Desde el Confederal del 11 y 12 de Julio, y tras la sospechosa muerte de Adelino Romero, la CGT ha quedado convertida en verdadero baluarte del vandorismo. En su conducción se hallan hombres cuya historia de traición a los trabajadores viene de años atrás, aún cuando algunos hayan sido hasta ayer ilustres desconocidos. Sus datos biográficos son elocuentes.

SEGUNDO BIENVENIDO PALMA

Actual Secretario General de la CGT. su carrera gremial se inició en 1945 cuando trabajaba en las obras de construcción del dique de Canal Norte, en San Juan, su provincia natal. Poco tiempo después, se había convertido en secretario general de la seccional de la UOCRA de esa provincia, y en 1951 llego a las obras de la destilería de La Plata, donde actuó como delegado hasta 1955.
Dos años después, comenzaron sus contactos con Vandor y, sobre todo, empezó a tejerse su amistad con Rogelio Coria, llave que tiempo más tarde, le abriría las puertas de la conducción nacional de la UOCRA. En efecto, en 1962, Coria y Palma urdieron juntos el proceso dé acusaciones por defraudación contra el entonces secretario general del gremio, Carlos Pereyra. Un grupo armado adicto a ambos y apoyado por Vandor ocupó la sede sindical y concretó así la expulsión de Pereyra.
Desde entonces, Palma se transformó en la mano derecha de Coria —ascendido por propia decisión a secretario general de la JOCRA— y lo secundó en la «obra» que aquél desplegó desde su puesto. Juntos integraron la corriente participacionista gestada por el dictador Onganía y, juntos también, fueron expulsados del Movimiento Peronista en 1967, cuando el propio General Perón decidió castigar de esa manera la traición del participacionismo.
También durante la dictadura militar, Coria produciría —siempre eficazmente ayudado por Palma— la famosa ley del Seguro de Desempleo, gracias a la cual las patronales de la construcción aún pueden seguir ahorrándose las indemnizaciones por despidos.
En los primeros meses de 1970, cuando empezaba a prepararse en la obra de El Chocón la huelga que los 2.500 trabajadores de la represa desatarían poco tiempo después, Palma intentó abortar el movimiento, instando a algunos obreros a actuar de alcahuetes. Fue el caso de Fermín Del Estal quien, en declaraciones al diario Río Negro de General Roca, denunció que Segundo Palma y Rogelio Papagno, el actual secretario de organización de la UOCRA, le habían prometido a él y a un grupo de compañeros que les conseguirían un puesto en El Chocón y los incorporarían a una comisión para que cobraran sueldo sin trabajar, siempre y cuando ayudaran a destruir la lucha que se venía gestando.
Finalmente, la carrea sindical de Palma .logró un importante salto cuando en 1973, expulsado Coria de la UOCRA, lo reemplazó como secretario general del gremio y en la Mesa Ejecutiva de las 62 Organizaciones. Desde entonces, falto de su maestro, Palma responde —según opinión de los viejos afiliados del sindicato— a las órdenes de Rogelio Papagno, verdadero «mandamás» de la UOCRA, ejemplo de corrupciones, amigo de las patronales y, como Coria, patrón él mismo.
En 1972, Palma logró prorrogar por un nuevo periodo su mandato en el gremio, en elecciones con lista única y en las que previamente había rechazado la lista presentada por la Juventud Trabajadora Peronista. Por la misma época, trabajadores de treinta y dos empresas constructoras de La Plata, Berisso y Ensenada denunciaban a la conducción burocrática de la UOCRA y exigían su destitución.

ALBERTO MANUEL CAMPOS

Sindicalista de segunda linea y hombre de escasa capacidad, los sucesivos «ascensos» de Alberto Campos fueron sobre todo el resultado de su habilidad para colocarse a la sombra de los «capos» de turno. Actualmente incondicional de Lorenzo Miguel, fue en su momento colaborador —más exactamente «pinche», como señalan antiguos afiliados de la UOM— del Lobo Vandor.
El origen de su trayectoria tiene poco que ver con el gremialismo peronista; radical desde su juventud, en 1957, llegó a ser secretario general de la seccional de la UOM de Leones (Córdoba), gracias a la proscripción impuesta por el gorilaje a los sindicalistas peronistas y a la ayuda de Alvarez Monte, radical, ex diputado nacional y ex secretario general de la seccional Córdoba de ta UOM.
En 1958, cuando ya levantadas las proscripciones, se llevan a cabo las elecciones generales de la UOM, surge en Leones un firme candidato: Héctor Morales, viejo militante de la Resistencia Peronista. Asustado por la posibilidad de perder su puesto, Campos no vacila en recurrir a los buenos servicios de la policía local y denunciándolo como extremista, lo hace encarcelar.
Con estos métodos como «línea de conducta». Alberto Campos consigue llegar, en 1963, a la conducción nacional de la UOM, en el que pasa a desempeñarse como secretario de asistencia social.
Aproximadamente por la misma época, realiza un viaje a Estados Unidos, supuestamente becado para asistir a cursos de «adoctrinamiento y asesoramiento gremial», a los que no concurrió nunca. Su gira —a la que a los 10 días se suma su esposa, «bancada» también con fondos del sindicato— sé debió en realidad a un enfrentamiento interno entre los directivos de la UOM y a la necesidad de hacer olvidar los negociados practicados por Campos poco tiempo antes, con las compras para el equipamiento del Sanatorio Central del gremio, situado en la calle Hipólito Yrigoyen 3352.
Según informaciones de afiliados del gremio, Campos contó, en sus enjuagues, con la colaboración de Paulino Niembro, entonces secretario general de la seccional Capital; Teodoro Ponce, actual secretario adjunto de la seccional Rosario, y el hoy senador nacional Afrio Pennisi. Todos ellos integraban la Comisión Técnica para el aprovisionamiento del sanatorio y Niembro era, a su vez, miembro del directorio de la firma Alzón
Poliequipo, que fue la que, finalmente, se encargó del equipamiento.
En una reunión que llegó a difundirse por televisión, el Consejo Directivo de la UOM informó que las maquinarias del sanatorio hablan sido importadas y que la tramitación de las compras había sido efectuada directamente por el gremio. Posteriormente se supo, sin embargo, que las tramitaciones habían estado a cargo de Alzón Poliequipo y que tas máquinas no solo no eran importadas, sino que se trataba de viejas maquinarias reparadas.
Pese a haberse descubierto la estafa, Campos, ya dueño del manejo del sanatorio, siguió en la suya: al poco tiempo convocó a una reunión de proveedores y les exigió una «atención mensual» en dinero si querían seguir abasteciendo el sanatorio. Ante su negativa, optó por cancelarles las órdenes de compra. Pero no fueron éstos los únicos negociados que realizó durante su permanencia en el sanatorio: también se beneficiaba con la venta de desperdicios, exigiendo a los compradores la consabida «atención mensual».
Gracias a estos y otros manejos parecidos, el actual secretario gremial y de interior de la CGT puede permitirse algunos lujos: asiduo concurrente de whiskerias y chibes nocturnos, cuenta también con un nutrido personal de servicio, en el que revistan mucamas, amas de llave, choferes, jardineros, etc. Su fortuna personal es igualmente bastante abultada y entre sus propiedades se le conoce un campo de 120 hectáreas, adquirido hace un año y medio atrás en la localidad de Leones.

JOSE G. BAEZ

Asumió como secretario general de su gremio —el de Seguros— en 1966, cuando aún estaba enrolado’ en el desarrollismo, a cuyo jefe, Arturo Frondizi, lo une una estrecha amistad. No se reivindicó como peronista hasta el 17 de noviembre del 73; antes había integrado la corriente participacionista y el grupo de los «No alineados», que en el Confederal de 1970 brindó su apoyo a José I. Rucci.
A partir de ese momento, Baéz, que había sido hasta entonces una figura de tercera o cuarta linea, se convierte en el hombre de confianza del Secretario General de la CGT. Hay inclusive quienes sostienen que su nombre era el que Rucci proponía para el Ministerio de Trabajo, oponiéndose a Lorenzo Miguel que, en cambio, avalaba a Ricardo Otero.
Muerto Rucci, Báez no vaciló en cambiar de padrino. Recurrió para eso, a la ayuda de Ráele,’ un ex sindicalista también de filiación desarrollista y miembro del directorio de la empresa de Seguros Cumbre, aseguradora de todos los vehículos y edificios de la Unión Obrera Metalúrgica. Gracias a la mediación de este personaje, el secretario general del sindicato de Seguros logró vincularse a Lorenzo Miguel y convertirse en uno de sus discípulos favoritos. Miguel, por su parte, llegó incluso a proponerle que encabezara su lista para el Consejo Directivo de la CGT. Claro que eso cuando la presencia del General Perón lo hacía dudar seriamente de las posibilidades de triunfo de sus candidatos…
De todas maneras, en los últimos días de junio, Báez llamó a asamblea de delegados del gremio para explicitar públicamente su total apoyo a Lorenzo Miguel y su repudio a Adelino Romero y a la conducción del equipo económico.
El aval de Miguel lo ha transformado hoy en uno de los nombres más resonantes de la actual conducción de 1a CGT. Su historia en el sindicalismo, sin embargo, no registra otra cosa que sus sucesivos «acercamientos» a los hombres más fuertes de cada momento, «a los dueños del aparato». Y eso sí, una gran visión para los negocios. Surgido como ordenanza de café de 1a empresa de seguros
Chaco Argentina, Báez llegó al sindicato cuando éste era una entidad casi insignificante, falta de todo poder económico. Lo manejó como una empresa y supo sacarle provecho. Como ejemplo, baste decir que en el ejercicio de junio del 73, las ganancias del sindicato ascendieron a 76 millones de pesos. En suma, todo ello representa una fuente de cuantiosas ganancias que, por supuesto, no revierten —más que en escasa medida— en ayuda social para los afiliados. En cambio, engrosan a veces la fortuna personal de Báez, al que se le conocen varias propiedades e inclusive una estancia.
Por el contrario, lo que no se le conoce es participación alguna en las luchas de su gremio. Sí varias traiciones, como la consumada en 1971, en el caso de la compañía El Trabajo: mientras el personal de la empresa realizaba medidas de fuerza, Báez negoció el conflicto con la patronal e instó a los trabajadores a abandonar la lucha, alegando que todo se iba a solucionar «por la vía legal». En 24 horas la patronal pudo así consumar el vaciamiento de la empresa.
Otro hecho «destacado» en la historia de José Báez es su decisión de ocupar, en junio del año pasado, el Instituto de Seguros Sociales de la Provincia de Buenos Aires en La Plata. Lo hizo con la ayuda de matones del Comando de Organización y con el propósito de aportar su «granito de arena» en la campaña contra el entonces gobernador Bidegain.

ABELARDO ARCE

En este Confederal no se jugó totalmente por el bando de Lorenzo Miguel, pero los que conocen su historia sospechan que no tardará mucho tiempo en convertirse en acérrimo vandorista. Su trayectoria, dicen, es la de venderse al mejor postor.
Abelardo Arce, secretario general de la Asociación de Trabajadores de la Industria Lechera (ATILRA), se desempeña al frente del gremio desde 1956, cuando un hombre de la Fusiladora, el Capitán Parodi, lo designó interventor. Dos años más tarde, «legalizó su situación», postulándose como secretario general en elecciones que se realizaron con lista única.
En 1968, por decisión de Arce, el gremio se enroló en la corriente participacionista. La seccional Capital ofreció resistencia, pero a fines de ese mismo año, en un congreso, Arce expulsó a todos sus directivos y delegados, que posteriormente constituirían una nueva entidad —STILCA— donde hoy se nuclean los trabajadores lecheros de Capital y Gran Buenos Aires. Ese mismo año, consumó una estafa contra ios afiliados del gremio, orquestada en colaboración con la empresa PROMOBRA. Esta última pretendía construir viviendas para distintos sindicatos; en ATILRA se adhirieron al plan alrededor de 1.000 trabajadores, por up valor de un millón de pesos cada uno. El sindicato recibía el 20 por ciento de los aportes, lo que representaba una suma bastante considerable. Pero las viviendas nunca Se construyeron, pese a que cuando los directivos de la seccional Capital denunciaron la maniobra que se avecinaba, en un Congreso celebrado en Córdoba, Arce amenazó con retirarse del sindicato y, hasta en prueba de su buena fe, hizo viajar a Córdoba al vicepresidente de la compañía.
Al año siguiente, agregó a las anteriores una nueva «hazaña»: fue la traición a una huelga realizada en la empresa Sancor. Gracias a su participación, el conflicto terminó con centenares de trabajadores .en la calle.
Y por último, hace apenas dos meses, volvió a las andadas haciendo expulsar a todos los cuerpos de delegados de las plantas de Sancor de las seccionales de Devoto, Gálvez, Córdoba y Rafaela, por haber solicitado aumentos de salarios.

JOSÉ RODRÍGUEZ

Antiguo empleado de contaduría de la empresa Deutz (ex Deca), José Rodríguez inició su carrera en el SMATA, en 1966, fecha en que asumió como vocal del gremio. Dos años más tarde, ocupaba ya el cargo de secretario adjunto, trampolín que en 1973, producida la muerte de Dirk Kloosterman, le serviría para proyectarse como secretario general.
Para esa época, su historia, aunque breve, registraba ya algunas traiciones: en 1968, en un conflicto producido en Deca a raíz del despido de dos miembros de la Interna, Rodríguez negocia con la patronal y logra que queden los mejores activistas en la calle. Ese mismo año y también gracias a sus buenos oficios, había sido despedido el «Negro» Sabino Navarro.
Vaciada la fábrica de toda oposición, y a pesar del repudio generalizado que su intervención habla despertado en los trabajadores, Rodríguez se abocó a la tarea de introducir en la empresa a un buen número de alcahuetes y matones que le eran totalmente adictos.
En la misma fecha, se hizo cargo de la intervención a la seccional cordobesa; su gestión allí se prolongó durante 6 meses, al cabo de los cuales el balance registró un déficit de 30 millones de pesos, cuyo destino nadie pudo explicar.
Miembro de la Comisión de los 20, en 1969, participó en múltiples reuniones con Onganía y fue amigo íntimo de San Sebastián. Aborrecido por los trabajadores de su gremio, tiene, en cambio, excelentes relaciones con el Comando de Organización entre cuyos integrantes acostumbra a reclutar sus matones.
En el último Confederal de la CGT, adoptó, como suele hacer, una posición intermedia, pero tuvo cuidado de quedar bien ubicado: «A mí no me cuestionan», dijo enfática y públicamente al salir de una reunión con Lorenzo Miguel.

ESTEBAN ROLANDO

Actual presidente de la Unión Ferroviaria y vocal del Consejo Directivo de la CGT, es hoy un perfecto representante del vandorismo.
Su trayectoria, sin embargo, comienza como miembro de la Comisión Nacional de Agrupaciones Ferroviarias y Ferroportuarias, un combativo nucleamiento constituido en el gremio a mediados de la década del 60, de donde Rolando es expulsado en 1968 por colaborar con los interventores militares Miranda Naón y Ramírez.
En las elecciones de 1971, Rolando, en su afán de escalar posiciones dentro del gremio, trenza con Adolfo Medina —candidato avalado por San Sebastián y luego aliado de! vandorismo— e integra con él la lista Azul. Pero sus ambiciones no parecen detenerse en la Unión Ferroviaria: es además diputado nacional por La Pampa y, según Jos que lo conocen, aspira sobre todo a ocupar la gobernación de esa provincia. Mientras tanto, se ha encargado de hacer construir en una localidad pampeana una plaza que ostenta su nombre.
Estrechamente vinculado al Comando de Organización, Brito Lima es no solo uno de sus amigos más cercanos, sino también su asesor político. Del Comando de Organización proceden, precisamente, sus guardaespaldas de mayor confianza y la «infraestructura» que utiliza en los actos con tos que pretende popularizar su figura en La Pampa.

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