Este comentario es el rápido resumen de un artículo que estaba preparando para la publicación colectiva de las Cátedras Nacionales. A medida que pasaban los días la extensión de ese artículo aumentaba peligrosa y kilométricamente; las discusiones políticas que tienen lugar en los trabajos prácticos de Problemas de Sistemática me hicieron ver la necesidad de ajustarlo y entonces aproveché, de paso, para abreviar lo al máximo y darle un carácter más declarativo, ahorrador de largas fundamentaciones y exposición de supuestos.
Lo que voy a desarrollar es una teoría del discurso político de liberación nacional en Argentina. Una teoría del discurso político parte de la identidad entre el sujeto que la expresa y las propiedades del cuerpo teórico, hace coincidir el sujeto de la teoría con el sujeto práctico, real, existente, que la formula. Diversas teorías, aun con pretendido aliento crítico, no se plantean esta coincidencia, anulando el sujete polí-tico en beneficio de reglas que permitan el reposado estudio de las condiciones de madurez del sistema capitalista.
La relación general entre la teoría y la acción está explicada, precisamente, por la intervención inmediata de la teoría en el proceso revolucionario y, obviamente, ésta es la única garantía posible de conocimiento de la realidad. La teoría ha de ser una llave que permita la inserción de los sujetos en el cauce revolucionario, el conocimiento colectivo que permita o descubra los accesos a la transformación de lo que existe. A esta peculiar condición de las teorías que nos hablan de la revolución la de nominamos teoría del discurso político: al no «teorizar» meramente sobre los mo-mentos de «eso otro que no es teoría» sino, en cambio, al ser la expresión del sujeto político que se interroga, reflexivamente, sobre las vías de la acción, sobre las posibilidades de la estrategia y las fuentes de la ideología, la teoría del discurso político hace justicia a la vieja ambición de muchas doctrinas: convertirse, cuando se encargan de ellas las masas, en fuerza material.
Hago esta referencia a la teoría del discurso político —que para lo que interesaba en este comentario pudo ser dejada de lado— porque se nos suele reprochar, acongojadamente, por el olvido en que sumimos a las «categorías de determinación» del proceso social. No las olvido; simplemente no he partido de ellas, y después veremos si un punto de partida alojado en el pensamiento político en acción resulta ser fructífero, (vg., logra tomar decisiones adecuadas sobre esas categorías de dominación).
Cuando decimos que en el plano en que nos situamos —teoría del discurso político-encontramos las mayores garantías para la materialización de las teorías, pretendemos que eso suceda en primer término en aquellos lugares donde ellas se expresan y circulan. Para el caso de las Cátedras Nacionales, esto forma parte de sus convicciones más acendradas: justamente se explica su vigencia por su constante intención de debilitar los mecanismos académicos que protegen el estado de irresolución de las ideologías universitarias, politizando la situación docente y limpiando continuamente las vías de acceso de las teorías hacia su fuerza material.
Insisto, entonces, en que estamos en una teoría del discurso político, una teoría que nos dice cómo hay que hablar de política en la Argentina, y que por eso mismo, habla también de nosotros, en el mismo movimiento conceptual. Estamos, pues, en el plano de la política, en el plano absorbente de la estrategia y de la ideología. No hablamos de la sociedad —repito, no hablamos (por el momento) de la sociedad—, sino que hablamos de las reglas de la revolución nacional en la Argentina como lenguaje y como consigna política.
La estrategia y la ideología son los dos polos de la teoría del discurso político y en el medio, como veremos, está el análisis institucional. Pero en la Nación, en la definición de Nación, siempre que no la veamos como instancia del desarrollo histórico de la burguesía, encontramos el espacio donde se unifican la estrategia y la ideo logia: se trata, estratégicamente, de conseguir la nación, de recuperarla de su esta do de dependencia; se trata, ideológicamente, de proceder con el nacionalismo del pueblo, única doctrina capaz de sintetizar la independencia nacional. Estrategia e ideología son, acá, dos caras de la misma moneda. «El «nacionalismo económico» —hoy horizonte de pensamiento de las masas populares— es la adecuada recepción estratégico-ideológica que recibe el tema económico, (alusión a una de las «determinaciones»), en el plano de la teoría del discurso político.
Una teoría así no es un remedo romántico, esencialista u ontologizante (como se le atribuye) sino que es —por el contrario— un pensamiento sobre la actualidad, recuperador de la historia que totaliza las luchas por la independencia nacional en la Argentina, a la altura de discurso y de lenguaje, y digo esto porque tenemos tiempo aún para ser delicados con aquellos que vigilan constantemente las cenizas del historicismo, para que no brote la llama. Se trata, en efecto, de la recuperación, en el presente actuado, de la historia del pueblo-nación, se trata de no ser contemporáneos filosóficos del presente, sino efectivos protagonistas de nuestro presente como historia, con el sentido, la organización y el horizonte que en la Argentina propone el peronismo.
La teoría del discurso político debe hacerse preguntas fundamentales. Efectivamente, debe hacerse cargo del impacto de las determinaciones sociales en la vida política y debe adecuar a ellas el discurso político (los principios de la organización, de la conducción, del encuadramiento). Cómo se organiza al pueblo y a la masa, vistos como objetos de la determinación social? La organización del pueblo, he aquí el tema que aparece con tanta fuerza en el peronismo. Organizar es politizar, es arrebatar a las masas del estado de inorganicidad en que las tiene la sociedad civil. Es que la existencia de los procesos puramente civiles, la no existencia de la vida política en los acontecimientos exclusivamente económicos, en la producción de la vida material y en la organización del hecho productivo, origina la siguiente pregunta fundamental para la teoría del discurso político: Cómo es que puede no existir la política cuando se desarrolla la sociedad en su carácter económico, organizada exclusivamente para la producción material bajo la «dictadura del Capital»? Cómo hacerla — entonces — existir?
Se ve cómo la teoría del discurso político nos va sirviendo para arribar a justificaciones del movimiento nacional como práctica liberadora en la Argentina. Falta exponer un instrumento clave del pensamiento político en acción, me refiero al análisis institucional.
Mediante el análisis institucional inducimos el análisis de cómo se produce la adhesión y compromiso de las masas incorporadas en el sistema de asalariamiento y empleo respecto a las instituciones de dominio y de la dictadura del Capital. El análisis institucional arroja luz sobre la estrategia y la ideología nacional del peronismo. El análisis institucional se muestra activo en la reconstrucción conceptual del pensamiento político en acción, lleva a la búsqueda de posibilidades estratégicas y se evidencia como una expresión de la dialéctica de las ideologías.
El movimiento nacional tiene interés en el análisis institucional, pues disputa la adhesión de las masas a las instituciones de control civil que ejecutan la dictadura del Capital imperialista. Dos mayorías se yuxtaponen: el movimiento nacional es siempre mayoritario, y el sistema de dominio, a su vez, convoca a su alrededor a la actividad, alienada y despojada de sentido político, de la gran población asalariada y empleada en las organizaciones económicas públicas y privadas.
El movimiento nacional, en su historia y posibilidades, es el reverso de ese control institucional y, a la vez, se ve alimentado cuando las instituciones de dominio se debilitan y entibian el trazado de su estructura jerárquica. El movimiento nacional ha penetrado en ellas, la revolución se acelera, lo corporativo y estamental se pierde para las instituciones.
Por lo visto, las instituciones de dominio, desde el punto de vista de la teoría del discurso político, proceden todas de la misma forma: reclamándose como la autoridad frente a las masas. En el sentido estratégico, el movimiento nacional produce el análisis institucional disputándole las masas a la autoridad civil, desde dentro y desde fuera de las instituciones de dominio. El que está afuera se jerarquiza politizando sus carencias y necesidades, el que está adentro se politiza ante el debilitamiento de las jerarquías y de las «autoridades competentes». No es difícil reconocer en esta descripción la escena revolucionaria de la Argentina en 1945 y en 1970.
Pero sólo aludimos hasta aquí al plano estratégico, cuyos límites y posibilidades las da el análisis de la trama institucional de las sociedades: el análisis institucional no rinde sus frutos si no lo hacemos jugar en la comprensión del papel ideológico de las instituciones, lo que llamamos la expresión de la dialéctica de las ideologías.
Precisamente, es esto último lo que nos permite diagnosticar el «fin» de aquellas ideologias que son la expresión engañosa y parasitaria del poder de las instituciones de dominio, Aquí no importa la ideología, importa el poder. Las ideologías son un mero distintivo, una argamasa de los Estados, y en lo interno, un hilo conductor para el ensamble, coordinación y homogenización de las instituciones de dominio. Las ideologías son reparo y función de las instituciones; en la Argentina, en los últimos cuarenta años, el liberalismo sufre la disputa de una nueva propuesta de procedimiento institucional; se trata del nacionalismo institucional, en tanto teoría de la alianza de la institución sindical y la institución militar. El liberalismo aún confía en instituciones autogeneradas, en el Partido Liberal, pero en la Argentina contemporánea, la realidad del Estado como institución de masas, consagra el crecimiento irreversible del nacionalismo institucional como futura ideología de control, aunque hoy haga valer, juvenilmente, un lenguaje donde aparece la palabra «revolución». La polémica entre nacionalismo y liberalismo, en la Argentina, es una polémica sobre los papeles políticos de las instituciones de dominio, fundamentalmente del Ejército. Vistas así, las ideologías son un epifenómeno del poder institucionalizado. Que sea así, no impide que florezcan las ideologías críticas, que conservan como su característica más apremiante, la de plantearse como proyecto, como anticipo, sin ese imperativo llamado a la facticidad que se encuentra en las ideologías institucionales.
Sindicato, Fuerzas Armadas, Iglesia, Universidad… qué nos dice sobre ellos el análisis institucional al servicio de un proyecto de liberación nacional en la Argentina? Desde el punto de vista de la teoría del discurso político, todas estas instituciones tienen la misma lógica de procedimiento: acción «frente» al Estado, politización interna, debilitamiento jerárquico, coberturas ideológicas. Cualquiera de estas posibilidades iluminan las instancias de su comportamiento. Fuera de la teoría del discurso político es necesario y útil distinguir los diferentes órdenes institucionales, su distinta posición en la sociedad y sus distintas posibilidades de efectuar reclamos en términos de autoridad constituida. La empresa económica, la universidad, la iglesia, tienen un primer escalón de públicos masivos, fruto del reclutamiento universal. Aún más, el reclutamiento como problema no existe, pues es automático y difuso: sólo en la institución militar tiene sentido hablar de reclutamiento; éste es un concepto au-ténticamente castrense, sobre el que los sociólogos echaron su acostumbrado manto de ambigüedad, al extenderlo a todas las instituciones.
Por su base, la Universidad o la Iglesia se caracterizan por el acatamiento no profesional que reclaman y las ideologías de transmisión social que sustentan (la fe, la ciencia, la razón, etc.). Los sindicatos y las fuerzas armadas intentan llegar a la universalidad social con sus ideologías, y en la Argentina, esto es una historia de signos contrapuestos: la ideología de justicia social encierra, aunque parcialmente, un contenido de lucha, mientras que la ideología de la «seguridad», que las fuerzas armadas pretenden implantar en toda la sociedad, esto es, en las demás instituciones, es un producto de los planteos represivos que tienen su origen en las academias norteamericanas, y que se extiende a los ejércitos de ocupación latinoamericanos a medida que se va gestando la «internacional» de la seguridad continental; alianza represiva instrumentada por el Pentágono,
En la Argentina, la política corporativa ha caído en desuso para las instituciones. Todas reciben la crítica del movimiento nacional, todas pretenden universalizarse socialmente. Paradójicamente, cuando se politizan las instituciones civiles, se debilitan sus jerarquías, se evidencia su receptividad social y se parlamentarizan los sindicatos, viejos bastiones de la crítica al sistema, protagonizan un movimiento de re conversión corporativa, con peligrosos resultados para el cuerpo doctrinario del peronismo; se hace pasar por tal a la mera ideología de la justicia social y a una estrategia de simple alianzas de hecho, en términos del nacionalismo institucional.
En cuanto a la Universidad, sanciona un régimen jerárquico y profesional interno como reproducción de la estructura plural de los sistemas de conocimiento científico. La universidad será «científico-democrática», pues sus normas institucionales de procedimiento deben «reflejar» el cuerpo normativo de la ciencia que se pretende. La libertad de cátedra no es sino la transmisión institucional de los «métodos» del «conocimiento científico», comunicables, universales, «todos pueden llegar por el mismo camino a las mismas conclusiones». Este carácter científico-democrático que tuvo y puede volver a tener en cualquier momento la universidad, se reproduce en su fuerza política institucional por antonomasia: el reformismo de las organizaciones de izquierda. Aparentemente las prácticas aparecen como más intensamente políticas allí donde estamos en cambio, frente a una ideología que es reflejo fenoménico de la institución. La política es política de la corporación, es la política que universaliza social mente la ciencia como solución de los problemas nacionales. Hoy, sin embargo, es un hecho el derrumbamiento de las instancias profesionales en la universidad, y recuperar esas instancias es, decididamente, una política del régimen. El conocimiento como instrumento y como profesión está en crisis entre nosotros, ahora falta recuperar la norma de esa crisis.
El tema de la crisis aparece entonces con justificada insistencia. No hay revolución sin la crisis de las instituciones de dominio, y esta crisis es lo que registra precisa mente la teoría del discurso político. No hablo de las crisis de necesariedad que forman parte de las teorías sobre el inevitable derrumbamiento del sistema capitalista, o en todo caso, a su limitada capacidad de resistir las contradicciones internas. Hablo de las crisis de control social, del debilitamiento de las instituciones de dominio, de la politización de las profesiones, de la pérdida del sentido jerárquico, de la incapacidad de las instituciones de normar a las masas sociales, de su desnaturalización y descotidianización.
El rasgo característico de las instituciones es que son socialmente receptivas, y esa receptividad es lo que interesa desde la teoría del discurso político. Aquí el gran problema es cómo la receptividad niega a la extracción social de las instituciones: nos preguntamos, es realmente receptivo el ejército como contrapunto de la extracción social de sus miembros? es realmente receptiva la universidad, se dan realmente en ella todos los grupos sociales, o lo que decide en ella, más que ese falso parlamentarismo, es la extracción de sus miembros? El análisis institucional se adecúa para el descubrimiento de estas posibilidades.
Paradójicamente, la receptividad en la universidad es burocrática, no es política. Hay un profesionalismo y una administración de esa receptividad, amparado en los estatutos que consagran el «libre examen», por eso hablar de politización es hablar de la politización de lo académico y de lo docente, y esto es, en la universidad, el eje de la crítica. Siendo así, podemos decir que en el Ejército importa la ideología, pero en la Universidad importa la estrategia. Estas son las dos vías de politización en los ámbitos donde imperan, respectivamente, la estrategia y la ideología como formas de control profesional.
El análisis institucional provee los temas estratégicos y la crítica ideológica. No es, pues, una lógica de procedimiento. Solamente detecta esas lógicas en las instituciones, pero las separa continuamente de la crítica que establece, en su generación y desarrollo, el movimiento nacional. Si así no lo hiciera, la oposición del sindicalismo peronista al régimen correría el riesgo de confundirse con la condición misma del peronismo, dado que la lógica sindical es la que tiene mayor continuidad institucional en el movimiento nacional. Por eso no se debe confundir el papel institucional de los sindicatos con el método de acción. Cuando se sabe que, estratégicamente, una revolución es el debilitamiento de las instituciones del régimen {su destrucción, su neutralización), los métodos con que se opera dicho debilitamiento son del orden de la violencia popular (ella introduce la crisis), expresada con múltiples gradaciones e intensidades.
Hace 25 años, se conmovieron en la Argentina las instituciones del régimen, los vigilantes gritaban viva Perón en la calle, las masas populares habían descomprimido el vallado jerárquico de las instituciones de dominio y las habían penetrado y neutralizado con su incipiente formación ideológica, convertida en estrategia y en acción.
Hoy la Argentina vive momentos parecidos, el peronismo se halla en una situación similar a la que atravesó en su etapa formativa. Esta etapa se recupera en términos de historia activa, de presente histórico y no de contemporaneidad filosófica de la historia, como quieren los que reducen el peronismo a un recuerdo del pasado. Entre la filosofía y la organización política del pueblo, el peronismo elige la organización política del pueblo. Los peronistas que eligieron la «filosofía», producen en el régimen una confianza resignada: en esta Latinoamérica nueva —chilena, uruguaya, peruana, cubana, boliviana— el régimen no tiene más remedio que apostar a una batalla del peronismo consigo mismo. Lo que parece su fuerza, su posibilidad de salvación, su astucia, será en definitiva su debilidad «filosófica».

Horacio González

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