30 de julio de 1970. El régimen dictatorial se sorprende. Se escandaliza. Cuarenta combatientes del pueblo, cuarenta malditos para el sistema, se apoderan de Garin durante casi una hora. La calma que se produjo con la caída de Onganía y su reemplazo por Levingston, se hizo añicos a pocos metros de Campo de Mayo. Pasaron cuatro años. Algunos de los compañeros que allí pelearon no están físicamente con nosotros: Carlos Olmedo, Juan Pablo Maestre. Cuatro años en los que el pueblo peronista ha luchado y sigue luchando por concretar la liberación. Por todos los caminos. Hasta la victoria.

EN abril de 1971, la revista “Cristianismo y Revolución” publicó un reportaje realizado a las Fuerzas Armadas Revolucionarias (FAR), en cuyo nombre respondió —anónimamente— un miembro de la conducción, Carlos Olmedo. El compañero, que caerla tiempo después víctima de las balas de la dictadura en Ferreyra, Córdoba, junto a otras definiciones trascendentales para nuestra lucha por la liberación, habló también de la ocupación de Garín:
“El operativo Garín se lleva a cabo en una circunstancia sumamente oportuna. Ongania habia sido reemplazado por Levingston; se habían producido los hechos de la ejecución de Aramburu, y se había dado ya el hecho del copamiento de La Calera. La relativa distención que habla creado la maniobra del enemigo al enterrar un muerto con Ongania y la ausencia de operaciones durante el mes de julio, permitían cacarear al enemigo una paz social súbitamente recuperada. La operación de Garín en ese sentido es un rotundo mentís a esa ilusión, y el haberla realizado en esa coyuntura especifica agrega saldo político a una operación que por otros motivos militares y políticos generales, entendemos que fue un aporte valioso al ano 1970.
“Sobre Garin cabe decir que es la demostración palpable de que aplicando una concepción táctica que detecte los puntos débiles del enemigo y aplicando esa condición fantasmal del guerrillero que redamaba el Che, todo es posible, si además hay disciplina, capacidad técnica y disposición revolucionaria. Garín es todo lo que se dice que fue, pero fundamentalmente para nosotros la demostración de una posibilidad al alcance de todas nuestras organizaciones armadas. Y muchos Garín sobrevendrán en esta guerra”.
Junto con Olmedo desde aquel reportaje, un integrante del grupo que copó Garín. un montonero, relata hoy las características y detalles de la gesta. Estas son sus palabras:
Con el tiempo que pasó adquiere más dimensión hasta que punto el proyecto imperialista expresado en la Revolución Argentina estaba en crisis cuando se lo reemplaza a Onganía por Levingston. Y en que medida las luchas populares sintetizadas en el “cordobazo” y las operaciones de las organizaciones revolucionarias, iban minando realmente el sustento de este proyecto. Esto ocurría porque la naturaleza misma del proyecto imperialista exigía un grado de represión tan alto que cerraba toda vía de oposición fuera de un ejercicio progresivo de la violencia. En este contexto, operaciones armadas de la dimensión de Garín, que demostrasen hasta que punto era vulnerable el régimen dictatorial, tenían un efecto político muy superior a lo que significan esos mismos golpes vistos desde el punto de vista de la destrucción militar de las fuerzas de seguridad.
Levingston mismo —que fue el que se había beneficiado con esa calmachicha de 1a que hablaba Olmedo— iba a durar también muy poco, producto de que todavía no era un intento serio de modificar el planteo inicial de la Revolución Argentina. En síntesis, todas esas formas de oponer la violencia popular a la del régimen, la embretan a la dictadura en un proceso en el que cada vez aparece más su característica represiva. Y en cada paso que dan para destruir a las organizaciones que lo enfrentan, retroceden un paso políticamente.
Eso es lo que iba a querer cambiar después Lanusse con su famoso GAN: darle cobertura legal a ese mismo proyecto imperialista de características represivas. Eso es el GAN.
En este contexto creo que se entiende lo que significó haberles tomado un pueblito a pocos kilómetros de Campo de Mayo.
Este operativo era complicado para nosotros. En él iban a aparecer públicamente las FAR. Era una operación en la que se comprometía más de la mitad de las fuerzas de la organización: participábamos unos cuarenta compañeros. Como se ve, toda una organización que recién nacía.
Muchas veces se discutió e incluso se criticó en aquella época, el hecho de encarar una operación tan grande para los inicios de una organización. Acá creo que vale la pena explicar algunas cosas. Desde un punto de vista militar se pensaba que quedaba fuera de la operación una porción importante de la organización; pero sobre todo, lo que más pesaba era que ya en aquel momento sosteníamos que
nuestra continuidad no se agotaba en nuestra propia organización. Estaban Montoneros, FAP… Desde este punto de vista se entiende más por qué poníamos por encima de todo la importancia de ese golpe político-militar que le asestábamos al enemigo; algo de mayor dimensión que el estrecho criterio de las propias fuerzas.
Este criterio es el que también explica que de los compañeros caidos a lo largo de años de lucha la mayoría de ellos hayan sido jefes. Por otra parte, cada operación militar contiene una contradicción: cuanto más débiles somos, más necesitamos golpear para crecer; pero precisamente, cuando empezamos a golpear somos débiles. Esto podría no tener ningún gollete, adquiere todo su sentido cuando se plantea en el marco de la lucha del pueblo.

—¿Cabria una suerte de venganza a través de ustedes?
—En cierto modo si. Ya que de Garín hablamos, quiero decirle que para nosotros fue una satisfacción inmensa poder vengar, para usar un verbo que se ha hecho legítimo a esta altura, vengar a nuestros compañeros montoneros; también vengar a nuestros hermanos tupamaros.
—¿Por lo de Pando y La Calera? ¿Quiere decir que fue también una demostración de que aquellas semi-victorias de los guerrilleros tupamaros y montoneros, respondieron a contingencias de la operación y no a que fuera una experiencia irrealizable?
—Efectivamente.
La Calera había sido un mes antes de lo de Garín y la ocupación de Pando, en Uruguay por parte de ios tupamaros aún estaba fresco en la memoria. Más aún, tan cerca estaba La Calera que llegamos a discutir si convenia hacer lo nuestro en esos días. Nos había sorprendido en plena planificación y decidimos que si. Quince días después del 19 de julio —día de La Calera— se hace el primer intento, que fracasa; lo repetimos con éxito a fin de mes.

LA PLANIFICACIÓN
En la operación se tomó otro reaseguro que permitiese disminuir al máximo nuestras pérdidas en el caso de un fracaso. Y esto es el centro de la concepción militar de esa operación: la ciudad estaba dividida en dos por una vía de ferrocarril y esto creaba dos grandes áreas operativas naturales. Actuarían dos grandes grupos que eran independientes entre sí, salvo, obviamente, la centralización en la conducción. Definimos que por más que una de las partes se metiese en un combate desfavorable la otra debía retirarse sin prestar ayuda; es decir que el principio que aplicábamos era el de que cada área debía hacerse su propia protección.
Este criterio defensivo metido dentro de la operación se reproducía dentro de cada una de las dos zonas. En una de ellas había cuatro grupos que funcionaban de a parejas; dentro de la pareja un grupo protegía al otro, pero la otra pareja no podía acudir en defensa de la primera. De esta manera era prácticamente imposible un golpe demoledor en el que perdiésemos todos los compañeros. Por otra parte, las características del terreno permitían que hubiese una retirada independiente para cada zona: había un acceso por delante de la ciudad y otro por detrás.
Y esto, en la práctica, funcionó como lo habíamos concebido; mientras se daba un combate que se generó en el acceso principal, el resto de los grupos comenzaba la retirada. Pero esto lo relato más adelante.
Había constituidos siete grupos operativos: uno que se ocupaba de tomar la casa de un radioaficionado que habíamos detectado en nuestros “chequeos” previos a Garín; otro tomaba la central telefónica y cortaba los cables; con este prácticamente se iniciaba la operación; otros, que actuaban casi simultáneamente, eran los que tomaban el Banco y la comisaría; otro la estación de trenes; y finalmente dos grupos que controlaban los accesos: uno en el principal y el otro en el de atrás vigilando —además de otras tareas— a los choferes de los siete vehículos que para cada uno de los grupos se habían incautado en el momento de iniciar la operación. Los teníamos dentro de la parte trasera de un camión F-350.
El otro elemento fundamental de la planificación fue la coordinación entre todos los grupos usando “walkies talkies” y que el responsable de la operación —Carlos Olmedo— estuviese vinculado con cada uno pero fuera de toda otra tarea operativa. Esta centralización fue lo que permitió que se reaccionase correctamente ante cada uno de los imprevistos que fueron ocurriendo. Permitió cumplir el objetivo de la toma del pueblo, rechazar a los primeros grupos policiales que venían a reprimir y, finalmente, retirarnos todos en perfectas condiciones.

EL POLICÍA QUE RESISTE
Toda la operación debía durar a los sumo quince minutos; se prolongó más de cincuenta. La oficina de teléfonos y el radioaficionado se cumplió perfectamente; también la comisaría en la que una “enfermera” y un “médico alemán” abrieron las puertas del local policial sin problemas. En el Banco, en cambio, uno de los policías de guardia ofreció resistencia.
“Este es un punto de gran importancia. Nosotros decimos que no son los combatientes del pueblo los que han elegido la violencia y no es nuestra culpa tener que matar para ser libres. Referirnos ahí lo que nuestro pueblo no olvide, algunos de los centenares de episodios de violencia reaccionaria; para no citar más que dos o tres, las matanzas atroces de Plaza de Mayo, en junio de 1955, los fusilamientos de Valle y sus compañeros, la muerte de Valiese y tantos otros mártires; y por fin otra violencia menos cruda, menos visible, pero permanente: la de la explotación, la alienación que sufre nuestra gente. Esa ya es una forma de violencia enmascarada por la costumbre, mejor dicho por una costumbre que quieren imponernos, pero que nuestro pueblo no acepta. Sulling se resistió absurdamente y nos vimos obligados a disparar sobre él. Esto se ha repetido docenas de veces en combates nuestros y de otras organizaciones armadas. Y toda vez que esto ha ocurrido el enemigo se ha escandalizado, nos ha llamado asesinos, cobardes, etc. Pensamos que una vez más es preciso Insistir, no hablando ya para el enemigo, sino para los asalariados que se juegan la vida por intereses que no son los de ellos. Para ellos repetimos que ni FAR ni ninguna otra organización revolucionaria tiene interés en liquidarlos. Es al sistema al que hay que liquidar y no a sus representantes mas empobrecidos y mas golpeados. Pero deben comprender que en el momento del combate hay que elegir entre ellos y nosotros, y la causa que nosotros representamos es superior; por aso nos elegimos a nosotros. Tienen que entender además que vamos ai combate con una superoridad táctica abrumadora, que tenemos capacitación técnica similar o superior a la de ellos y que tenemos la iniciativa, conocemos el terreno y eso trae también una superioridad moral abrumadora. Teniendo todo esto presente lo más sensato que pueden nacer es ir eligiendo el campo en el que van a dar sus combates.
En lo inmediato no les pedimos más que el respeto a nuestras órdenes. Ese ya as un primer grado de conciencia, que desarrollado tos va a lavar a elegir su trinchera, su campo de lucha, que no es el de las ciases dominantes, el de los dueños de los bancos que prolegen, o el de ios capitalistas a los que brindan custodia”.
Se habia calculado que la operación debía realizarse en el lapso en el que no pasase ningún tren por la estación. Era media hora más o menos. Pero la prolongación de la operación hizo que apareciese un tren y se generasen momentos de tensión. Pero la estación
no se tomó efectivamente sino que se mantuvo un control latente.
Mientras tanto, en los dos accesos “oficiales de policía”, con la excusa de estar haciendo requisas buscando a los secuestradores de Aramburu, impedían la salida de cualquier vehículo que pudiese dar la alarma. En el acceso más importante se produjo un embotellamiento de más de 40 coches que eran prolijamente requisados por los “oficiales” del grupo.

LA GENTE: ASUSTADA Y ADMIRADA
A todo esto, la gente estaba sorprendida pero también miraba con bastante admiración lo que sucedía.
“Lo que resulte inolvidable as la actitud de la población que nos vete operar y seguía los acontecimientos como algo que en definitiva estaba muy lejos de lo delictivo. Para estos éramos, y asi oimos a los vecinos que comentaban
nuestro accionar, guerrilleros en acción.
—¿Durante la operación?
—Durante la operación.
—¿Y se asustó la gente?
—El susto es una reacción humana, en al fondo forme parto da la falta de costumbre, pero junto con el susto, había —pienso— respeto, admiración; y hasta alegría.
Esa disposición de la gente la pudimos constatar en algunos hechos. Al retirarnos por el acceso posterior de la ciudad un coche se habia distanciado del resto y preguntaron a un grupo de obreros que estaba trabajando si hablan visto por donde tomó el grupo anterior. Ellos indicaron el camino. Esto sucedió en un lugar donde se habían hecho todo tipo de ostentación de armas y traslados de compañeros de un vehículo a otro… Un verdadero “fato”.

LLEGA LA REPRESIÓN
Pasados los primeros quince minutos ya la cosa se hacia más tensa. Habían surgido problemas en el Banco porque el gerente tenía otra llave en la comisaría, lo -que obligó a trasladarlo hasta ella y volver al Banco. Esta fue la principal causa de la demora. Pese al trámite no fue posible abrir el tesoro principal, porque a todo esto, comenzaban a llegar los primeros móviles policiales por el acceso más importante.
Resultó que la policía se había dado cuenta que algo pasaba; la ciudad tenia otros accesos y salidas por los que debe haberse filtrado alguien que corrió a avisar. Nuestra demora posibilitó el enfrenta miento que hubo.
Al ver que avanzaban los patrulleros, el grupo que estaba en el acceso principal —que era comandado por Juan Pablo Maestre— se parapeta detrás de los árboles que había al lado del camino y tienden una emboscada. Producido el tiroteo, los policías de los dos patrulleros se rinden con las manos en alto y tiran las armas al suela Lo que más dolió fue no poder completar ese maravilloso espectáculo llevándose las armas. Ocurría que seguían avanzando patrulleros y habia que irse.. Cuando se retiraban se cruzaron con la cana por el camino y un compañero vestido do policía los despistó haciéndole señas con la mano de que los guerrilleros estaban atrás.
Un rato antes otro hecho nos puso muy nerviosos. Dos helicópteros del Ejército sobrevolaron el pueblo; después el coronel que volaba en uno de ellos declaró por TV que | su paso era casual, pero nosotros pensamos que teníamos a todo el Ejército cercándonos.
Cuando ya nos íbamos pasó otro hecho que realmente fue el detalle que faltaba para completar rio sólo nuestra euforia sino el sentimiento de la vulnerabilidad del enemigo. Esa vulnerabilidad que no se la ve o que queda oculta cuando se mira las fuerzas represivas desde afuera, pero que aparece con toda su crudeza cuando se ejercita la lucha revolucionaría. Acabamos de salir por el acceso de atrás de Garín y un jeep de la policía intenta cortamos el paso.
Ibamos en un F-350, amontonados en la caja de atrás los ocho choferes reducidos y siete compañeros más —que tuvieron que meterse allí al pincharse la goma de uno de los coches— el chofer y dos acompañantes. El compañero que manejaba, con toda decisión, les tira el camión encima. El jeep logró esquivarnos y no sólo no intentó ninguna acción contra nosotros sino que siguió muchísimo más rápido que antes hacia Garín.
La retirada era por la ruta Panamericana hasta la primera estación después de Campo de Mayo. Teníamos 20 minutos para llegar. Allí dejamos el F-350 con los choferes y pasa una de película; un compañero le dice a otro: “vos te me quedas aquí quince minutos cuidándolos y después te vas”, mientras con la mano le hacía señas de que se vaya El otro no entendió y en voz alta le dice: “pero mejor nos vamos los dos juntos”; el primero insiste en que debe quedarse y así otra vez más hasta que el otro vio el gesto y se fueron juntos.
Las banderas políticas que levantábamos en Garín eran muy generales. En realidad el comienzo de un largo camino. Allí reconocíamos la importancia histórica del peronismo. Lo asumíamos como el bagaje revolucionario de nuestro pueblo. Un año después ya se producía otro paso; la asunción del peronismo como identidad política
“Nuestra organización se considera expresando lo que podríamos llamar una estrategia de nacionalismo revolucionario. En la Argentina el nacionalismo revolucionario implica la valoración positiva de una experiencia fundamental de nuestro pueblo, que es la experiencia peronista. Esa valoración positiva por parte de un revolucionario, puede ser entendida tan solo como la identificación con esa experiencia, como la asunción plena de esa experiencia, de sus logros, de sus aciertos y de sus limitaciones. De sus aciertos para fortalecerse con ellos, para desarrollarse, y de sus limitaciones para combatirías y para superarlas. En ese sentido y apelando ya a a una nominación que sólo en el curso del reportaje adquirirá su plena significación, puedo responderlo que nuestra organización se considera une organización peronista. Esto es asi porque nuestra organización no es sino un conjunto de combatientes del pueblo que se han unido para hacer la política del único modo, o del modo más eficaz que esto puede hacerse en esta etapa de la historia fie nuestra patriar dando los pasos para librar una guerra revolucionaria. Quienes nos acusan de carecer de nivel politico o de desechar la importancia de la lucha política por haber elegido el camino de las armas, de la lucha armada, olvidan que esta lucha no es más que la política por otros medios y no a cualquier otro medio, sino a los medios eficaces. Nuestro pueblo apeló a otras posibilidades, a todas las que tuvo a mano y le fueron vedadas. No seria necesario quizás recordar que nuestro pueblo ha triunfado en elecciones que fueron miserablemente escamoteadas. No seria preciso recordar que no fue nuestro pueblo el que quiso ver destruido su gobierno popular: le fue destruido; y así en Innumerables ocasiones, no fue nuestro pueblo el que quiso ver sus sindicatos ocupados por el ejército, le fueron ocupados. Si a estos hechos y a la muerte de los mártires, los héroes y las numerosas experiencias de luchas frenadas por la represión más feroz, no cabe responder con la violencia del pueblo, es porque directamente se elige no responder. Todas las formas de resistencia y lucha son justas, pero una organización revolucionaria que pretende responder al mandato de su pueblo de diseñar una alternativa, une opción realmente superadora, debe elegir las formas más eficaces de lucha politica. Y esto es lo que nosotros hacemos al armar nuestra política, al empuñar las armas para expresar nuestra concepción política, pera conquistar lo que no se nos quiere dar y lo que no nos corresponde pedir, porque se nos ha arrebatado.

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