Con “Ser Social y Tercer Mundo” nos habíamos propuesto abundar en argumentos a favor de la Tercera Posición Justicialista; esto es, reafirmarla en su condición de la mejor luz que ilumina la esencia del Tercer Mundo y le orienta en su derrotero, y, a la vez, dejar sentado que sus proyecciones afectan los supuestos más queridos de la llamada “Civilización Europea”.
Al ubicarse a sí mismo como “tercera posición”, el Justicialismo rompe el supuesto non plus ultra de la alternativa “liberalismo o marxismo”, y se equipara con ella en calidad de verdadero núcleo polarizador. Con ello, el Justicialismo se convierte en una doctrina de total fidelidad a las luchas de afirmación nacional, porque, al afirmar que existe una “tercera posición”, está afirmando la irreductibilidad de un “tercer mundo”; y con la afirmación de esta irreductibilidad, se cierran todas las puertas al desprecio por dichas luchas, táctica tradicional de los imperialismos, que se instrumenta por la vía de afirmar la existencia de un mundo único, cuyo proceso de unificación se identifica con la expansión de la Razón, que es la expansión del liberaimperialismo, también idealizado por el marxismo originario. Y todo lo que signifique marginarse y no incorporarse a este proceso cae en el ámbito de lo irracional.
La fidelidad total a las luchas de afirmación nacional que trasunta el Justicialismo, responde a que asume sin concesiones el hecho de que la lógica de la sociedad humana es la lógica del enfrentamiento de dos mundos que, en estos últimos siglos, se constituye, por un lado, sobre la base de los sucesivos adalides de la realización de la Razón liberal, y, del otro lado, sobre la base de los pueblos que en su organización y su lucha, sintetizan su anti individualismo y su impermeabilidad al liberalismo con la voluntad de resistir a todo menoscabo a su soberanía ante los imperialismos. Viene afirmando Perón: “la historia de los pueblos, desde los fenicios hasta nuestros días, ha sido la lucha contra los imperialismos”; ya no la realización de la Razón ni tampoco “la historia de las luchas de clases”.
La fidelidad a las luchas de afirmación nacional no se conserva sólo por el hecho de que la unidad propugnada sea la unidad antiimperialista de los pueblos que luchan por su liberación nacional; repetidas veces ya que nos cruzamos con los “meros” antiimperialismos, que no tienen ni propugnan ninguna afirmación nacional, porque están pensados para denigrar a los movimientos nacionales que no imitan ni se subordinan a ninguna paradigma extranjero, y, por lo tanto, ofician de cuña antinacional, Son los casos de “antiimperialismo” que van desde propugnar la unidad antiimperialista con eje en la política de “coexistencia pacífica” de la URSS, hasta aquel antiimperialismo que exalta al maoísmo o al castrismo con el propósito de evidenciar la calidad inferior del peronismo.
La fidelidad total del Justicialismo a la voluntad de afirmación nacional estriba en que, al afirmar un Tercer Mundo y también una Tercera Posición, afirma una unidad antiimperialista de los pueblos en donde, cuanto mayor sea el arraigo en las peculiaridades y en la historia de las luchas nacionales, tanto mejor es el saldo que redunda en beneficio de dicha unidad. Es por eso que, “si tuviéramos el mundo en nuestras manos, lo haríamos Justicialista, sin someterlo a nuestro “imperio”… dice Perón. Esto es, una unidad antiimperialista que no disfraza a ningún nuevo imperialismo.
Es el acuerdo de Yalta (11-1945), de “reorganización de los países liberados”, que pretende embretar a los pueblos en la falsa opción entre dos imperialismos, lo que precipita la necesidad política de afirmar una Tercera Posición, y una doctrina, el Justicialismo; con ello, dejamos de ser tributarios de la política del liberalismo, en todas sus variantes imperialistas, y también respecto de sus marcos doctrinarios.
La afirmación de la Tercera Posición Justicialista implica la común calidad imperialista de los EE.UU. y la URSS, calidad ésta que las diferencias entre ambos viene a confirmar. Con ello, cae la “civilización europea” toda —en tanto liberalismo expansivo— en el banquillo de los acusados, en razón de que tampoco su variante marxista vino a romper con la actitud imperialista que nutre a dicha “civilización”. El camino marcado por De Gaulle, muestra que los pueblos de Europa podrán salvarse sólo por la mancomunión con una tercera posición y con el Tercer Mundo; la izquierda europea, en su calidad de campeona del liberalismo, muestra que sólo sabe embretar a Europa en los límites del antifascismo y de la subordinación al “socialimperialismo” de la URSS.
La afirmación de la Tercera Posición Justicialista por parte del movimiento peronista constituye un hito de un camino por el que todo el Tercer Mundo transita hoy; se trata del camino por el cual el Tercer Mundo va rompiendo con el espejismo de la mera “crítica” marxista —la URSS, con pleno respaldo doctrinario de los padres del marxismo— “meramente” critica, porque deja incuestionado el núcleo imperialista de la “civilización europea”.
La fundamentación que recibe la existencia del Tercer Mundo desde la Tercera Posición es la primera, después de largo tiempo, en donde la historia de la expansión europea no es sinónimo de historia del desarrollo de la Humanidad misma, ya que tanto antes como ahora, el mundo imperialista tuvo frente a sí a un mundo con personalidad propia, que nunca se allanó a la diosa Razón. Desde la Tercera Posición, el Tercer Mundo no se ve a sí mismo como meramente subdesarrollado y limitado a la resolución de “tomarle la palabra” a los ideales humanistas, sino que disuelve la continuidad, y afirma una escisión constantemente renovada entre el Tercer Mundo y el mundo imperialista, y, por ende, encuentra sus raíces en toda su propia historia de lucha por preservar esa su personalidad; y se siente, por ejemplo en el caso argentino, más cerca de las prolongadas y sangrientas luchas de los Calchaquíes contra la conquista española (sedicente “descubrimiento”) que de la Revolución Francesa o de la Revolución Soviética. Con la Tercera Posición, el Tercer Mundo deja de hacer suya la revolución burguesa liberal también en el plano de la doctrina.
Hay un párrafo de un editorial que Perón firma con el seudónimo de Descartes, en el que encontraremos un buen ejemplo de la radicalidad con la que la Tercera Posición lleva a subvertir los supuestos usuales acerca de la historia y de la sociedad. Perón caracteriza allí a esos dos mundos a raíz de referirse a la índole del desarrollo estadounidense:
“Esta dura fase de la historia de América (se refiere a las luchas por la independencia en el pasado) encarna contrastes que, en el tiempo, serán decisivos en la organización continental. El “Norte” nace con nosotros, pero sus procedimientos son tan diferentes como distintos son los hombres y sus razas. Ellos se integran por la conquista, la compra o el despojo. Nosotros nos desintegramos por respetar la libre determinación de los pueblos: libertamos pero no conquistamos.
“La historia de los EE.UU. de Norte América es el exterminio del indio, la con quista de Luisiana, Florida, Cuba, Texas, Nueva Méjico, California, Alaska, Puerto Rico, etc. Fracasa en Canadá, pero desmembra a Colombia y asalta a Nicaragua.
“Nosotros, los latinos, nos sublevamos aisladamente, luego nos ayudamos. San Martín desde Buenos Aires, Bolívar desde Tierra Firme, inician la marcha de la libertad sudamericana para abrazarse en Guayaquil. No anexan, liberan. Luchan, no comercian. Son otros hombres y otros pueblos. Son dos mundos distintos que encarnan dos tiempos: ellos el presente, nosotros el porvenir” (1).
En esta caracterización, el liberalismo militante exhibe una dimensión imperialista que le es esencial. Precisamente, la afirmación de la escisión, y no de una mera ruptura que partió de una unidad previa, le sale al cruce a la estrategia imperialista de aparentar ignorancia acerca de la diferencia de ambos mundos, para sustituirla por un supuesto proceso de unificación que realiza la unidad racional que está en el fondo de la esencia humana, y que, por ello, tiene todo el derecho a destruir lo irracional, que es meramente prehumano. Allí está el por qué de la tan mentada hipocresía liberal que la “crítica” marxista no conmovió: los Derechos Humanos son los derechos del ser humano “racional”, en plan de cruzada contra lo irracional, que no es otra cosa que lo que hoy denominamos “Tercer Mundo” y todo lo que manifiesta impermeabilidad para con la Razón europea.
Esta estrategia imperialista puede ser detectada en cualquier doctrinario liberal, pero también puede ser detectada en el marxismo, quien no viene a romper con aquella, sino que viene a hacer la apología, aunque “dialéctica”, del liberalismo militante y expansivo, esto es, del liberaimperialismo; la Revolución marxista queda encuadrada en el interior de este marco. Veamos a Engels escribiendo acerca del mismo desarrollo estadounidense que comentaba Perón:
“Cada avance de la burguesía afirma en fuerza y en extensión el régimen burgués… Hemos presenciado también, con la debida satisfacción, la derrota de Méjico por los EE.UU. También esto presenta un avance, pues cuando un país embrollado hasta allí en sus propios negocios, perpetuamente desgarrado por guerras civiles y sin salida alguna para su desarrollo, un país cuya perspectiva mejor habría sido la sumisión industrial a Inglaterra; cuando este país se ve arrastrado forzosamente al progreso histórico, no tenemos más remedio que considerarlo como un paso dado hacia adelante.
… Todo el mundo sabe que nosotros no sentimos ningún amor por la burguesía, pero no negamos sus triunfos… No tenemos nada que oponer a la revolución burguesa de extender sus métodos por todo el orbe… Continuad batallando valientemente y sin descanso, adorables señores del capital! Todavía tenemos necesidad de vosotros… Vuestra misión es borrar a vuestro paso los vestigios de la Edad Media y de la monarquía absoluta; convertir las clases más o menos poseedoras en verdaderos proletarios, en reclutas para vuestras filas, crear con vuestras fábricas, vuestras relaciones y vuestros mercados comerciales, los medios materiales de que el proletariado necesita para la conquista de su libertad… pero no olvidéis que “a la puerta os espera el verdugo”… ” (2)
Esta posición política de Engels tiene todo el respaldo de la teoría marxista; reemplácese en ella a “EE.UU.” por el “verdadero capitalista”, y se obtendrá la afirmación teórica de Marx que sigue:
“Como un fanático de la valorización del valor, el verdadero capitalista obliga implacablemente a la humanidad a producir por producir y, por tanto, a desarrollar las fuerzas sociales productivas y a crear las condiciones materiales de producción que son la única base real para una forma superior de sociedad cuyo principio es el desarrollo pleno y libre de todos los individuos” (3).

LA PREEMINENCIA DE LA POLÍTICA
En la lucha por la afirmación nacional antiimperialista, no basta “la política”; es necesario establecer con plena conciencia, tal como nos lo enseñan a hacer los pueblos del Tercer Mundo empeñados en dicha lucha, la “preeminencia de la política”. Ello se debe a la peculiaridad de las tácticas imperialistas y de las oligarquías a ellas emparentadas.
Los imperialismos, desde tiempos inmemoriales, siempre se presentaron como “funcionarios de la Humanidad” toda, como vehículo de la unidad que, a pesar de las apariencias, abraza a toda la Humanidad, y que se realiza a pesar de dichas apariencias de dislocamiento.
Considerando dichas autopostulaciones como lo que son, esto es, como tácticas para una guerra que buscan aislar al enemigo para batirlo, éstas exhiben una gran ventaja: la ventaja de poder simular ignorancia acerca de dicha guerra y la escisión de la que esta guerra se deriva, a la vez que le permite no conferirle al enemigo la calidad de tal. Mientras J. M. de Rosas nunca dejaba de mencionar ni la escisión ni el enemigo: “Viva la Santa Federación! Mueran los salvajes Unitarios! “, a los antirosistas le bastaba con hablar del Progreso y con tratar a sus enemigos como enfermos mentales. Por ser, éstos, enemigos de ese proceso de unificación que hace a la esencia humana, son de calidad prehumana, y la tarea de batirlos, una tarea de trastienda.
En síntesis, la política imperialista y de traición antinacional es, generalmente, una política que cabalga sobre el apoliticismo. El liberaimperialismo ha encontrado su caballo de Troya en la identificación del proceso de realización de la esencia humana y, por lo tanto, de realización de su unidad virtual, con el proceso de dominio de la Naturaleza por la vía de la Economía. “Los imperialismos han hecho su política con la economía”, al decir de Perón. En este contexto, la Economía es la única economía, y refleja esa unidad de la que antes hablábamos; quien obstaculiza ese proceso cae en el orden de lo irracional. Veremos que las “teorías del conocimiento científico” presuponen esta humanidad despolitizada en la forma del “método científico”, método éste que la presupone y la reproduce al infinito.
La postulación liberal de LA Economía, tiene su culminación despolitizadora en el hecho de que logra atomizar a la sociedad, atribuyéndole a cada individuo por separado, la facultad de aportar al proceso de realización humana, leyéndolo en algo perfectamente calculable a escala individual: en el lucro y en el consumo. Esta facultad es la Razón, tan bien distribuida, según R. Descartes. Con ello, la despolitización de la sociedad culmina, pues la sociedad pasa a colocarse completamente a espaldas del individuo, y con ello su marcha adquiere visos de total necesidad natural. Ya no queda punto social alguno en donde poder ejercer una tarea de lucha transformadora; la política que queda, va a parar al orden de los “males necesarios”. Y allí donde hay política de antagonismo y violencia, hay sólo insuficiencia en el desarrollo de la racionalidad económica; los imperialismos desprecian así paternalmente las luchas de afirmación nacional. A Frigerio, ello le permite menospreciar las luchas nacionales: “Si no alcanzamos los objetivos de la política económica nacional, nuestras fórmulas democráticas seguirán careciendo de contenido real, y la inestabilidad político-institucional será el trazo característico de nuestro país durante mucho tiempo. … Esta es la verdadera disyuntiva, que niega en la práctica el antagonismo superficial y emotivo entre “gorilas” y “peronistas” (4).
Con igual sorna, ridiculizaba Engels a los mexicanos, “perpetuamente desgarrados por guerras civiles y sin salida alguna para su desarrollo”.
La descripción de la etapa del “comunismo” según los padres del marxismo, con los rasgos de una Humanidad sin trabas que le obstaculicen un incesante desarrollo de las fuerzas productivas, “una sociedad libre de productores iguales”, y en la que el Estado se ha extinguido, confírmalos presupuestos liberalimperialistas del marxismo originario. En esa etapa, la sociedad coincidirá con la Humanidad toda, porque si la Humanidad realiza su libertad a través de la máxima racionalidad económica, esa racionalidad terminará forzosa mente generalizándose, porque siempre estuvo generalizada antes de un modo virtual, batiendo o aislando a lo irracional.
De lo dicho, se desprende que establecer la preeminencia de la política es no allanarse al menosprecio de las luchas nacionales, es separar, allí, donde los imperialismos unifican como manera de destruir o aislar a quien no se avenga a caer en la trampa de la realización humana a través de la racionalidad económica individualista, y, por ende, de indefectible carácter imperialista. Perón siempre viene diciendo que “el problema argentino más fundamental no es ni sociológico, ni económico, ni industrial, ni social, sino político”.
La participación de un norvietnamita en una mesa redonda realizada en Francia, puede ilustrarnos esta conclusión:
“Quisiera ofrecer un pequeño ejemplo, extraído de nuestra experiencia sobre las relaciones entre política y técnica. En Viet Nam, cuando se crea en una aldea una cooperativa, si considerasen el problema desde el punto de vista técnico para formar el núcleo dirigente de las primeras cooperativas se escogería a los campesinos que ya tuviesen experiencia de producción, contabilidad, etc., vale decir, campesinos que hubieran conocido ya desde antes la prosperidad. Esto no se ha hecho: se dio precedencia a la política.
Para crear las primeras cooperativas, para escoger los dirigentes de estas cooperativas, se recurrió, al menos en su mayor parte, a campesinos pobres. Y entre los campesinos medios y prósperos se escogieron aquellos que han tenido un pasado revolucionario. Por qué? Porque la cooperación agrícola es una revolución y no una simple técnica de producción: ella exige la voluntad de destruir el pasado y de construir algo nuevo. Y esta voluntad es de los campesinos pobres, no de los ricos. Es evidente que ellos tienen menos experiencia de producción y que no saben mantener una contabilidad, pero estas son cosas que se pueden aprender y se aprenderán. Esto significa el primado de la política” (5).
Esto mismo, en la Revolución Cultural maoísta, se ha dado en invocarla a través de la consigna de “poner la política al mando”. Estas modificaciones del marxismo originario hechas en nombre del marxismo ortodoxo, pudieron ser previstas por la Tercera posición, sin descolocarla.
Precisamente en “Ser Social y Tercer Mundo”, la comunidad del marxismo respecto del núcleo imperialista del liberalismo se veía confirmada en la aceptación marxista, aunque dialéctica, de la Economía Política liberal. Allí, el rescate del ser social de la sociedad, esto es, el rescate de su condición social y no divina ni natural, que despuntaba en el tratamiento del tema de la “mercancía”, estaba ya de antemano destinado a hundirse, porque Marx no cuestionaba para nada la validez del terreno de la Economía Política, elegido para dicho rescate. Por el contrario, allí quisimos dejar indicado que el rescate del ser social de la sociedad sólo se podía asegurar a condición de afirmar la preeminencia de la política, preeminencia que la Economía venía a cegar, por más “crítica a la Economía Política” que fuese. Y afirmar dicha “preeminencia”, es afirmar toda una visión del ser social radicalmente diferenciada del liberalismo y del marxismo. La “lógica de lo nacional” allí esbozada, viene a preservar dicha visión, y a permitir su reafirmación, avisada de las zancadillas de las lógicas imperialistas. (Deseamos postergar el tema de la “lógica” para otra oportunidad).
En razón de que “ideología” se define en el liberalismo y en el marxismo, cuando éste habla de “ideología del proletariado”, como conciencia de esa necesidad apolítica que se opera en el pasaje del “en sí” al “para sí”, es que podemos considerar viciado el terreno de la “ideología”, y falsa “la lucha de ideologías”. Lo que afirmamos es la “doctrina”. A diferencia total de la “ideología”, la “doctrina” parte de la política; es desde el vamos que está instalada en la política, por lo que la política ya no es “tierra prometida”, “científicamente” prometida, a la que nunca se arriba. Partiendo de la escisión, lo “necesario” no es el resultado, sino la lucha. (Obviamente, lo importante no es prohibir una palabra, sino afirmar un sentido).
Advirtamos de paso que no se trata de postular LA política, como hacía Duhring en contra del marxismo; para nosotros hay política porque hay política nacional, y no al revés, afirmación con la que Dühring nada tiene que ver.
La afirmación de la escisión social inicial y de la preeminencia de la política, llevan a una radical diferenciación también en el concepto de “verdad” y en el concepto de “conocimiento”. Aquí el concepto de “verdad” ya no tiene la acepción racionalista: la verdad, sin dejar de ser verdad, ya no unifica, ya no presupone una capacidad humana generalizada por la que ha de terminar siendo reconocida, sino que separa. La afirmación de la preeminencia de la política “es verdad” tanto para el Tercer Mundo como para el bando imperial, pero, al poner en descubierto las tácticas imperiales, su afirmación es un acto político de lucha, inaceptable para la táctica imperialista.
En cuanto al “conocimiento”, quien parte de la “escisión” política, parte de un conocimiento; de tal manera, ya no hay lugar aquí para el “científico social”, quien simula partir de “cero” en relación al objeto “sociedad”, esto es, simula el apoliticismo, para verlo confirmado en el resultado: partir de “cero” presupone identificar el “conocimiento” con el hallazgo de una necesidad racional, en donde la política es un accidente, y lo necesario es el proceso de unificación al nivel de la Razón. De tal manera, a la política nunca se llega. En otras palabras, ya no hay lugar al “científico social” porque ya no hay “sociedad” – esa unidad imperialista, a la que la acusación de “empirismo abstracto” lanzada por Wright Mills no le hace mella.
La afirmación de la “preeminencia de la política”, que puede encontrarse en los más diversos movimientos del Tercer Mundo, acusa el peligro que involucra la afirmación marxista-leninista del mito de la “extinción del Estado”. Dicho mito empieza circunscribiendo al Estado como mero órgano de violencia de una “clase social” sobre otra, y termina convocando a su extinción a fin de liberar a la sociedad de ese peso insoportable que obstaculiza la realización de la máxima racionalidad económica propia de una “sociedad libre de productores iguales”. El Titoísmo yugoeslavo lo realiza por medio de la “cogestión”, que sustituye la omnipresencia del Estado para liberar a la “pura sociedad”. Lo cual equivale a la “libre” competencia entre las fábricas, ya no entre capitalistas individuales, sino de propiedad de sus obreros y empleados; estos “productores iguales”, movidos por la competencia “libre”, procuran atraer al capital yanqui, para competir entre sí en mejores condiciones. Con el mito de la “extinción del Estado”, el marxismo viene a complementar la exterioridad del Estado respecto de la sociedad propia del liberalismo, que se expresa en el mito del “pacto social”. Dicha exterioridad es posible ahí donde se presupone la comunidad racional de la humanidad, esto es, ahí donde se postule las consabidas tácticas imperiales del apoliticismo. En cambio, para quien constata las mil mane ras que tienen los imperialismos de regenerarse, y no se allana ante la necesaria y racional usurpación antinacional del poder, no puede aceptar ninguna postergación en la lucha por aquél y por su transformación en voluntad de afirmación nacional.

LA RAZÓN DIALÉCTICA Y CRÍTICA
El marxismo se une a toda la tradición liberal europea en la exaltación del desarrollo de “la Razón a partir de Grecia”; se diferencia internamente, sobre la base de identificarse con el “ala izquierda” que corresponde a cada una de sus etapas, esto es, con el ala “materialista” de la Razón: Demócrito, Ba-con, Diderot, etc.
Enfocado el marxismo desde esta perspectiva, es visible que nos alejamos de la imagen con la que el marxismo hace su propia presentación. El marxismo no ha salido ni quiso salir de las limitaciones que implica toda “crítica”; el marxismo quiso ver en el capitalismo liberal un germen de un estadio superior en materia de racionalidad, cuando lo que nosotros vemos es su esencial dimensión imperialista y destructiva; y en la visión “crítica” y “dialéctica” vemos la convocatoria a una revolución desde dentro del imperialismo liberal, lo cual tiene como premisa un previo allanarse a la expansión liberal “europea”.
Desde esta perspectiva, el concepto marxista de “revolución” ya no refleja sino que distorsiona la revolución propia del Tercer Mundo, y por lo tanto, ya deja de ser “marxismo” sinónimo de “revolución anticapitalista”. Por otro lado, el proimperialismo de Marx y Engels deja de ser una casualidad, o algo rectificable en supuesta virtud de que todo lo que es “revolución anticapitalista y socialista” es asimilable en principio por el marxismo originario.
La “revolución” marxista es una ruptura del frente liberal antifeudal, frente éste que se halla en el punto de partida. Hace del proletariado europeo un sepulturero del capitalismo por la específica vía de constituirse en el agente consecuente del liberalismo. La revolución proletaria se justifica a sí misma a partir de la inconsecuencia, el agotamiento, la traición y la irracionalidad con que se cubre la expansión capitalista en su segunda etapa que, en esa misma medida se va entrelazando con las viejas aristocracias nobiliarias. Pero, por ello mismo, el marxismo ensalza una primera etapa, “progresista”, del liberalismo, de cuyo tronco se considera rama y heredera. Y, a pesar a la revolución para el tiempo de la catástrofe y crisis económica capitalista, la realidad es que son las guerras intereuropeas su verdadero detonante. De ahí que su magnetismo se derive de identificarse con la condición de campeones del pacifismo, de la consecuencia antifeudal y con la supresión de los límites nacionales a favor del internacionalismo proletario. La Comuna de París de 1870 es visto por Marx y Engels como el paradigma de “dictadura del proletariado” precisamente porque sintetiza todos esos caracteres. La revolución proletaria se realiza cuando el proletariado logra transponer los límites de la acusación de “traición a la patria”, que se deriva de querer transformar una lucha entre países en una revolución interna y pacifista. En la actualidad, todos esos caracteres de la revolución marxista, se sintetizan en el papel de campeones del antifascismo y del pacifismo que juegan la U. R. S. S. y sus satélites europeos, y en la coexistencia pacífica con el imperialismo liberal.
Un razonamiento típico que expuso una crítica bibliográfica a “Ser Social y Tercer Mundo” firmada por Oscar Terán (6) muestra que es falso que el concepto de “revolución” marxista, o la “metodología marxista”, pueda asimilar las revoluciones de afirmación nacional del Tercer Mundo, a menos de introducir modificaciones que afectan a su mismo núcleo. Los pasos de este razonamiento son los siguientes (el texto de dicha crítica está reconstruido por nosotros):
(1) ‘Es cierto que en cuanto a la “cuestión nacional”, Marx y Engels cometieron “errores”‘: en relación a la India, a Méjico, a Egipto, a “nacionalidades del norte de Europa”, etc.
(2) ‘Estos errores responden a motivos intrascendentes’: falta de “monolitismo” en el pensamiento de Marx y Engels, existencia en ellos de “afirmaciones circunstanciales y asistemáticas”, ausencia de “pronunciamiento” de “El Capital” en cuanto a lo que “no tematiza”, etc. ; y no afectan la capacidad de corregirlos dentro de los marcos conceptuales del marxismo’.
(3) ‘De todas maneras, la discusión anterior no tiene relevancia, no por el carácter intrascendente de los errores, sino sencillamente porque es la misma “cuestión nacional” la que no tiene relevancia en relación a la “cuestión social”: Oscar Terán cierra su crítica con esta cita de Fanón: “La traición no es nacional, es social”‘.
Por lo tanto, la admisión de que Marx y Engels cometieron errores ha sido meramente una admisión táctica; pero con ello, también queda en evidencia que no es ninguna casualidad que la revolución “social” marxista sirva para menospreciar la revolución “nacional”.

TERCER MUNDO Y TERCERA POSICIÓN
Muchos preguntarán si el análisis acerca del marxismo que hemos pretendido esbozar desde la Tercera Posición no se “da de patadas” con la realidad política del Tercer Mundo, en especial con el hecho de que, si hay alguien que se halla en la primera línea de batalla del Tercer Mundo, ese alguien es la China del marxismo maoísta. Esa presunción seria cierta si la Tercera Posición fuese un antimarxismo; pero no es ése el caso. El punto de partida de la Tercera Posición consiste en afirmar la entidad irreductible del Tercer Mundo, con lo que afirma que hay otro mundo al que le es esencial el permanente menosprecio del Tercer Mundo, esto es, el permanente “anti Tercer Mundo”.
Así pues, la Tercera Posición, lejos de parasitar del marxismo en el modo del “antimarxismo”, lo que hace es definir las condiciones de posibilidad de la confluencia con movimientos marxistas en el Tercer Mundo: hay confluencia en el sólo punto de la afirmación de una política de Tercer Mundo, pero sólo en ese punto. Perón define precisamente ese punto de confluencia en relación al maoísmo:
“La decidida actitud del Gran Mao ha dividido con claridad el socialismo nacional del socialismo internacional que ha dado lugar al imperialismo soviético y de la misma manera que acusa al imperialismo yanqui enjuicia a su aliado moscovita en la conferencia de Yalta, porque de común acuerdo dividieron allí el mundo en dos para su dominio y explotación, después de despojar de su territorio a varios países… La negativa de Mao de hacer causa común con el despojo y el colonialismo en nombre del socialismo internacional, echa las nuevas bases del “Tercer Mundo” en el que pueden congeniar perfectamente las distintas democracias socialistas…”
Mientras la Tercera Posición hace afirmación de la entidad irreductible del Tercer Mundo, el marxismo originario se encuadró desde el vamos dentro de las posiciones europeas de reducción destructiva de lo que ahora llamamos Tercer Mundo. Y si bien esta afirmación nos separa irreversiblemente del marxismo, tal como lo testimonia la historia de las luchas nacionales en nuestro país, la existencia de movimientos de afirmación nacional que tienen al marxismo como doctrina oficial, no desorienta en manera alguna a la Tercer Posición. Ninguno de los movimientos de afirmación nacional argentinos desde Artigas hasta la “II Guerra Mundial”, dejaron de moverse doctrinariamente en el seno de la ideología liberal. Pero nadie puede dejarse engañar ni creer que esos movimientos llegaron a asimilar en algún momento el núcleo del liberalismo que era un núcleo antinacional, de exaltación de todo lo extranjero y de invitación a la destrucción de la “barbarie” nacional. Si a esta experiencia histórica nuestra, sumamos la conciencia que tiene la Tercera Posición de que su planteamiento como tal “tercera” no pudo haber sido anterior a la “II Guerra Mundial”, y la conciencia de la condición confusionista que define al supuesto antagonismo entre el comunismo y el occidente liberal, no nos puede desorientar, por ende, el hecho de un movimiento de afirmación nacional y de planteo tercermundista que adopte como bandera suya la de la “ortodoxia marxista”.
Pero al mismo tiempo ese marxismo no nos deja de alertar acerca de ciertas secuelas; por ello es que el punto de confluencia con el marxismo no puede ser ningún otro que el Tercer Mundo. Pues fuera de él, la presencia del marxismo nos avisa acerca de una veta de inconsecuencias en cuanto a una afirmación radical del Tercer Mundo. Ellas emanan fundamentalmente de la permanencia de un oportunismo de falsas esperanzas de revolución para con la izquierda liberal y, en consecuencia, la presencia del freno que significa dejarse atrapar por las luchas interimperialistas. Volvamos a la China de Mao, para ilustrar este punto; el maoísmo encuadró y sigue encuadrando su pasada lucha antijaponesa en los marcos del gran frente aliado antifascista, mientras que para nosotros, dejarse encuadrar en esos marcos, hubiera significado la liquidación de nuestro emergente movimiento nacional. Por otro lado, así encuadrado, el maoísmo comienza a denunciar el acuerdo de Yalta quince años después de su formalización, mientras que el Peronismo “no tuvo pelos en la lengua” al respecto. De la misma veta proviene la bandera del “antirrevisionismo” que el maoísmo le quiere proponer al Tercer Mundo, así como su afán por “reconstruir” todos los partidos comunistas, tanto de los países europeos como de los demás continentes, a espaldas de muchos de los verdaderos movimientos nacionales; a su vez, las esperanzas depositadas en la reciente revuelta checoslovaca, por parte del maoísmo, se deriva de que el maoísmo quiso ver revolución proletaria anti-imperialista, allí donde los checos se morían de ganas de pelear contra el fascismo desde la trinchera yanqui.
De definir así el punto de confluencia con el marxismo, se pueden derivar dos corolarios, que aunque obvios, es mejor explicitarlos. Primero, que Tercer Mundo debe ser distinguido de Tercera Posición, ya que esta última es una guía para orientarse en la heterogeneidad de orígenes de los movimientos que confluyen en el Tercer Mundo. Segundo, que la confluencia no es identificación, y que, por lo tanto, la “marxistización” de los movimientos de afirmación nacional no constituye en manera alguna una etapa superior y, menos aún, necesaria de dichos movimientos.

Norberto Wilner

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