Presentamos aquí el segundo número de “Antropología Tercer Mundo”, que creemos caracterizado por dos hechos fundamentales: la coherencia de su línea editorial y, (manifestación de ese primer hecho) la participación activa y original de un grupo de intelectuales argentinos cuyo signo distintivo es el compromiso primordial con la problemática nacional y popular. Y, como compromiso con la realidad nacional es compromiso con la lucha nacional para la transformación de esa realidad, lo es también con la lucha nacional de todos los países cuya situación dependiente los une en un proyecto común de liberación. En este sentido, sus trabajos cumplen con la amplitud del nombre de nuestra revista,
Al hablar de línea editorial, nos referimos a la idea que originó esta publicación, y nos motivó a afirmarnos en la tarea una vez publicado (y superado) el primer número: la de vertebrar, a través de la difusión de una corriente de opinión encauzada dentro de ciertos marcos generales, un trabajo de investigación. Su objetivo más importante es lograr algún tipo de conocimiento sobre la sociedad en que vivimos, cuyo método haya surgido de esa realidad, y su único fin, producir -o mejor dicho, ayudar a producir- cambios en ella.
Este proyecto requiere establecer dos puntos básicos de partida. El primero, afirmar que esa independencia de método y objetivo de la tarea intelectual -a lograr- es posible porque objetivamente existe una realidad diferenciada (aunque económica y políticamente dependiente) de la realidad de la metrópoli colonial. La denominamos Tercer Mundo, y afirmamos que la Argentina se inserta en ella. El segundo punto es establecer ciertas características ineludibles de un trabajo intelectual de ese tipo. La gradación va desde el campo estrictamente teórico al de la estructura ocupacional: si es imposible el conocimiento de nuestra realidad a partir del último modelo al uso en París, lo es también cuando se participa en la tecnocracia capitalista-investigación de mercado, subsidios de fundaciones extranjeras, etc. Trataremos de analizar ambos aspectos.

EL CONCEPTO DE TERCER MUNDO
Es redundante afirmar la complejidad del concepto, y las confusiones que origina; probablemente su valor analítico quede reservado a otra etapa histórica, y nos sea más útil, como participantes de la realidad que resume, su valor instrumental para tratar de resolver alguna contradicción de esa realidad. Esa complejidad e instrumentalidad requieren sentar, cada vez que se hable de tercer mundo, en qué nivel manejamos el término: a) El concepto se refiere a los pueblos y, en general, no a los gobiernos. A la vez, los pueblos pueden situarse en una de estas etapas:
1) luchando por su liberación (aún cuando la lucha no haya asumido contornos masivos). En ese caso, la causa nacional unifica diversos sectores populares contra el enemigo definido y visible: el agente colonial. Un caso concreto son las colonias portuguesas.
2) Aquellos pueblos que se han independizado y tratan de sostener su independencia tanto en lo económico como en lo político. Sus gobiernos representan la voluntad popular (No necesariamente expresada por el mecanismo parlamentario, electoral, etc.). Tenemos un ejemplo en Argelia.
3) Pueblos independientes formalmente, pero dependientes en lo económico y político. La afirmación soberana existe en áreas muy limitadas y superficiales. Es el caso de la mayoría de los países latinoamericanos y africanos que se engloban en el concepto común de “neocolonizados”. Su estructura dependiente los ata al carro de la política internacional de las grandes potencias, en tanto su economía es subsidiaria de las necesidades de aquellas.

b) El concepto se define por la dependencia en lo económico y lo político. Partiendo el mundo en dos polos hegemónicos, Estados Unidos y la Unión Soviética, situamos entre ellos dos grupos de países instrumentalizados en la lucha entre esos dos polos: 1) aquellos que dependen económica y políticamente, no solo colonizados o neocolonizados, sino también soberanos, en la mecida en que sus economías endebles no les permiten un juego interno e internacional al margen de los intereses de las grandes potencias. 2) El grupo de países altamente industrializados cuya economía se encuentra entrelazada con los EE.UU. (Europa Occidental) o con la de la U. Soviética (campo socialista excluyendo China. Si bien existe una similitud en la dependencia entre estos países y los del primer grupo, el hecho fundamental que los distingue es que este grupo de países industrializados participa, junto con las superpotencias, de la cuota extra de plusvalía que se extrae a las masas de los países del grupo 1. La consecuencia inmediata en lo político es una oposición objetiva, y no una solidaridad, entre las clases explotadas de los países altamente industrializados y las masas explotadas de los países “subdesarrollados”. El alto nivel de vida de la clase obrera de aquellos países se basa en la efectiva explotación de los obreros y campesinos de nuestros pueblos. Por esta razón, el internacionalismo proletario es una abstracción sin sentido en tanto despojada de la perspectiva nacional. Según este criterio de la dependencia, entonces, el tercer mundo es este primer grupo de países: dependencia total y explotación total. El caso particular de China nos lleva a otro nivel de la definición. 3) El concepto de tercer mundo no implica una posición tercerista. No es una disyuntiva entre socialismo y capitalismo, sino la concreción política, a nivel internacional, de la lucha entre los opresores y los oprimidos. La afirmación de un tercer mundo implica tanto la existencia de un campo diferenciado dentro del juego de bloques internacional, como la ruta hacia el fin de la dependencia: la unificación de los pueblos que componen el tercer mundo en un bloque solidario en lucha por la liberación nacional y social, es el camino efectivo para lograr el fin de la dominación. En esta perspectiva, China, en tanto país liberado e independiente, comparte las aspiraciones del tercer mundo en su enfrentamiento objetivo con Estados Unidos y Unión Soviética, pero por su particular formación socio-económica no puede considerarse un miembro del tercer mundo, 4) Surgimiento histórico del tercer mundo. Si bien la posición dependiente no es, para nuestros países -obviamente- reciente, sí lo es la situación histórica que origina su diferenciación como bloque.
El siglo XX se escalona en tres grandes acontecimientos: en las postrimerías de la primera guerra europea, surge el primer país socialista de la historia.
El segundo acontecimiento es, tras finalizar la segunda gran guerra, el surgimiento de un campo socialista, y su robustecimiento político en el plano internacional. El tercer hecho es el proceso de liberación que inician los países principalmente africanos.
Si el período entre el primer y segundo hechos puede explicitarse como existiendo en el mundo a) una poderosa posición de dominio a nivel mundial del capital financiero, y de enfrentamiento entre las potencias capitalistas; b) una mayoría de naciones dependientes de la política de rapiña de estas potencias y c) una nación de economía socialista tratando de enfrentar a esas potencias y a la vez de subsistir y afianzarse en el orden interno, el período subsiguiente se caracteriza en cambio por: a) una nación que desarrolla un papel hegemónico en el campo capitalista; b) una nación que desempeña un papel hegemónico en el campo socialista y c) un grupo de naciones dependientes, pugnando por encontrar su propio destino nacional al margen del juego de los bloques,
Al variar la relación de fuerzas y fragmentarse el mundo en dos grandes polos, la situación de dependencia del resto de los países tiende a resolverse en una-salida al margen de este equilibrio que mantienen las dos fuerzas dominadoras. Es a partir de este momento que puede hablarse de tercer mundo, y por ello el concepto no es aplicable a la situación de dependencia pre-existente a la teoría de las esferas de dominio. No debe pensarse que esta teoría surge de un simple juego analítico: ha sido expresada explícitamente, primero encubierta por las necesidades militares, y luego como un hecho descarnadamente político: esbozado como plan militar en Teherán, el acuerdo de Moscú (octubre de 1944) desentiende a la Unión Soviética de los guerrilleros griegos y frena el ascenso al poder de los partidos comunistas de Francia e Italia, en tanto las potencias occidentales ceden los Balcanes al dominio soviético. Las conferencias de Yalta y Camp David no hacen sino extender este pacto a nivel mundial.
Es pues en estas múltiples determinaciones que podemos encontrar el tercer mundo; cada una puede ser profundizada en el análisis tanto general como de cada país en particular, y siempre teniendo en cuenta el carácter dialéctico del proceso que se intenta estudiar.

LAS POSIBILIDADES DEL TRABAJO INTELECTUAL
La segunda condición para el desarrollo del proyecto que propone nuestra revista, reside precisamente en el contexto en el cual éste debe desenvolverse: las opciones y posibilidades que brindan nuestros países dependientes.
En los países coloniales la política de penetración en el campo de la cultura es tan evidente como lo es la dominación en todos sectores de la vida del país. Pero en países formalmente independientes, donde la dominación se denuncia explícitamente en los resortes de la economía y la conducción internacional, es a veces confusa la delimitación de la dependencia cultural. Denominaremos este aspecto de la penetración imperialista como “cuña neocolonial”.
Este coloniaje abarca dos niveles: los sectores ilustrados -los hombres de cabeza- y el pueblo. La consecuencia inmediata es que los sectores ilustrados se convierten en agentes del coloniaje, que contribuyen a insertar las modalidades de la cuña cultural en la vida cotidiana de la gente, de modo que esa cotidianeidad no entre en conflicto con el plan general de dominio de la metrópoli.
El primer nivel implica la enseñanza superior como medio de formación de técnicos útiles para la inserción de la cuña neocolonial, y la construcción de aparatos adecuados para que desarrollen su oficio: desde la educación a los medios de difusión de masas. La racionalidad del proceso se nutre en la obsecuencia de los técnicos de la investigación del mercado y la opinión pública, casi siempre violentamente izquierdistas. Al depender de la empresa privada consideran oculta su condición de miembros nativos de la corte imperial, y les parece siempre más positivo contabilizar el consumo de gaseosas que, por ej., comprometerse en el rescate de la actividad universitaria.
El segundo nivel son los modos de recepción de los contenidos que el pueblo recibe por esos medios. Los contenidos pueden dividirse en dos grandes sectores: la transposición de los usos de la metrópoli, y la perpetuación y relevancia de un nacionalismo patriotero, de un folklore de peña, de un tradicionalismo sensiblero. La cultura tradicional se rescata en su pintoresquismo, en la imagen bucólica del gaucho payador pero no en la imagen real del gaucho montonero; el interior es el otro país que produce ponchos, no el país real, protagonista de un siglo y medio de enfrentamiento al imperialismo. La cuña colonial se nutre también de esto.
Pero si el sector ilustrado no sólo es agente de esta política de penetración, sino que también lo adopta como forma superior de vida, el pueblo en cambio posee mecanismos más profundos para absorber, transformar y convertir en modalidad propia y de ataque estos elementos de la dependencia. El intelectual al servicio de la cuña colonial pronto pierde el marco de referencia de su suelo y de su gente, y se convierte en hombre fronterizo; pero el pueblo es un proceso constante de recreación de sus propios marcos de referencia, de lenguajes comunes e intereses asociados. También recrea constantemente sus tiempos de acción, hasta que la continuidad halla sus cortes: entonces marcos de referencia, lenguajes e intereses proveen a la violencia, a las salidas masivas, nutre a los hombres que encarnan la voz de todos: San Martín, el Chacho, Felipe Varela, López Jordán, Yrigoyen, Perón. La cultura popular surge como arma fundiendo las propias creaciones y los mitos coloniales deglutidos.

DOS LINEAS DE LA INTELECTUALIDAD ARGENTINA
No toda la intelectualidad, sin embargo, consiente en convertirse en agente del coloniaje cultural. Nuestro país es ilustrativo al respecto: por un lado todo lo que -salvo períodos excepcionales- represen la la cultura oficial (y su oposición oficial, la izquierda liberal), coherente, con medios y apoyo, robustecidos sus valores por la historiografía académica, y por otros hombres sueltos, grupos aislados, siempre perseguidos y calumniados, deseando arraigar en la cultura real, la de la gente. “Unión americana”, “Sociedad Bilbao”, el siglo pasado: los hermanos Hernández, Guido Spano, etc.; F.O.R.J.A, este siglo es ilustrativa de los medios que la oposición oficial utiliza para defender a la cultura oficial,
Pero como dicen los españoles “consumada la traición no es menester del traidor”, la radicalización de la ofensiva colonial pone a esta oposición oficial en una disyuntiva trágica: o aceptar el compromiso total -léase la izquierda percibiendo los ingresos del plan marginalidad- o disolverse en la nada. La “crisis” de la intelectualidad de izquierda de la Argentina no es la carencia -como se dice- del partido político que los coherentice, sino la comprensión de que la transposición de los usos de Europa ya no sirve y que no tienen o no saben forjar la verdadera herramienta del trabajo intelectual productivo: el arraigo en la gente de su país.
Mariátegui afirmaba que en toda literatura hay tres períodos: uno colonial, otro cosmopolita, otro nacional -y esto lo extendemos a toda cultura. Pero los argentinos podemos asegurar que ese período nacional está por crearse, que toda salida reside en los interrogantes que nos plantea y las soluciones que exige, comenzando por comprender que el período cosmopolita es una trampa, que sólo encubre al colonial que escuda su vigencia -tras el cambio de metrópoli- en el universalismo abstracto, en el objetivismo y la neutralidad valorativa.
En nombre de estos valores sagrados se encubre el hecho real de toda ciencia “avalorativa” y de toda cultura que “supera el localismo”: se elude la situación concreta porque es mejor no complicarse en el cambio de esa situación. Entonces no hay gran trecho entre quienes sólo se preocupan por corregir las disfuncionalidades del sistema y quienes formalmente proclaman la necesidad del cambio: el método los hermana, el resultado es el mismo en la labor del tecnócrata parsoniano y del dogmático marxista. Uno y otro están del otro lado de la brecha, en la vereda de la dominación; de este lado, la gente y su proyecto de liberación son el único marco posible para todo trabajo creativo,

LA IDEA DE ANTROPOLOGÍA TERCER MUNDO
Pero desechar los moldes, los esquemas, las recetas abstractas, no es pasar la topadora sobre los auténticos valores universales, sino afirmarlos; no se trata de practicar un folklore trasnochado, de convertirse en un provinciano de la cultura. La cuestión es insertarse en esos valores universales de la única forma posible: la autoafirmación a través del proyecto de liberación. Cultura nacional, ciencia nacional, es liberación nacional.
Si dejar de lado la cultura del colonizador, o acabar con la ciencia del imperialismo, es terrorismo intelectual, allá con las definiciones. Pero de eso se trata. Hay una realidad y es la de la contradicción dominador-dominado. Como dominados tratamos de acabar con la dominación, en tanto pueblo en conjunto. En tanto intelectuales, científicos, parte real de ese pueblo, proveemos al proyecto de acabar con la dominación buscando las formas de la conciencia que determinen con claridad la situación y la estrategia.
Para eso hay que crear una nueva cultura, una nueva ciencia, un nuevo arte, y no de la nada, sino comenzando precisamente en la gente que lleva sobre sí con más rigor el peso de la dependencia, y que constituye cada día el tiempo y el plan contra la dominación.
La idea de nuestra revista incluye pues los dos puntos que hemos resumido: que formamos parte del proyecto común del Tercer Mundo, y que las posibilidades del trabajo intelectual parten de la situación dependiente de nuestra patria; que hay una cultura al servicio de esa dependencia y destinada a justificar esa situación en la conciencia del pueblo.
El plan de trabajo intelectual debe partir, entonces, de la necesidad de crear una cultura al servicio de la liberación. El transcurso mismo de su creación significa fortalecer las condiciones de ese trabajo.
Nuestra revista tratará de vertebrar, en la amplitud de su nombre, la labor de investigación y publicación de los intelectuales nacionales del Tercer Mundo, o que, en otras latitudes, sean solidarios con su causa. Con muchos antecedentes en la tarea, éxitos o fracasos, de una práctica al servicio de lo nacional, nuestra idea confía en esos intelectuales nacionales plenamente consientes de la necesidad de luchar contra la ciencia y la cultura de la dependencia, que no solo representa una actitud reaccionaria y al servicio del statu-quo, sino también la castración intelectual y la negativa a la imaginación.

GUILLERMO GUTIÉRREZ

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