Hasta ella, y después de su desaparición hasta hoy, las esposas de los gobernantes han cumplido el rol oscuro, totalmente secundario, que la moral y las prácticas burguesas les otorgan. Son apenas una sonrisa en los actos públicos, un objeto decorativo en las recepciones oficiales, una presencia en los distinguidos grupos de damas de caridad. Pero no significan nada, no son nadie.
Eva Perón ha roto en primer lugar con ese hábito y ese prejuicio que en el mundo burgués y en la Argentina rodea a la mujer y la limita, la acorrala al submundo hogareño, la margina de los grandes problemas. Muchas de las irritaciones y de las desconfianzas que motivó, no son ajenas a esta irrupción de una mujer distinta, cuyo apasionamiento y cuya intuición clarividente no son puestas al servicio de un proyecto privado y mimoso, sino al servicio de todo un pueblo y a la proyección de toda una clase, a la que pertenecía por origen y a la que se convirtió totalmente.
Para comprender el significado de esto en plenitud, hay que recordar que junto con la promoción personal de Evita, lo que aparece en la Argentina es el voto femenino, la participación de la mujer en las decisiones colectivas.
Los enemigos del Peronismo minimizan hoy este hecho, pretendiendo que es totalmente obvio y normal. Se olvidan que ellos no sólo no lo impusieron nunca antes de Perón y que incluso lo resistieron explícita o veladamente, con esa desconfianza a todo lo nuevo que caracterizó siempre a las fuerzas conservadoras o liberales.
Eva Perón, compañera del Líder, primer militante peronista, candidata incluso a la vicepresidencia de la República, simboliza y personifica esta entrada profunda y agresiva de la mujer en la tarea política.
Cuando se estudie objetivamente el desarrollo cultural de la Nación, las transformaciones silenciosas y decisivas, este acontecimiento figurará entre los primeros.
Eva Perón fue además la Mujer del Conductor, su compañera entrañable en el sentido militante y exigente que el término tiene hoy.
Nunca se conocerá totalmente la historia de amor de estos dos seres, el costado secreto y privado de esta pareja, tan violentamente inmersa en lo público y en las luchas políticas. Pero no por eso es menos cierto que constituyen el testimonio de una pareja distinta, que debe renunciar en gran parle a la intimidad y el sosiego, a la fruicción del propio amor, para vivir totalmente las exigencias de un compromiso social apabullante de urgencias.
La actitud misma de Perón ante Evita merecería una reflexión. De algún modo Perón «apuesta» a esta muchacha, se juega por ella no sólo haciéndola su compañera, sino dejándola crecer, gravitar por fuerza propia, tomar iniciativas muchas veces riesgosas. El Jefe tantas veces calculador y sagaz, arriesga con esta mujer, con su vehemencia impulsiva. Y prueba que en un proyecto político agresivo, no sólo importan las sabias precauciones, sino también el empuje creativo y renovador, aunque sea riesgoso e imprevisible.
Todos estos elementos y muchos más van forjando la imagen y el mito de Eva Perón. Porque también Evita es un mito en el sentido fuerte y positivo en que hemos hablado antes del «mito» de Perón. También en ella, más que sus rasgos personales, los que se van cristalizando y superponiendo son los rasgos de un pueblo al que representa y que se identifica con ella, se reconoce en ella, la idolatra a fuerza de sentirse interpretado, defendido, proyectado. Con más fuerza tal vez que el mismo Perón, por lo de novedoso y radical que toma su figura, es lo más marginado y lo más sumergido de nuestra clase trabajadora quienes reconocerán en Evita «la abanderada de los humildes», la voz violenta donde reconocen su propia voz largamente silenciada.
Pero como en todo mito vital y positivo, no sólo lo constituye el amor y la idolatría de los que se sienten defendidos, sino también el odio y el temor de los que se sienten ofendidos, atacados, humillados, Al mito de Eva Perón contribuye en gran parte el odio de la oligarquía, su reacción terrible delante de esta mujer que la denuncia y la ataca impunemente, su rencor ante todo el Peronismo que encuentra en ella alguien donde personalizar su rabia amordazada.
Lo que a Evita no se le podía perdonar, como no se le puede perdonar al pueblo peronista, es su carácter «plebeyo», su raíz oscura, su memoria de explotado que accede al poder. Toda la «aristocracia», la del dinero como la de la cultura, se sintió ofendida por esta mujer, sin apellidos y sin títulos universitarios, que podía asumir autoridad y gritar verdades sin pedirle permiso y sin hacerle reverencias.
En el mismo odio a Perón, Evita jugó un papel definitorio. El coronel Perón pertenecía de algún modo todavía a la «élite distinguida», a los que tienen derecho, a mandar y disponer. Pero desde el momento en que abandonó el sabio paternalismo militar y se inclinó por las impaciencias populares; desde el momento sobre todo en que dejó crecer y avaló los pasos de Evita, fue blanco de una crítica y una repugnancia sin matices.
Por todo esto es qua la figura de Evita adquiere vital importancia para juzgar y entender el Peronismo. Su propia historia personal es en gran parte la del Pueblo Peronista. Como éste, nace el 17 de octubre del 45, en una experiencia combativa y triunfal. Como el mismo pueblo, su fuerza se polariza en torno a Perón; pero a la vez le da toda la estatura y toda la fuerza que el Líder tiene. Como el pueblo en fin, sufre el odio y los ataques «de los de afuera y de los de adentro», de todos los que odian o temen la radicalización definitiva de la Revolución Peronista. Su propia muerte incluso, sella quizás el tiempo de un crecimiento triunfal e inaugura el tiempo difícil de las contradicciones, las fracturas internas, la pérdida de agresividad del Movimiento en el gobierno.

1. LA PRIMER PERONISTA.
Entender el significado de Eva Perón no implica elogiarlo todo ni absolutizar sus valores. Un estudio detallado de su vida, sus luchas, su proceso ideológico y personal deberá escribirse un día. Mostrará seguramente las lagunas, las incertidumbres, las zonas grises de su vida que por ser humana no puede carecer de ambigüedades y contradicciones. Nada más alejado de nuestro intento que deificarla o ennoblecerla abusivamente, hasta convertirla en un monstruo de perfección irreal e inútil.
Pero la Eva Perón que sobrevive en la memoria popular no es la criatura frágil que también ella debió ser, sino el símbolo de un modo apasionado y combativo de vivir el Peronismo, dándose allí con todas sus fuerzas y toda su pasión. La gente sabe que Eva Perón fue la primer compañera y que si algo sigue significando es un llamado intenso a vivir el Peronismo como ella lo vivió.
Entonces sí su vida deja de ser un recuerdo triunfal o nostálgico, para convertirse en un motivo de valoración del Peronismo y en una perspectiva de combate.
Lo primero que sorprende en Evita es su lucidez permanente ante esa identidad original que constituyen Perón-y-el-Pueblo. Cuando uno piensa que se trata de un mujer enamorada, naturalmente inclinada a idealizar al hombre que ama; que vive en contexto donde el elogio y la obsecuencia marean a cualquiera; que sobre todo el éxito y la gloria impulsan a la vanidad de creerse superiores y predestinados; cuando uno piensa en todo esto sorprende la claridad con que Evita descubre el centro de su pasión militante: «¡Sí, soy peronista, fanáticamente peronista! Pero no sabría decir qué amo más: si a Perón o a su causa; que para mí, todo es una sola cosa, todo es un solo amor; y cuando digo en mis discursos y en mis conversaciones que la causa de Perón es la causa del pueblo, y que Perón es la Patria y es el pueblo, no hago sino dar la prueba de que todo, en mi vida, está sellado por un solo amor».
Así, con palabras sencillas que esconden una certidumbre muy profunda, Eva Perón nos dice que su sola pasión es en el fondo el pueblo sufrido de su patria, y que Perón mismo llena su vida porque encarna a ese pueblo y le es fiel.
En un contorno de fácil alabanza, que puede ser también de fácil confusión, Evita se diferencia de muchos apologistas de la época, que elogiaban a Perón para distinguirlo de la chusma o de la masa. Ella cree en Perón porque cree en el pueblo, y si llegaran a oponerse un día —lo que juzga imposible—, preferiría al pueblo.
Esta es en definitiva una prueba de fidelidad a Perón más grande que la de ciertos «disciplinados», que confunden pasividad con obediencia, y que pretenden recibir órdenes cuando lo que se necesitan son iniciativas, que se creen ortodoxos cuando no son más que cómodos. Para Evita, la verdad de Perón y las verdades peronistas deben ser entendidas escuchando el crisol desde donde se forjan y la fuerza que las sostiene: los descamisados, la masa trabajadora.
Y el pueblo para Evita no es una palabra vacía o una realidad confusa. «Todos los que estuvieron el 17 de octubre en la Plaza de Mayo son descamisados! Aún si hubo allí alguien que no fuese, materialmente hablando, un descamisado, éste se ganó el título por haberse sentido y sufrido aquella noche con todos los auténticos descamisados; y para mí, ese fue y será siempre un descamisado auténtico». «Para mí, por eso, «descamisado es el que se siente pueblo». Lo importante es eso; que se sienta pueblo y ame y sufra y goce como pueblo, aunque no vista como pueblo, que esto es lo accidental».
Eva Perón es además el prototipo de un cierto militante revolucionario: el que ejecuta, tenazmente, los objetivos de la revolución.
En ella eso es claro. Siendo una mujer inteligente, capaz de analizar y distinguir, es sin embargo todo lo opuesto a un intelectual o a un maestro de la revolución. Su fuerza está en poseer algunas certidumbres fundamentales y en combatir apasionadamente por ellas.
Así, en su temple se destaca una pasión enorme por la justicia y una indignación por la injusticia que parecen haberla poseído desde muy temprano. El contacto con los más humildes despertará pronto en ella un cariño sincero y obsesivo. Si se puede sospechar que en los primeros tiempos de la Fundación Eva Perón hay aún bastante de paternalismo; el contacto con el dolor real, con las huellas de una explotación secular, y también el contacto con la gratitud y la colaboración de los más simples, desarrollan en Evita la convicción de que no es un problema asistencial el que enfrenta, sino un desorden profundo que sólo se soluciona destruyendo los privilegios y cambiando las ruedas del destino.
Pronto también descubre que los enemigos existen, bien reales y concretos. Sabe rápido que los ataques contra su persona son ataques contra una clase a la que ella se identifica. «Yo sé que cuando ellos me critican a mí en el Movimiento, lo que en el fondo les duele es la revolución… Mi sectarismo es además un desagravio y una reparación. Durante un siglo los privilegiados fueron los explotadores de la clase obrera. Hace falta que eso sea equilibrado con otro siglo en que los privilegiados sean los trabajadores».
Sin conocer el marxismo, su voz es la más claramente clasista que se ha levantado en el país. Prueba de que la lucha de clases no existe en los libros sino en el seno viviente de la sociedad capitalista. Y que para entenderla y asumirla no es preciso aprender las categorías exactas de los teóricos, sino el combate cotidiano junto al pueblo.
En ese sentido, los primeros capítulos de «La Razón de mi Vida» constituyen una lección magistral, en lenguaje sencillo, de las motivaciones para una lucha social que no se detenga en meras reivindicaciones o en conciliaciones hipócritas.
Así, con un bagaje elemental pero claro, y con una pasión y una coherencia sin fracturas, se consagra a combatir, a organizar, a impulsar y a sostener.
Cuando los grupos de la resistencia o las líneas más avanzadas del Movimiento apelan al nombre de Eva Perón para identificarse no se equivocan. Ella fue la primer peronista, si no en su profundidad teórica, seguramente sí en el valor de sus certidumbres y en la capacidad de dar la vida por ellas.
Pero donde es importante descubrir a Evita es en relación con Perón y con el Peronismo todo. Ella vivió, ella gestó en gran parle el 17 ele octubre. Aprendió así como nacía y cómo se hacía un pueblo, un Líder, una fe.
Aprendió también cómo la traición puede estar más cerca de lo que uno piensa, y en los mismos que parecen aliados.
Eva Perón supo desde el principio que el único modo de ser fiel a Perón y al pueblo radicaba en la participación combativa, en las iniciativas riesgosas y audaces. El 17 de octubre, ella y los que la acompañaron salvaron a Perón y al Peronismo, pero porque apostaron a la combatividad del pueblo, una combatividad que en ese momento parecía ilusoria e imposible.
Su fidelidad a Perón, que nadie pensaría cuestionar, no nacía sin embargo de una actitud pasiva o sometida. Fue fiel porque siempre interpretó las consignas del Líder en su sentido más combativo y más radical; fue fiel porque entre varias alternativas de participación eligió siempre la más comprometida, la más avanzada. Fue la encarnación misma de la lealtad peronista, porque siempre soñó un Peronismo sin componendas y porque nunca redujo a Perón a un rol de conciliador mediocre. Como todos los que aman, proyectó un sueño grande y exigente sobre lo que amaba, y no entendió a Perón y al pueblo peronista con la clave de una indulgencia cínica, sino con la clave de una exigencia tenaz, que pedía de ambos lo más agresivo y lo que más condujera a arrebatar al enemigo lodo el poder, hasta aniquilarlo.

2. LA MISTICA PERONISTA
Eva Perón pasará a la historia como la abanderada encendida del movimiento popular de su tiempo.
En esta mujer lodo ha sido vivido extremadamente: el amor y el odio, la defensa y el ataque. No conocía términos medios. Sus enemigos le crearon una leyenda negra de persecuciones y ensañamientos. Sus admiradores un aura angelical de bondad y dedicación. Limando los excesos de ambas distorsiones, surge sin embargo claro que su propia vida era inclinada a los extremos. Y si esto es quizás un riesgo para los políticos, es sin lugar a dudas la característica de lodos los militantes que en la historia han impulsado la revolución.
Por eso Evita encarna lo que bien se ha llamado: «la mística peronista»
Tomemos sólo algunas frases, a título de ejemplo:
«El Estado todavía no tiene «alma», no tiene «mística». Y esto no se puede hacer sin amor».
«El amor no es —según la lección que yo aprendí—, ni sentimentalería romántica, ni pretexto literario. El amor es darse, y darse es dar la propia vida. Mientras no se da la propia vida cualquier cosa que uno dé, es justicia. Cuando se empieza a dar la propia vida, entonces se está haciendo una obra de amor».
Desearía que cada peronista se grabase este concepto en lo más íntimo del alma; porque esto es fundamental para el Movimiento: Nada de la oligarquía puede ser bueno!».
«He hallado en mi corazón un sentimiento fundamental que domina desde allí, en forma total, mi espíritu y mi vida: ese sentimiento es mi indignación frente a la injusticia».
«Muchas veces he deseado que mis insultos fuesen cachetadas o latigazos para que dándoles a muchos en plena cara les hiciesen ver, aunque no fuese más que por un momento, lo que yo veo todos los días en mis audiencias de ayuda social».

3. LA REVOLUCIÓN IMPACIENTE
Todo empujaba a Evita para una radicalización permanente: su temperamento, su experiencia, la dureza con que la atacaba la reacción.
En contacto con las necesidades de los más pobres, que llegaban como un aluvión a su despacho de la Fundación, no despertaron en ella tanto la satisfacción por la tarea cumplida cuanto la indignación ante las causas de tantos dolores. Evita descubre la horrible verdad del Imperialismo, del Capitalismo y de la Oligarquía, no en los estudios eruditos, sino en las llagas tremendas de personas concretas, de niños y de mujeres sobre todo.
Comenzará a hablar obsesivamente de eliminar «una explotación de siglos»; y cuando defina la raíz de su combate, dirá con modestia e inteligencia que «no es tanto el amor por la justicia, cuanto la indignación ante la injusticia». Acusada de «resentida social» por el gorilaje, tendrá la audacia de aceptar y reivindicar este presunto insulto: «En lo que las obras son mías es en el sello de indignación ante la injusticia de un siglo amargo para los pobres… Dicen que soy una resentida social. Y tienen razón mis supercríticos. Soy una resentida social. Pero mi resentimiento no es el que ellos creen. Ellos creen que se llega al resentimiento únicamente por el camino del odio… Yo he llegado a ese mismo lugar por el camino del amor…’ (La Razón de mi Vida, pág. 213).
Una mujer como ésta no podía descansar en las primeras victorias. Si es cierto que se empeña en la defensa y la apología de lo realizado por el justicialismo, le parece siempre poco. Sus discursos no son nunca un canto a la victoria y a la paz, sino una proclama de guerra. Evita vive la militancia y la política como una guerra, como un combate mortal, donde el pueblo no habrá triunfado mientras no esté liquidado todo lo que es antipueblo.
Perón mismo ha evocado más de una vez su figura y su palabra inquietante y extrema: «Como decía la señora Eva Perón, las luchas de clase no terminan sino con la desaparición de una clase…».
Y la inquietud que Evita suscitaba, y el sentimiento de que pasaba los límites de lo sensato, que era una «extremista», invadía no sólo a sus enemigos sino a los presuntos aliados dentro mismo del bando peronista.
Por eso, cuando las diferentes tendencias dentro del Peronismo comienzan a «cristalizarse», cuando los sectores burgueses y burocráticos pretenden monopolizar el Movimiento, el enfrentamiento es irremediable.
Las oposiciones no salen claramente a la superficie, porque el «espíritu de cuerpo», la necesidad de defenderse mutuamente, impide un estallido de las fracturas latentes.
Pero desde la burocracia y los sectores burgueses la resistencia a Eva Perón crece. Se le acepta su trabajo en la Fundación, su figuración pública, todo lo que contribuya a la propaganda del Movimiento. Pero se resiste su participación política, su injerencia en la conducción y en la orientación fundamental del proceso.
Evita se siente literalmente «utilizada», como siente utilizados a los obreros, a sus queridos «descamisados», los que ella sabe son la fuerza del Peronismo y los únicos que lo representan totalmente. Valga solamente un texto, en cuyas entre líneas se perfila claramente el enfrentamiento: «Por eso, también algunas veces he cometido lo que para algunos quizá parezca una herejía, al indignarme, mientras recibía en mi despacho a muchos peronistas, especialmente a los descamisados, a los desposeídos contra aquellos peronistas que se han convencido de tener una personalidad que no tienen y que se creen superiores, cuando en realidad no somos nosotros quienes hemos de creernos superiores, sino que son los demás los que deben calificarnos. Ellos, suponiendo que son importantes y personajes indispensables, han olvidado a los peronistas «descamisados», al pueblo, al pueblo glorioso del 17 de octubre, que para salir a la calle no tuvo quien lo condujera, ni otro jefe que un coronel prisionero en Martín García. Por eso yo siempre he defendido y seguiré defendiendo a los humildes, porque fueron ellos los que defendieron. Fue el pueblo el que se dio cita, sin que nadie se lo hubiese indicado». «Por eso, cuando llegamos a una alta posición, por más alto que estemos, nuestro corazón nunca debe dejar de estar con el pueblo, y siempre hemos de sentirnos humildes».
«Esto es muy importante para los peronistas. Yo he sufrido una gran desilusión cuando he visto a hombres que siendo de la primera hora se han sentido personajes y se han olvidado del pueblo».
«Yo no llamo acordarse del pueblo a los que se acuerdan de él para utilizarlo políticamente, sino a los que quieren sinceramente a ese Pueblo».
«Yo, por ser una mujer del pueblo, creo tener una cierta intuición popular y sé quienes quieren honrada y lealmente a los descamisados y quienes pretenden utilizarlos políticamente». (Eva Perón, Historia del Peronismo», pág. 139/40).
El arma para «frenar» a Evita no es fácil de encontrar. En este proceso difícil y riesgoso, las oposiciones no pueden ser totalmente manifiestas. Se recurre al «bloqueo» interno de sus iniciativas, y externamente se infla el aparato de los elogios sin mesura, intentando ahogar en una nube de incienso sus inquietudes, sus críticas, sus impaciencias.
Pero ella no se deja engañar. «He dicho siempre que antes de ser una realidad, prefiero ser la esperanza de la revolución. Porque así seré la eterna vigía de la revolución. Y eterna vigía de la revolución es el título que aspiro a tener. Y para tenerlo, hay que ganarlo».
Los últimos meses de Evita acentúan este proceso y este enfrentamiento sordo. Acechada por la muerte, oscuramente consciente de su destino trágico, esta mujer que era aún casi una muchacha, se crispa en su resolución y en su violencia. Sus últimos discursos son cada vez más intensos, y allí fustiga como nunca a los enemigos, a la oligarquía, al imperialismo. Y también deja entrever los conflictos internos, las oposiciones veladas pero tenaces. Es la época en que el grito; «el Peronismo será revolucionario o no será nada», se repite en sus labios y sostiene su pensamiento.
No podemos saber aún con certidumbre el papel que jugó la burocracia en la gestación de aquel paso doloroso que se conoce como «el renunciamiento». Por cierto, no fue sólo la enfermedad de Evita lo que decidió aquella resignación. Y en el discurso de despedida, ahogada por mil presentimientos funestos, ha dejado un testamento de confianza en Perón y en el Peronismo; pero también un llamado ansioso a no traicionar a los descamisados, a «ser fieles a la clase trabajadora».
Toda revolución está siempre trabajada por intereses discordes; no existe en la historia concreta la revolución «monolítica» y perfecta. Ya hemos hecho más arriba el análisis de esta situación en el Peronismo. Toda revolución está además compartida por los políticos, los impacientes y los burócratas. Los «políticos», en el sentido noble de la palabra, son aquellos que tienen el sentido y la inteligencia de cómo se debe llevar un proceso con realismo y método. Los impacientes, a cuya «raza» pertenecía Evita, son el motor de la revolución, los que no se resignan a las claudicaciones, los que vuelven a las posturas radicales y a los objetivos puros cada vez que se enturbia la nobleza de «la causa». Los burócratas, en fin, son los que valiéndose de un presunto «realismo», declamando elogios a lo ya conquistado, condenando los «excesos» de los impacientes, quieren reducir la revolución a lo ya hecho, porque son los nuevos instalados, los que ahora tienen e! usufructo del poder, tos que no quieren arriesgar ni perder la seguridad de que disponen.
En el Peronismo, si Perón ha sido el político genial, el Conductor inspirado que ha sabido llevar el proceso con tacto y astucia. Evita ha sido líder del sector «impaciente», empeñada en rescatar al Movimiento de sus riesgos burocráticos.
Y por eso, aunque haya muerto, su consideración es imprescindible para entender y valorar al Peronismo. Porque en definitiva su «línea» representa una manera de entender y sentir el Peronismo, una actitud radical y combativa que no ha muerto con ella. Representa además una manera de vivir la lealtad a Perón y al Peronismo, que no consiste en la adulación o el servilismo pasivo, sino en la fidelidad a las primeras motivaciones y la sana impaciencia revolucionaria. Un modo agresivo de asumir la militancia, y una manera insobornable de encabezar la lucha del proletariado.

4. ¡Si EVITA VIVIERA!…
La muerte de Eva Perón marca una etapa en la lucha popular argentina. El pueblo, en sus sectores más desposeídos como en los grupos más combativos sintió su desaparición como una pérdida irreparable.
Con ella desaparecía no sólo una militante enérgica y temida, sino el reaseguro más valioso que había tenido la revolución peronista hasta ese momento.
El largo mes de su velatorio puso al rojo vivo las pasiones que en torno a Evita se habían suscitado.
La reacción lo interpretó como un gesto escandaloso, «impúdico»; como una muestra más de demagogia. (¡Demagogia las colas interminables de gente humilde, que espontáneamente soportaba 30 horas de plantón para ver por última vez el rostro de la compañera admirada!).
La burocracia, en sus sectores más claudicantes al menos, quemó abundante incienso, desató una fanfarria estruendosa, y se alegró secretamente de su desaparición. El rostro ya ambiguo del Peronismo se manifestaba así, y la despedía con una especie de trágico sarcasmo.
El pueblo, en fin, que la amaba de verdad, comprendió que algo irreemplazable se perdía. El testimonio impresionante de los días y las filas interminables, de las lágrimas sinceras, de la muchedumbre apretada en su congoja, son una prueba irrefutable. Se puede llevar por la fuerza a una delegación escolar; no se lleva a un pueblo entero.
Una mujer, sólo una mujer había muerto. Pero sin ninguna duda, la mujer más importante y de mayor gravitación en la historia argentina. La que aparte de su destino particular significaba la inauguración de una presencia nueva de la mujer en nuestra historia; la aparición de «la compañera» que comparte de igual a igual el destino y las luchas por transformarlo.
Sin lugar a dudas, y a pesar de sus defectos, Eva Perón constituía el esbozo y la prefiguración concreta de una «nueva mujer». Por eso escandalizó a los burgueses y entusiasmó a la gente del pueblo.
Su vida no se sustrajo quizás a las pequeñas miserias, a los pequeños enconos que la lucha suscita. Pero supo vivir la gran moral, la fidelidad a los grandes valores que dan sentido y nobleza a la vida: la justicia, la dignidad de todos, el servicio real y comprometido con los más marginados.
Algunos biógrafos han subrayado cómo sus rasgos, y sus gestos, y su voz se fueron endureciendo con el tiempo, lomando un matiz y una acentuación casi «viril». Digamos mejor que la lucha la «marcó» que hasta su belleza pagó el tributo de la actividad y la tensión con que vivía, que en ella se prefiguran también los rasgos de una nueva mujer: la que no se cultiva como una flor hogareña, sino como una camarada expuesta cotidianamente al sol y al vienta de la lucha política.
Su propia belleza, su propio cuerpo habrían de pagar más tarde la «culpa» de ser Eva Perón. Una belleza y un cuerpo respetados por la muerte, no serían respetados por sus enemigos. Como se sabe, el cadáver de Evita ha sido brutalmente profanado. ¿Qué oscuro atavismo, qué raíces del odio habrán nutrido la sangre y sostenido las manos del que tajeó un cuerpo sin vida y sin defensa? Ciertamente, el odio y el amor la han seguido más allá de la tumba, como un meridiano que dividiera las pasiones argentinas.
Si Evita viviera… ¡Seria Montonera! Hoy la muchachada, la juventud ardorosa y los grupos obreros combativos, levantan esa bandera. Para el hoy de la Argentina no dudan que la compañera ausente estaría en la primer avanzada, en el sitio más riesgoso del combate.
Y eso constituye hoy el «significado» de Evita. Más que un recuerdo nostálgico, un sentimiento y una actitud dentro del Peronismo. El sentimiento de que la lucha debe radicalizarse y debe darse al servicio de la clase trabajadora. La actitud de una lealtad que no se cifra en la aceptación pasiva de cualquier consigna, sino en la búsqueda de la trinchera más exigente y más metida en el corazón del enemigo.

Rolando Concatti

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