1.— SITUACIÓN MUNDIAL Y ANTECEDENTES HISTÓRICOS
Para apreciar con cierta profundidad la situación particular de un país cualquiera en la actualidad, es imprescindible penetrar en los aparentes misterios de la situación general del mundo de nuestros días, de su evolución acelerada, de su futuro inmediato y mediato, de las fuerzas potenciales que actúan y sus objetivos probables, como asimismo de las influencias que cada uno de estos factores ha de generar en la etapa de transición que estamos viviendo Pretender resolver los problemas que intrínsecamente corresponden a un país aislado puede ser un salto en el vacío.
El proceso geopolítico que el mundo está atravesando desde la terminación de la Segunda Guerra Mundial, es de tal trascendencia para el destino de la humanidad, que todo vale poco frente a los factores determinantes de un futuro preñado de asechanzas y peligros. Nadie puede defenderse de lo desconocido. Por eso se hace necesario desentrañar entre el fárrago de sucesos y circunstancias la verdadera intención oculta y generadora de futuros acontecimientos. Solo así, podremos entrar en la historia que hemos de vivir con un margen de garantía, que puede llegar a ser salvadora cuando los momentos verdaderamente aciagos se hagan presente.
Para nadie es un secreto que la consecuencia directa de la Segunda Guerra Mundial ha sido la afirmación de dos grandes imperialismos: el Yanqui y el Soviético. Ellos en Yalta realizaron sus acuerdos, dividiendo al mundo en dos grandes zonas de influencia y, en Postdam, protocolizaron en tratados tales acuerdos, con la intención de evitar en el futuro todo conflicto jurisdiccional. Aparentemente enfrentados en lo ideológico pero en realidad de verdad en perfecto acuerdo político, ambos imperialismos han establecido un «modus vivendi» que comenzó ya cuando se coaligaron para aniquilar un socialismo nacional naciente en la Europa de preguerra. Luego, por una acción concordante dentro de esa misma idea de las Naciones Unidas, se procedió a la «descolonización» del mundo mediante la independencia de las antiguas colonias ocupadas por los países europeos. Así fue posible comenzar con un neocolonialismo a favor de ambos imperios, que se evidencia elocuentemente en las acciones que siguen a esas aparentes independencias. En los cinco continentes, por penetración económica o militar está lanzada la conquista y aunque no se trata de antiguas formas coloniales, ya que ahora no son «colonias» sino «países satélites», no deja de ser una forma disfrazada del antiguo colonialismo.
Lo ocurrido no hace mucho en la República Dominicana, ocupada por las tropas yanquis con el «O.K.» ruso o la ocupación de Checoeslovaquia por las fuerzas del «Pacto de Varsovia» con el «O.K.» yanqui, son ejemplos aleccionadores. No son menos significativos al respecto los casos de Polonia, Alemania Oriental, Hungría, Rumania, Checoeslovaquia, Bulgaria, etc., como satélites rusos o los de la América Latina (excepto Cuba) como satélites de los Estados Unidos, sin contar algunos países europeos que no son menos satélites que los anteriores por mucho que se trate de disimular las formas.
Es que los grandes imperios comienzan a pensar ya en el futuro y a preparar para ellos las mejores formas de dominio como, por otra parte, ha sido normal en casi toda la historia y evolución de la humanidad. Es preciso comenzar a preparar ya la situación que ha de dominar el siglo XXI, con sus problemas, sus posibilidades y sus luchas inevitables. Los grandes imperialismos comienzan a sentir la responsabilidad y a presentir el esfuerzo, máxime cuando otras regiones de la Tierra, como China en el Asia, comienzan a terciar decisivamente, mientras la vieja Europa tradicional, con sus miles de años de cultura, no querrá estar ausente ni disociada cuando llegue la hora de jugar su propio destino.
«EL PROBLEMA DEL AÑO 2000» empieza a inquietar, pese a todos los adelantos tecnológicos y las posibilidades que la ciencia moderna puede ofrecer. El mundo actual, con sus 3.500 millones de seres, está sometido al hambre y el infraconsumo y la subalimentación han pasado a ser los problemas dominantes. ¿Qué será el mundo del año 2000 con seis o siete mil millones de habitantes? A ese interrogante ninguno que viva en la Tierra, puede escapar.
En la historia de la humanidad, el problema de la superpoblación, del que todo el mundo comienza a hablar, no ha estado solo por el número de habitantes sino por la desproporción entre la cifra de éstos con la de los medios generales de subsistencia. Por eso este problema ya se ha presentado antes en diversas partes de nuestro planeta y la historia prueba que, cuando este problema se ha producido las soluciones no han sido sino de dos naturalezas: la supresión biológica y el reordenamiento geopolítico. De la ejecución de la primera se encargan las guerras, el hambre y sus consecuencias. Los hombres han de encargarse de la realización de la segunda.
Por otra parte, toda la evolución de la humanidad se ha producido a lo largo de todos los tiempos por sucesivas integraciones: del hombre aislado a la familia, de ésta a la tribu nómade, de ella a la ciudad, el estado feudal y la nacionalidad. Y ahora ya se comienza a producir la integración continental y a pensar en una futura integración mundial como la que propugna Toymbee, dentro de la «primera civilización universal» en cuyos umbrales nos encontramos, según la feliz expresión de Larroque. Es que las comunicaciones y transportes han empequeñecido la Tierra en el tiempo sino en el espacio, que todo puede ser posible,
Es dentro de estas formas de ejecución, que se ha comenzado a pensar en las soluciones correspondientes al mundo del año 2000. O se procede a un reordenamiento geopolítico y a una producción suficientemente organizada y distribuida o será preciso recurrir a la supresión biológica como consecuencia. Por eso uno se inclina a pensar que la tan temida «bomba de hidrógeno» puede ser fuente de solución si la insensatez de los hombres hace impracticable la otra solución.
En un mundo superpoblado y superindustrializado la crisis ha de producirse alrededor de la comida y de la materia prima. De ahí que las zonas apetecidas han de ser las que tengan mayores reservas de ambos elementos críticos y hacia donde los grandes imperios comienzan a dirigir sus miradas y sus intenciones. Sus módulos de acción no dejan lugar a dudas: los yanquis, a la usanza de los anglosajones, por la penetración y dominio económico; los rusos por su penetración ideológica que termina en la ocupación militar, pero tanto uno como otro, buscan someter a sus satélites con una visión de futuro, muy explicable si se tiene en cuenta que el año 2000 será decisivo para sus destinos y para su existencia como tales.
Ya en la tecnocracia internacional se ha movilizado en diversos institutos que estudian e inspiran diversos designios, cuya influencia no está ausente ya en la vida y desarrollo de todos los países de la Tierra; unos para dominar y otros para defenderse de ese dominio. Ello es lo que provoca la actual lucha por la liberación que, tanto al Este como al Oeste de la famosa cortina, ha comenzado en diversas formas. La existencia e integración de un «Tercer Mundo» que acciona dentro de las integraciones continentales actualmente en marcha, no responde a otra cosa que a esa lucha sorda, disimulada, pero no menos decisiva para el futuro del mundo.
En esta rápida síntesis creemos haber planteado el problema que, paralelamente a esta línea esencial, tiene infinitas derivaciones circunstanciales y locales. Pero, lo que importa considerar, cuando de un país en particular se trata, es precisamente la consecuencia que esta situación general tendrá en los diversos aspectos de su existencia y desarrollo, dentro de una vida de relación mundial a la cual no será posible escapar ya en el futuro Inmediato.
Como solía decir Napoleón, un ejemplo puede aclararlo todo: cuando el imperialismo yanqui, a través de sus tentáculos financiero-económicos compra veinticinco bancos en la Argentina; cuando el F.M.I. por intermedio de KRIEGER VASSENA desvaloriza su moneda arbitrariamente a razón de 350 pesos por dólar y a renglón seguido comienzan a comprar por moneditas nuestra incipiente industria; cuando se ve también que la tierra empieza a pasar a manos foráneas, especialmente en las zonas ricas de materia prima, es que el imperialismo se está apoderando de todas nuestras fuentes de riqueza con la intención de tener en su poder, desde ahora las grandes zonas de reserva que el mundo ofrece, en cumplimiento de las previsiones y consejos de los institutos tecnológicos. Por eso también el imperialismo lanza la peregrina idea de que la Argentina en su futuro desarrollo ha de reducirse a ser productora de comida y de materia prima, deteniendo para ello su desarrollo natural que lleva a los pueblos de pastores a agricultores y a industriales. Y como si esto fuera poco, ya nos comienzan a aconsejar el empleo de la «píldora» a fin de limitar la natalidad que un día pudiera poner en peligro las grandes reservas que ambicionan.
Si se reflexiona sobre cuánto venimos diciendo, nos costará poco imaginar que cuanto está pasando en la República Argentina desde 1955, obedece a un plan perfectamente establecido en el que no solo han actuado los agentes imperialistas sino en el que también han colaborado y colaboran los «gobernantes» de turno. Es que en las colonizaciones modernas el peligro mayor está en la «quinta columna» de los cipayos conscientes o inconscientes que sirven a los colonizadores en muchos casos por intereses inconfesables, en otros por ignorancia y en todos por falta de verdadero patriotismo.
Hace veinticinco años, nosotros venimos anunciando y denunciando con estas mismas palabras, los verdaderos designios de las fuerzas que actúan en contra de nuestra nacionalidad. Pero, es que tan fatídica planificación, ha sido secundada por personeros argentinos a quienes la casualidad ha puesto en situación de decidir. En 1956, se realiza en Panamá la ‘Primera Reunión de Presidentes de América» a la que asiste el entonces «Presidente Provisional». Es allí donde precisamente comienza todo. La premisa que el Presidente de U.S.A. presenta es clara y tiene el sello inconfundible de los sofismas: ‘como una guerra internacional en Latinoamérica ya no será posible entre sus países, sus fuerzas convencionales han perdido su razón de ser anterior, pero como el verdadero enemigo es el comunismo que actúa en el interior, esas fuerzas han de volcarse a combatirlo y esta misión constituirá desde ahora su única responsabilidad». Así los ejércitos latinoamericanos pasan a funciones de policía militar y, a los efectos de combinar acciones, se establece una reunión de Comandantes en Jefe para dos años después en Costa Rica. Allí establecen luego los acuerdos ordenados por U.S.A. sobre la vida política de los estados correspondientes. Un oportuno lavado de cerebro en cursos y visitas en U.S.A. completan este cuadro aparentemente inofensivo pero cargado de dinamita. En esos momentos es cuando cada uno de nuestros países comienza a caer en manos de «gobiernos militares» que luego se someten al mandato imperial.
Por eso, cuando la gente se alarma y se extraña que en nuestro país están ocurriendo cosas como las que suceden, debieran pensar en los antecedentes que dan razón de ser y explicación no solo a lo que acontece, sino también a cuanto ha de pasar si no se pone remedio eficaz a una situación de tanto peligro como el que se presiente.

2.— LA SITUACIÓN ARGENTINA
Quién haya leído y reflexionado sobre el contenido del Capítulo 1º. «Situación Mundial y Antecedentes Históricos», podrá inferir fácilmente muchos aspectos de la situación actual de la República Argentina, comenzando por percibir que se trata de un país satélite, similar a Vietnam del Sur, donde como en nuestro Ministerio de Ejército, funciona una «Comisión Asesora Militar» con idéntica finalidad, como asimismo se trata de «un país asociado al Fondo Monetario Internacional» que es el órgano desde el cual salen las disposiciones a que en el orden económico-financiero, como político, ha de someterse el «gobierno argentino».
Fuera de esto (que ya es bastante) funciona una armazón burocrática llamada «United Nations» (U.N.), ineficaz para las funciones que le encomienda la «Carta de las Naciones Unidas» pero altamente eficiente para los fines ocultos que maneja la sinarquía internacional. La Organización de los Estados Americanos (O.E.A.) con todos sus aditamientos colaterales de dominio que, con insidiosos nombres de encubrimiento, se encargan de realizar las diversas tareas tendientes a hacer efectiva la total dominación imperial. Como corresponde y es consubstancial con su conducta, ambos instrumentos los pagan las naciones asociadas, con lo que mantienen una burocracia costosa empeñada en la defensa de sus intereses personales y los designios de los amos a quienes sirven.
Hace trece años que, sin mayores diferencias, la República Argentina es víctima propiciatoria de toda esta combinación criminal que actúa bajo la denominación de «política internacional». En esos trece años hemos visto solo sometimiento y el Pueblo Argentino ha venido pagando esta iniquidad con un margen cada día mayor de miseria y de dolor. De un país justo, libre y soberano en 1955, hemos ido pasando a ser una colonia sometida y espoliada por una fuerza de ocupación que, no solo cumple la misión que el imperialismo le ha asignado, sino que también cuesta muy caro al propio Pueblo que somete y escarnece. Así también hemos pasado a ser una republiqueta sin prestigio ni dignidad, solo conocida en el mundo por las frecuentes visitas de sus ministros mendicantes de crédito o de dinero.
Es natural entonces que, dentro del cuadro que venimos compulsando, la situación argentina se desenvuelva y se mueva por remanencia de las antiguas fuerzas que antes impulsaron su marcha, pero en realidad de verdad, el país está parado, mientras contempla la disminución progresiva de su producción en general. En otras palabras: vegeta y, aunque se agita por impulso de su propia dinámica contenida, no avanza. Es que la pretensión de unilateralizar sus funciones «en tiempos» es irracional y anacrónica, desde que la actividad funcional de la Nación no puede ser por materias ni en compartimentos estancos, sino por acciones estrechamente vinculadas y compenetradas entre sí. Parar lo político y social en procura de desarrollar unilateralmente lo económico, sería como pretender parar la vida de un cuerpo humano, dejando subsistente la circulación en procura de dominar la anemia. La desarmonía funcional terminarla en sólo punto: la muerte. No es otra cosa lo que está ocurriendo en el país, porque lo económico es consecuencia también de lo político y de lo social, por lo que tales actividades no pueden ser separadas ni en el tiempo ni en el espacio sin grave riesgo. Por eso también, aunque la dictadura militar se ha empeñado, ni la acción política, ni la acción social, han podido ser detenidas.
Quedaría por considerar si en esta suerte de aberraciones, el «gobierno» actúa por su cuenta o por mandato, que todos sabemos que existe y se ejecuta directa o indirectamente desde sus oficinas ministeriales, porque nada de cuanto ocurre es producto de la casualidad o del error sino del cumplimiento de un plan perfectamente establecido y realizado.
En el año 1969, solo en el corto plazo de un mes, el capital imperialista ha comprado veinticinco bancos argentinos y, hasta lo que va del año, más de cien grandes empresas industriales han tenido la misma suerte. Este trágico ataque al patrimonio nacional, dirigido sin contemplaciones a copar literalmente sus fuentes de riqueza es público y notorio, como que lo ha denunciado la Confederación General Económica. No creemos que se pueda llegar hasta el colmo de ignorar que la venta o la destrucción del patrimonio de los argentinos es la venta o la destrucción del país. ¿Qué valor pueden tener las ilusiones de progreso que periódicamente nos endilgan los agentes oficiales frente a esta trágica realidad que presenciamos?
Es preciso pensar también que, si el copamiento de los bancos lleva implícito el copamiento de las finanzas argentinas (hoy en manos del F.M.I.) sea, naturalmente, para los fines imperialistas y no en provecho de un desarrollo del que todos los días se habla pero jamás se realiza. De la misma manera es preciso intuir que la posesión de la industria por el capital foráneo no lleva otro fin que su destrucción. ¿O no es cierto que ya el imperialismo ha dispuesto que la Argentina ha de renunciar a su industrialización para seguir siendo un país de pastores y de agricultores? Frente a todo empeño argentino y a los designios que se le oponen, nada podría ser más efectivos para éstos, que comprar las empresas y destruirlas, para lo cual ya el Ministerio de Economía ha envilecido suficientemente la moneda, como para comprar con dólares, por sumas insignificantes, en relación con los valores existentes. Así, al final, los propios argentinos serán los que paguen para ser destruidos.
A todas estas enormidades, habrá que sumarle las que diariamente se cometen desde la administración pública en el lanzamiento de obras que han de financiarse a base de capital foráneo, en cuyos empréstitos ya hemos explicado muchas veces, la forma en que nos roban la mitad y el Pueblo debe luego pagar el total y tos intereses. Por eso, cuando se habla de progreso y estabilidad económico-financiera, no podemos menos que afligirnos, porque sabemos bien de qué estabilidad y de qué progreso nos hablan. En casos como éste, la simulación o el engaño puede llegar a tener carácter verdaderamente crimina!.
Pero es que, para poder realizar cuanto venimos apuntando, ha sido necesario atropellar nuestra Carta Magna y hacer caso omiso de las leyes existentes. La Constitución Nacional de 1949 ha sido destruida bárbaramente con dos finalidades evidentes: suprimir el «Articulo 40» para poder así entregar ignominiosamente el petróleo nacional y suprimir los «Derechos del Trabajador» para poder atropellar y destruir el orden sindical amparado por la Constitución. Si se tiene en cuenta que tales atropellos han obedecido al empeño gorila y continúan en la actualidad, no podemos menos que reconocer que esa fatídica línea, sobre cuya conciencia pesan muchos crímenes y verdaderos asesinatos, continúa.
Por eso ha sido también dable contemplar el espectáculo bochornoso de la entrada triunfal de las compañías imperialistas en los campos petrolíferos y el establecimiento de verdaderas bases que, aunque se mantienen ocultas, todos saben que existen. Por eso también se ha establecido un régimen de trabajo nacional en el que todos los esfuerzos y los sacrificios pesan sobre las espaldas de los trabajadores que, en la más completa indefensión, deben pagar los errores y las enormidades que los auto-titulados «hombres de estado» vienen cometiendo sin solución de continuidad desde 1955. Son los Obreros argentinos, que siempre estuvieron en oposición cerrada contra estos «salvadores de la Patria», los que ahora deben trabajar con salarios de hambre para que sus opresores puedan gozar de sueldos desproporcionados, como sí el ser agentes de un imperialismo les diera también prerrogativas en el propio país que escarnecen.
Pero, en tan insensatos empeños han ido mucho más allá, pretendiendo erradicar la política, como un medio de seguir medrando en perjuicio del Pueblo y acaparando directorios en las empresas foráneas que el imperialismo compra, seguro de que, poniéndolas en sus manos, será la mejor y más disimulada manera de destruirlas. El empeño de anular y erradicar la política es del mismo tenor que los que sostienen la necesidad de erradicar la milicia. Los primeros porque existen algunos malos políticos y porque existen malos militares los segundos. Pero en las actuales circunstancias y frente a una elocuente experiencia, si lo primero estuviera justificado, no podría negarse que lo segundo también lo estuviera. Sin embargo, lo lógico sería que «el zapatero fuera a sus zapatos».
Por los resultados y consecuencias, la actual política no está resultando ni diferente ni mejor que la anterior. Tropezamos a cada paso con los más inauditos atropellos a la organización sindical y el proceso de la política interna ha sobrepasado todos los límites de lo tolerable. En este campo venimos presenciando las más tremendas aberraciones: los fraudes electorales practicados en la forma más inescrupulosa han terminado por proscribir a la mayoría en beneficio de minorías entreguistas que, mediante beneficios inconfesables, están vendiendo literalmente el país y ahora, a muchos, les parece expediente democrático reemplazar a la elección por una opción en la que el Pueblo vota pero no elige. Así la opinión mayoritaria ha dejado de existir para que una secta apoyada en la fuerza (el derecho de las bestias) decida el destino de todos los argentinos.
Ahora, dentro de la simulación y disimulación del trabajo de las «centrales» que llaman de «inteligencia» y que pretenden manejar más las apariencias que las realidades, se filtran algunas intenciones aunque todo parece seguir en la mayor incertidumbre: la dictadura no fija sus verdaderos objetivos, ni las fuerzas que visible o encubiertamente se le oponen determinan sus intenciones. Es un juego insidioso mediante el cual unos tratan de ganar tiempo y otros pretenden preparar las condiciones indispensables para el golpe de estado. De ello se desprende que no existe la estabilidad que se pretende hacer creer, como tampoco está definida la posibilidad de romper el actual estado de cosas. Ni la dictadura, por el camino que va, tiene una salida determinada, como tampoco sus oponentes están preparados para reemplazarla y encontrar soluciones.
Es indudable que, pese a todas las simulaciones consabidas, pocos son los argentinos que se engañan realmente sobre la situación del país, como pocos son también los que pueden pensar que lo que está pasando puede ser eficaz para alcanzar un desemboque hacia la normalización institucional de la República. Nadie puede hacer nada constructivo en este orden de ideas, comienza por no saber lo que quiere y menos aún improvisar una revolución entre gallos y media noche, sin la preparación humana y técnica que toda revolución trascendente presupone, si ha de ejecutarse incruentamente, como corresponde a toda comunidad civilizada, Las dictaduras normalizan nada, porque las reformas ocasionales y desordenadas que promueven tienen siempre sello de circunstancialidad que las hace efímeras: solo las reformas que se hacen respetando Constitución Nacional, modificando la legislación preexistente y por la vía institucional pueden asegurar permanencia y consolidación.

Descartes

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