1. EL IMPERIALISMO ESTRUCTURA DE LA SOCIEDAD

Los sistemas de poder de los países latinoamericanos se constituyeron de manera «natural» en y sobre la estructura de una sociedad que fue formando se en sucesivas dominaciones de carácter colonial e imperialista. Los intentos exitosos y fallidos de romper con la dominación oligárquica siempre encontraron su principal obstáculo y a la vez su principal motivo de orientación política en las fuerzas sociales que habían provocado la incorporación de las naciones del continente como factorías en el mercado mundial capitalista. Durante más de cien años un grupo de potencias -Inglaterra, Estados Unidos, en menor medida Francia y Alemania- lucharon por la hegemonía y el control de estas áreas con el comercio, la inversión de capitales, la presión política y la intervención militar, contribuyendo a la formación de una red de intereses integrados al sis tema capitalista mundial, Latinoamérica fue el primer intento en el mundo de organización de la dependencia dentro de los marcos que posteriormente se llamaron neocoloniales.
En la actualidad, América Latina es un área exclusiva para la dominación norteamericana -exceptuando Cuba y actualmente Perú- que fortalece las estructuras de la dependencia a la vez que crea las condiciones para una integración más compleja y profunda que incluye, como elementos decisivos, un importante desarrollo industrial y la expansión de los servicios financieros centro lados desde los Estados Unidos. Los intereses europeos, definitivamente desplazados de una posición de control, mantienen y expanden su actividad económica en el área sin entrar en conflicto básico con la potencia mayor, aprovechando las condiciones creadas por la tendencia desarrollista de las clases dominan tes latinoamericanas en los últimos veinte años.
En la Argentina, desde que Inglaterra pierde el control del proceso, primero por la revolución peronista, y luego de su derrocamiento por la alineación de la Argentina dentro del área de influencia yanqui, la competencia económica europea no tiene efectos políticos decisivos sobre la hegemonía estadounidense; aún cuando en determinadas ocasiones tiene consecuencias coyunturales sobre la política de los grupos dominantes, fundamentalmente en el plano de su capacidad de negociación.
El desarrollo capitalista de América Latina se realizó en las condiciones de la expansión colonial mercantilista primero, del sistema de división internacional del trabajo impuesto por Inglaterra después; hoy la expansión imperialista y la «seguridad» para su mantenimiento como áreas dependientes están dirigidas desde los Estados Unidos. La característica básica de este desarrollo fue haberse producido en condiciones coloniales o dependientes y por lo tanto conformó a estas sociedades como complementos de los sistemas hegemónicos. El contenido económico de la situación de complemento se encuentra en el carácter desigual del desarrollo capitalista e imperialista y en la distribución des igual de poder que del mismo surge. Las potencias dominantes en el mundo unificado imperialista desarrollan ampliamente sus fuerzas productivas, su capacidad política y militar, su poderío financiero que, al ser aplicado en las áreas dependientes provoca una integración despareja de sus economías -en el aspecto cuantitativo- con apariencias arcaicas supuestamente precapitalistas. En consecuencia, las clases dominantes logran generalizar la idea de las etapas necesarias para alcanzar el desarrollo cuantitativo de los países «modelos» (ideólogia básica del frigerismo). En el plano sociopolítico surge una integración de la sociedad que asume formas cualitativamente diferentes a las conocidas en los países europeos y en los Estados Unidos. Esta integración sociopolítica al sistema imperialista mundial produce un ordenamiento, característico de los países dependientes, en sus clases sociales y en las manifestaciones políticas y culturales de las mismas que da nacimiento a movimientos nacionalistas de liberación. Estos definen en la práctica sus aspiraciones de soberanía y justicia social con contenidos no sólo distintos sino opuestos a los que caracterizaron a las organizaciones proletarias y socialistas de Europa.
A partir de aquí es una respuesta teórica, pero fundamentalmente expresión de la práctica histórica de los pueblos del Tercer Mundo, dilucidar la cuestión aparentemente opuesta que divide las políticas que pretenden erigirse revolucionarias, tanto en las metrópolis como en los países dependientes: o nacionalismo de masas o partido de clase.
La clase social no sólo es un agrupamiento empírico definido a través de índices más o menos exactos, sino principalmente un concepto histórico que se autoreproduce en la práctica colectiva: el trabajo social. La dogmática cristalizó ese concepto, lo convirtió en un dato empírico y al mismo tiempo, aunque parezca contradictorio, en un concepto metafísico, el proletariado universal y la burguesía universal. La clase social pierde por tanto sus contenidos concretos y se refiere, la mayoría de las veces, no a la clase misma sino a un modelo idealizado de clase que resume aspectos salientes de las clases en el período preimperialista. A esta clase cristalizada corresponde una ideología igualmente cristalizada que intenta convertir en universal el acontecer histórico y político seguido por los países europeos, desconociendo el proceso real de constitución de un imperialismo mundial. Ese modelo se «aplica» y evidentemente encuentra en la realidad fenoménica conjuntos humanos que se asemejan a él. Pero estos conjuntos humanos no son una realidad viva sino su manifestación inerte en el modelo.
El sistema imperialista produce una oposición radical a su dominio que se expresa en las revoluciones antiimperialistas y en los movimientos de liberación nacional. Los movimientos de liberación encarnan concretamente, prácticamente, la negación a la opresión del sistema sobre el conjunto vivo de la nacionalidad: el pueblo. El pueblo es la manifestación política, dinámica, del trabajo social acaparado por los imperialistas, de las posibilidades de trabajo social impedidas por los imperialistas, de la negación de sujetos de la historia producida por la dominación de pocos y que hoy es en escala nunca vista el sistema imperialista. El pueblo es la unidad política concreta que enfrenta al imperialismo, y en él las clases trabajadoras tienen papel fundamental en tanto ex presan prácticamente al sujeto social que devino objeto de explotación y uso: la nacionalidad arrasada y explotada. Junto a las clases trabajadoras otros sectores explotados reclaman su parte de nacionalidad oprimida que busca recuperar se. También forman parte del pueblo y éstos deben ser definidos en cada país y situación concreta pues la dominación imperial no es siempre y en todo lugar la misma, no siempre se ejerce de la misma forma sobre los mismos grupos o sectores de las clases medias y de los trabajadores asalariados no productivos.
Si bien los trabajadores son el sujeto de la Nación, la pretendida «lucha de clases» en el seno del movimiento popular no siempre acelera el proceso, en muchas oportunidades actúa como elemento frenador objetivamente al servicio de intereses extraños a los objetivos del movimiento. En este como en tantos otros casos la práctica de un proceso abierto va muy por delante de la concreción teórica del mismo. La historia reciente señala que la unidad popular es condición irrestricta de presencia política decisiva; mientras la disolución del movimiento en tantos sectores como clases y entidades corporativas (estudiantes, iglesia, militares, etc.) existen en él actúa como elemento político del sis tema que se defiende.
Los teóricos clasistas enfrentan al movimiento real con afirmaciones y políticas que persiguen por caminos inexistentes lograr el objetivo común. Pero la inexistencia de esos caminos, de esas realidades, lleva a su formulación a un callejón sin salida que sirve al mantenimiento del orden. El problema es si el nacionalismo popular, que identifica en el poder recuperado para el pueblo a Estado – Nación – Movimiento de Masas, puede o no (debe o no) plantearse de modo clasista dogmático el proceso político de liberación. La respuesta a este interrogante es que en la actualidad el movimiento popular de liberación no debe plantearse como movimiento o partido de clase, sea este planteo hecho de manera dogmática o no.
La prioridad histórica de la Nación oprimida sobre la clase surge en las luchas políticas argentinas en los movimientos de masas. En tanto el movimiento peronista resulta de la incorporación masiva de la clase trabajadora a la lucha por la liberación, expresa la forma más elevada que esa lucha asumió en la historia nacional. El movimiento de masas con la participación esencial de los trabajadores que otorgan un contenido radicalmente revolucionario al mismo no puede descomponerse fácilmente entre sus integrantes. Los grupos que defeccionan se apartan del movimiento y pasan a ser peones del régimen, mientras el movimiento busca caminos más elevados de organización para dar el asalto final al sistema. Las luchas parciales o generalizadas desarrolladas en quince años de oposición muestran la existencia decisiva del movimiento peronista y señalan el camino para profundizarlas y llevarlas adelante con buen resultado.
La oposición entre clase y pueblo o entre clase y nación sólo trae consecuencias funestas al proceso político liberador; quienes se enfrentan al movimiento popular muestran desde distintos ángulos, «burgueses» o «proletarios», que el movimiento debe ser disuelto en las distintas clases que lo componen. La unidad del movimiento popular es el mismo pueblo que lo constituye y que en las luchas por su liberación deviene nacionalidad recuperada, sujeto histórico de su destino. La clase misma deviene sujeto nacional, en tanto encarna a la Nación en su lucha por liberarse. El proceso de devenir nacional es un proceso político resultado de la dominación imperialista en el que la clase supera las determinaciones clasistas, económicas y políticas, para fundirse en el proceso político decisivo, la liberación nacional.
Esta definición de pueblo es pragmática sólo en apariencia o frente a un dogmatismo metafisico que no busca entender la realidad desde el mismo proceso productor, sino desde esquemas teóricos vacíos que se aplican sobre la realidad objeto, definida no en sí misma sino desde la teoría. En la realidad histórica no existen impulsores fuera de los productores sociales mismos, y estos crean sus propios mecanismos superadores de la realidad presente; así como los imperialistas crean los suyos, instituciones, para defender un orden social y donde necesariamente se da la lucha por el poder. El análisis de esos mecanismos políticos, contrapuesto al análisis civil de la sociedad que sólo la entiende económica o socialmente como la clase o el pueblo en general, es el tema de los apartados 3. La política y los sistemas de poder en la sociedad dependiente. Análisis civil y análisis político, y 4. Crítica de los sistemas de poder alternativos. El nacionalismo de masas.

II
No hubo deformación en el desarrollo latinoamericano, en tanto no existe una manera pura e incontaminada de desarrollo social, sino incorporación en una época histórica determinada al sistema capitalista y con las consecuencias que su permanente subordinación impuso a estas sociedades. El desarrollo capitalista mundial fue formando y modificando a las sociedades en las condiciones que ese sistema universal de fuerzas iba colocando a cada una. No existe una manera definida y única de acceder al capitalismo, las distintas naciones van incorporándose prematura o tardíamente como apéndices o en oposición a la potencia o grupos de potencias hegemónicas. Este proceso está históricamente cerrado, el capitalismo adquiere carácter universal en el siglo XIX. Después de la derrota de los «imperialismos tardíos» (Alemania, Italia y Japón), la aparición y consolidación del mundo socialista y las luchas de liberación e independencia del Tercer Mundo limitan geográficamente la ampliación de los imperios, imponiendo una nueva forma de penetración caracterizada por la integración vertical y mundial de las economías del sistema.
La integración vertical de la dominación imperialista encuentra su cúspide en los monopolios y el Estado yanqui. Las áreas desarrolladas de Europa compiten y a la vez se someten a la potencia hegemónica. Sus posibilidades económicas de expansión se encuentran limitadas por el poderío económico y político de los Estados Unidos. La no responsabilidad directa o inmediata en la política neocolonial y en el mantenimiento de la seguridad del sistema, hace de Europa Occidental y Japón un campo atractivo para ciertos grupos que tratan de limitar el poderío yanqui en las naciones del Tercer Mundo y en especial Latinoamérica. Por otra parte produce internamente en Europa un florecimiento de las políticas reformistas, que tienen amplio margen pues el terrorismo monopólico contra las áreas dependientes está en manos de los norteamericanos. Solo estos últimos aparecen como «verdaderos» imperialistas, Europa no es responsable y puede afirmar una nueva sociedad -la sociedad industrial- que mostrará a la humanidad sus posibilidades. Este social-imperialismo disfrazado actua sobre las conciencias de las clases trabajadoras europeas de los países más desarrollados» y también sobre tendencias políticas de contenido liberal que bus can expresarse en las áreas dependientes, ocultando la responsabilidad real de estos países y su papel estabilizador efectivo del sistema. Al abandonar el primer plano y colocar supuestamente en la historia su reciente pasado colonialista, Europa Occidental se beneficia económica y políticamente de su posición subordinada y puede permitirse «lujos» que son internos al sistema y que resultan de la gran capacidad productiva alcanzada en el presente por la sociedad imperialista. El reformismo europeo y el izquierdismo liberal en los países del Tercer Mundo objetivamente expresan políticas contrarias a las luchas antiimperialistas de los pueblos.
Los imperialistas constituyen sistemas políticos, militares y culturales cada vez más estrictos en las naciones dependientes, de contenido aparentemente universalista y claramente apatrida, basados en técnicas «racionales» de control, acelerando la reacción de las clases populares que ingresan masivamente a la lucha liberadora. Esta incorporación del Tercer Mundo a la lucha por la emancipación y contra el sistema más «avanzado» que conoció la humanidad, se realiza directamente desde el aislamiento provinciano y tradicional sin cubrir las etapas ideológicas que los formalistas atribuyen a los movimientos históricos. Este movimiento popular liberador a la vez del aislamiento provinciano y del universalismo imperialista, que en lo que va del siglo se generalizó en tres continentes, marca el contenido opuesto de la época histórica imperialista y se orienta fundamentalmente en su lucha a lograr el pleno desarrollo de la capacidad colectivamente creadora de la Nación. Al universalismo apatrida de los imperialistas se opone la voluntad nacionalista de los pueblos.
Existe en algunos medios la opinión que el imperialismo es una forma espúrea de desarrollo capitalista que puede ser eliminada con controles colectivos, que garanticen al mismo tiempo la libre competencia -y por tanto elimine el peligro monopolista- y la actividad pacífica orientada a promover el bien general. Estos defensores del capitalismo de libre competencia, del capitalismo filantrópico o del capitalismo «nacional» para los países subdesarrollados, ignoran o pretenden hacerlo que las leyes del desarrollo capitalista llevan necesariamente al dominio de los monopolios, en tanto capitalismo es sinónimo de monopolio privado orientado hacia el lucro a través del mercado, y este es un asunto que hace ya más de un siglo que está históricamente comprobado. «El imperialismo no es un asunto de elección para la sociedad capitalista; es el modo de vida de tal sociedad».
La consecuencia, causa a la vez, del desarrollo imperialista es el carácter desigual de este proceso que culmina en el dominio de ciertos y determinados países, constituidos e integrados por el régimen de los monopolios, sobre las restantes áreas del globo. Los frutos del progreso humano se concentran en ese polo social y nacional, mientras la mayoría de la humanidad, ubicada en estados-naciones estrictamente definidos, se encuentra despojada del producto social. La producción de una sociedad capitalista necesariamente lleva a la constitución de un sistema imperialista, es imposible una alternativa capitalista no imperialista en sus objetivos finales. Como ejemplo basten J.J. Servan Shreiber en Europa (El desafío americano) y los editoriales de Roberto Noble y del diario Clarín de Buenos Aires (Argentina potencia mundial) para nuestro país. Tambien la política pretendida por la «revolución argentina» de constituir un pequeño imperio en el cono sur de América, pero ese es tema del apartado siguiente, 2. Imperialismo y dependencia. Aspectos económicos de la dependencia en la Argentina. Así como es falsa la alternativa capitalista no imperialista, también es absolutamente falso su correlato político liberal, el régimen pacífico y democrático. El imperialismo, también como estrategia básica de seguridad en una época de guerra global, impulsa un sistema dictatorial y violento en los países que sufren su dominio, aún cuando aparece vestido con ropajes pacíficos en los países imperialistas metropolitanos (cada vez menos).
El imperialismo es el modo de vida de la sociedad capitalista contempo ranea, su estructura determinante. En consecuencia, los países dependientes del Tercer Mundo y de América Latina en particular son estructuralmente imperialistas. La Argentina soporta una estructura imperialista que se fue articulando haciéndose cada vez más abarcadora a lo largo de su desarrollo como nación jurídicamente independiente, proceso que consolida su primera etapa hacia 1880 con la conquista del desierto y la presidencia de Roca. Esta formación como nación jurídicamente independiente se realizó en función de la dinámica económica y política promovida por el centro metropolitano inglés desde el siglo pasado hasta la segunda guerra mundial, y por el centro metropolitano yanqui en los últimos quince años. La segunda etapa se realiza con las teorías desarrollistas como bandera, en especial durante la presidencia de Frondiziy el actual gobierno. Esta dinámica imperialista constituyente de la sociedad tiene que ver con la capacidad financiera y la rentabilidad de ciertas inversiones, con la existencia de reservas de materias primas, con estrategias político-militares d e dominación y mantenimiento de áreas de influencia y seguridad, etc. En este marco decimos que el imperialismo es la estructura, constituye el modo de vida de la sociedad dependiente.
El imperialismo no es un factor más, ya que una teoría de los factores, aun cuando se refiriera al factor más importante, supondría que el imperialismo es una manifestación de un modo de vida determinante (no imperialista) y no el modo de vida mismo. Ni es un problema exclusivamente político en el sentido estrecho de superestructura -o de política económica y financiera-, de yuxtaposición de sociedades autónomas, que se soluciona con medidas legislativas de corte nacionalista, es decir, no es un problema de influencia o influyentes al ser vicio de potencias extranjeras exclusivamente. Ni tampoco es primordialmente un factor interno; el imperialismo como estructura tiene poco que ver con el imperialismo como problema interno. Los centros hegemónicos son indudablemente extranjeros -en la Argentina anteriormente fue Inglaterra y hoy los Estados Unidos- pero han integrado a las sociedades nacionales a través de una compleja red de relaciones económicas, políticas, culturales, etc., de modo tal que conforman a la sociedad nacional y producen localmente clases sociales, sistemas culturales y de poder político vitalmente vinculados al proceso de desarrollo y dominación Imperial. Al mismo tiempo el imperialismo crea su negación dialéctica: los movimientos de liberación nacional. Puede ser que para los norteamericanos el imperialismo sea al mismo tiempo la estructura de su sociedad y un factor interno, y eso con limitaciones si consideramos la red de intereses internacionales de carácter múltiple que se mueven desde y hacia los Esta dos Unidos y son garantía de su existencia como potencia imperial. El carácter interno del imperialismo en los Estados Unidos está dado por la localización interna del centro hegemónico (político y económico) y no por las necesarias relaciones de dominación que abarcan todo el mundo imperialista contemporáneo.
El desarrollo de las sociedades nacionales dependientes en América La tina como parte opuesta y unida al proceso universal de desarrollo capitalista, tiene estrecha relación con la transferencia de poder de la antigua potencia imperialista, Inglaterra, que fue modelando el desarrollo social de estos países, hacia la nueva potencia dominante, Estados Unidos, que asume su poder sobre la sociedad constituida como apéndice inglés para transformarla y a la vez continuar manteniéndola en sus estructuras coloniales. Mantiene la estructura dependiente, el modo de vida modelado por el imperialismo inglés, y al mismo tiempo produce transformaciones que resultan de cambios sectoriales en los polos de interés de los monopolios imperialistas:
a) inversiones en industria, comercio, finanzas, turismo, etc. que reemplazan a los antiguos sectores agroexportadores en el favor de las grandes potencias sin desplazarlos totalmente como fuerza social conservadora, surge una nueva oligarquía industrial y financiera;
b) transferencias políticas que permiten el surgimiento de nuevas tendencias ideológicas -el desarrollismo- y el crecimiento de la influencia tecnocrática;
c) transformaciones militares que provienen de la mayor importancia otorgada a la seguridad del frente interno, del progreso tecnológico y la capacidad de combate incrementada por las nuevas armas, por el mayor interés en promover programas de asesoramiento y ayuda en un país que en otro anteriormente favorecido, o el predominio en los favores imperialistas de un arma sobre otra dentro del mismo país. En la Argentina la marina de guerra, tradicionalmente bajo la influencia de Inglaterra, recibió mayores favores que otras armas; éstos correspondían a un esquema distinto de dominación mundial basado en el comercio exterior. En la actualidad, el ejército se incorpora como arma favorecida por los Estados Unidos en la situación de guerra civil mundial antiimperialista, sur ge como principal factor de mantenimiento del frente interno y garante para el mantenimiento del orden imperial en la Argentina y países limítrofes.
El economista mexicano Alonso Aguilar Monteverde define así esta cuestión que llama «dependencia estructural»: «En el caso de Latinoamérica, podría hablarse más bien de una dependencia o subordinación estructural, es decir, de una dependencia que es económica, tecnológica, cultural, política y aún militar a la vez, que influye grandemente en la fisonomía de toda la estructura socioeconómica y que, en particular, condiciona muchos de los rasgos principales del sistema y del proceso de desarrollo… En otro sentido la dependencia es «estructural» porque, bajo el imperialismo, la existencia de países sometidos o de pendientes se vuelve un elemento integrante, orgánico, esencial, del sistema económico.,. El proceso de expansión del capitalismo adquiere una magnitud internacional cada vez mayor y que al convertirse el mercado en un mercado mundial, se incorpora definitivamente a los países dependientes a su seno y a sus normas, como parte integrante de la estructura del capitalismo y el imperialismo».
Theotonio dos Santos (op. cit.) al analizar este proceso de integración mundial muestra uno de los elementos integrad ores básicos: la uniformación cultural, técnica, ideológica, causada por el desarrollo de los medios masivos de comunicación. Especialmente la televisión controlada en los países de América Latina por dos o tres cadenas con sede en los Estados Unidos (A. B, C, C. B. S.); la igualación de los sistemas de enseñanza por acuerdos de cooperación técnica y educacional con centros culturales norteamericanos; las agencias de publicidad también controladas -o imitadoras- por redes internacionales que trabajan para grandes empresas multinacionales, etc. La ofensiva imperialista en este campo se orienta a crear condiciones de «consenso» que garanticen la seguridad de su dominio. El desarrollo industrial y tecnológico que provoca la nueva estrategia imperialista de promover la actividad industrial monopólica, crea demanda de técnicos y administradores para esas empresas. Se constituye entonces una nueva capa social incorporada totalmente a las perspectivas del mantenimiento de la sociedad imperialista. Sus fines son los mismos que los del sis tema, aunque a veces entren en contradicción debido a las trabas que la situación subordinada crea a su desarrollo y a la voluntad de expansión y poder dirigente producida en esa capa social por el desarrollo monopolista. Esta voluntad expansionista frustrada aparece con claridad en las formulaciones doctrinarias del Ateneo de la República, en los cursos de oficiales de las fuerzas armadas, y fue uno de los caballitos de batalla del frondicismo para lograr la adhesión de los grupos tecnocráticos y empresariales de nuevo tipo.
La misma acción del imperialismo puede convertir a sectores que expresan este expansionismo frustrado que se mueve dentro de los limites de seguridad del sistema -especialmente en las fuerzas armadas- en una oposición que ponga en peligro la estabilidad del régimen y aun que llegue a derribarlo. Sin embargo, la única garantía es el movimiento de masas que impulsa la crisis, muestra la verdad del dominio imperialista y finalmente controla y es el sujeto de la nueva política en el poder. En caso contrario, el sistema vuelve a estabilizarse sobre bases un poco distintas (sobre este tema ver 4. Crítica de los sistemas de poder alternativos. El nacionalismo de masas). Es evidente que la práctica liberadora de los pueblos del Tercer Mundo exige una absoluta ausencia de dogmatismo respecto del tema Fuerzas Armadas. El empirismo liberal que dice «si hasta ahora generalmente fue así (en los países metropolitanos) entonces debe seguir siendo igual (en todo el mundo)» provoca un falso entendimiento de la realidad en todos los campos donde se expresa. El proceso abierto por los pueblos del Tercer Mundo, por su carácter abierto y creador, puede deparar todavía muchas sorpresas; mientras un mundo cerrado, parasitario, como son los países europeos, ya ha dejado de pertenecer al lado activo de la historia y poco puede esperarse de él, excepto su transformación revolucionaria por las masas que asuman la perspectiva liberadora del Tercer Mundo. La práctica colectiva muestra una realidad siempre cambiante frente a las nuevas formas que el imperialismo adopta, y por otra parte los límites del movimiento popular -o la ausencia de límites- se encuentra en el carácter de masas de dicho movimiento.

III
Una vez reconocido el papel decisivo de la «estructura imperialista»,que a su vez es la determinante de las formas que asume la lucha contra ella, debemos definir sus componentes -o significados- para dejar en claro nuestra posición al respecto.
En primer lugar se encuentra el carácter histórico del imperialismo y de su necesidad de incorporar áreas dependientes a la dominación. En un doble sentido la «estructura» es histórica. Es histórica en su sentido más profundo -modo de vida- en tanto la dominación del imperialismo es un proceso que culmina en época relativamente reciente, siendo precedido por sistemas expansivos que, debido al escaso o relativo desarrollo de su capacidad productiva y de control, no pudieron «estructurar» un sistema universal. Y en el sentido que la «estructuración» del mundo contemporáneo, el predominio de lo formal y su poder de ocultar y a la vez limitar la relación social, es la consecuencia del poder creciente de la organización capitalista del mercado sobre el conjunto social, especialmente sobre su lado activo, el mundo del trabajo. Esta capacidad de encuadramiento total de la actividad humana por la sociedad imperialista es un acontecimiento realmente único en la historia.
En el primer sentido de la estructura, como proceso determinante de la sociedad, el imperialismo no está libre de contradicciones. El hecho de ser estructural no significa que controle en forma absoluta y eficaz al conjunto de las fuerzas del sistema (sin considerar en este caso a las fuerzas que luchan por destruirlo). Por su propia naturaleza el imperialismo no puede superar el predominio del interés privado, y por tanto no puede evitar la competencia y las luchas internas por afianzar el poder de grupos en el sistema. Por otra parte, sur gen permanentemente grupos capitalistas que intentan romper la subordinación y alcanzar posiciones de privilegio; para ello no vacilan en aliarse -llegada la circunstancia- con fuerzas enemigas del orden constituido, con la sana esperanza que finalmente lograrán controlarlas si alcanzan sus objetivos de poder. Es ta lucha se produce permanentemente -y espontáneamente- tanto dentro de una misma nación como entre naciones competidoras.
Esta contradicción dentro de la misma estructura imperialista se caracteriza en el plano de las ideas políticas, entre otros, por el slogan «hacia el cambio de estructuras». En los países dependientes las fuerzas consideradas como burguesía nacional proponen en forma permanente ese cambio como medio para librarse de los controles monopolistas, o como medio para afianzar sus propios controles monopolistas. Esta lucha adquiere caracteres sectoriales: se lucha por una mayor independencia en el sector externo de la economía, por la eliminación de trabas impositivas que perjudican a un sector para favorecer a otro, lucha entre sectores agrarios vinculados a la comercialización interna de sus productos y aquellos que producen para la exportación, lucha de empresarios nacionales contra empresas extranjeras que compiten con ellos, etc.
Las contradicciones aparecen también en el plano de la concentración, como lucha entre los capitales más concentrados y los menos concentrados, entre explotaciones de carácter extensivo y centralizador de propiedades por un lado, frente a explotaciones que hacen rendir intensivamente el adelanto tecnológico, por otro. De acuerdo a la orientación de su producción, la diferente realización del producto incorpora una nueva contradicción entre industrias para industrias e industrias para el consumo. Las fuentes de financiamiento pueden ser factores de contradicción, a partir de las actividades financiadas por el con sumo interno y aquellas financiadas por centros bancarios internacionales que tienden a desplazar a las primeras.
Estas fueron contradicciones económicas entre clases poseedoras, aun que orientadas a establecer una situación de control que permita continuar con los buenos negocios; existen también contradicciones políticas que no siempre son una consecuencia de las primeras, aunque asuman la defensa de las mis mas para lograr poder. Siempre el poder tiene el objetivo de mantener y solidificar el sistema imperialista en estos casos. El frondicismo es un gran ejemplo del uso de las contradicciones económicas señaladas con la finalidad de obtener acceso al poder para alcanzar niveles más altos de integración imperialista. La Unión Cívica Radical del Pueblo manejó el nacionalismo liberal de la clase media como instrumento para mantener intocadas ciertas formas de dominación imperial que tendían a ser desplazadas por el desarrollo moderno del imperialismo. La «revolución argentina» supera esta lucha que tendía a desgastar la dominación monopólica para asumir directamente, sin intermediarios políticos, la política de los grandes monopolios industriales y financieros. Este movimiento contradictorio del sistema se expresa también en las fuerzas armadas, mezclando sentimientos expansionistas sobre los países limítrofes a una subordinación profesional y técnica frente a los centros rectores. El problema de es te conjunto de contradicciones es que a largo plazo la lucha entre facciones del sistema tiende a reforzar la estructura imperialista de la sociedad.
Como las contradicciones no se producen únicamente entre fuerzas del sistema sino además y especialmente con las fuerzas que tienden a destruirlo, el análisis formal y exclusivo de las contradicciones internas no tiene valor como análisis real. Las contradicciones internas del lado apropiador, no productor, se desarrollan en una relación de fuerzas dentro de la cual son una contra dicción más y no la de mayor importancia. Las fuerzas del régimen se encuentran limitadas y modificadas permanentemente por la presión de las masas y en un grado superior por el movimiento de liberación que tiende a destruirlas. La incorporación posible de alguna de estas fuerzas al movimiento de Liberación es su destrucción real en tanto adoptarían un contenido radicalmente opuesto al anterior.
El capitalismo produce la estructura como organización parcelada, unilateral, de la vida. Es el mercado quien da valor a los hombres, cuantificando y jerarquizando burocráticamente las capacidades colectivas en función del mecanismo económico-político que lo sustenta. El hombre es según su posición, y ésta se define monetariamente por los resultados de su actividad parcelada. La conciencia es una conciencia individual, el ser social se diluye en la organización profesional y económica de la sociedad. En la sociedad imperialista la conducta humana así definida, y así pretendida constituir, está fijada por un ordenamiento jurídico-policial cada vez más abarcador. Los controles y reglamentos alcanzan cada vez más parcelas de esta vida escindida. El poder imperialista mundial se basa de modo creciente en la organización burocrática y el terrorismo político.
El modo de vida imperialista, su estructura, aparece en sentido diferente como organización y encuadramiento de las cosas y de las personas. Estas últimas también como cosas-objeto de manipulación y uso, derivadas de una práctica histórica explotadora. Las personas, los hombres social y productivamente considerados, son encuadrados como elementos, individuos escindidos y parcializados de una organización trascendente y coactiva que domina, limita y parcela. El ser social es percibido como conjunto de individuos, de esta manera se supone la existencia exterior e independiente del «todo social» que les da sentido. En la concepción de origen liberal que asume el sistema imperialista como propia, el individuo aislado significa: 1) ubicación en un entorno que otorga sentido a su acción (sociedad civil y Estado), 2) la exterioridad y trascendencia del todo social que lo define (ideología del poder imperialista que encarna a la «razón»), 3) la imposibilidad individual -de a uno o todos sumados, en tanto colectividad es igual a suma de individuos- de producir una modificación racional de esa totalidad trascendente (el problema del orden y la razón).
La sociedad capitalista ha descubierto al individuo y por tanto aparece como la última etapa del desarrollo humano, de su racionalidad. Los desarrollos posteriores o son materiales o son de capacidades subjetivas individuales; el ser del hombre se redescubre subjetivamente como actividad de la conciencia individual que percibe la trascendencia de las cosas. El burócrata -modelo de hombre imperialista contemporáneo- ya no tiene nada que ver con la producción de la realidad.
Las matemáticas y la psicología, aparentemente opuestas, expresan la ideología del sistema. Un activismo psicologista, irracional, basado en la satisfacción o frustración personal, que no puede trascender ni modificar racionalmente al todo cuantificado del orden imperial. De los límites de este sistema parasitario no se tiene noción, excepto por una actividad intelectual burocratizada que lo ordena. Esta actividad no es producción, en tanto la producción -resultado de la actividad genérica del hombre, el trabajo- es la única que no tiene límites y crea la verdadera razón. La totalidad exterior y superior se mueve por sus propias leyes, en principio desconocidas y autónomas respecto de los hombres; la ciencia las va descubriendo de a poco, pragmáticamente (utilidad y actividad individual), nunca del todo. El mundo se revela como dado -metafísico- que va apareciendo a los hombres azarosamente; ese dado natural impone la organización de los individuos como mecanismos de sustentación de un sistema (imperialista) que se oculta y, en vez de causa real de esta organización, aparece como efecto inevitable.
Los defensores de la «estructura» aparecen como los defensores de un sistema histórico explotador. El dominio de la «estructura» sobre los hombres tiende a destruir el ser social, pretende mantenerlo en un infantilismo irresponsable subordinado al orden institucional o a las transformaciones sectoriales de la economía. Los hombres reales y vivientes, el pueblo trabajador de las sociedades dependientes, se transforma en «recursos humanos», o factores de producción, que deben planificarse para el mejor fin del orden social. En esta concepción burocrática del orden social, los centros de decisión imperialista cuentan con un gran ejército de técnicos, administradores y burócratas que son los encargados de llevar adelante esta planificación «racional» de los recursos humanos y naturales que cuenta la sociedad dependiente. La integración de la burocracia y los tecnócratas de cada país al orden imperial internacional, y a sus centros de decisión metropolitanos, son elementos principalísimos para definir a la «estructura» en este segundo sentido. Aclaramos que por burocracia entendemos a los que desarrollan actividades -administrativas, no productivas- privadas, estatales y de seguridad, todas tendientes al mantenimiento y desarrollo del sistema.
La sociedad imperialista metropolitana muestra la importancia creciente de grupos parasitarios y no productivos como consecuencia del tipo de expansión de su economía sobre las áreas a las que explota y mantiene sometidas. Creando permanentemente, por la resistencia que provoca, nuevos sectores parásitos -administrativos y militares- que ayudan a su perpetuación; en el mismo sentido actúa el desarrollo de la automación al impulsar contingentes de trabajadores fuera de la producción que son incorporados en nuevas áreas no productivas. En tanto esta masa creciente de «asalariados» se apropia de una pro porción cada vez mayor del excedente, el imperialismo aparece para algunos ideólogos del sistema como mal negocio, embelleciendo entonces lo que llaman tendencias pacíficas o no coloniales del mismo. El ejemplo argentino clásico de ideología del imperialismo «bueno» es Rogelio Frigerio.
Estas opiniones basadas en la «coexistencia pacífica» ocultan el problema económico esencial: la masa creciente de utilidades brutas producto del desarrollo y expansión de los volúmenes operativos de las corporaciones y del con junto de actividades no directamente económicas -fundamentalmente militares y políticas- conexas a las primeras. Esta expansión y concentración, local en los Estados Unidos e internacional en todas las áreas sometidas a su influencia y dominio, bajo la forma de «conglomerados» (ver Censo Furtado) reproduce a su vez una gran masa de utilidades totales, un excedente distribuido entre sectores no productivos, y una gran liquidez financiera. Este proceso monopolizante provoca necesariamente una nueva expansión de las inversiones donde existan oportunidades y seguridad, abarcando nuevas ramas de la producción, adquiriendo empresas o estableciendo nuevos negocios. Por otra parte, el desarrollo tecnológico impulsa una rápida sustitución de bienes de consumo que produce y reproduce ampliado el volumen de producción. El terror imperialista, su violencia intrínseca, es necesaria para el mantenimiento y expansión de un sistema así constituido.
La complejidad del sistema imperialista y la violenta lucha que debe desarrollar en todos los planos para mantenerse, provoca una ramificación desde la cumbre de todos aquellos ámbitos especializados que se han ido desarrollando y que continúan especializándose cada vez más. La especialización y la autonomía operativa de los compartimientos específicos no es contradictoria con la unificación política de los mismos. Aún más, su especialización contribuye a una mayor eficacia política del sistema y a una menor conciencia (especializada) de esa utilización central. La estrategia global es la «verdad» por excelencia del sistema imperialista que busca perpetuarse. A ella se subordinan todos los aspectos parciales de la actividad administrativa y de control, los desarrollos científicos aparentemente autónomos, y principalmente, la actividad política y militar que garantice el mantenimiento del orden imperial vigente.
Los movimientos de liberación nacional rompen con la estructura en los dos sentidos de su manifestación concreta. Liquidan el orden imperialista y con él el dominio de los monopolios sobre la sociedad. Y terminan con los moldes que limitan y parcelan la creatividad colectiva del trabajo social. En los movimientos de liberación se constituye el ser social como ser integral opuesto al individualismo parcelado de la sociedad imperialista. El sujeto colectivo pasa a dirigir (producir) conscientemente a la nueva sociedad. Este sujeto colectivo, el ser social de los pueblos que luchan por liberarse, se expresa revolucionariamente en la conciencia nacional y en la construcción de la sociedad nacional independiente. Los movimientos de liberación no están por el cambio de estructuras (concepción burguesa, economicista, de la vida), sino por la destrucción de las estructuras de la explotación, en el primer sentido; y del parcelamiento y encuadramiento de la vida humana, de su control exterior, en el segundo sentido de la estructura.
La impersonalidad de la historia, regida automáticamente por el mecanismo económico del mercado, es un producto de la sociedad capitalista de libre competencia. Las fuerzas sociales de esa época se encontraban impotentes frente a un mercado anónimo compuesto por multitud de productores. Este período relativamente corto en el devenir humano, se convierte por obra y gracia de la burguesía, en el módulo explicativo del devenir histórico de la humanidad. El imperialismo, en cambio, concentra poder económico, político, militar y cultural; en él la historia tiene un sentido claro y definido que es otorgado a los imperialistas por la concentración de las decisiones en un grupo específicamente delimitado. Esta concentración de las decisiones en el centro rector metrópolitano y en los Estados satélites es claramente política, en tanto expresa la voluntad y necesidad intrínseca de control integral sobre la sociedad. La existencia de un «interés» económico en el mismo no refuta la afirmación anterior, en tanto la causa económica no puede reducirse al interés de una clase social, ni siquiera a la necesidad objetiva de expansión económica para su subsistencia como clase. La voluntad y sobre todo la capacidad de imponer esa necesidad e interes de la clase monopolista es un hecho político y como tal domina el proceso histórico contemporáneo.
A esa voluntad y capacidad de control monopolista se opone una voluntad y capacidad colectiva y popular de romper el control y las fuentes de interés imperialista, destruyendo el orden imperial para crear un nuevo modo de vida radicalmente distinto. Esa voluntad y capacidad colectiva de liberarse es también esencialmente un hecho político. Aunque evidentemente existen razones económicas que impulsan a los pueblos a la lucha, esas razones no aparecen en cualquier momento para producir el hecho liberador, aparecen cuando las estructuras del poder imperialista se generalizan en el mundo, habiendo clara conciencia que esas estructuras de poder son las causantes de la miseria popular. La lucha anticolonialista y antiimperialista de los pueblos expresa la voluntad de liberarse de una opresión que es destructora de los modos de vida populares preexistentes a la dominación imperial y por tanto limitados en cuanto a sus posibilidades. Al mismo tiempo este sistema de dominación es constituyente de un modo de vida imperialista. Las transformaciones y la organización social en los países dependientes producidas por el imperialismo son hechos complejos que deben analizarse en el aspecto económico, político y cultural para entender el significado y las razones de los movimientos populares de liberación.
Es el modo de vida imperialista quien al generalizarse produce oposición y lucha, y ésta es el resultado de la necesaria identidad de ambos polos opuestos. La total ausencia de poder sobre sus vidas, sobre su desarrollo cultural, sobre su realización nacional soberana, se convierte en la concentración de esa capacidad, de ese poder, en las manos de las clases y naciones imperialistas.

Roberto Carri

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