Elecciones en la CGT, triunfo del vandorismo y muerte Adelino Romero

Un periodista vinculado al aparato de la UOM, comentó casi eufórico: «Miguel llegó con la lista cocinada. Isabelita mandó a su edecán, con la misma lista, para que la lea Adelino. Aquí se acabaron las discusiones».
Fue en la noche del jueves 11 de julio, cuando ya el dominio del vandorismo era absoluto. A partir de ese momento, las especulaciones daban paso a una verdad incontrastable: Miguel y sus aliados habían asaltado, prácticamente, el congreso de la CGT. El rostro de satisfacción del capo de la UOM ablandaba su, hasta entonces, adusto gesto. Con el triunfo en sus manos, el vandorismo ya podía descansar tranquilo. Al menos, éste era el pensamiento de los máximos representantes de la corriente, que en los pasillos del Teatro San Martín dejaban traslucir su alegría entre los periodistas presentes.
Es que los días anteriores a la iniciación del Congreso habían sido muy trajinados. El vandorismo quería la total manija de la CGT. Para los discípulos de Vandor, la presencia del anterior consejo cegetista mayoritariamente no vandorista, era un escollo. Una molestia. Que había que derribar. Pero el
vandorismo también debía enfrentar otro escollo. Mucho más poderoso. Mucho más difícil de vencer: el explícito aval que el General Perón había brindado a la conducción encabezada por Adelino Romero. Inclusive, en su discurso del 12 de junio, Perón había señalado a los sindicalistas que encarnan el proyecto vandorista. No en vano, Lorenzo Miguel prolongó su estadía en el exterior, borrándose de los lugares que solía frecuentar en la Argentina…
Pero el primero de julio muere el general Perón y queda entonces abierta la posibilidad de tergiversar su mandato. La figura de Miguel comienza nuevamente a figurar en las primeras planas.

EL DISCURSO DE MIGUEL
El jueves 4 de julio, al despedir los restos de Perón, el secretario de la UOM aprovecha el momento para hablar de las 62 Organizaciones. «Las 62 Organizaciones —dice Miguel—, como expresión política del gremialismo peronista escribieron bajo la guía de su conductor, páginas de gloria en la historia del movimiento obrero argentino. Ni la represión, ni el halago, ni la confusión interesada, ni el alevoso asesinato de sus hombres, quebró la unidad íntima, indestructible y total, entre el sindicalismo peronista y su líder».
El camino estaba despejado. Había llegado la hora del asalto al poder. Recordé que Perón, antes de morir y dejante de Otero y Gelbard, le había dicho a Adelino Romero que no veía la necesidad de cambiar de caballo en la mitad del río. Fue el aval más firme que el general le prestaba a Romero, comentaba un periodista en medio de las discusiones del Congreso cegetista.
Raúl Ravitti, ex secretario adjunto de la CGT, intentó, dos días antes de que se iniciaran las deliberaciones, recordar el aval de Perón. Sus palabras fueron rápidamente desmentidas por Miguel. El dirigente ferroviario, por otra parte, ya estaba en baja: el triunfo de Esteban Rolando en los comicios de la Unión Ferroviaria no solo le quitaba la más fuerte apoyatura para su gestión, sino que redujo decisivamente las posibilidades de triunfo del romerismo.
Algunos gremialistas ligados a la línea de Romero, sin embargo, confiaban en poder frenar el temporal. No pensaron que el vandorismo pudiera tener tanta decisión en el asalto al poder. «El discurso de Lorenzo despidiendo los restos del general; su desmentida a lo dicho por Ravitti; sus palabras sobre la verticalidad mal entendida, fueron de una tremenda audacia. Que muchos no esperábamos», confió a La Causa Peronista un dirigente del interior. Hasta el grupo manejado por el viejo Izzeta (y donde pueden ubicarse, entre otros, Vicente Roque, Juan Racchini y Fernando Donaires) intentó convencer a los vandoristas para que «negociaran».
Si Miguel permitió que Romero siguiera a la cabeza de la CGT —dijo un delegado—, fue por una razón imprevista. La enfermedad de Adelino hacía que, por razones de imagen, su destitución quedara postergada.

UN SUENO IMPOSIBLE
Los sectores ligados a Romero, especulaban con dos alternativas:
1) desplazamiento del vandorismo por el voto de los congresales, o
2) mantener la composición del viejo Consejo Directivo, donde la presencia vandorista resultaba neutraüzada. Sin embargo, las cosas no pintaban bien para los «romeristas». Es que los tres «puntales» de esta posición (Ravitti, Barrionuevo y el mismo Romero) enfrentaban en sus gremios fisuras bastante serias. Ya dijimos que el triunfo de Rolando hizo polvo las aspiraciones de Ravitti. Barrionuevo, por su parte, no es muy bien visto dentro de su gremio, el fideero. Su presunto pasado radical, según algunos, hace que su suerte ya esté echada.
Adelino Romero tampoco las tenía todas consigo: el enfrentamiento con Ricardo Pirraglia (hombre de la UOM) había deteriorado sus posiciones en la seccional San Martín, la más importante del gremio. Todo esto hacía que faltara una carga visible que tratara de hegemonizar la oposición al vandorismo.
A pesar de ello, al principio, se notó, entre los delegados, un clima favorable hacia el, hasta entonces, Consejo Directivo de la CGT. Cuando se inauguró el Congreso, por ejemplo, pudo apreciarse claramente que muchos delegados demostraban entusiasmo por esa conducción. Cuando el dirigente telefónico Julio Guillan pidió que los
integrantes del Consejo Directivo fueran los que presidieran el Congreso, encontró la oposición del metalúrgico Ponce, quien propuso, en cambio, a 6 «compañeros de los allí reunidos». Guillan contraatacó, diciendo que los integrantes del Consejo Directivo también eran compañeros. Que su propuesta tenía como fin, además, rendir un homenaje a los miembros del Consejo Directivo, a quienes el general Perón había brindado su confianza, Ponce intentó responder, pero Ravitti propuso que las dos mociones fuesen a votación.» No es necesario ir a votación, replicó Ponce. Acepto la propuesta del compañero. El astuto vandorista había escuchado los aplausos a Guillan…

LA LISTA COCINADA
En la noche del miércoles 10, varios delegados del interior, «cansados de tanto manoseo», quisieron formar quorum y sesionar por su cuenta, al margen de las deliberaciones que los vandoristas mantenían en su reducto de la calle Pringles. «No puede ser que estemos a su servicio», dijo un tucumano, que no ocultaba su ofuscación. Pero todo no pasó de los amagues. Respetuosamente, al fin, todos aguardaron que los capos del vandorismo decidieron qué es lo que se iba a hacer.
El jueves 11, a las seis de la tarde, Miguel llegó con la lista cocinada. Una versión señaló, además, que esa lista había sido enviada a Romero. El portador —según el trascendido—, edecán de la señora presidente, no tuvo que esperar mucho tiempo para que Adelino Romero le diera una respuesta afirmativa.
En la lista figuraban los siguientes nombres: secretario general( Adelino Romero (textil); secretario adjunto, Segundo Palma (construcción); secretario de hacienda, Abelardo Arce (lechero); secretario de previsión social, José Rodríguez (mecánico); secretario gremial e interior, Alberto Manuel Campos (metalúrgico); de prensa, Adalberto Wimer (Luz y Fuerza); prosecretario gremial, José Generara Báez (Seguro); prosecretario de hacienda, Maximiliano Castillo (vidrio); vocales: Constantino Zorita (carne); Florencio Carranza (comercio); Enrique Mico (vestido); Ramón Elorza (gastronómico); Pedro Alvarez (espectáculo público); Alberto Triaca (plástico); Francisco Loiácono (tabaco); Alberto Damíani (alimentación); Albérico González (UTA); José Valle (químico) y Héctor Chacón (petrolero). Las nuevas autoridades de la CGT.
—Un rotundo triunfo del vandorismo. Ahora tienen a la,CGT, las 62 y el Ministerio de Trabajo. Un sólido bloque. Aparentemente, sin ninguna fisura. Creo que lo primero que van a intentar es derribar a Gelbard. El ex Consejo Directivo de la CGT apuntalaba la política económica del ministro. Pero el proyecto vandorista necesita todo el poder.
Así resumía la actual situación un viejo periodista de gremiales.
La muerte de Romero favoreció aún más las expectativas de los discípulos de Vandor. Automáticamente, según los estatutos, el burocrata Segundo Palma («hijo» de Coria) pasaría a ser secretario general de la CGT. Según declaraciones del gastronómico Elorza, sin embargo, para cubrir el cargo que deja vacante el fallecimiento de Romero, se apelaría nuevamente a la decisión del Confederal.

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