En la nota anterior se señalaron algunas características de la llamada sociología científica, así como se postularon fundamentos críticos en el plano metodológico. Pero, poner la discusión en el plano de los supuestos más generales del conocer planteaba una dificultad difícilmente supera tale: cuáles son las bases reales de ese conocimiento formal que criticamos, y cómo se expresa en nuestra sociedad sometida al imperialismo y sus representantes locales, los gorilas, el conocimiento práctico que reivindicamos.
Poner el análisis crítico en el plano de la realidad concreta, y a la vez hacer la crítica de los fundamentos teóricos y metodológicos en su plano específico es bastante difícil. O la crítica se maneja en el plano de la ideología “cientificista” de los sociólogos, y entonces la verdadera realidad, la realidad de la Argentina peronista, aparece desdibujada. O es la realidad la qué aparece en el primer plano y la crítica a los supuestos teóricos no deja de ser un esbozo vulnerable a la refutación sofística, por falta de “rigor científico”, en manos de los expertos que actúan en el ambiente académico de la enseñanza y la investigación. Y este último es un flanco que no debe ser descuidado debido al carácter de esta revista.
El sociologismo (o la sociología) pese a su manifestación empírica vulgar, posee un amplio espectro metodológico y teórico que, a través de una coherencia lógica interna le permite defender su categoría de ciencia. Esto a pesar que sus manifestaciones particulares, las investigaciones, resultan generalmente simples descripciones de evidencias fenoménicas que evitan plantear los problemas de fondo. En el caso de considerar los procesos históricos que conformaron a las sociedades, su óptica generalmente coincide con la de aquellos que tienen el poder en las naciones imperialistas y dependientes.
El proceso de expansión imperialista contribuyó a la atomización de la realidad, a la percepción de la misma como indeterminada y provoca subestimación de los verdaderos protagonistas de la historia. El análisis acrítico de esta consecuencia se acompaña con el argumento del condicionamiento estructural de la acción (concebida desde un punto de vista individual), con el reemplazo de los productores por indicadores que atestiguan de manera derivada que si hay índices es porque también hay vida, con el rechazo de doctrinas mal llamadas “voluntariatas”. Estas conclusiones conforman buena parte del arsenal teórico de la sociología. A primera vista aparece una contradicción: indeterminación por un lado y condicionamiento estructural por otro; sin embargo, ambos supuestos coinciden en definir como verdadera la realidad parcializada, aparente y cosificada, y en rechazar el análisis crítico de la génesis de esa realidad en la historia de sus verdaderos productores. La posición de la sociología frente a los hechos es fundamentalmente acrítica y absolutamente exterior (el movimiento del pensamiento tiene uña sola dirección: de la mente del Investigador, con sus supuestos acerca de qué es esa realidad, hacia los hechos exteriores vistos a través del modelo subjetivo). Más adelante veremos que el modelo subjetivo recrea de distintas formas las ideologías que han servido a la dominación del pueblo argentino por el imperialismo y sirve a los dominadores actuales: los monopolios y su expresión política el desarrollismo gorila.
Para la sociología no existe el devenir histórico real, la creación humana de la historia y sus leyes, y cuando lo toma en cuenta es el efecto de determinantes estructurales cosificados y la historia aparece como un elemento contingente que muestra cómo se cumple la ley estructural. En primer término tenemos la concepción apologética del imperialismo sustentada en el psicologismo funcionalista; en segundo lugar la creencia en que la realidad fetiche es la verdadera realidad. De esta inversión resulta el análisis formal de correspondencias que degenera, aplicando la teoría a la realidad contemporánea, en un vulgar economismo tal como sucede con la escuela estructuralista.
En ambas concepciones hay un elemento que escapa a la indeterminación o al condicionamiento estructural: la ciencia. La ciencia es histórica pero el hecho de serlo no impediría a la misma superar los límites que la crean. Se convierte en un absoluto asocial para algunos, mientras otra corriente que entronca con la llamada “sociología del conocimiento” la concibe como posibilidad de objetividad relativa a una situación específica. Ciencia y situación son los conceptos que se usan y que expresan la escisión de la realidad como totalidad en dos campos autónomos, y por tanto formales, que se mueven con sus propias leyes (Kosik – Dialéctica de lo concreto). La situación, concebida como “conjunto de condiciones que dieron nacimiento a…”, crea la ciencia, pero ésta una vez puesta en movimiento es dejada por su creador -la situación (teológica, deificada)- moverse libremente en su específica legalidad. La historia de la ciencia moderna que es la historia del capitalismo y del imperialismo va mostrando cómo se produce esta escisión y cómo la realidad así escindida aparece como verdadera realidad, mientras los intentos desmistificadores de la crítica son rechazados por ideológicos y faltos de rigor. Por otra parte, los cientificistas imaginan a las disciplinas científicas como una cualidad accesible a unos pocos que, una vez poseída, permite a sus dueños apropiarse de los secretos del devenir histórico. Esto les serviría tanto para mantener el orden constituido como para modificar lo de cualquier forma, El desprecio por los verdaderos protagonistas de la historia, por los creadores efectivos de la realidad que vivimos, reúne a los formalistas.
Esta situación de dependencia estructural de los hombres frente a sus productos históricos no es un error de interpretación mas o menos superable con sólo pensar correctamente, sino que resulta de la historia humana y específicamente del dominio del imperialismo mundial. Los hombres se convierten en los instrumentos de sus propios instrumentos, de sus productos, de sus conquistas sobre la naturaleza, para servir al mantenimiento de un sistema de relaciones que man tiene a las mayorías sometidas al poder de una minoría explotadora, prácticamente la única beneficiada por el proceso. Los científicos, al adoptar acríticamente las creencias acerca de esta situación “evidente” se constituyen sin quererlo en agentes de su mantenimiento, en términos sociológicos son los que hacen ideología.
La dominación imperialista en todo el mundo provocó el desarrollo de la sociología como un medio para detectar problemas en sus países y descubrir los modos de superar las tensiones del mundo moderno. La sociología científica en la Argentina recibió este presente de los países imperialistas y continuó por medios más refinados la tarea de enmascaramiento y control que los ideólogos del régimen venían realizando en alianza con la oligarquía. Paso a paso la sociología argentina se convierte en una de las armas intelectuales del desarrollismo.
Es en esta situación que se desenvuelve con espíritu crítico la sociología marxista. Pero desde el momento en que el marxismo se convierte en sociología pierde, por un lado, sus contenidos revolucionarios, y por otro, se entronca en la tradición de los marxistas argentinos que siempre enfrentaron al pueblo y a su historia para terminar aliados a la dominación imperial. Desde el punto de vis ta de la sociología, el marxismo sociológico se transforma en una perspectiva más dentro del formalismo, y por tanto hace el juego a los desarrollistas de la sociología oficial convirtiéndose en la oposición legal, en polemistas amistosos de sus colegas no marxistas. Desde la realidad nacional el marxismo sociológico es un juego político al que adhieren diversos sectores intelectuales para continuar “científicamente” con la vieja tarea de combatir todos los movimientos populares del país. En la Argentina de 1969 la sociología marxista tiene como único fin desenmascarar el carácter burgués del peronismo y demostrar la pobreza teórica de su doctrina.
Un problema que vuelve a presentarse siempre que nos colocamos en la perspectiva de la ciencia es el de los criterios con los cuales va a analizarse la realidad. El primer criterio, el más evidentemente ideológico, es el de confundir la ciencia social con la radiografía fenoménica de la realidad, Creer que la realidad es la descomposición descriptiva de sus par tes componentes y no considerar a la misma como un proceso permanente de creación y modificación que resulta de contradicciones objetivas (Kosik, op, cit.) Hay sin embargo una segunda forma de mistificación más completa y también más peligrosa, pues prende con facilidad en los intelectuales honestos que creen en la instrumentalización del pensamiento científico. Este segundo criterio de tipo naturalista parte de una falsa jerarquización de las ciencias y considera al pensamiento matemático, según el modelo de las ciencias físico-naturales, como la clave que abre las puertas al conocimiento de la historia y la sociedad.
Estos criterios, aceptados por regla general en el campo de la ciencia social, son heredados del idealismo racionalista. En ambos puede observarse cómo la racionalidad subjetiva explica a la irracionalidad material, Este método incorrecto proviene de la creencia en la autonomía del pensamiento y la imposibilidad de extraer de la realidad misma la racionalidad de lo real. El desenvolvimiento autónomo del pensamiento explica a la realidad material que, sin esa facultad independiente sería el caos absoluto. Y la racionalidad se expresa como racionalidad subjetiva: la racionalidad del modelo ideal al cual se contrapone una realidad que, sin la existencia del modelo, carece en absoluto de sentido y de racionalidad. El modelo es el que otorga racionalidad a lo real y no al revés.
Esta concepción introduce en su metodología la teoría del carácter valorativo o avalorativo de las ciencias. Parte del desarrollo autónomo e independiente del pensamiento respecto de la sociedad, que el pensamiento se desarrolla por sí mismo, que es puro y no tiene valores, Pero los hombres sí tienen valores, y cuando acceden a ese pensamiento universal y puro le incorporan sus propios va lores subjetivos; de ahí por qué la ciencia social está teñida de ideología.En forma opuesta, como el objeto de la ciencia natural es el mundo de la naturaleza física o biológica, al valor subjetivo no tiene objeto introducirlo. Aquí se ve en toda su pureza el desarrollo de ese pensamiento ideal. El problema del valor, planteado desde un punto de vista individual y subjetivo, no tiene ningún sentido, pues el conocimiento es producción de la conciencia social en la práctica transformadora de los hombres. El pensamiento del científico es un pensamiento históricamente racional pero no por sí mismo. El pensamiento es racional porque es producido históricamente por la realidad social. La conciencia producida por el ser social es racional, pero racional porque el ser social es racional, porque la racionalidad es intrínseca al proceso social. La racionalidad inmanente del proceso histórico se expresa en las contradicciones de todo tipo que permiten al hombre avanzar creando una realidad cada vez más amplia y rica para sí, en la posibilidad real de la humanidad de ser conscientemente la productora libre de su historia, en la posibilidad de terminar con todos los sistemas de explotación del hombre por el hombre.
El formidable desarrollo científico en el campo de la naturaleza y de los organismos produce un encandilamiento comprensible en cuanto a su valor. La con centraci&n del poder y la instrumentalización creciente de las actividades humanas en el mundo imperialista contemporáneo fijan ese valor como un atributo universal. El problema del control humano sobre la naturaleza se transforma en el control imperialista sobre los hombres. La explotación del hombre por el hombre se perfecciona al perfeccionarse las técnicas racionales de control. La concepción idealista de la razón da a esta irracionalidad un carácter ingenuo y hasta positivo. El desarrollo autónomo de la idea se convierte en el control de la idea racionalista sobre las actividades del hombre. Este control suprahumano enmascara el control real que una clase y sus aliados ejercen sobre las mayorías explotadas. El hombre aparece como un niño que necesita de un tutor para aprender a desenvolverse. La ciencia como símbolo máximo de la madurez permite acceder al conocimiento y al control de una sociedad centralizada en su poder, pero al mismo tiempo atomizada en su sociabilidad. La organización del pensamiento científico (o la organización de la sociedad a través de la manipulación tecnológica) se contrapone a la desorganización social. La escisión de la totalidad en dos campos autónomos se manifiesta realmente en esta cuestión.
A este fin sirven las matemáticas despojadas de su carácter concreto. De creación histórica las matemáticas se convierten en una entidad supratemporal. De producto social al servicio de la conquista de la naturaleza por el hombre, las matemáticas se convierten en creadoras de la racionalidad de lo real. Producidas por una compleja realidad de relaciones sociales históricas, este producto explica el desenvolvimiento de su productor despojándolo de su carácter específicamente humano.
Se invierte la importancia relativa de las matemáticas respecto de la sociedad, convirtiéndose en un ideal todavía inalcanzado por la ciencia social. Los científicos adoradores del número nunca formulan la pregunta: ¿Por qué, si las matemáticas son una creación histórica que se desenvuelve históricamente, debe ser su creador, la humanidad, quien tiene que subordinarse a ellas? Y tampoco se plantean la también simple cuestión: ¿No será que la riqueza de las relaciones sociales y de la capacidad creadora del hombre es tal que no puede limitar su praxis y el conocimiento de esa realidad viva y cambiante a los límites que impone un tratamiento formal?
En síntesis, si la jerarquía formal de las ciencias pone en la cúspide a las fisico-matemáticas porque alcanzan un alto grado de formalización y predicción, mientras las ciencias sociales se encuentran en el punto más bajo debido a su alto grado de indeterminación, es porque la enajenación del capitalismo imperialista ha alcanzado un punto tal que los productos fetichizados se imponen totalmente a la humanidad. Una toma de conciencia crítica debe establecer clara mente que la llamada indeterminación científica es el resultado de la complejidad y riqueza de la sociedad, que la imposibilidad de formalización resulta de la praxis creadora de la humanidad, y que es esta misma humanidad la que formaliza y predice sobre procesos no humanos de los que se apropia y a los que en su transformación crea para sí, que la humanidad misma se recrea y transforma continuamente y por tanto técnicas apropiadas para investigar estadios primitivos de su desarrollo no pueden aplicarse a otros estadios. Esta concepción es la única que puede ser el punto de partida de un conocimiento practico que surja de las luchas y las necesidades de las clases y naciones explotadas por el imperialismo. Esta concepción puede expresar en el plano teórico la de cisión de esas clases y naciones explotadas de ser los dueños de su destino humano (Ver artículo de Raúl Pannunzio).
Para la sociología es imposible reducir todos los fenómenos sociales a relaciones formales. Su base teórica falla cuando debe explicar procesos de cambio, mostrando la impotencia teórica de las matemáticas frente a los mismos. Entonces introduce la psicología como herramienta explicativa. La irracionalidad de la acción social expresa en su análisis el irracionalismo de la concepción que lo sustenta. La acción racional se reduce a una adecuación burocrática de los medios o al ajuste con jerarquías sociales que quedan fuera del marco teórico y no son cuestionadas.
La calidad y magnitud de las transformaciones de la sociedad imperialista no pueden ser explicadas por medio de una teoría mecanicista; tampoco se compren de por tal método la “espontaneidad” de los nuevos cambios que se producen A parece una concepción de la naturaleza humana como entidad que funciona independientemente de la realidad y de su producción social. La “realidad” de la interacción social sería producto de esa naturaleza humana inconsciente, irracional y universal, que produce, como forma de ocultamiento del inconsciente, a la racionalidad.
El hecho mismo de la universalidad y atemporalidad de la naturaleza humana les ahorra explicar esta cuestión. Entonces la teoría del cambio se reduce a la teoría de la evolución creciente de la técnica y de los recursos naturales, y a los reajustes permanentes de la sociedad para solucionar el problema de nuevos y cada vez mayores recursos. El problema práctico de la teoría es hacer frente a una organización deficiente que no distribuye en forma correcta esos recursos materiales crecientes. Esta concepción del cambio puede verse expuesta en Galbraith y su teoría de la sociedad opulenta, en Weber, en Parsons, en los marxistas de la Europa capitalista. Hay teóricos liberales, como Duverger o Raymond Aron que señalan que el principal problema político actual es el problema del progreso tecnológico y la administración eficiente del mismo. Otros, supuestamente marxistas, presentan las cosas más o menos del mismo modo, entonces la teoría materialista de la historia, el materialismo dialéctico, queda convertido en un materialismo tecnológico.
Que los sociólogos de los países imperialistas se diviertan analizando el problema desde esa perspectiva es cosa de ellos. Pero en nuestros países adherirse a alguna o a todas esas elucubraciones asume un carácter inmediatamente reaccionario. Primero porque son formas teóricas de ocultamiento de la dominación imperialista, que es considerada una hipótesis a verificar científicamente y no una realidad viva y por demás evidente, constituyente principal de nuestras sociedades. En segundo lugar, la cuantificación técnica o metodológica -que constituye para ellos un factor ontológico- unida a la patología social son los elementos que contribuyen a la formulación de estrategias desarrollistas.
Las nuestras son sociedades “enfermas” que precisan de recetas salvadoras, el desarrollismo es la mescolanza de esas recetas para solucionar los problemas del llamado subdesarrollo. En el lenguaje político local se ha prostituido tanto el término “desarrollo” que hoy día es prácticamente imposible utilizarlo sin otorgarle un contenido desarrollista (ver Crítica al desarrollismo en “lLa Patria Fuerte”, N°. 1, mayo 1969).

El conocimiento fragmentado de la sociología -existen también sociologías especiales o aplicadas como campos de interés puedan aparecer al sociólogo- resulta de los supuestos señalados y es incompatible con la práctica política del pueblo. Siempre se repite, tanto en su formulación originaria como en las continuas reelaboraciones producidas sobre el objeto y la utilidad de la ciencia sociológica, el carácter esclarecido y esclarecedor de los sociólogos. Con mayor o menor conciencia de su función, los sociólogos resultán generalmente componedores del orden establecido. La pretensión sociológica de establecer una verdad científica universal, escindida de la necesidad concreta de la liberación y la lucha antiimperialista, encarna uno de los términos del dilema: tecnología de la dominación o política revolucionaria. Porque su verdad científica en definitiva no es más que la verdad del imperialismo, mientras la verdad para el pueblo es liberarse del control y la dominación imperial.
En esta disyuntiva cabalga todo planteo crítico que acepta las “reglas del juego”. Rechazar estas reglas es ponerse automáticamente fuera del campo científico. La crítica radical, tangencial a la ciencia misma, es rechazada por anticientífica. De los planteos críticos se resguarda a la cientificidad más allá de los cambios que deban hacerse en sus manifestaciones concretas. Esta crítica parcial se orienta hacia los malos usos del conocimiento, hay una patología de la ciencia como hay una patología de la sociedad. Las recetas salvadoras provendrán de los mismos científicos y una vez curada la ciencia echará a andar.

El planteo que acá defendemos rechaza tajantemente uno de los términos de la disyuntiva. Para nosotros hay una sola verdad y es la necesidad de la lucha popular por la liberación de la patria. Nuestra ciencia expresa esa necesidad, evidente por otra parte en las condiciones de explotación del pueblo y colonización de nuestras riquezas, y no pretende descubrirla desde afuera ni fijar caminos ajenos a la capacidad creadora de las masas.
Frente a la universalidad proclamada por los defensores de la “verdadera” ciencia, nuestro planteo resalta la singularidad revolucionaria del peronismo en la Argentina, De esta “singularidad” surgen necesidades prácticas, exigencias que deben ser resueltas en la medida de nuestra posibilidad. El universalismo abstracto de las ciencias complementa al poder imperialista en tanto su prioridad es el desarrollo y perfeccionamiento del conocimiento con criterio positivista: primero saber. Nuestra toma de posición doctrinaria es expresión de la lucha popular contra ese poder; ningún tipo de consideración meramente intelectual debe desviarnos del problema central. Y esta respuesta de cada uno de nosotros va a integrarse en el proceso popular de desarrollo y transformación de la doctrina nacional: el peronismo.
Los cientificistas hacen política desarrollista; sus formulaciones, en apariencia exteriores a toda definición ideológica, expresan la parcelación del ciudadano en la sociedad imperialista. En nuestro país desde 1955, el desarrollismo sociológico intento justificar científicamente el enfrentamiento de las nuevas formas del imperialismo yanqui contra la resistencia popular peronista. Las masas populares peronistas aparecen encarnando el autoritarismo tradicional (paternalismo, sumisión incondicional al lider, etc.) frente a la “racionalidad” de la democracia gorila. Al fracaso de las “formas democráticas” le sigue la instalación de formas “autoritarias” o “comunitaristas” que, sin embargo, conservan del desarrollismo lo principal: desarrollo tecnológico, integración económica de los monopolios, facilidades a las inversiones extranjeras, racionalización de los planteles asalariados y de los servicios deficitarios, privatización, etc. Este desarrollismo comunitario también tiene sus exponentes en los recientemente promovidos a sociólogos científicos Cuevillas, David o Arias Pellerano,
Los marxistas sociológicos, que aparecen como tendencia crítica de la sociología científica, no pueden superar las limitaciones de la sociología ni del marxismo argentino. Mientras defienden los fueros de la ciencia se dedican a atacara los peronistas en nombre de una abstracta revolución. En síntesis, su política sociológica es contradictoria y en definitiva aceptan la paternidad de los científicos puros, mientras su política extrasociológica es liberal y cipaya.
Las luchas por la liberación nacional en los últimos tiempos ponen en primer plano a los nacionalismos revolucionarios. Frente a la opresión imperialista se alzan los pueblos que levantan la bandera de la justicia social y la independencia económica. El nacionalismo popular y revolucionario se constituye en una fuerza decisiva de la lucha liberadora, pues encarna las aspiraciones de los oprimidos de Asia, Africa y América Latina, Es el pueblo en armas de los países del Tercer Mundo quien va a provocar las más profundas derrotas al poder de los monopolios.
La lucha por la independencia se realiza dentro de las fronteras de cada nación sometida y reconoce una profunda reivindicación de la cultura nacional. Frente al progresismo universalista, los nacionalismos aparecen como expresiones tradicionales y provincialistas, pero esto no es más que aparente. El imperialismo muestra una falsa fachada de universalidad que oculta el carácter particular de la dominación monopolista. Este falso universalismo o universalismo formal es heredero de la tradición liberal del primer capitalismo. Como contrapartida, la conciencia de la particularidad histórica de cada nación y de sus tradiciones populares, conciencia que se profundiza en la lucha antiimperialista, es garantía para el establecimiento de una verdadera relación universal. Tal como señalara Fanón, la tradición es un arma contra la dominación imperial, pero cuando es un obstáculo a la lucha popular estos valores tradicionales son rápidamente dejados de lado por el pueblo, Pero la tradición no agota al nacionalismo, es te es en primer lugar la voluntad de luchar en defensa de la patria despojada; y al desalojar a los imperialistas del poder y reconquistar las riquezas enajenadas, poniendo en primer plano la voluntad soberana del pueblo y la Nación, va sentando las bases reales y concretas para la verdadera universalidad.
Es dentro de esta perspectiva de lucha que rechazamos terminantemente las manifestaciones modernas de la ciencia formal y reivindicamos un conocimiento singular o particular que sea expresión de la lucha antiimperialista de los pueblos del Tercer Mundo y especialmente de las mayorías argentinas. Y, como ocurre con las manifestaciones de la dominación imperialista, esa ciencia que aparece encarnando el reino de lo universal en nombre de cualquier principio -frente al provincialismo nacionalista- expresa el dominio particular de los monopolios. Mientras la autoconsciente disciplina nacionalista del pensamiento, al expresar las luchas del pueblo por su liberación, señala el camino para establecer un concreto pensamiento universal cuando los pueblos hayan enterrado al sistema imperialista.
Cuando nos referimos a los movimientos nacionalistas y revolucionarios del Tercer Mundo no pasamos por alto cuál es la realidad al respecto en nuestro país. El pensamiento nacionalista argentino es el peronismo; la lucha por la liberación la realiza el pueblo movido por la esperanza en el establecimiento de un régimen popular, el peronismo, y nuestra tarea como científicos es enriquecer una de las armas de esa lucha: la doctrina peronista.

Una vez establecido el campo y las limitaciones de nuestra tarea intelectual, debemos fijar cuales son las características de la trillada sociología nacional.
Existe en nuestro país una larga tradición de pensamiento nacional, popular y antiimperialista, y nunca antes de la aparición del libro de Arturo Jauretche, El Medio Pelo en la Sociedad Argentina, se planteó a nadie la necesidad de tildar como “sociología nacional” a ese pensamiento. En este contexto, y sin desmerecer para nada el libro de Jauretche, no definiríamos nuestra posición como sociología nacional pues significa una instancia del conocimiento diferente a la vez de la ciencia y la política, que en la unión de los términos superaría a ambos.
Definir a una política o a una teoría como nacional, dada la ambigüedad del concepto es una definición vacía de contenido. En el campo de lo nacional en sentido amplio puede entrar cualquier cosa. Para nosotros ser nacionalistas y revolucionarios es ser peronistas. En la Argentina de 1969, el peronismo es la definición revolucionaria en la cual se encarna el odio de la oligarquía y la intelectualidad cipaya de derecha e izquierda, y que además tiene para mostrar a los ideólogos de la revolución mental una serie de derrotas y mártires que enorgullecen al pueblo argentino. Porque los vanguardistas de la clase proletaria ni derrotas tiene para hacer ver que existen.
El problema político de los estudiantes y los intelectuales no es nacionales o liberales, sino quienes asumen la causa popular del peronismo y quienes de una manera u otra cooperan con los centros de la dominación imperialista sometiendo al pueblo argentino o creando falsas opciones. La tradición vendepatria de la intelectualidad argentina, especialmente en los claustros universitarios, encuentra nuevas formas relacionadas con el desarrollismo para continuar su solitaria tarea. Solitaria aunque la mayoría del estudiantado los siga como ocurrió hasta hace muy poco tiempo, pues las mayorías populares estuvieron siempre ajenas a sus juegos.
Si no fuera equivocado, por inventar una falsa unidad más alta que comprende y supera a sus partes inferiores, la única sociología nacional sería la sociología peronista. Pero nuestra posición al respecto señala que este conjunto de reflexiones sobre la realidad e ideas sobre las metas a alcanzar colectivamente están integradas en un cuerpo de doctrina, la doctrina peronista.
La doctrina peronista resume la experiencia política y social del pueblo argentino en los últimos veinticinco años; en ella se encuentra la etapa del justicialismo en el poder, así como la resistencia peronista, los crímenes del gorilaje y la voluntad de no ceder a las insinuaciones del desarrollismo en los últimos catorce años. El proyecto histórico de nuestra liberación se construye sobre ese basamento común. Asimismo, la doctrina peronista incorpora críticamente la historia nacional, incluyendo entre sus antecesores históricos a todos aquellos que pusieron sus vidas y su seguridad al servicio de la defensa de nuestra soberanía.
La masa popular argentina estuvo siempre en las causas nacionales; los montoneros, los orilleros y los descamisados protagonizan y definen cada momento significativo de nuestra historia patria. El pueblo argentino y su vanguardia nacional y revolucionaria, los descamisados, levantando la bandera de Perón sigue marcando el rumbo de la liberación nacional.
Para resumir nuestra proposición repetiremos lo ya señalado en otro lugar: Una ciencia al servicio de la Liberación Nacional se construye como respuesta militante a la ofensiva cultural del imperialismo; resolviendo dentro de sus posibilidades los problemas que la práctica de las masas populares hacen surgir de la compleja realidad de nuestra patria; historiando nuestra dependencia y extra yendo enseñanzas de las luchas que nuestro pueblo ha realizado; señalando la continuidad histórica que estas luchas tienen y que muestran el camino de la liberación definitiva de nuestra patria: San Martín, Rosas, Yrigoyen, Perón; elaborando los procedimientos conceptuales en nuestra propia realidad social y aprendiendo críticamente de las experiencias históricas de otros pueblos; rechazando como forma de dominación cultural y política las modas científicas que los defensores de la “verdadera ciencia” intentan vender como la última palabra; desenmascarando la política imperialista en todas sus variantes, y a quienes medran con esta política y contribuyen con su práctica al sometimiento colonial y a la proscripción integral de las mayorías populares; respetando profundamente la capacidad creadora de las masas y no creer que la posesión de los instrumentos científicos colocan a su poseedor en un plano destacado; ser un servidor incondicional de los requerimientos que esas masas populares hacen permanentemente y abandonar el exclusivismo estudiantil y cientificista que produce desviaciones sectarias y a los “verdaderos científicos”.

Roberto Carri

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