PUEBLO Y CULTURA POPULAR, CAMPO DE INVESTIGACIÓN Y ACCIÓN

La expresión global de la práctica histórica revolucionaria de los pueblos latino americanos en contra de la dominación y en favor de su propia liberación y de los demás hombres, constituye para nosotros un ámbito de realidad poco conocido, en especial desde el punto de vista recien enunciado.
Hasta ahora se ha acostumbrado considerar a la cultura, y a la cultura popular como incluida tácitamente en la primera si cabía, a la manera de un conjunto de pautas y de normas de conducta y de comunicación. Este punto de vista es reduccionista y desfigurador.
Más que un conjunto de pautas y normas, la cultura popular es una expresión de problemas sociales y humanos. Recoge en su trama los vaivenes del sufrimiento y de la lucha interminable y cotidiana; expresa los contenidos y propósitos de esa lucha. Expresa la lucha y los contenidos de la misma, de una manera virgen y abierta, no sujetándose a fórmulas organizadas pre-establecidas que pudieran anestesiar o contradecir al uno y al otro factor.
En realidad, la expresión histórica revolucionaria de la cultura popular se inserta en la práctica de autoafirmación de nuestros pueblos. Desde su ángulo, le otorga permanencia y espíritu indomable. Ha sido capaz de crear situaciones riesgosas, nuevas e inesperadas. Constituye una reserva de la confianza en la justicia y la fraternidad entre los hombres, más allá del alcance de los intereses reivindicatorios. En ningún momento la cultura de los pueblos latinoamericanos parece rehusar el planteo de todo el espectro problemático humano: lo acepta y en muchos planos lo fomenta abiertamente.
No creo que se trate de ser candidos con respecto a la cultura popular y a su protagonista, el pueblo. La cultura popular no es “una cruzada de la bondad, ni una reivindicación de una buena fama o de algo valioso que ha sido subestimado: sus concreciones se extienden desde lo sórdido y lo cruel hasta lo más noble y todo lo que su fuerza principal hacia la justicia involucra y desata en una situación de dependencia y pugna. Sin embargo no es más cruel ni más extorsionadora que su sistema oponente. En otras palabras, es un hecho social y humano, ni más ni menos, que refleja en sí los efectos de las presiones, desgarramientos y deformaciones de la situación en que se asienta.
Destacamos nuevamente lo que sigue. Nuestra conciencia histórica demuestra que, por sobre el valor otorgado a los mecanismos, la lucha misma, las tácticas y victorias, prima la importancia otorgada al contenido de las mismas: la justicia. Desde este flanco, la cultura popular suele mostrarse inaccesible, indócil y claudicante a los ojos de los impacientes y advenedizos que desconocen la complejidad de su planteo total ni saben de sus fracasos y especial tipo de perspicacia. En ningún caso la cultura popular deja de erigirse en protesta tácita o abierta contra el parcelamiento, la subestimación desalentadora y el fomento de las divisiones internas a que es forzada por las diversas estrategias de aquella política orientada a dividir para reinar y de crear panaceas para ilusionar o calmar.
Resta sin embargo señalar un problema. La cultura popular o por lo menos algunas esferas que se presten, pueden ser arrastrados a ser parte de la sociedad de consumo y de comercialización, como ocurre con algunas versiones del folklore nacional. Algunas vertientes de la cultura popular son transformadas en un arma o expediente que la llevan a operar dentro de estamentos y mecanismos sociales que directamente contradicen y traicionan sus contenidos y luchas. Esas vertientes no dejarán de contribuir a la claudicación, sumándose a la pedantesca intención aquella de educar al soberano, y que en realidad implicaba entrenarlo para sujetarse a las exigencias y conveniencias de la dominación británica en desmedro de la nación; esas vertientes comercializadas de la cultura popular se incrustan en la sociedad de consumos costosos y desgastadores del área hegemónica adjudicada a Norteamérica por los arreglos del sistema de la coexistencia pacífica. Los recién llegados al pueblo y a la cultura popular con tribuyen a silenciar su mensaje de un modo tan inconsciente y disimulado como en la instancia anterior. Sus motivos espúreos de no quedarse atrás, de adoctrinamiento compulsivo, etc., se prestan a permitir un área de desahogos intelectuales muy parciales y desprovistos de la prueba del tiempo.

NECESIDAD DE ABORDAR EL PROBLEMA
En realidad no estamos bien provistos todavía para abordar el problema global, desde y para el pueblo y su cultura. J. J. Hernández Arregui, A. Jauretche y otros han dado grandes pasos: se trata de dar otros. Respecto a la necesidad, no sólo de explorar y explicar esta problemática, sino de otorgarle un alcance práctico, es indispensable notarlo siguiente:
1. Quién no se percata que hasta ahora y generalmente los sociólogos y antropólogos continúan explorando a nuestra realidad social, desde puntos de vista e intereses ajenos al planteo de la lucha por la justicia, -su contenido-, a que nos referimos arriba, y en beneficio de proyectos científico políticos adversos o indiferentes al proyecto político de nuestros pueblos? Algunos caen en un sincretismo estrechamente emparentado con el chauvinismo imperialista; se pasan datos y explicaciones, como si ello no implicara consecuencias; se reciben dadivas que crean compromisos, relaciones y proyectos al servicio de una ciencia de cuyos enmascaramientos no se necesita mucho para advertirse.
2. Con una fe tenaz se insiste y persiste en creer en desarrollismos e integracionismos que no dan para mas, a no ser para debilitar una interdependencia económica más adecuada entre países que la actual dominadora y dependiente. Estos desarrollismos, integracionismos y democracias formales o restringidas de hecho minan a nuestros países a pesar de los consumos inútiles y asociales y, por otra parte, sirven al desarrollo económico y a la opulencia social y avance científico de los países dominadores. Cuesta cambiar; cuesta cambiar ese módulo de “cambiar las cosas de cierta manera y hasta tal punto” de modo que al fin “todo quede como está”; en realidad, los grupos interesados en esta fórmula rehusan cambiar su situación de divorcio del pueblo y las ventajas de sentirse superiores a él, en orden a legitimar sus prerrogativas.
3. En nuestros países subsisten algunos grupos que por vía de ahondar en sus complejos de culpa o de su fracaso político, no se perdonan jamás el haber malentendido el contenido decisivo que en nuestros países opera en favor de la autoafirmación. Aquella vez estuvieron divorciados; todavía lo están. Su contextura de intereses y relaciones les impedirá entender el núcleo de la cosa y comprometerse con ella. Siempre dispondrán de alguna fórmula mecánica para sugerir y capitalizar el esfuerzo de otros; les importa la lucha como mecanismo esporádico y subestiman la justicia, A raíz de esta deficiencia, no llegan al pueblo. Su oportunismo práctico e ideológico los delata: en un momento son marxistas leninistas, en otro populistas y en otra ocasión y frente, peronistas.
4. El ámbito de la “cultura popular” se encierra en él de “pueblo”. La cultura popular es un flujo inmanente al trabajo cotidiano y al reclamo político del pueblo frente al cercamiento que lo circunda y penetra. La cultura popular no es una superestructura, como lo es la cultura ilustrada y como a menudo lo son las ciencias sociales, especialmente cuando operan de herramienta científico-ideológica de la opresión cultural externa. No es posible adoptar una perspectiva adecuada a la larga experiencia de proletariado histórico de nuestros pueblos latinoamericanos, si previamente no se desprende a las ciencias sociales de su inserción en el proyecto político de la dominación y no se las incorpora nuestros pueblos. Esta transformación involucra un trabajo y cambios de mucho mayor envergadura de lo que a primera vista se percibe. Afecta directamente la estructura profesional de sociólogos y antropólogos y su modo actual de pertenecer a la oferta y demanda, -el mercado-, de expertos adscriptos a la dominación. Implica desprenderse del grupo y de la cultura de los selectos, de sus criterios acerca de lo que es racional e irracional, de lo que es superior y de lo que es inferior, acerca de lo que es cascara y de lo que es substancia.
Estamos impreparados para abordar el problema global de la “cultura popular”, de sus repliegues, subyacencias y verdaderos alcances transformadores. La sociología y la antropología pueden actuar de obstáculo inconsciente y solapado: la dominación enmascara, disimula y crea la presunción acerca de perspectivas “verdaderas”.
Sin embargo estamos en la encrucijada que apremia salir al encuentro de todo lo que la realidad de nuestros pueblos y de la cultura popular exige y que ha de transformarse en un proyecto de liberación más articulado y explícito. La cultura popular en su actual situación de amenaza invita a que se revean coa amplitud y visual todas las prácticas y concepciones vigentes hasta ahora respecto al verdadero importe de su mensaje Anticipa que se presentarán otras coyunturas de transformación y que a espaldas de ella y en obsequio de inquietudes abstractas y perfeccionistas, muchos podrán volver otra vez a desentender y desaprovechar la oportunidad que se les ofrece.

CULTURA POPULAR Y CULTURA ILUSTRADA. PUEBLO Y “SELECTOS”
El pueblo y su cultura, -principalmente su núcleo central de fuerzas-, se yerguen en oposición a la cultura ilustrada, en contra de su sistema y de sus bases de legitimación. El antagonismo histórico entre barbarie y civilización, entre caudillos y montoneras que luchaban por salvar a la nación y los gobiernos de las oligarquías que pedían progreso al cambio de la entrega del país, ponen de manifiesto los alcances de la contradicción que contrapone a ambas esferas.
La cultura ilustrada se afirma en los grupos y en su orden de apropiación de bienes y ventajas a expensas de los demás. Esta apropiación en realidad equivale a una extorsión agresiva que opera de un modo inclusivo y excluyente: inclusivo al máximo en favor de los propios intereses momentáneos e individuales y excluyente al máximo de los intereses sociales; pero además, la apropiación se ve forzada a cambiar esa inclusividad y exclusión con la claudicación y docilidad a los dictámenes de los dominadores que son incondicionalmente apropiativos, inclusivos y excluyentes, no sólo de los bienes sino de la suerte política y general de otros seres humanos. No todos pueden iniciar o perdurar en la apropiación a que nos referimos; históricamente lo fueron quienes a raíz de las actividades que desempeñaban y compromisos desarrollados, acabaron por constituirse en los “selectos” de la humanidad. La cultura ilustrada expresa y sirve de satisfacción, educación y refinamiento de los “selectos”, otorgándoles la garantía ideológica que los demás son inevitablemente inferiores, irracionales, infrahumanos, en comparación con la superioridad por ellos lograda. Dentro del esquema de la apropiación y del mercado, el módulo de los medios-objetivos, o sea de la mercancía-dinero, del dividir-dominar, etc., se complementa con la reducción de las ciencias a la dimensión tecnicista que asegura los éxitos.
La cultura popular se orienta a todo el espectro de la problemática humana y consiguientemente contra el reduccionismo de la realidad que cabe dentro de la estrechez de los selectos. La contextura de la cultura popular da cabida a sus elementos, no tanto como pesimismo o el optimismo de los selectos, sino como problemática: da alojamiento a problemáticas, las proyecta y las provoca en otros. Su trabajo es más amplio, duro y complejo: supera en mucho los límites de los éxitos tecnicistas. Su supuesto básico dice que apenas hay un hombre, se constituye el hecho racional: las clasificaciones de arracional, prerracional y antirracional no corresponden; expresan la enajenación y la irracionalidad de los grupos que se amarran a un diseño artificial de la sociedad humana. En principio la cultura popular se identifica con las necesidades humanas: no acaso es problemática y la causa de permanente ansiedad para los selectos que asumen poder controlar la naturaleza e intensidad de esas necesidades. Tiende a que se sujeten a la justicia, sean los avances que hace la apropiación, los consumos, rapacidades y dominaciones, sean las luchas que el pueblo emprende contra esos poderes. Si hay superioridad humana, ésta consiste en la justicia y en lo que el pueblo denomina “humildad”: ésta se expresa en la disposición a la fraternidad y a la igualdad que distingue la vida de los humildes, de la de los enancados en el poder y la apropiación inclusiva y excluyente. Las oligarquías latinoamericanas nunca perdonaron estos contenidos de la aspiración popular: se prestaron a cualquier alianza, para sofocarlos. En realidad la fraternidad y la igualdad constituyen una superación de la enajenación que permitió a las oligarquías hacer entrega de nuestros países y aceptar las fórmulas de su deterioro económico y de su impotencia política.

NÚCLEO DE FUERZAS Y LIMITES
El problema de las áreas de la cultura popular y de los límites de clases interesa mucho: son áreas cambiantes y límites fluí dos. Estos son determinados por las alternativas del proceso que los condiciona. Paralelamente gravitan las percepciones que los diferentes grupos componentes o adversos tienen sobre el particular: los miembros de los grupos más rancios y cerrados de la oligarquía llegan a englobar en lo popular, algunas características de medio pelo propias de las clases medias. No pesa tanto el problema de las áreas y límites, cuanto la permanencia y fuerza del núcleo de fuerzas de los grupos que elaboran a la cultura popular en la lucha contra la dominación y en favor de la nación, así como en el campo opuesto es decisivo el problema del escalonamiento de la dominación que desde los países de la dominación neocolonial se asienta en las grandes ciudades y baja a las capitales de provincia y, por otras vías, a las estancias, obrajes, cañaverales, algodonales, bancos, etc. El escalonamiento de la dominación define la graduación de actividades de la cuña neocolonial que comprende la mayoría de los grupos de las clases elevadas y grandes sectores de las clases medias; de ella no hay que excluir a aquellos sectores de las clases trabajadoras reblandecidas por la economía de consumo, por las claudicaciones políticas y la aceptación de ventajas que resultan contrarias a la situación e intereses de los grupos decididos adversarios de la dominación. La economía orientada al consumo y al desperdicio, la publicidad, el sistema de prebendas y el profesionalismo, las profesiones liberales, las aristocracias obreras y el burocratismo, la actividad enajenadora y antinacional de los científicos y la ambigüedad con que se plantean los problemas sociales, etc., son fuerzas que a lo largo del proceso se suman unas a otras consciente o inconscientemente, al proyecto político de la dominación.
A pesar de la omnipotencia de la dominación y de su omnipresencia, la docilidad y domesticación definitiva de los grupos populares y de su cultura es difícil de extinguir. No es la primera vez que la cultura popular subsiste como brasas bajo la ceniza. Después de resistir durante cien años a la dominación británica y a los alineamientos y alianzas producidos entonces, ahora le toca redefinir los problemas y encontrar un camino de salida.
El escalonamiento de la liberación es lento, amplio y aparentemente esporádico, aunque constante en el fondo. La superación de Juan B. Justo y de L. de la Torre por Irigoyen, más tarde, la emergencia del peronismo y posteriormente las alternativas del movimiento popular que perdura después de dos décadas ofrecen una perspectiva acerca de la naturaleza de la práctica de la liberación y de la transformación. Los intentos de educar al soberano produjeron un resulta do distinto al esperado por las oligarquías, y las fórmulas puras de los revolucionarios abstractos aliados de los enemigos de la nación. Aparte de esos momentos políticos álgidos, la política del pueblo y de su cultura es la de sobrevivir; sobrevivir física y literalmente para evitar caer en el foso y en la desocupación, en la enfermedad, en la proscripción. La política básica es resistir, evitando la muerte y el aniquilamiento. En relación a ésta, las otras elaboraciones son refinamientos y, cuando no toman en cuenta esa base, se transforman en elucubración desorientadora.
El panorama de la cultura popular en las presentes circunstancias, es muy plástico y escurridizo; arrastra en sus cauces mucho limo que esconde a la corriente central y por ahora invisible en todo su conjunto. Considérese, por ejemplo, el caso de los numerosos recién llegados a la cultura popular: de todos aquellos que desconocieron en su oportunidad la coyuntura de transformación y de liberación y de todos aquellos otros que detectan solamente un planteo de estrategia y de mecanismos muy distanciado social y culturalmente de lo que el núcleo de la cultura popular postula como renovación de las sociedades latinoamericanas en el muy concreto y estrecho desfiladero que se les intenta cerrar por todas partes. Las culturas populares latinoamericanas implican un planteo global de toda la problemática humana, o sea, del hombre y de su sociedad, de la relación social, de la dignidad incondicional de los hombres por sobre las cosas, de una racionalidad más veraz que aquella otra que sirve para domesticar, de la economía, de la política, de la cultura, etc. A estas postulaciones no renunciará y aparentará ser cobarde e inactiva ante objetivos que no conducen a la posibilidad de encaminarse a sus finalidades por las que resistió y luchó desde hace siglos.
Existe una práctica de transformación. Se trata de descubrir todos sus meandros, pliegues y aparentes caminos despistados. Si solamente uno se dispone a enseñar desde la óptica pasajera e individualista de un tramo o de un ángulo des de los cuales no se percibe el conjunto del planteo involucrado, uno contribuirá a establecer una distancia cultural más divorciada del núcleo que importa discernir. Muy opuesta a esta actitud reduccionista propia del proyecto político dominador, se trata de captar la totalidad del problema planteado por las culturas populares latinoamericanas.

Justino O’Farrell

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