ESE GUERRERO DEL PUEBLO

En el preciso momento en que las nueve municiones vomitadas por una ametralladora se incrustaron en la frente de Ortega Peña se confirmó una de las innumerables especulaciones que circularon permanentemente en el pensamiento político del companero asesinado. El supo siempre que era un blanco necesario, un nombre insustituible de las eternas listas del enemigo, un bocado apetitoso, fatalmente previsible.
Referirse a Ortega Peña es referirse necesariamente a un tipo de «bicho político» no demasiado extendido en nuestro Movimiento Peronista pero con una existencia real y concrete.
Una mezcla extraña de intelectual y militante, de teórico y practicista, apologista de lo organizativo pero totalmente incapaz de ser encuadrado, amante de lo popular pero con una inserción en circuios elitistas, casi exquisitos, que expresaban un aislamiento en términos prácticos de ese pueblo.
Es, probablemente, en esas eternas contradicciones donde deben computarse nuestras diferencias, nuestras puteadas mutuas.
Crítico apasionado de cualquier política, de cualquier experiencia, pero siempre realizándola desde afuera, como teniéndole miedo al «riñon» de la militancia, a ese lugar clandestino y hermoso que es la construcción diaria y permanente de un proyecto. Queriéndole como se quiere algo desgarrado de uno mismo, que cuesta sangre y dolor, pero hecho con ternura y entrega.
En esto es donde se chocaba con El Pelado. Se ponía apocalíptico y no le perdonaba la vida a nadie. Entonces es cuando se cristalizaba su aislamiento, su separación de ese proceso de construcción permanente. Era entonces cuando surgía lo frío y racional de su estructura de pensamiento.
Pero fue un gran colaborador de todo esto que se ha logrado.
Se adjudicó un rol y lo cumplió casi a la perfección.
Cometió, a nuestro entender, numerosos errores, en toda esta etapa previa a ser diputado. Pero se intuía que su política era franca, despojada de especulaciones mezquinas. Pero contundiendo una revista con una organización, un artículo con una propuesta de masas, obviando y rehuyendo el compromiso de construir algo sólido y concreto.
El asesino no apunto a sus defectos sino que ametralló sus virtudes esa noche en Arenales y Carlos Pellegrini. El asesino apuntó al defensor de María Antonia Berger en Trelew, al que peleó por recuperar vivo al gordo Maestre, al que sacó la cara por Carlos Maguid cuando lo de Aramburu, al que recorrió el país tramitando y ejecutando la voluntad popular de liberar a los presos el 25 de mayo.
Ahí se dirigieron las nueve municiones que se estrellaron en su frente.
Fue un eterno provocador y eso el enemigo no lo perdona tan fácilmente. Se burló y los ridiculizó en cuanta ocasión tuvo. Los gambeteó con la ley en la mano cuando pudo y si no les tiró por encima toda la historia de lucha del peronismo, sus mártires y sus banderas. Ahi se divertía como un loco.
Hace poco lo vinieron a retar a duelo un abogado y un militar en nombre del coronel Dietrich por el discurso que pronunció cuando lo de la ITT y Siemens. Los estaba esperando eufórico. Los recibió, les dio una pequeña lección de Derecho Constitucional y los ridiculizó ante la opinión pública.
En estas pequeñas batallas era irremplazable. Ahi, en esta ahora ausencia cotidiana es cuando lo sufrimos y lo queremos. Superando y a veces haciendo esfuerzos conscientes, por olvidar diferencias nos reencontramos con ese pedazo de El Pelado que queremos. El que se acordaba de todos nuestros caídos, el que se burlaba de lo ridiculo de la política nacional, el del humor ácido y corrosivo, el que discutía todo con todos, sin reconocer niveles de extracción. Habia una convicción firme, casi fanática en lo que creía correcto, y eso lo defendía a muerte. Aunque estuviera solo levantando esa posición. Despreciando la mediocridad de los incapaces y los timoratos. Conocía y quería tanto nuestra historia nacional que la hacía propia y así decidió vivir su vida. Siendo protagonista no espectador. Intuía lo trascendente de lo heroico de todas nuestras luchas, su profunda ligazón con las montoneras gauchas, la insoportable envergadura histórica de un movimiento como el peronista.
A Perón lo criticó y lo quiso.
El viajó en el charter que lo trajo al Viejo en 1972. Antes de irse a Europa habló en un acto y nos emocionó recordándonos que con Perón se venia todo. Desde el Chacho a Femando Abal, de Felipe Várela a Carlitos Olmedo, desde Facundo a Evita. Nos tiró por la cabeza toda la historia argentina pero haciéndola cierta, desempolvándola de retórica sarmientina, una historia sanguínea y nerviosa. Una historia de carne y hueso, como la que al quería vivir todos los días.
Su prestigio acumulado como defensor de combatientes presos
tuvo dos destinatarios: uno el pueblo peronista que le agradeció con su cariño, el otro fue el que le costó la vida.
Por todo eso, Pelado, por lo que estuvimos diciendo, te vamos a extrañar.
Acá se cortó una charla. Una charla entre peronistas, que siempre son las más lindas, las más sabrosas.
Te vamos a extrañar la carcajada socarrona, casi aristocrática con que adornabas los remates de tus críticas. Te vamos a extrañar los fuegos artificiales que hacías con la historia, las burlas a los personajes ridiculos de nuestra política nacional. La ligereza mental con que encarabas la apoyatura legislativa a los distintos conflictos.
A veces daban ganar de seguirte, Pelado, en esa aventura casi solitaria que emprendiste con la Revolución Peronista. Pero más ganas nos daban de que hubieras estado hasta las verijas metido en nuestro proyecto, aportando desde adentro, a la construcción de lo que necesitamos. Nos costaba, y ahora nos va a costar más que antes, entender por que le gambeteabas a ese compromiso. Cagazo no era, seguro. Porque a ese nivel demostrarte en varias oportunidades que te sobraba corazón político, y del otro, para afrontar situaciones. Era como una debilidad fatal, casi irremediable en nuestro desencuentro.
Pero igual nos divertimos Pelado, porque la revolución tiene eso de lindo. Que la hacen gente de carne y hueso, que se ríe y llora. Que se construye con las debilidades y los aciertos de los hombres. Por eso vamos a guardarnos ese pedazo tuyo que quisimos para siempre. Y con el otro seguiremos discutiendo, pero sin olvidarnos que ahí, en un lugarcito del corazón, hay un tipo formidable que nos obligó a pensar la Revolución desde otro lado.
Por eso no lloramos tu muerte. Nos reimos como te hubieras reído vos, haciendo un chiste para ocultar la bronca, buscando lo ridiculo del asunto para olvidarnos la tristeza. Aguantamos como sea. Porque esta es una guerra, Pelado. Y vos lo sabías mejor que nosotros. Y hay que darle para adelante, aunque te extrañemos. Y en ese dolor, en ese desgarro que es un hermano que no está, te vamos a encontrar siempre, aunque los diarios digan que perdiste contra una ametralladora una noche de julio, en Arenales y Carlos Pellegrini. Chau.

Leonardo Bettanin

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