos interrogantes centrales se resuelve toda la problemática de la lucha revolucionaria. No podemos en este trabajo contestarlas en profundidad ni internarnos en las bifurcaciones que se van presentando después de cada respuesta. Simplemente enunciaremos los puntos de vista que sustentamos.
    1) Hay una situación de conjunto para América Latina, donde las peculiaridades económico-sociales y políticas de cada país pueden determinar las diferencias tácticas y operativas pero sin anular el destino común que imponen la dependencia y la explotación. La historia reciente confirma plenamente la tesis leninista de la marcha de la revolución mundial desde la periferia hacia los centros cíclicos capitalistas y demuestra el carácter único del proceso revolucionario de liberación de los continentes sometidos. El carácter clasista de los regímenes establecidos, el papel de las clases dominantes como integrantes del frente capitalista mundial y el de les estados como parte del dispositivo económico, político y estratégico del imperialismo, convierten a la liberación nacional y a la revolución social en dos aspectos de un mismo proceso indivisible que sólo puede cumplirse por la violencia revolucionaria.
    2) Negar el camino de la lucha armada en general o en un país determinado es declarar insoluble el problema de la liberación a menos que se demuestre en los hechos que existen otros caminos. (Los casos anteriores, como por ejemplo, el de Perón en Argentina, corresponden a una etapa en que había posibilidad de revolución nacional; al agotarse ese programa de desarrollo las contiendas por el poder involucran hoy, necesariamente, la suerte del sistema de relaciones infraestructurales y, por tanto, cierran la posibilidad de la conquista electoral del poder con los movimientos revolucionarios de masas). Que en ciertos países funcione con relativa normalidad el sistema institucional democrático-representativo no invalida lo anterior, porque los límites de la legalidad están dados por el margen de seguridad que dentro de ella tenga el orden burgués: las fuerzas del cambio social pueden competir ocasionalmente en comicios donde son derrotadas, pero no pueden hacerlo para salir triunfantes. (El caso de Uruguay, donde parecería que no puede emprenderse una lucha revolucionaria por las características geográficas y políticas del país, no refuta sino que confirma el principio general, demuestra que las soluciones de orden local son parte de la solución de la lucha revolucionaria del conjunto, es decir, que la inevitable intervención directa del imperialismo en las luchas de nuestro continente internacionalizará la guerra y borrará las fronteras actuales determinando la unidad de los movimientos de liberación de los distintos países convirtiendo a toda América Latina en un solo campo de batalla. En cuanto a Chile, la situación de legalidad actual, que según se argumenta retarda el proceso de guerra revolucionaria, desaparecerá en la medida que la guerra se desencadene en los demás países).
    3) Negar validez al ejemplo cubano alegando condiciones peculiares y factores favorables es una distorsión: toda revolución es un hecho único y no una repetición, pero establece y demuestra ciertos principios generales que son patrimonio de las luchas subsiguientes.
    4) Hemos expuesto ya las razones por las que creemos que las condiciones generales para la lucha armada están dadas en nuestros países, y que la guerra crea las condiciones —secundarias— que faltan al cambiar cualitativamente los términos del enfrenta-miento político social en el seno de un país determinado.
    5) Hay que distinguir entre la política revolucionaria que se propone la toma violenta del poder y .el momento insurrecional que puede demorar en presentarse. Pero hay que tener en cuenta que ese momento depende —en apreciable proporción cuando no absolutamente— de la vanguardia revolucionaria.
    En la Argentina, las condiciones a considerar para la guerra revolucionaria no son ya las generales del país —como se ha demostrado más arriba— sino las condiciones de la vanguardia revolucionaria para iniciar la lucha armada.
    6) No desconocemos la relevancia de la lucha urbana en un país que como el nuestro cuenta con un movimiento obrero numeroso y organizado, con bases que han demostrado hasta el hartazgo coraje, capacidad y espíritu de sacrificio. Pero esta misma década de sabotajes, atentados, toma de fábricas y huelgas generales, ha demostrado que es necesario para dar permanencia, continuidad, proyección y perspectiva a esas luchas, la formación de un ejército revolucionario que opere en el campo, el monte y la selva y se plantee como objetivo estratégico la toma del poder político mediante la destrucción del ejército regular, base de sustentación del privilegio interno y de la dominación extranjera.
    7) En cuanto a una estrategia de conjunto para América Latina, de lo anterior se desprende que ella es posible y necesaria. De hecho, está trazada por las. posiciones sostenidas por los dirigentes y por los movimientos que constituyen las auténticas vanguardias revolucionarias del continente. La existencia de la lucha antiimperialista en condiciones cada día más violentas va determinando que esa estrategia se vaya estructurando en forma cada vez más orgánica y precisa.

  • LA POSIBILIDAD DE LA GUERRA REVOLUCIONARIA SOLO PUEDE DEMOSTRARSE MEDIANTE LA GUERRA MISMA
  • No conocemos ningún análisis serio que invalide la interpretación de la realidad argentina en que se basa nuestra praxis. En cuanto a la práctica concreta que preconizamos, es allí donde se nos refuta con un Niágara de razones técnico-militares a las que no podemos dar demasiada importancia: ninguno de esos teóricos ha liberado ni ha intentado liberar país alguno; todos se reservan para epopeyas lejanamente gloriosas y seguras.
    LA RAZÓN DE NUESTRA LINEA SOLO PUEDE DEMOSTRARSE A ESCALA DE LAS MASAS, POR SU APLICACIÓN EXITOSA. En cambio nuestro fracaso, que tendría efectos negativos sobre los juicios que se forme el pueblo con respecto al método de lucha, no les daría la razón a nuestros críticos: ellos lo computarán como fruto de su propia sabiduría, pero podría deberse a fallas de nuestra ejecución o a cualquier factor de la contingencia pero no a errores de concepción.
    Además, NEGAR EL CAMINO QUE NOSOTROS ELEGIMOS NO APORTA NADA AL PROBLEMA DE LA TOMA DEL PODER; A MENOS QUE SE OPONGAN OTROS MAS CORRECTOS, O SEA, QUE EN LA PRACTICA SE HAYAN DEMOSTRADO COMO TALES.
    Sabemos tan bien como cualquiera que nuestra población está concentrada en las ciudades, y somos capaces como cualquiera de sumar tanques, cañones y soldados; simplemente que la guerra revolucionaria permanente y prolongada en todas partes es una respuesta a esa aritmética elemental del escolasticismo pacifista.
    Aspectos técnicos a un lado, nuestros puntos de partida nos parecen suficientes:
    1) TODO EL ESFUERZO DE LAS ORGANIZACIONES REVOLUCIONARIAS DEBE SER PARA LA GUERRA.
    2) LA CAPACIDAD PARA DESATAR Y CONDUCIR LA GUERRA RESIDE EN LA IDENTIFICACIÓN IDEOLÓGICA Y COMBATIVA DE SUS CUADROS POLÍTICO MILITARES.
    3) TODA LA GUERRA SE APOYA Y TIENE COMO EJE EL FRENTE GUERRILLERO.
    4) La guerrilla detona la resistencia en las ciudades y moviliza a las masas. La lucha en las ciudades, sin negar la indudable importancia que tiene en países como el nuestro, debe responder a la estrategia de la guerrilla y a sus necesidades de crecimiento.
    5) Planteada la lucha en términos de violencia, en el movimiento de masas las vanguardias de las organizaciones populares pasan a ser la retaguardia de la guerra; vale decir que, si bien debe existir una coordinación entre la lucha armada y las diversas formas da lucha política, la planificación global y la conducción estratégica de todas las formas de lucha debe estar en manos de la dirección combatiente.
    No tenemos vocación para el martirologio. Hay que cumplir con nuestro deber y lo cumplimos. Exactamente igual que miles de hombres y mujeres que cumplen y cumplirán con el suyo. Como vanguardias tenemos que ayudar, orientar, promover ese esfuerzo colectivo, no andar con pretextos y mirar a las cosas de frente.
    Buenos Aires, Julio de 1967.

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