Un Entierro Lanussista

EL OFICIAL, con la cara llena de satisfacción, gritó a sus subalternos: «Ahora está Lanusse», y siguió ordenando mayor represión. Ocurrió el viernes a la noche, cuando las fuerzas policiales impidieron que los estudiantes convocados por FULNBA pudieran realizar su marcha.
Pero la represión no sólo se dirigió a los estudiantes: los pacíficos espectadores de los cines de la calle Lavalle, los habituales transeúntes de Callao y Corrientes, también sufrieron los embates de las huestes de Villar y Margaride. Buenos Aires, el viernes por la noche, parecía una ciudad ocupada. Una ciudad que se parecía a la ciudad de Lanusse. Una ciudad con olor a prepotencia. Con gusto a bronca.
Durante el día, ese viernes se había convertido en un verdadero infierno. La columna que acompañó los restos de Ortega Peña fue apaleada sin piedad. El pueblo asistió, ese día, a un espectáculo bochornoso. Que, sin embargo, no nos debe asombrar: al fin, una manifestación acabada de la ofensiva imperialista. Dispuesta a terminar con toda manifestación popular.
Pero la represión no sólo se expresa de esta manera. El ataque imperialista avanza por todos los frentes. ¿O acaso no es represión el anunciado cierre de la planta de IKA-Renault en Córdoba? ¿O lo que está ocurriendo en PASA, donde los obreros se debaten en una lucha desigual con una empresa imperialista? Bagley, TENSA, también son un ejemplo de esta represión que no requiere ametralladoras ni bombas lanzagases.
«Ahora está Lanusse». El grito del oficial resumía, de alguna manera, la verdad de esta hora: la constitución de un nuevo GAN. El renacimiento del proyecto imperialista que está desatando todo su aparato dispuesto a retomar, otra vez, toda la manija del Poder.
El sepelio de Ortega Peña hizo recordar las más siniestras horas de la dictadura lanussista. El ataque perpetrado por los efectivos de Villar hizo recordar aquel aciago día del 25 de agosto de 1972 cuando el mismo oficial atacó la sede del Partido Justicialista, con el fin de impedir el velatorio de tres militantes asesinados en Trelew.
Ni siquiera los diputados se salvaron del atropello. De pronto, el pueblo comprendió que de nada valía este asunto de la democracia representativa y todas esas cosas. De pronto, comprendió que la aparición de Lanusse no había sido un mero hecho simbólico. Que el gorilismo estaba entre nosotros.
Las fotografías que publicamos en estas páginas son un elocuente testimonio de lo que pasó el viernes. Los reporteros gráficos de La Causa Peronista no pudieron, sin embargo, registrar las fotografías que hubieran querido. La ametralladora amenazante, el empujón certero, la pistola que apunta, dificultaron la tarea. No tuvimos oportunidad de leer en los diarios «serios», ningún comentario acerca de la falta de libertad de expresión …

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