El 27 de agosto de 1970 caía muerto por 14 balazos José Alonso. Cuatro personas, en una operación que duró 55 segundos, lo habían matado exactamente a una cuadra y media de su casa y a la misma distancia de la Comisaría de Cabildo y Santos Dumont. A los pocos días se conocía un comunicado del Comando Montonero Emilio Maza del Ejército Nacional Revolucionario atribuyéndose la ejecución de Alonso y también la de Vandor.
Recién entonces se supo quienes eran los responsables de la muerte de El Lobo.
Pasaron sin embargo muchos años para que se conocieran los detalles de estas acciones. En febrero de este año la clausurada revista «El Descamisado» daba a conocer el relato de la operación que acabara con el creador del vandorismo.
Hoy, exactamente a cuatro años de producido el hecho, «La Causa Peronista» da a conocer el relato exclusivo -realizado por uno de los participantes- acerca de quiénes, cómo y por qué ajusticiaron a José Alonso.

«MICO, QUE IBA al volante, no se dio cuenta de nada. Alonso, en cambio, se la vio venir: puso la misma cara de espanto que Vandor.»
Después de pasada la conmoción que provocó la muerte de Vandor el equipito éste que se había decidido por la lucha armada, nos empezamos a plantear la formación de una organización más en serio. Que tuviera su logística, su infraestructura, su movilidad, etcétera; todas cosas que no teníamos cuando hicimos la primera operación.
Fuimos muy implacables en la autocrítica de la operación del Lobo. A pesar de lo bien que nos había salido, nos dedicamos a investigar todas las limitaciones puestas en evidencia en aquel trabajo.
«Primero juntamos toda la información necesaria, lo que se llama la inteligencia de la operación. Y allí nos encontramos con un inconveniente realmente serio: el mejor lugar para operar era, paradojalmente, el más peligroso: a una cuadra y media estaba la Comisaría.»
Vistas las limitaciones de nuestro equipo nos pusimos a trabajar a fondo para formar una verdadera organización. Hicimos algunas operaciones de recuperación de fondos y de armamento. Además participamos en cosas menores como cañadas conmemorando las fechas de nuestro Movimiento, el 17 de Octubre, el 26 de Julio, el 9 de Junio.
«La cercanía de la comisaría nos obligó a trabajar con un equipo muy reducido. Decidimos que sólo fueran cuatro compañeros. Debía garantizarse: el ajusticiamiento, la rapidez y emplear la violencia dosificada. Esto último significaba no emplear más violencia que la necesaria para obtener el objetivo; por dos razones: en ese gremio no todos los tipos eran jodidos y, segundo, para evitar en lo posible hacer bochinche.
«Decidimos entonces hacerle una intersección suave, con la estratagema de la goma pinchada y ante la duda sobre el chófer, reducirlo sin matarlo.»
Pero la realidad altera todos los planes. Antes de haber formado la organización que nos proponíamos la realidad del país y del Movimiento nos pone en la disyuntiva de salir a operar nuevamente. Era la época de Levingston. El participacionismo avanzaba a todo trapo. El gobierno pretendía disfrazarse de nacionalista y sectores del sindicalismo traidor querían darle base política.
Como en el ’69 nos pusimos a pensar quién era el centro, el corazón, de esta nueva traición a la clase trabajadora peronista.
«El día elegido para la operación nos concentramos a las 07.00 horas en las dos casas que hacían de bases de operaciones. Previamente, a las 06.00 horas habíamos sacado los dos coches del garage. Esta vez estábamos un poco mejor que para la del Lobo —¿te acordes que a último momento pudimos conseguir un coche prestado por un colaborador?—, teníamos dos autos afanados, a uno de los cuales habíamos podido repintar.»
Nos manejábamos con un esquema muy elemental, pero que de todos modos servía. De un lado el imperialismo, del otro la Nación. La fuerza principal de la Nación era el Movimiento Peronista; y dentro de éste, la clase trabajadora. Cualquier infiltrado, entonces, del campo imperialista dentro del corazón de la Nación, es decir, dentro del Movimiento y de la clase trabajadora peronista, era un objetivo prioritario para ser eliminado. Y el nombre salió sólito: José Alonso.
«A las 07.45 se realizaba el último control previo a la operación. Se hizo en la esquina de Federico Lacroze y Cabildo. Y decidimos llegar a los lugares planificados a las 08.15. En las observaciones habíamos visto que Alonso salía siempre entre las 08.30 y las 09.00. Pero como un par de veces lo habíamos visto salir a las 08.20, decidimos ponemos 5 minutos antes de esa hora.
«A esa hora estábamos cada uno en su lugar.»
José Alonso había sido uno de los principales responsables del levantamiento de la huelga del 1 y 2 de octubre del ’69, se había entregado francamente al régimen de Onganía y ahora pretendía darle apoyo sindical y político a los delirios nacional-populistas de Levingston y su cría de trasnochados. Era uno de los burócratas más vinculados a las organizaciones sindicales internacionales del imperialismo. Estaba además en una actitud de franca rebeldía a las directivas del General Perón.
«El coche A es el primero en estacionarse. Se ubica en Benjamín Matienzo entre Zapata y Ciudad de la Paz. Allí había tres compañeros. Abren el capot del auto y se quedan esperando como si estuviera descompuesto.
«El coche B pasa por ahí, observa que el vehículo A ya está en la posición y se dirige a su lugar, Santos Dumont entre Cabildo y Zapata, casi llegando a esta esquina: a menos de una cuadra de la casa de Alonso.»
En ese año transcurrido, entre lo del Lobo y esto, habían pasado muchas cosas en el país. Varías organizaciones armadas estaban actuando. Y había pasado lo de Aramburu. Cuando lo levantaron al Vasco y lo mataron nosotros no dudamos ni un minuto. ¿Te acordes que en ese momento decían cualquier cosa?, que había sido Onganía, Imaz, los servicios… Nosotros nos dimos cuenta de entrada que esto provenia del pueblo y del Movimiento. La muerte del Vas co sólo beneficiaba al pueblo, asi que no podía haberlo matado el enemigo. Por eso en todas las discusiones que manteníamos sostuvimos esta posición. Y esto sin tener ninguna referencia de los Montoneros. No teníamos ni la menor idea. Para nosotros eran un fantasma; eso sí: un fantasma del pueblo.
«Se hicieron las ocho y media, las nueve menos cuarto y nada… (parecía una maldición, con el Lobo lo mismo, habíamos tenido que esperar casi una hora y media por los arreglos del auto).
«Finalmente, a las nueve menos cinco el coche B ve llegar ai auto que lo venía a buscar a Alonso. Se estaciona y baja un tipo con bigotazos. Después nos enteramos que era Mico, en ese momento no lo reconocimos porque no sabíamos que estaba usando bigote. Entra a la casa. Sale con Alonso. Abren las puertas del auto, Alonso pone su portafolios en el asiento de atrás y se ubica adelante, al lado del chófer. Mico pone el auto en marcha y arranca.
«En ese momento ya se había puesto en movimiento el coche B.»
Con esta operación nosotros teníamos varios objetivos. Uno, mostrarle al conjunto de la clase trabajadora peronista que había un arma superior a todas las empleadas durante esos 18 años. Otro, decirle a todos los compañeros que ya estaban con los fierros en la mano cuál era el objetivo fundamental: los traidores infiltrados en la clase trabajadora peronista.
«El coche B tenía que ir delante del de Alonso, pero al llegar a la esquina de Ciudad de la Paz lo cierra un auto y el de Alonso se le escapa. Mete pata entonces y logra ponérsele delante poco antes de doblar en Benjamín Matienzo. Era en esa calle, a pocos metros de la esquina que estaba esperando el coche A con nosotros tres adentro.
«Al salir de la curva, el coche B se encuentra con una cuadrilla de Gas del Estado que le corta el paso. En ese instante lo pasa el coche de Alonso, que parecía estar en un buen día: cuando vio el coche nuestro parado con el capot levantado se cagó de risa como si fuera una gracia. El coche B se apura y lo pasa nuevamente.»
«Casi al llegar a la otra esquina (la de Zapata), el chófer del coche B empieza a hacerle señas a Mico.»
Viendo la necesidad de garantizar los objetivos políticos que nos planteábamos con la operación decidimos que esta vez iba a dar a conocer un comunicado. Cuando lo del Lobo no habíamos dicho nada. Esto lo habíamos aprendido de las otras organizaciones que ya actuaban. Y dimos a conocer entonces el comunicado por esta operación y también una por la de Vandor.

«El chófer le indicaba a Micó que tenia una goma de atrás pinchada, pero éste no le daba bola. El compañero entonces insistió. Fue ahí cuando Mico paró el coche y se bajó. El coche B, entonces, muy suavemente frenó cruzándose delante del auto de Alonso. Lo hizo tan delicadamente que ni Mico ni Alonso se dieron cuenta de nada. El chófer del B se quedó arriba del auto.
«Cuando Mico llegó atrás ya el coche A se había puesto en marcha y llegado a la cola de su coche. El compañero que estaba sentado en el asiento de atrás del coche A se bajó, se acercó a Micó y con dos golpes de karate lo dejó dormido en el suelo.
«El acompañante del chófer del coche A se bajó y caminó hacia el coche de Alonso.»
El nombre que elegimos para nuestro Comando tenía un claro sentido político: identificamos con la línea y las acciones de la Organización Montoneros —a la que luego nos integraríamos— y reivindicar al gordo Maza como ejemplo de combatiente peronista. Por eso el nombre que elegimos: Comando Montonero Emilio Maza.
«Cuando llegó al coche abrió la puerta y apuntó. Alonso se quiso tirar para el otro lado, pero sólo alcanzó a poner cara de espanto, ya los tiros le estaban haciendo bailar la cabeza.
«Para hacer poco ruido la ejecución se tenía que hacer con armas de bajo calibre —aunque llevábamos más pesadas por si había un enfrentamiento—; el revólver usado fue un Rubí 22 de 9 tiros. El cumpa le vació el tambor en la cabeza pero Alonso seguía moviéndose como un muñeco y salpicando todo de sangre. Saltaba en el asiento de adelante hacia atrás, al punto que manchó el asiento de atrás y el portafolios. Para asegurar la cosa, el compañero sacó un 32 de la cintura y le metió seis balazos en el cuerpo. En total 14, porque un 22 no se disparó.
«Hecho esto el compañero cerró la puerta, abrió la de atrás, limpió el portafolios de Alonso que estaba en el asiento y se lo llevó. Cerra esta otra puerta y despaciosamente se retiró hacia su auto.
«El coche B, que estaba atravesado delante del auto de Alonso, se puso en marcha y avanzó hacia la esquina de Zapata.»
Para nosotros era muy importante el nombre que habíamos elegido. Porque además siempre creímos que nosotros aportaríamos a la construcción de la Organización —la Organización con mayúscula— que pudiera representar y llevar adelante a la clase trabajadora peronista.
«Al doblar en Zapata, primero iba el coche B abriendo camino y luego el A, vemos que el botón que estaba de consigna en la puerta de lo de Alonso venía corriendo queriendo manotear la pistola.
«Pero no fue difícil. Bastó con asomar el caño de una metra por la ventanilla del coche para que el policía decidiera cambiar su actitud y ponerse a caminar como una persona normal y las manitos quietas.
«Lo demás no ofreció problemas. Doblamos en Santos Dumont, luego en Ciudad de la Paz y le pegamos hasta Juan B. Justo. Dejamos los coches en Pacífico y nos tomamos el subte.
«A las 12 hicimos el control y con las últimas diez lucas que teníamos nos fuimos a comer un poco de carne, que hacía tiempo que no le sentíamos el gusto.»
Y de última el participacionismo, fundado por Alonso y Coria —otro que se amontonaría luego al pie I del tobogán—, no era otra cosa que una variante más de la traición. Una variante más desembozada que la del Lobo, pero variante al fin. Que perseguía el mismo objetivo: integrar a la clase trabajadora peronista al proyecto del imperialismo.

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