Encontré al autor del relato que irá a continuación, días después del «mendocinazo». Habíamos estado juntos hace varios años en la Resistencia. Me contó ahora que sus hijos habían intervenido en las manifestaciones populares, y a cada rato volvía atrás en el tiempo y me decía: ¿Te acordás cuando discutíamos cómo se hacían estas cosas, cómo se hacía para que todo el mundo participara en la lucha? Le pedí entonces que me contara cómo se acordaba él de aquellos años, qué queríamos, cómo pensábamos hacerlo. De allí este relato, que es un trozo de ese gran fresco histórico popular que fue la Resistencia Peronista. El relato, como aquella experiencia, es crudo, caliente, contradictorio. Despojado de pretensiones, es un testimonio que debe sumarse a otros análogos para dar una cabal síntesis de aquella fragua histórica. Tiene sí el valor de lo vivido auténticamente, y como dice Fierro «debe creerse al testigo si no pagan por mentir».
Entre otras cosas, se advierte en la narración la angustiosa búsqueda de un método revolucionarlo coherente: a esa necesidad llegamos tras múltiples machucones y frentazos contra la pared. Tras jugarnos en patriadas —a veces quiméricas— nos quedaba un regusto de amargura al ver tantos sacrificios y tanto esfuerzo malversados por golpistas y aventureros. Nos dolían los errores que cometíamos porque algunos se pagaban con sangre de nuestra sangre, con la de nuestros hermanos, compañeros heroicos fusilados, ametrallados, torturados, perseguidos, sin trabajo y separados de los suyos. Entonces, una y mil veces volvíamos al tema: ¿Cómo debe hacerse para que el pueblo, para que los trabajadores —como decíamos y decimos significando la «clase obrera»— vuelvan al poder? ¿Cómo hacemos posible que vuelva Perón? Así nos improvisamos agitadores, periodistas, políticos, cañeros, activistas gremiales, conspiradores; y la respuesta la fuimos averiguando periódico a periódico, caño a caño, huelga a huelga. Pero, de paso, fuimos desentrañando la naturaleza de clase de esa lucha a la que nos arrojó el vendaval; aprendimos el contenido histórico de la batalla entre los oprimidos y los opresores, la dialéctica material del enfrentamiento con la burguesía, la oligarquía y el imperialismo. Desde la práctica, «desde la acción» —como también decíamos— y medio a los empujones llegamos a la teoría revolucionaria, redescubriéndola, redefiniéndola. La teoría surgió para nosotros como fruto maduro de la «crítica de las armas» a que era sometido el régimen por todo un pueblo. Y no se trata, por supuesto, de la infantil pretensión de negar su valor a los libros teóricos que resumen la experiencia universal de la clase obrera en la lucha por su emancipación. Por el contrario, se trata de afirmar que esos libros tienen vigencia y viven de nuevo en el marco de luchas concretas, aunque hayan o no orientado directamente esas luchas. En aquel tiempo que discutíamos lo del Uturunco pocos habíamos leído algo de Mao Tse Tung y nadie a Nguyen Giap. Pero nos atrevimos a salir con él, y entonces sí, ¡gran Dios! ¡Qué bien hubiera venido sabérselos de memoria! De todos modos, participar de aquel combate confuso, desparejo y tumultuoso era la única manera concreta de intervenir en la historia, ya que existía un «movimiento real» de la clase obrera —que a veces fue una presencia multitudinaria en el combate, aun antes de los cordobazos—, anterior a la consolidación de proyectos, vanguardias y direcciones revolucionarias. Espontaneísmo, claro; pero no como elección teórica, si no como necesidad de guerra, pues teníamos nomás que pelear y no sabíamos cómo; no nos íbamos a quedar de afuera, mirando como la clase se entreveraba en pelea desigual con el monstruo.
Quedan dos cosas que destacar del relato: una, la mención reiterada del capitán Aparicio Suárez. Este pundonoroso militar peronista fue más peronista que milico, tal vez porque era de la estirpe de los viejos milicos fortineros, aquellos del ejército de la Patria Grande. «Apa» era pueblo y como tal murió enterrado en una cárcel del Conintes, proscripto de la «Institución» que entonces comandaba Carlos Severo Toranzo Montero (el mismo que dijo que todos los peronistas éramos delincuentes hasta que no probáramos lo contrario). Condenado por haberse vuelto del Ejército del Pueblo —como se llamaron las primeras formaciones guerrilleras peronistas—, «Apa» nos dejó esta nostalgia de pensar que afuera lo hubiéramos curado y nos legó un ejemplo de coraje para romper con su casta y pelear, sin galones y tan humildemente, como un soldado popular.
Lo otro del relato: el recuerdo militante de Cooke, a quien hoy tantos conocen por su valiosa obra escrita. El compañero recordaba su infatigable labor en Chile, con ese fruto insólito, la emisora LUX 45 Radio Justicialista; y recordaba también las interminables charlas en las que todo lo humano y todo lo divino eran sometidos a análisis y a crítica y autocrítica para prender un poquito de luz en el camino a oscuras. El Bebe se exigía pensar cada cosa que hacía y les exigía a los demás que lo hicieran; y luego, que recapacitaran en lo que habían hecho y cómo había salido y sacaran experiencia de lo ocurrido. Eso no quedó en ningún libro suyo, pero era un método de trabajo acuciante, que él difundió sin pausas. Como no podrá quedar en ningún texto su jocunda risa, su humor inverosímil que tornaba más humana la pelea. Es que el suyo era un «humor de guerra», igual que el de los combatientes cuando van a entrar en batalla y sienten deseos de bromear para espantar a la muerte. El Bebe vivió guerreando y por eso se reía tanto.
Basta de adornos entonces y veamos el relato.
CAB.

EL MOVIMIENTO DEL 9 DE JUNIO DE 1956
En primer lugar te quiero aclarar que yo no era un alto funcionario del gobierno peronista, simplemente era un pinche. En el 55 era oficial de justicia. De allí mismo, de los tribunales, apenas cayó Perón, me llevaron en cana la primera vez.
Lo primero que hice después de la caída, fue organizar la salida de un periódico peronista con otros muchachos. El periódico se llamaba «Combate» y al poco tiempo nos secuestraron la edición y volví a caer en cana. Cuando salía volvíamos a sacar el diarito. Una vez nos quemaron la imprenta donde se editaba. Nos allanaban las casas a cada rato. Sacamos 9 ó 10 números y ya empezamos a organizar otras cosas más contundentes porque con los papeles sólo no era suficiente.
Antes de la caída del gobierno yo militaba en el gremio del Poder Judicial. El primer intento de resistencia surgió de los cuadros gremiales ante las intervenciones militares, nos largamos a organizar agrupaciones, a mantener unida a la gente. La primer cosa grande a la que nos vinculamos fue al movimiento del 9 de junio de 1956.
A mí me habían dicho que se preparaba un golpe auténticamente peronista. Allí tuvo una destacada actuación el capitán Aparicio Suárez, que estuvo en La Plata. Yo tuve vinculación con él y con otros militares. Era un momento en que uno estaba desesperado y se agarraba del primer golpe que veía. Y a veces —no en este caso de Aparicio Suárez— nos agarrábamos de la primer gente que venía a buscarnos. Y por ahí nos venían a buscar del Servicio de Informaciones para «conspirar»… indudablemente, para qué lo vamos a negar… hemos metido la pata a cada rato, por falta de experiencia… y por tantas otras cosas. Fracasó la revolución y caí en cana otra vez.
El planteo que se hacía era formar grupos civiles que apoyaran la acción militar que iban a realizar los militares peronistas retirados, junto a militares en actividad. Había un gran grupo de suboficiales organizado. Aparicio Suárez me hablaba sobre todo de los muchachos de Córdoba que iban a hacer de todo… En julio del 56 estábamos todos presos, y unos cuantos muchachos muertos. A fin de año, cuando me largan, resuelvo irme a Chile porque aquí no me dejaban mover siquiera.
Pero antes de contarte eso quiero hablar más de lo del 9 de junio.
La revolución estaba planificada —es decir, nosotros la vendíamos así— para que viniera el general Perón y se hiciera cargo inmediatamente del movimiento revolucionario. Para ello a nosotros nos habían prometido que nos iban a dar armas, y de todo lo que hiciera falta. Si no temamos armas, ¿que mierda íbamos a hacer?, con un panfletito no íbamos a hacer una revolución. Ese planteo se lo hice yo a un militar que había mandado Aparicio Suarez. Bueno, ellos dijeron, la revolución es de corte netamente peronista. Preguntamos nosotros: ¿pero peronista, auténticamente peronista? Sí, nos contestaron. ¿Y el objetivo es traer a Perón para que se haga cargo del gobierno? Sí, dijeron. ¿Y los grupos civiles que papel van a desempeñar? Bueno, van a tener que tomar radios, van a tener que tomar esto y lo otro: van a estar con los militares, en un comando conjunto con los militares y van a tener armas. La gente que está trabajando va a tener armas pero «en el momento oportuno». Nosotros pedíamos las armas antes. No quisieron dárnoslas. Ese es el cuento que siempre nos hacían. Me da la impresión que tenían miedo de darnos armas. Pero, claro, había milicos que uno no conocía y no sabía bien si eran peronistas, pero habían otros que si sabíamos que eran peronistas, pero esos tampoco querían darnos armas, ni el 9 ni en la del 60 con Iñiguez.
Al general Valle no lo conocía, aunque sabíamos que estaba al frente del movimiento. Sin duda su muerte demostró la clase de patriota que era. El era el jefe de la conspiración, salía a la cabeza pero pregonaba que Perón vendría inmediatamente para consolidar la revolución. Por la parte civil la que intervino fundamentalmente fue la gente de la CGT Auténtica, es decir los activistas gremiales que se habían nucleado alrededor de algunos que eran dirigentes en el 55 como Framini, Nosotros caímos primero en marzo del 56, como 300 caímos presos. La cárcel estaba prácticamente llena. Claro hubieron infidentes de la policía, del ejército, de los servicios de informaciones que estaban metidos entre nosotros. Algunos salimos antes del 9 de junio y tras el fracaso de la revolución volvimos a estar prófugos o presos.

EL EXILIO EN CHILE
A fines de ese año, como te decía, me fui a Chile donde me encontré de nuevo con Aparicio Suárez, Saúl Hécker, muy buen muchachito: Canosa, que fue embajador argentino en Yugoslavia; después llegaron el gordo Cooke. Camporita, Jorge Antonio, Kelly. También estaban Madariaga, de Mendoza. También estaba Gianola, el capitán Palacios, el capitán Barrena, Había un comando entero, pero un comando que estaba viviendo en Chile, no pasaba nada con ellos. Aparicio hizo una reunión en la que decidimos que había que hacer algo; recibíamos mucha información del general, y además nos venía mucha información de Buenos Aires y de Mendoza; mi señora venía y otros compañeros y nos contaban muchas cosas que estaban pasando acá y decidimos entonces sacar una radio clandestina, la famosa LUX 45. Era fantástica se escuchaba en muchísimos lugares. Pasábamos especialmente las instrucciones del general y salíamos al aire como Radio Justicialista. Teníamos recepción en muchísimas partes del país. Después nos contaron que en Comodoro Rivadavia se había escuchado perfectamente, o en otros lugares al norte del país. Desde el piso 13 de Carabineros, metidos dentro de unos placares trasmitíamos a horas prefijadas. En una oportunidad mi señora hizo correr la bolilla en el barrio de que había una trasmisión muy importante (teníamos nuevas instrucciones de Perón desde Caracas), nosotros trasmitíamos «Aquí Radio Justicialista desde algún lugar de la patria», pero estábamos en Chile, por supuesto que no lo podíamos decir, no obstante los servicios de informaciones sabían que estábamos en Chile y la embajada nos había andado buscando sin suerte. Resulta que se fue cualquier cantidad de gente a mi casa, hasta debajo de la mesa del comedor estaban, cuando sale mi voz y muchos sorprendidos porque me conocían hasta que uno dijo «pero ése es fulano…» No. dice mi señora, si él está en Chile. «Si, pero habrá pasado a la Argentina, o será uno que habla parecido a él». Pero en realidad todos se habían avivado.
Las transmisiones las empezábamos, como es lógico, con la marcha peronista y los libretos muchos los hizo Cooke, y entro todos los que estábamos. Me acuerdo de unas instrucciones del general, las más bravas de las que dimos: hablaba de que había que hacer acciones de resistencia, movilización, sabotaje, guerra de guerrillas, huelgas o insurrección armada. A eso lo llamaba la guerra revolucionaria. Eran instrucciones que llegaron de Caracas en 1956.

EL APOYO A FRONDIZI
Cuando se avecinó el proceso electoral de 1958 nosotros desde la radio recalcábamos que el apoyo a Frondizi no significaba de modo alguno que nos plegaríamos a su política o a su partido, y que lo votábamos sólo porque era el «mal menor». Nos dolía en el alma decir por la radio que había que apoyar a Frondizi, a quien odiábamos como a los demás gorilas, pero había que hacerlo porque eran órdenes del general. Nos había llevado tiempo y discusiones convencernos que era así, pero las cumplimos. Posteriormente cuando volvimos a la Argentina los hechos nos dieron la razón porque empezamos a ir presos de vuelta. El viejo pensó en aquella oportunidad que la revolución era más fácil organizaría con un gobierno al cual habíamos llevado nosotros al poder y que dependía de nuestros votos, que hacerla bajo la bota de la dictadura. Frondizi no iba a apoyar una revolución nuestra sino que temamos más posibilidades, si no había represión violenta nos iba a permitir organizamos nuevamente en comandos y poder seguir la lucha. Ni Perón ni nosotros creímos nunca en Frondizi. Con el Bebe Cooke discutíamos todo esto y con Aparicio, que era una excepción entre los militaros y pensaba como nosotros. El Bebe tenía sus recelos de los militares y siempre discrepó de trabajar muy ligados a ellos. No estaba de acuerdo con que la revolución fuera dirigida por militares que estaban en la Argentina, ése era el pensamiento del CORP (Central de Operaciones de la Resistencia Peronista), núcleo comandado por el general Miguel Ángel Iñiguez.
Acá había que hacer una revolución del pueblo, organizada por el pueblo con comando del pueblo, gremiales, políticos. Yo sabía, empero, que en el fondo teníamos que tener vinculaciones con los militares para poder hacer algo cuando se presentara la oportunidad, pero que no debíamos tenerlos como el equipo de conducción de la revolución. La conducción la debíamos tener nosotros, el pueblo. Claro que casi todos participábamos de este pensamiento de considerar necesarios c indispensables a los militares. Algunos con reservas, otros sin prevenciones aún con los milicos. Las reservas crecerían después cuando comprobamos que con ellos no íbamos a ninguna parte.
También discutíamos con Cooke qué había que hacer con los sindicatos, y todos pensábamos que los gremios tenían que ser recuperados en la medida en que esos dirigentes que fueran a la conducción de los gremios sirvieran a los intereses de la revolución. Pensábamos que los gremios se tenían que jugar íntegramente a favor del movimiento revolucionario porque si no no tenía ningún sentido ocuparnos de los gremios que querían integrarse al sistema y luchar por migajas dejando de lado la lucha contra el régimen. De ese modo los gremios servirían al régimen, como después sucedió con muchos de ellos, hasta la fecha. Recuperar los gremios tenía algún valor para defender los derechos de los trabajadores pero tenía fundamentalmente valor para trabajar en favor de la revolución, porque tener un gremio por tenerlo nomás carecía de sentido.
Después de que subió Frondizi reorganizamos la Auténtica y los comandos gremiales y desde el CORP se volvió a plantear la revolución… éramos todavía muy inocentes, creíamos que podíamos trabajar con los militares retirados pero ellos se creían los únicos capaces de llevar adelante la revolución… y así preparamos muchos golpes, algunos que no se dieron nunca. Las banderas eran lindas: retorno incondicional de Perón, por la soberanía, por la liberación, queríamos que el pueblo volviera a gobernar, pero claro, mejor que antes, lo íbamos a hacer distinto esta vez, más a fondo, sin contemplaciones con la oligarquía. Nos juntábamos con los militare retirados pero muchos de nosotros teníamos nuestro recelo con ellos, porque además de que querían siempre tener la manija ellos a nosotros cada vez más nos parecía que ellos eran medio inútiles para hacer revoluciones.
Claro, ellos compartían nuestras consignas por lo menos es lo que decían, Iñiguez siempre hablaba del general Perón con respeto, pero además no le hubiéramos permitido que hablara de otra manera si llegaba a pensarlo. No sabemos si realmente lo traerían a Perón, pero a nosotros nos bastaba con saber que nosotros sí queríamos que volviera. Y claro, decir la vuelta de Perón para nosotros eran tantas cosas, pero tantas que resumíamos así: la vuelta de Perón era la vuelta de la decencia y la dignidad para los que trabajábamos, sacarnos la pata del patrón de encima, era la vuelta de la felicidad, era el final de tanta tristeza y tanta amargura que había en los millones de hombres del pueblo, era el fin de la persecución para tantos que como yo no habían soñado con hacer política ni con meterse en revoluciones, pero que nos habíamos metido porque no había más remedio y si no nos metíamos era de cagones nomás.
Cuando Frondizi traicionó, que fue bien prontíto, empezamos la rosca de nuevo. Antes de seguir te cuento como nos volvimos de Chile, el general nos mandó una carta a mí y a Aparicio Suárez diciendo que viéramos a un amigo de él de Viña del Mar, me acuerdo que fuimos con Espejo a un chalet cerca del mar. En la carta el general le decía que nos pagara los gastos de regreso a la Argentina y que nos pagara las deudas que dejábamos en Chile por que él no quería que ningún peronista se viniera de Chile debiendo ni cinco centavos, por agradecimiento a quienes nos habían dado asilo.

EL UTURUNCO Y EL CONINTES
Después de muchos proyectos, a mediados del 59 vino uno que nos gustó de entrada, el del Uturunco en Tucumán. En una oportunidad conversamos con Aparicio Suárez, con Cooke y otro muchacho muy amigos del Bebe que después subió al monte. Y allí hablarnos de la necesidad de organizar en Mendoza un comando que apoyara al Uturunco, que iba a salir., Iñiguez y el CORP al principio veían muy bien lo de Uturunco y lo apoyaban. Todo el movimiento lo apoyó, aunque mucho más de palabras que con hechos. La idea de los Uturuncos era superar la dependencia que teníamos con respecto a los militares: hagamos nosotros mismos la revolución, como nos salga. Ya no podíamos seguir pidiéndoles a los militares que nos organizaran la revolución.
Por eso cuando se habla del Ejército del Pueblo a muchos muchachos nos gustó la idea y la propagandizamos todo lo que pudimos. Para esa época los muchachos de la juventud de Mendoza sacaron el diario «El Guerrillero» de la JP, donde se apoyaba la acción del Uturunco, Todo eso nos había reanimado y lo más rescatable de lo que ellos hicieron Fue aquel concepto: por primera vez hagámoslo nosotros de entrada, a puro pueblo nomás.
Cuando pusieron el Conintes fui preso de nuevo, con un montón de muchachos más. Algunos salimos enseguida, otros quedaron por varios años. En ese momento yo estaba en el Partido Justicialista y a mediados de ese año Corvalán Nanclares y Alberto Serú García, que eran los secretarios del Partido, hicieron por su cuenta declaraciones condenando a los muchachos que estaban presos en el Conintes acusándolos de terroristas y de comunistas, negando que tuvieran nada que ver con el movimiento. Eso era una cabronada muy grande, porque ellos los conocían bien, como nosotros, y sabían que eran muy buenos peronistas y por eso estaban presos. Entonces los echamos del partido, como se lo echó a Carduzo y a Oscila Muñoz por hacer declaraciones de ese mismo tipo. Las vueltas de la vida quisieron que en 1966, cuando las elecciones del mes de abril, se enfrentaran Corvalán Nanclares y Serú García, que habían sido los fundadores del neoperonismo, del peronismo sin Perón. Tuvimos que apoyarlo a Corvalán pero nunca pudimos olvidar aquella mancada fiera cuando aprovecharon la radio oficial para insultar a nuestros muchachos.
En todos estos años fui preso varias voces, como todos los compañeros, pero hubo una época en que apenas si nos interesaba ir presos porque eso significaba que el régimen nos temía, que le causábamos problemas. Algunos salen muy fortalecidos de la cárcel y siguen en la lucha. También hay quienes no salen fortalecidos y después se quedan, no hacen nada más. Por eso siempre hay que hacer un balance antes de hacer las cosas, antes de pasar a una acción para saber si después se va a perder o se va a ganar; eso lo aprendimos en los hechos, a medir nuestras fuerzas, las del enemigo y a darnos cuenta qué pasaba después de las acciones, en que avanzábamos y en qué retrocedíamos.

EL GOLPE DEL 30 DE NOVIEMBRE DE 1960
Ese mismo año 60 se preparó el gran golpe del CORP, la revolución del 30 de noviembre. Se había hecho un Comando Nacional y yo tuve que viajar a Rosario, a Salta, por varios lados anduve preparando la conspiración. El general Perón permanecía callado, pero callado porque no hacia declaraciones, pero nos aseguraban que apoyaba con todo el movimiento de Iñíguez.
La base era la misma de siempre: teníamos que asaltar cuarteles donde habían oficiales y suboficiales que previamente habían sido hablados y desde adentro nos iban a apoyar y entre todos íbamos a copar las unidades militares y así armar a los grupos civiles y controlar cada ciudad. Se hicieron muchos comandos en esa oportunidad. En una reunión con Iñíguez yo le plantee: Mire general, a lo mejor puede quedar otro compañero en Mendoza y yo me vengo a Rosario y participo de la toma del 11 con ustedes. Me dijo que no, que hacía falta en Mendoza porque también iba a estallar allí 24 horas después, Pero eso era porque los milicos complotados en Mendoza querían que primero triunfara el movimiento en otros lados para plegarse, fíjate vos los cagadores cómo se habían pensado la cosa. Cuando estábamos preparando la cosa yo mismo fui con De Matteis a ver a un coronel que era jefe del Batallón de ingenieros, y tuvimos una conversación muy graciosa. De Matteis me presenta: Acá el compañero está por la parte civil por la COT y puede hablar con toda confianza porque él conoce todos los planes que yo le he anticipado». Entonces yo le digo: «Coronel en nombre del Comando Nacional vengo a invitarlo para que se pliegue a la revolución en marcha». Y el tipo me pregunta cuáles son los objetivos. Yo le contesto «es una revolución auténticamente peronista, los objetivos son terminar con esta vergüenza, esta entrega de la patria y restablecer la justicia social. Esta gente está rematando el país y persigue a los trabajadores. Vamos a pedirle al general Perón que venga para terminar con toda esta humillación». (Claro esos eran los objetivos que me habían pintado a mí y nos gustaba.) Y el tipo va y me dice: «Mire, con esos principios yo estoy de acuerdo, pienso exactamente lo mismo y me gusta mucho el planteo…, pero, dígame, y si el movimiento fracasa, que hago yo que no sé hacer nada más que esto»… Mira vos, que tipo de conspirador este, a mí se me caían las medias, después le dije a De Matteis: «pero cómo vienen a buscar a estos hijos de puta, no sirven para nada»… Termino diciéndome «Mire si no entro en el último caso tengan toda mi colaboración moral». Así nomás lo dijo, lo escuché yo personalmente. Un coronel. Me daba vergüenza. Claro, no sabía hacer otra cosa en su vida y se iba a cagar de hambre con su familia. Yo no pude más y le dije: «Perdóneme pero en este momento, no, hace ya rato largo, que hay familias que no tienen qué comer y están en la lucha, en la pelea. Y por eso también se va a hacer esta revolución». Nos fuimos con el apoyo moral del tipo.
En Mendoza hicimos un comando que lo primero que iba a hacer era sacar a los presos Conintes de la cárcel. Queríamos ir nosotros, no que los militares los sacaron, pero con las armas en la mano, claro. Debíamos cortar además las comunicaciones y aislar a Mendoza, cosa que hicimos bien, y sincronizados. En la CGT y en metalúrgicos juntamos a la gente la noche del Pongan la radio, a las 12 vamos a escuchar un informativo de Buenos Aires con unas bombas que van a estallar. Esa era la señal. Estábamos esperando, porque después nos venían a buscar los militares y con las armas que nos dieran los sacábamos a los presos. A las 12 el informativo dijo que habían estallado varias bombas, le imaginas la euforia de todos… y esperamos, esperamos pero nunca llegaron los fierros. Después nos enteramos que algunos de los milicos se la quisieron jugar solos.
En Rosario y Tartagal fue en los únicos lugares donde se triunfó, aunque fuera por poco tiempo. Y en Rosario se sacaron muchas armas del arsenal, que todavía deben andar por ahí. Allí mataron a un amigo mío, el coronel Julio Argentino Barredo. Lo había visto cuatro días antes en Buenos Aires. Ahora, de las armas, lo que se dijo es que se iban a repartir al pueblo. Nunca pude preguntarle después a Iñíguez porqué fracasó después todo el plan, que al final fue poco, después de tantos preparativos. En Mendoza al fin no tuvimos ni oportunidad de plegarnos. Yo le chillaba a Farmache y a otro milico; pero, con qué vamos a pelear, la puta, es absurdo, ni un revólver tenemos. Ya van a venir, en el momento oportuno, me decían. Esa vez lo detuvieron a De Matteis, pero después «de castigo» lo mandaron en una misión militar al extranjero. Qué mierda íbamos a hacer con estos tipos, que nunca sabíamos cuando eran leales o cuando rebeldes.
Mientras se preparaba la revoluta yo había tenido muchas reuniones con Armando Cabo y Avelino Fernández, y una vez me mandó Vandor a Montevideo como enlace. Las 62 iban a apoyar el movimiento, pero también, como los milicos, cuando estuviera consolidado, es decir, cuando estuviera acabada la lucha iban a decretar el paro; la CGT estaba intervenida todavía, ¿te acordás? estaba Insaurralde de interventor.
En lodo este quehacer Vandor personalmente no intervenía para nada. El me dijo: mira cuando vengas a hablar algo de este asunto conmigo no hables que me comprometes. Anda a verlo al Gallego, que son ellos los que preparan la cosa. A mi conviene que me dejen de lado… Claro, el lobo era muy «prudente» o de verdad más bien que se hacía el vivo y mientras nosotros conspirábamos por él, él se hacía sus transfugueadas con Frondizi y Frigerio. El paro gremial era fundamental para el golpe; apoyábamos con el paro y con la participación individual de muchos activistas, pero la conducción la tenían los militares. Prácticamente te puedo decir que en aquellos años nunca participé de un movimiento insurreccional cuya dirección no la tuvieran los militares. Ellos estaban con la manija y tenían las armas y cada tanto nos prometían repartirlas «en el momento oportuno», que no sé cuándo habrá sido porque en la puta vida vi un arma yo. Una vez me calenté y empecé a protestar: Che ¿pero hasta cuándo vamos a andar así? ¿Cuándo mierda nos van a dar las armas? Estamos ya sobre la fecha de la revolución y no tenemos nada. ¿Dónde están las armas que nos dijeron que iban a dar? Entonces me sacan de la reunión y me llevan a otra donde estaban los militares: De Matteis, Farmache y otros, bueno, yo les digo, los muchachos quieren las armas ahora. Y para qué, me contestaron, si para el operativo que tienen previsto no necesitan armas (era para cortar las comunicaciones telefónicas de Mendoza), ya las van a tener, que esperen. ¿Vos las viste? Bueno, yo tampoco las vi nunca. Serían de oro que las cuidaban tanto… o nos estaban haciendo un flor de cuento.
Ahora te diré que después que fracasó la del treinta, tuve una reunión con Armando Cabo, Dante Viel y otros de la Auténtica y se había recibido una carta del general donde criticaba que lo que hicimos fue una aventura, que él no había dado autorización, que lo único que le había dicho a Iñíguez era que le cuidara a la gente. Yo me calenté y les reproché: no hay derecho a hacer estas cosas, ustedes me dijeron que el general apoyaba este movimiento y resulta que ahora no lo apoyó. Armando lloraba de bronca. Y bueno, me dijo, si tuvimos una conversación a través de una persona que fue a verlo y él dijo que apoyaba el movimiento. Una vez fracasado por supuesto que él no se va a hacer cargo de un fracaso, así dijo Cabo. Yo igual no entendía bien la cosa y pensaba o que era muy injusta la condena del general o que habíamos hecho la cosa muy mal. Posiblemente el general sabía que ese movimiento no podía andar y habrá pensado que Iñiguez quiso hacer las cosas por su cuenta y pasar al frente; eso lo pensé después porque si lo hubiera pensado antes ni yo me metía ni embarcábamos a tantos muchachos de Mendoza. Pero te juro que esa vez le terminamos de hacer la cruz a los militares para hacer revoluciones, ya nunca más ninguno de nosotros pensó que podíamos ir adelante con ellos. Claro, después decayó mucho la lucha, porque ya estaban presos gran cantidad de muchachos con el Conintes y de ésta quedaron muchos rajados y muchísimos desilusionados. Así fue que muchos nos incorporamos a la «política», fíjate vos, políticos nos hicimos, claro, con una línea dura, pero al final nos pasó como con los gremios que trabajamos para que una banda de hijos de puta llegara a los cargos y después nos vendieran a todos.
Claro, de toda aquella época hoy uno se acuerda con nostalgia, pero piensa también que se hicieron muchas macanas y que lo hacíamos muchas veces de apuro, creyendo que de rebote la gente se iba a incorporar al planteo insurreccional. Ahora las cosas han cambiado, pero lo que hace cambiar la mentalidad masiva de la masa para actuar como actuó en el cuyanazo, o en el cordobazo o rosariazo, es sobre todo la acción de los muchachos que están peleando con las armas en la mano y que están dejando su vida en la calle. Nosotros durante toda esa época lo que buscábamos era que a través del esfuerzo y la organización de los activistas se diera la posibilidad de que el pueblo saliera a la calle. Siempre sostuvimos desde el principio que la solución del problema nacional no vendría por un acto electoral. En el 57, me acuerdo, le mandamos una carta al general donde le decíamos: mi general, usted nunca va a volver al gobierno por un medio electoral, porque nunca lo van a dejar, pero además yo ruego para que nunca sea posible, porque si llega por la vía electoral va a ser con tantas condiciones que no va a ser posible hacer la revolución que tanto soñamos. Vos te imaginas, con los apetitos electoraleros, con la lucha interna lo que sería llegar por las elecciones, y lo vemos todos los días cuando gente que no ha estado nunca en la lucha del peronismo en estos últimos años aparece ahora para dirigir y para ser candidatos. Pero entonces le decíamos al general —y hace poco se lo repetíamos en otra carta— las elecciones no nos sirven y no tenemos que ser ingenuos de ir a pedirlas y de esperar que nos las den, Pero además no vamos a poder hacer la auténtica liberación, la verdadera transformación que queremos si estamos atados por cuestiones de leyes. Las revoluciones no se hacen legalmente, y todos los muchachos que peleamos durante tantos años pensábamos siempre lo mismo, que los gorilas se tenían que ir como habían entrado, a la fuerza y a tiros. Claro, lo que hicimos esos años fue fundamentalmente mantener la fe, la confianza de la gente en que Perón iba a volver, y mantuvimos viva la llama del movimiento desde el punto de vista revolucionario, de que queríamos volver al gobierno para cambiarlo todo, para modificar las estructuras, para una auténtica liberación.
Esa idea de la revolución la discutimos muchas veces con el gordo Cooke. Hablábamos de la revolución argelina, de Mao, de Castro, todos queríamos saber cómo se había hecho en otros lados. Por ejemplo, me acuerdo que la mayoría de nosotros desconfiaba de la revolución cubana, te acordás que Rojas la apoyó y los yanquis. Claro en muchos que militamos desde entonces hay una evolución muy grande y ahora sabemos más cosas, entendemos más. Para mí hablar en aquella época de Fidel Castro era pecado, como hablar del Che Guevara, que se había ido de acá, pero hoy fíjate, pienso como muchos muchachos que son los paladines de la revolución en América… cuando hablábamos con Cooke él insistía siempre que la revolución tenía que hacerla el pueblo y todos coincidíamos y los hechos nos han dado la razón que el pueblo cuando quiere luchar, cuando está concientizado, cuando sale y busca gente para organizar las cosas se dan y hay avances tremendos. Este proceso ha sido frenado por los dirigentes peronistas que estaban en la conducción, tanto política como gremial, y yo nunca entendía por qué Perón los mantenía en la conducción. Esos tipos siempre postergaron el proceso, no lo han avivado, no han contribuido a que se concrete en la verdadera revolución del pueblo. Esos tránsfugas nunca estuvieron en esto y no están ahora. La conducción del movimiento debía estar en manos de gente revolucionaria —para eso peleé desde el 55 en adelante—. Si Perón no lo hacía, bueno, por algo no lo hacía y él sabría por qué no lo hacía, pero a mí me quedaba el derecho de discrepar con él en cuanto a los dirigentes y no someterme a ellos y pelear como peronistas por lo que yo creía que era el pensamiento de Perón y las necesidades del pueblo. Así aunque nombrara delegados, si esos delegados eran tránsfugas nosotros lo defendíamos a Perón siguiendo en la lucha cuino seguimos.

UNA MUJER
Poco después de la caída del gobierno peronista, la reacción triunfante organizó una exhibición del guardarropas de Eva Perón, con el objeto de escandalizar a todos y probar lo que juzgaban una evidencia rotunda: el nivel de riquezas y la vanidad de la ya desaparecida «abanderada de los humildes».
El fracaso fue total, y a pesar de la propaganda empeñosa, la muestra debió ser retirada al poco tiempo. Sólo concurrían a ella los oligarcas del Barrio Norte —donde se realizaba—, cuyos comentarios furiosos y cuyas ironías amargas no hacían sino prolongar la rabia tenaz con que dicha clase había detestado siempre a Evita. De los sectores populares, a quienes se quería impresionar y convencer con la muestra, solo concurrieron ciertos grupos temerosos y cabizbajos que miraban en silencio los atuendos, con el rostro bañado en lágrimas y una terrible tensión en los rostros.
Algún matutino porteño, con amargo cinismo, comentó al respecto la profundidad con que la «demagogia» peronista había nublado la capacidad de reacción en los miembros del Movimiento. Un cura de la zona, hoy Obispo, lo comenta de un modo bien distinto: «Después de participar yo también del asombro de todos, comprendí pronto lo desubicados que estábamos. Las ropas de Eva Perón, que la gran burguesía consideraba como una afrenta y una contradicción, para el Pueblo eran la señal de su propio triunfo. Lo mismo que para los primeros significaba un insulto, ya que había colocado a Evita por encima de ellos, incluso en los signos y las galas en que cifraban sus honores; para la genio común era signo triunfal de que una «de ellos», totalmente hermana, aplastaba a los enemigos incluso en la belleza y el esplendor. Una vez más la gran burguesía no entendía nada; y una vez más el pueblo pasaba por encima de los pruritos de pequeña moral para descubrir las grandes verdades de fondo».
Este acontecimiento póstumo, no hacía sino poner en evidencia de nuevo la reacción contradictoria que Evita suscitaba desde siempre entre sus compatriotas.
Pocos argentinos, o mejor: nadie, ha provocado la profunda escisión, el afrontamiento apasionado que supo motivar esta mujer.
Evita fue siempre un «signo de contradicción» para el país real, y en los odios o la admiración que motivó se podría perfilar la radiografía más profundo de los conflictos contemporáneos.
La resistencia oligárquica y el entusiasmo popular, el odio oscuro de la «élite distinguida» y el apasionamiento fanático del Peronismo en sus bases, encontraron en ella su blanco y su bandera.
Para ahondar en este Fenómeno, habría que profundizar no sólo en los rasgos individuales de Eva Duarte; sino en todo un complejo nudo de reacciones psico-sociales, en todo un contorno de transformaciones revolucionarias que tuvieron a esta mujer como uno de sus ejes Fundamentales: a la vez protagonista heroína y víctima.
Pero hay un dato seguramente fundamental y que es preciso subrayar de inmediato. Eva Dimite significa la irrupción clara y militante de la mujer en la esfera pública, su entrada combativa en tu política y en la lucha social.

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