A LAS DOS DE LA TARDE del jueves 8, comenzaron a formarse las columnas. Rápidamente, la calle 44, entre 9 y 10, se cubrió con una impresionante cantidad de peronistas que querían dar el último adiós a los activistas asesinados. Un inmenso cartel de MONTONEROS presidía la columna. Que lentamente se fue desplazando por la calle 10, en dirección al cementerio.
El silencio sólo era alterado por algunos sollozos. No se escuchaba ni un comentario. Ni una amenaza. Pero los rostros denotaban toda la bronca que puede provocar el asesinato de cuatro compañeros. Masacrados en apenas unas horas.
La policía, que un día antes había desplegado todos sus efectivos, optó por retirarse. Durante el paso de los manifestantes peronistas, no pudimos ver ni un solo patrullero. Sólo la gente en la calle, que observó con respeto el paso de la columna, integrada por varios miles de hombres y mujeres. Que seguían avanzando con paso lento, en busca del cementerio.
Había bronca en los rostros. Mucha bronca. Durante el velatorio en la sede de ATULP, durante las largas horas junto a los cajones cerrados (las balas asesinas habían destrozado los cuerpos de los compañeros), se habló mucho de lo que estaba sucediendo en el pais. Del avance del imperialismo. De los rumores que circulan en La Plata, y que dicen que hasta el 25 de agosto continuarán los atentados en cadena. Se habló mucho. “Los del CNU trabajan en combinación con la Federal y los servicios de la Marina” dijo un delegado de la JUP. Pero sus palabras eran las palabras de todos.
Fue una larga caminata. Más de una hora y media acompañando los restos de los compañeros caídos. A las cinco y media de la tarde, la columna penetró en el cementerio. Silenciosa, ordenada, levantando en alto el inmenso cartel de MONTONEROS.

EL MARTES 6 de agosto, a las dos y media de la mañana, Luis Norberto Macor fue despertado por gritos y golpes. “¡Policía Federal!”, escuchó que decía una voz. Pero no tuvo tiempo ni siquiera para pensar lo qué podría estar sucediendo. Cinco individuos jóvenes, que esgrimían armas de grueso calibre, lo levantaron de la cama, lo golpearon, y rápidamente lo llevaron hasta un coche Falcon. Hacía mucho frío esa madrugada. Cuando el auto dobló por la diagonal 74, en dirección a Punta Lara, no se veía un alma en las calles. Un testigo (que por razones obvias no reveló su nombre) dijo a estos enviados que alcanzó a ver a los asesinos. “Eran tipos jóvenes, que parecían estar muy nerviosos. El auto se alejó por la 74 a toda velocidad.” Pocas horas más tarde, en las cercanias del Arroyo del Gato, fue encontrado el cadáver de Macor. Tenía 14 balazos, diez de ellos alojados en su cabeza.
El miércoles 7, a las once y media de la noche, varios individuos, también jóvenes, irrumpieron en la casa de la familia Chaves, ubicada en la calle 23. Horacio Chaves hacía apenas unos minutos que había llegado. Sentado a la mesa, estaba terminando de comer su cotidiano churrasco. Lo acompañaban su mujer, y tres de sus hijos.
—¿Dónde están las armas? —preguntaron los hombres, que se identificaron como policías—. Si no las entregan, los vamos a reventar a todos.
Mientras destrozaban los cables del teléfono y rompían mesas y sillas, no dejaban de insultar a la familia Chaves. Encañonaron a Horacio, y lo empujaron hacia la puerta. Lo mismo hicieron con su hijo Rolando. “Los vamos a reventar”, gritó uno que parecía ser el jefe.

Los asesinos utilizaron un Falcon celeste, según opinaron algunos testigos.
Pocas horas más tarde, fue hallado el cadáver de Horacio Chaves sobre la vereda del local de la Juventud Peronista, en la calle 12 entre 45 y 46. Tenía la cara completamente destrozada por los balazos recibidos. El charco de sangre era impresionante.
El cuerpo de Rolando, también acribillado a balazos, fue encontrado en las calles 66 y 190, frente a la tranquera que da acceso a una quinta. Algunos vecinos dijeron que escucharon gritos de auxilio, y enseguida varias detonaciones. Después, el ruido de un auto alejándose a toda velocidad.
—Pensar que habían venido por Gonzalo, que milita en la JTP. A Rolando se lo llevaron por equivocación. Era un muchacho peronista, pero que no tenía ninguna participación activa en la militancia política. Era mecánico de heladeras. Trabajaba todo el tiempo —nos dijo un amigo de la familia.
A las dos y media de la mañana del 7 de agosto, un grupo de hombres jóvenes, que se presentaron como policías, golpeó la puerta de la casa de un viejo militante peronista: Carlos Ennio Pieríni. Lo sacaron de la cama, sin escuchar los ruegos de su mujer. Y también en un coche Falcon desaparecieron inmediatamente. El cuerpo de Pierini fue encontrado, desfigurado por los balazos, en la avenida 7 entre 647 y 648, en jurisdicción de la comisaría octava.

“YO YA ESTOY REGALADO”
—Horacio era un peronista de alma. Luchó siempre por el triunfo de las tres banderas peronistas: la Patria Justa, Libre y Soberana. Militante de la resistencia, estuvo preso muchas veces. Pero siempre con una sonrisa. Porque estaba seguro de la victoria final.
El suboficial Delfor Díaz, gran amigo de Horacio Chaves, cuenta a La Causa Peronista su amistad con el militante peronista asesinado. “Claro que estaba seguro de la victoria final. Era un hombre con convicciones muy firmes. Y era muy valiente. Desde hace tiempo que lo venían amenazando de muerte. Pero él se reía. Decía que ya estaba regalado. Si me tenía que haber fusilado Aramburu. Me salvé de milagro. Así que estoy regalado. Era un tipazo este Chaves”, comenta Díaz.
Horacio Chaves participó en el alzamiento del general Valle. Allí volvió a poner de manifiesto su valentía. Con una ametralladora de plástico ingresó en el Regimiento 7 de Infantería. Y después, ya fracasada la intentona, Horacio esperó en 51 y 17, aferrado a una ametralladora pesada, la llegada de un contingente del ejército leal a los gorilas. La ametralladora se le atascó, porque si no —cuenta Díaz— habría derribado a muchos enemigos.
Permaneció detenido desde junio de 1956 hasta enero del 58, “paseado” por el penal de Olmos, por el penal militar de Magdalena, en la cárcel de Las Heras, en Río Gallegos, en el Penal de Rawson (de aquí se fuga y es detenido a los pocos días en La Plata). Otra vez en Olmos, luego a Magdalena, y otra vez a Olmos. Lo liberaron el 31 de enero.
Pero el via crucis de este peronista de alma no iba a terminar allí: instalado el radical Frondizi en el gobierno, y ejecutando el plan Conintes, Horacio Chaves es otra vez detenido. Ahora se lo tortura salvajemente. Pero Chaves confiesa a un amigo que “después de un tiempo, te acostumbras a la corriente. Ni la sentís”.
Como se trataba de un peronista auténtico, los gorilas no lo dejaron vivir tranquilo. No había año en que Chaves no estuviera preso. Se lo acusaba de “terrorista”. De conspirar contra las “instituciones republicanas”. Pero este militante incansable no se doblegó. Siguió peleando por el retorno del general Perón.
En 1972, Horacio Chaves es elegido secretario general del Partido Justicialista de La Plata. Cargo que ocupó hasta que las “altas” autoridades del Movimiento decidieron nombrar un interventor. Para estas autoridades, un peronista auténtico era un real peligro. Así que había que descabezarlo. Y lo hicieron.

EL “GRINGO” PIERINI
—Seguro que el gringo pensó que se trataba de un nuevo allanamiento, a los que estaba acostumbrado. Si su vida fue un constante batallar en defensa de la causa peronista. Unos años atrás (creo que fue en el 70), también le allanaron la casa, lo torturaron y lo dejaron tirado por Palermo. Por eso te digo que esta vez el gringo creyó que se trataba de otro paseo. Por eso salió sin ofrecer ninguna resistencia. Debe haber pensado que a la mañana siguiente estaría de vuelta en casa. Con unos cuantos golpes, pero vivo.
Así nos contaba un amigo de Pierini. Que relató otra anécdota: en épocas de la dictadura militar, también de madrugada, fue allanada su casa por efectivos de Coordinación Federal. Pierini alcanzó a llamar telefónicamente a un abogado amigo, quien enseguida dio cuenta del hecho a la comisaría. “Están robando en la casa de Pierini”, denunció el abogado. Hacia allí partieron los policías. Cuando vieron a los civiles que rodeaban la casa, les impartieron el “alto”, pero como respuesta recibieron la identificación: “somos de Coordinación”. El comisario, por supuesto, no pudo hacer nada. Pierini salió de la casa, rodeado de policías, sonriendo burlonamente. Así era el gringo.
En sus 53 años de vida, Pierini había hecho mucho por la causa popular. Primero actuó en el campo universitario: abandonó sus estudios de Ingeniería faltándole apenas dos materias para recibirse. En el año 46, es uno de los fundadores del Sindicato Unidos Petroleros del Estado. Ocupa su secretaría general hasta el 55, cuando el golpe gorila arrasa con todos los sindicatos. A partir del 55, pasa a integrar la llamada Junta de Emergencia, como miembro confederal de la CGT. Integra, enseguida, la CGT Auténtica. Su militancia en la resistencia es bien conocida, sobre todo por quienes hoy ejercen cargos Importantes en el gobierno.
Por supuesto, Pierini también sufre los embates del Conintes. Soporta cárceles, persecución, torturas. “Fue siempre un hombre del peronismo revolucionario”, lo difinió su íntimo amigo Heriberto Torres, que compartió con él la dirección de la histórica huelga de los petroleros en 1968, cuando los trabajadores enfrentaron a la dictadura de Onganía durante más de dos meses.
Un testigo que vio cómo llevaban a Pierini, dijo que entraron a su casa “cinco tipos que argumentaron ser de la policía. Se fueron en un coche azul y blanco, de los que usa la Federal”. El cadáver de Pierini fue encontrado detrás del aeródromo. Como consecuencia de los balazos recibidos, tenía la cabeza casi separada del cuerpo.

EL PIBE MACOR
Flaco, callado, estudioso, tranquilo. Así, con cuatro palabras, un amigo de Luis Norberto Macor definió al militante de la JUP. Tenía 21 años, y ya se había licenciado en Ciencias de la Información. A los 17 años había llegado de Catamarca. Y se puso a estudiar con muóha dedicación. Ya era peronista, pero el contacto con otros compañeros le sirvió para entender mejor el profundo significado del peronismo.
—Jugaba muy bien al fútbol —recuerda otro compañero—. Y también practicaba gimnasia, porque decía que tenía un tórax chico, y que necesitaba ser más fuerte. En el año 72, estuvo detenido cinco dias en dependencias de la tristemente célebre DIPA. Se lo había acusado de haber arrojado una bomba molotov. “Desde ese momento quedó un poco afectado. Esos cinco días en DIPA parece que fueron tremendos. Le infundieron terror”, contó un compañero.
Cuando asume el gobernador Bidegain, Luis Macor trabaja en la secretaría de Prensa de la gobernación. De vez en cuando realiza un viaje a Catamarca, donde viven sus padres y hermanas.
—Ahora no militaba tan activamente —cuenta otro compañero—. Por éso no entendemos por qué lo eligieron a él.
Una semana antes de su asesinato, quince agentes de la Superintendencia de Seguridad habían allanado el departamento que Macor compartía con otros dos compañeros. En esa oportunidad, se llevaron detenido a uno de ellos, a quien dejaron en libertad a las tres horas. Algunos testigos creyeron reconocer, en los asesinos de Macor, a los mismos agentes de la Superintendencia de Seguridad.
—Nosotros le habíamos dicho que no fuera a dormir a ese departamento. Que si había sido altanado, lo iban a allanar otra vez. Pero Luis no nos hizo caso. En ningún momento pensó que lo liquidarían tan miserablemente.
Los otros dos compañeros, en cambio, optaron por dormir en otros lugares. Y ésto, quizás, les salvó la vida. A Luis Macor lo sacaron en pijama, y lo metieron en el auto. Doblaron por la diagonal 74 y enfilaron hacia el Arroyo del Gato. Allí lo masacraron.
Los cadáveres de Horacio y Rolando Chaves fueron velados en ATULP (Asociación de Trabajadores de la Universidad de La Plata). Pierini fue velado en el local del sindicato del SUPE, en Ensenada. Pero el cadáver de Luis Macor tuvo que permanecer en la morgue de la Jefatura de La Plata hasta el viernes 9. Su padre y su hermana viajaron desde Catamarca para llevarlo a su ciudad natal. Llegaron el jueves 8 a la noche, cansados, deshechos. No preguntaban nada. No acusaban a nadie. Sólo querían llevar el cadáver de Luis hasta Catamarca. Pero primero tuvieron que soportar los “pésames” del subcomisario Rivero, de la subcomisaría del Dique, que supuestamente tuvo a su cargo la investigación del asesinato.
Los enviados de La Causa Peronista conversaron brevemente con el subcomisario Rivero. Le hicimos cinco preguntas, delante del padre y de la hermana de Macor; las preguntas no tuvieron respuesta: ¿Fueron interrogadas las demás personas que viven en un departamento contiguo, que también fueron amenazadas y golpeadas?
¿Se solicito descripción física de los agresores?
¿Se hizo realizar algún identikit?
¿Se hizo asentar en el sumario que esa misma casa fue allanada una semana antes, y detenido uno de sus ocupantes?
¿Se ordenó una inspección ocular a los efectos de constatar si había huellas dactilares?
El subcomisario Rivero se excusó, dijo que no tenía conocimiento que esa casa había sido allanada, y lamentó que “un muchacho tan joven haya sido muerto”.

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