INTRODUCCIÓN
En este número comenzamos a publicar una serie de estudios sobre el período de la resistencia (1955/60), escritos por sus protagonistas directos, que consideramos un fundamento de la continuidad revolucionaria de la experiencia peronista y al mismo tiempo la base de las sucesivas profundización es políticas, ideológicas y organizativas que desde la clase obrera y sus militantes más consecuentes permiten definir al peronismo como el eje de ruptura con el régimen y al mismo tiempo el agente histórico de la Argentina Socialista.
Lo que sigue debe ser leído y entendido como notas iniciales para la profundización práctica de la lucha que la clase obrera y el pueblo peronista desarrolla desde 1955. Esta investigación ha sido encarada con el criterio más riguroso posible, abandonando desde ya toda pretensión de apoliticismo cientificista y camelo literario,
Desde que surge el peronismo. Argentina queda dividida en dos campos irreconciliables: el campo del imperialismo y sus aislados y el de la liberación nacional. La presencia decisiva de los trabajadores asegurará la permanencia y profundización de las banderas liberadoras que el peronismo levanta en 1945.
Pero aunque el peronismo surge de la identificación de las masas populares con quien las representa política y socialmenté, Juan Perón, durante los nueve años y medio de su gobierno, el desplazamiento de la oligarquía no fue acompañado por su destrucción ni por el acceso pleno de los trabajadores al poder.
El estado peronista representa la primera experiencia concreta y efectiva de un gobierno antiimperialista sustentado en la movilización popular. Los trabajadores, actores principales de este proceso, alcanzan conquistas sociales, seguridad económica y conciencia politica de su papel decisivo en la liberación. La «dignidad» del trabajador, por primera vez reconocida en la historia nacional significa un avance cualitativo en la definición político-social de la lucha de clases.
El estado peronista —al mismo tiempo que defiende la economía y los recursos naturales del país de la voracidad del imperialismo y los oligarcas— va traspasando gradualmente el poder al pueblo en el ámbito político, económico y social.
La persecución a las clases poseedoras, especialmente al sector vinculado estructuralmente con el imperialismo, que se expresa en múltiples modificaciones legales en los planes quinquenales y en el creciente poder de las comisiones obreras de fábrica, no va acompañada por una organización popular que supere los límites políticos e ideológicos impuestos por la coyuntura favorable y «pacífica» de 1944745. Debido a ello el peronismo acompaña el desarrollo de la conciencia popular y expresa la profundización paulatina de la contradicción entre el proyecto socialista de los trabajadores y la integración con el imperialismo de los distintos sectores capitalistas.
En los límites del espontaneísmo y la coyuntura insurreccional-electoral de 1945 se encuentra la «traición» de los cuadros políticos y sindicales, que adhieren a una experiencia a la que abandonan efectivamente cuando realizan su «revolución particular» desde los sillones y pasillos burocráticos y comiteriles. El ejército y los empresarios que acompañan al gobierno peronista en virtud del equilibrio de fuerzas que posibilita la salida electoral de febrero de 1946, no traicionan al peronismo porque nunca formaron parte de él: objetivamente son el límite institucional que el viejo orden impone a Perón y a las masas populares el 17 de octubre de 1945, y que caracteriza al proceso 1946/55 como revolución limitada por el chaleco de fuerza de la constitución, las leyes y el electoralismo.
En la superestructura política del peronismo confluyen dos bloques, uno político proveniente del viejo régimen y uno sindical creado por Peron desde la secretaría de Trabajo y Previsión. Radicales, conservadores y socialistas proporcionan los cuadros políticos y desde la cúspide desmovilizan objetivamente al pueblo; por otra parte, los dirigentes sindicales —pese a su poder— se conforman con transmitir a sus bases directivas formales y mantener en el estado en que lo recibieron a un aparato que debía necesariamente profundizarse y ampliar el campo del poder popular. La CGT casi desde el comienzo del gobierno peronista cayó en un estado de total burocratización, para convertirse en una verdadera oficina gubernamental.
Los empresarios que estaban limitados por el viejo régimen —que ya se transformaba como resultado del poder que Estados Unidos adquiere al finalizar la guerra mundial— aprovechan la oportunidad para acompañar «desde afuera» como clase, y «desde adentro» por el oportunismo de los cuadros políticos que hereda Perón de los viejos partidos, un proceso que les permitía progresar económicamente.
Pero debajo de esta superficie se movían los trabajadores movilizados por la presencia de un gobierno que atendía a sus reclamos y que en oposición al imperialismo desarrollaba la definición de los atagonismos. Es la presencia de la clase obrera en concentraciones, en la adhesión incondicional a Perón y Evita, en la profundización de los enfrentamientos en cada lugar de trabajo, la que convierte al peronismo en el hecho irreductible para la Argentina oligárquica.
Entre 1945 y 1955, las contradicciones que este proceso —espontáneo desde las masas e improvisado desde el gobierno— llevaba en sí mismo y en los límites impuestos por las fuerzas armadas, provocarán múltiples reajustes y cambios en la relación de fuerzas. La vía pacífica, la velocidad de las definiciones entre 1944 y 1946, el impirismo como método para resolver los problemas —y creemos que en esa circunstancia era el único posible— permiten consolidar a una burocracia política y sindical que impide toda defensa eficaz cuando el imperialismo y los oligarcas nos declaran la guerra en 1955.
El frente gorila se amplía por la integración de los empresarios en el proyecto del imperialismo, por la movilización callejera de la clase media antiperonista y por el manejo de la iglesia —vanguardia política de la contrarevolución que acompañan a la conspiración de las fuerzas armadas con la oligarquía.
Las masas populares definen al peronismo y no sus dirigentes políticos y sindicales. Contra ellas, contra Evita, símbolo de la rebelión popular, y contra Perón, líder indiscutido de la clase trabajadora, se desata el odio de los oligarcas; y con ellas el peronismo se convierte en «el hecho maldito del país burgués».
La clase obrera, espontáneamente y a los ponchazos, desarrolla formas cada vez más profundas de respuesta concreta. Desde 1955 en adelante lleva el peso del enfrentamiento y sufre la explotación cada vez más aguda del imperialismo y sus representantes nativos, civiles y militares. Son los obreros y el pueblo peronista quienes por su negativa a integrarse al sistema injusto y entreguista deciden la inestabilidad de los ocho gobiernos que siguieron al de Perón
Así, 1955 marca el agotamiento de una forma política que por la vía pacífica creyó poder generar el instrumento apto para la toma progresiva del poder por la clase trabajadora. Los 17 años que siguen al derrocamiento del gobierno popular, son años de lucha y profundización, en los cuales quedan delineados dos proyectos, donde una supuesta «unidad» intentó borrar el real antagonismo social que refleja dentro del movimiento peronista la lucha de clases de la sociedad peronista lo lucha de clases de la sociedad argentina: el proyecto de la clase obrera y el pueblo peronista que avanza sobre limitaciones propias e impuestas por el régimen, y el proyecto de la burocracia política y sindical que, surgida en el peronismo, desde el llano expresa su voluntad entreguista y negociadora.
La resistencia peronista es el punto de partida inorgánico de la etapa que se inicia en 1955. Allí rastreamos una experiencia que al profundizarse confluye en una organización política e ideológicamente independiente de superestructuras burocráticas o inútiles. La resistencia es la respuesta espontánea de la clase obrera desplazada y perseguida, y cumple un papel decisivo al garantizar la continuidad y definición político-social de la lucha contra el régimen.
Los militantes de la resistencia expresan el rechazo popular a la restauración del sistema imperialista. El peronismo en el gobierno significó una experiencia nacionalista y popular que aproximó a la clase obrera al poder. Sus limitaciones permitieron el triunfo de la contrarevolución en 1955; pero los trabajadores y el pueblo peronista impidieron la restauración pacífica del régimen oligárquico y continúan respondiendo masivamente a los intentos de perpetuar la entrega.
La experiencia colectiva y espontánea de la clase obrera produce la resistencia, y después de ella otras formas de lucha que expresan su desarrollo político y organizativo: las ocupaciones de fábricas, los planes de lucha hechos por los trabajadores y negociados por los burócratas, la juventud peronista, las organizaciones revolucianarias que surjen en todo el país, la CGT de los argentinos, las organizaciones político-militares, el peronismo de base, que progresivamente van aclarando el carácter del antagonismo entre los explotadores imperialistas y el pueblo trabajador.

Susana Checa, Roberto Carri

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