DESDE LOS PRIMEROS días del conflicto desatado en el SMATA cordobés, se hizo evidente que a su alrededor se entretejía una nutrida gama de enfrentamientos, tanto en niveles gubernamentales como en el seno mismo de la burocracia porteña.
Por un lado, resultaba claro que el vandorismo cordobés —con Bernabé Barcena a la cabeza—, intentaba desesperadamente explotar la situación conflictiva que vive la provincia para deteriorar y finalmente voltear al gobierno de Brunello. Montándose sobre el objetivo del descontento popular, provocado, entre otras cosas, por un creciente desabastecimiento de artículos de primera necesidad y sobre la existencia de varias luchas reivindicativas, la CGT “ortodoxa” aprovechaba la ocasión para dirigir sus dardos contra la intervención federal, echando leña al fuego y responsabilizándola por la situación.
El arma elegida en la oportunidad fue una pomposa declaración, emitida días atrás, en la que nada menos que Barcena pretendía aparecer defendiendo los “justos reclamos populares”.
Perseguían dos objetivos esenciales: encontrar la tan esperada ocasión de descabezar al SMATA cordobés y aprovechar la bolada para copar también el gobierno de la provincia.
Rene Salamanca la denunció claramente en la conferencia de prensa que ofreció el miércoles 7 en la sede del sindicato: “Hay sectores interesados en llevar adelante este conflicto a niveles imprevisibles”, dijo. Y agregó: “Queremos arribar a una solución sobre la base de que las empresas otorguen las mejoras que exiji-mos. Pero no estamos dispuestos a tolerar la presencia de la gendarmería, la intervención al gremio o la expulsión de sus directivos. Esas medidas serán resistidas por los trabajadores mecánicos. Otero es el principal responsable de todo esto. El no lo quiere a Brunello y quiere explotar esta situación.”

“QUEREMOS LA CABEZA DE OTERO Y BERNABÉ”
Esa fue sin duda una de las consignas más coreadas durante la marcha que realizaron los mecánicos cordobeses hasta la Casa de Gobierno de la provincia. Y es que la trenza Otero-Bárcena se mostró perfectamente aceitada en su actuación, desde el comienzo mismo del conflicto.
Mientras Barcena hacía todo lo posible por revolver el avispero, Otero trataba por todos los medios de llevar el conflicto a un enfrentamiento frontal y cerrar los caminos de negociación. El fue, al parecer, quien insistió —y sigue insistiendo— en mantener la gendarmería en las plantas automotrices de Córdoba. Un hecho humillante para los trabajadores mecánicos, que tienen aún fresco el recuerdo de viejas épocas y, sobre todo, de los sindicatos de Fiat. Pero, además, una verdadera “bomba de tiempo” que amenaza con estallar en cualquier momento. Brunello mismo lo entendió así y por eso, se dice, sostuvo una agria discusión con Otero el martes pasado, mientras en el SMATA nacional se llevaba a cabo la asamblea de Congresales que expulsaría a Salamanca.
También fue Otero el que en el acta de conciliación, firmada con las patronales y los representantes del SMATA nacional el lunes último, impidió toda posibilidad de negociación al excluir de las tratativas a la seccional cordobesa y dejar sentado que las empresas no podían proseguir las discusiones con ella y negociar la solución del conflicto.
De no acatarse los términos de la conciliación, rezaba el acta, se retiraría la personería gremial al SMATA nacional.

UNA TRENZA MENOR
La amenaza, por supuesto, no llegó a concretarse. José Rodríguez, el secretario general del SMATA, tomó la iniciativa e intervino antes a la seccional cordobesa. Mataba, así, dos pájaros de un mismo tiro: concretaba el desplazamiento de la conducción encabezada por Rene Salamanca y salvaba su propio pellejo, congelando, por el momento, su viejo enfrentamiento con su adjunto, el acérrimo vandorista Mercado.
Aunque tan burócrata y traidor como este último, Rodríguez ha sido siempre un hombre que “jugó la propia”. Su puja con Mercado es, por supuesto, nada más que una lucha de poder y aparato. Pero Mercado tiene el sólido respaldo de la UOM y, claro está, el del ministro Otero. Y en el caso de que el SMATA nacional hubiera perdido la personería gremial, el sindicato habría quedado en manos de un normalizador o bien su masa de afiliados hubiera podido ser transferida, al menos parcialmente, a la UOM. Un viejo sueño de Lorenzo Miguel. La aún débil situación de Mercado impidió consumarlo.

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