“Hay que conocer un campamento minero en Bolivia para descubrir cuánto puede resistir el hombre. ¡ Cómo él y sus criaturas se prenden a la vida! En todas las ciudades del mundo hay barrios pobres, pero la pobreza en las minas tiene su propio cortejo: envuelta en un viento y frío eternos, curiosamente ignora al hombre. No tiene color, la naturaleza se ha vestido de gris. El mineral, contaminando el vientre de la tierra, la ha tornado yerma. A los cuatro o cinco mil metros de altura, donde no crece ni la paja brava, está el campamento minero. La montaña, enconada por el hombre, quiere expulsarlo. De este vientre mineral el agua mana envenenada. En los socavones el goteo constante de un líquido amarillento y maloliente, llamado copajira, quema la ropa de los mineros. A centenares de kilómetros, donde hay ríos y peces, la muerte llega en forma de veneno líquido proveniente de la deyección de los ingenios. Al mineral se lo extrae y limpia, pero la tierra se ensucia. La riqueza se troca en miseria.
“Y allí, en ese frío, buscando protección en el regazo de la montaña, donde ni la cizaña se atreve, están los mineros. Campamentos alineados con la simetría de prisiones, chozas achaparradas, paredes de piedra y barro cubiertas de viejos periódicos, techos de zinc, piso de tierra; el viento de la pampa se cuela por las rendijas y la familia apretujada en camas improvisadas, generalmente bastan unos cueros, si no se enfría, corre el riesgo de asfixiarse. Oculto en estos muros está el pueblo del hambre y de los pulmones enfermos …”
(SERGIO ALMARAZ, BOLIVIA, RÉQUIEM PARA UNA REPÚBLICA.)

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