“Una civilización que se muestra incapaz de resolver los problemas que su funcionamiento suscita, es una civilización decadente. Una civilización que decide cerrar los ojos a los problemas cruciales, es una civilización enferma. Una “civilización que escamotea sus principios es una civilización moribunda”.
Hablamos de una civilización que es, a fin de cuentas, responsable de la empresa más negativa de toda la historia: el colonialismo.
Es a este modo de apropiación del mundo y humillación de los hombres que Frantz Fanón abrió el más veraz de los procesos que el Tercer Mundo no vaciló en declarar definitivamente suyo y ante el que las ideologías comprometidas con el colonialismo, tuvieron la necesidad de formular presurosamente, la interrogación sobre su propio sentido.
Pero la deuda con este gran pensador, aun no fue compensada. Este trabajo nace de esa evidencia y, como es lógico, adelanta sus límites; resulta de una lectura no europea de la obra fanoniana.
Digamos que fue nuestro deseo sistematizar, en alguna medida, el conjunto de problemas que en vida, en su corta vida obediente a las exigencias de la eficacia revolucionaria, el propio Fanón no llega a ordenar en forma definitiva.
En todo momento, consideramos que la disposición de sus temas y la descripción del fenómeno colonial, harían posible merced a una válida generalización, explicitar los términos del proceso al colonialismo en el que viene a resolverse una intención de fondo, latente en la obra fanoniana.
No hemos tenido en cuenta, sino tan sólo a manera explicativa, el “colonialismo francés”, pero en rigor de verdad la validez del fanonismo no sería tal si lo condenáramos a ser la explicación crítica de dicho sistema colonial exclusivamente.
El “fanonismo” nace de la imposibilidad de esa condena. Desde Frantz Fanon comprendimos que el humanismo burgués nos había ocultado que un hombre difiere de otro tan sólo en relación con lo inhumano, y súbitamente nos cercioramos (en Fanon fue principio) que no es posible privilegiar este o aquel sistema colonial, ya que en todos por igual hallamos una misma negación de la condición humana y el funcionamiento de un rígido mecanismo de coacción y desposeimiento.
Con la aparición del fanonismo se sucedieron como anticuerpos de la intelligentzia, las excusas, para negarle la palabra, se lo quiso sofocar. Fanon “no era científico”,… o bien “sólo es válido para el momento argelino” y otras más.
Aquí hay complicidad o falta de discernimiento, allá no se ha leído a Frantz Fanon. Lo cierto es que hubo resistencias en integrar el fanonismo a la cultura política argentina y hacer eficaces sus verdades en la lucha que la condición colonial de nuestra Patria condiciona. En consecuencia, se ha pasado por alto su intuición más profunda.
Un sistema colonial se distingue de otro, por el modo como cada uno de ellos dibuja la imagen del pueblo que somete y por el singular procedimiento de grabarla en la espalda inerte de la nación que domina.
No obstante, tres rasgos que responden a la naturaleza íntima del sistema colonial, presentes para el Tercer Mundo en toda ocasión, nos anticipan en Fanon una teoría válida que dé cuenta de este fenómeno. Nos referimos al racismo, a la violencia sistemática y al subdesarrollo económico y social.
Imposible negar que Frantz Fanon nos hace partícipes de una verdad padecida en común.
El contexto histórico del que se alimenta el pensamiento de Fanon es el de una realidad colonial indiscutible; las Antillas, en la década del cuarenta y Argelia, en la década del cincuenta. Cuando esta nación abre sus ojos al primer día de su liberación, Frantz Fanon cerraba los suyos para siempre víctima de un mal imperdonable.
De manera que su obra es tributaria de dos grandes procesos de radicalización de la conciencia colonizada, en tránsito hacia la identidad nacional.
Una de ellas, coincidente con su período antillano, es la negritud a la que sigue cronológicamente el proceso argelino de liberación. En ambos, el compromiso de Fanon es lúcido y pleno.
Considerar objetivamente una sociedad colonizada, supone el reconocimiento de esos rasgos básicos que ésta promueve y a los que hacíamos referencia anteriormente. Asimismo, podremos observar de qué manera, en la vida cotidiana de estas sociedades, el sistema confunde y enlaza unos con otros los síntomas que lo constituyen, y el descubrimiento de Fanon digamos que se categoriza.
El colonialismo funciona de hecho como una antropología en acto. Organiza el universo material y lo prescribe normativamente, discrimina cada respuesta del colonizado, controla los comportamientos sociales, instituye las diferencias, ordena las similitudes.
En verdad es la racionalidad objetiva de un sistema y no la conducta de una clase social, el vicio congénito de un humanismo, o un exceso aberrante; a nadie “se le va la mano”. Además, convengamos en que ninguna burguesía colonial se salvajiza gratuitamente.
El colonialismo es un sistema; se define por lo tanto como un orden de relaciones. Para Fanon, se trata de desarticular, parte por parte (porque también parte por parte se descuartizó a la nación colonizada); palabra por palabra el orden colonial y el espacio especular de su lenguaje, que le devuelve al colonizado una imagen de sí mismo francamente intolerable.
En el sistema colonial y en razón de la escisión que éste instala en el vértice mismo de la subjetividad humana (Fanon dirá que en él toda ontología es imposible) el proceso de despersonalización es absoluto y análogo, por otra par te, al saqueo sistemático de las economías dependientes.
La burguesía colonialista enquistada en la estructura económica del sistema se confunde con cada una de sus funciones; en cada uno de sus actos se re produce el sentido que el sistema promueve. En las sociedades colonizadas, la burguesía pierde toda perspectiva histórica y llega a abrigar la pretensión de actualizar en las colonias las fases de surgimiento del capitalismo europeo.
Generalmente, en la primera generación colonizadora, existe un grado de asimilación entre la figura del capitán de industria y la imagen bonachona del colono. Espontáneamente la burguesía colonial es narcisista.
Sin embargo esta misma burguesía es la última reserva social del capitalismo, la única que puede hacer depender su existencia social de la permanencia colonialista, en tanto que son las masas colonizadas la última garantía revolucionaria, que en una veloz y vertiginosa marcha y superando al proletariado industrial de la metrópoli, expresan la única crítica eficaz y válida del capitalismo en su totalidad.
Debido a ello, en la era del imperialismo, es la exigencia nacional la más directa de las posibilidades revolucionarias.
Cuando mencionábamos las fuentes del pensamiento fenoniano, nos detuvimos en la negritud. La influencia que este movimiento transfiere al fanonismo no es escasa, en principio hará pasar la frontera del colonialismo por el lenguaje, para situar en este primer nivel la protesta y el enfrentamiento.
No debemos ignorar que el lenguaje y el uso terminante de los símbolos son un arma eficaz en manos del sistema.
Hasta los aportes e investigaciones de la negritud, más concretamente de Cesaire, Depestre, Anta Diop, Leiris en la lingüística y Roumainen la poesía política, nada, o muy poco al menos, se sabía de una original virtud del colonialismo, esto es: la transformación de los hombres en palabras.
El colonialismo es nominalista, se dijo, y estamos de acuerdo; también es narcisista, porque gusta mirarse en los signos y ambas cosas se implican.
El lector podrá apreciar que hemos tenido muy en cuenta la relación de Fanon con los poetas y escritores de la negritud, como también las críticas vertidas a algunos de ellos.
Desde aquí hemos procedido a ordenar su pensamiento, a recoger las interpretaciones de Fanon sobre ciertos fenómenos del colonialismo nunca tratados hasta ahora.
Acerca de la negritud, logra articular, con el proceso descolonizador, una teoría del racismo que años más tarde la experiencia argelina vendrá a confirmar.
Pero también acerca de la negritud se deslizaron criterios europeos que perdiendo de vista el sentido anticolonial de este movimiento, terminaron por confundir el sentido mismo de sus creaciones.
Ni movimiento literario exclusivamente, ni exotismo tropical, ni aventura esteticista, ni surrealismo fogoso.
La negritud es el primer rearme cultural y político de los pueblos negro africanos, capaz de poner en marcha, como efectivamente ocurrió, una radical política de descolonización.
No creemos con Sartre, de que aquello haya sido el tiempo débil de una progresión dialéctica. En primer lugar, porque no es posible admitir identidades iniciales con la cultura colonial, y en segundo lugar, porque difícilmente la racionalidad europea podría suprimir y conservar {Aufheben) como momento de sí, aquello que la hará saltar en pedazos.
Hegel, por cierto más coherente, daba en estos casos un rodeo astuto y rechazaba conceptualmente toda cultura no europea; Rousseau, más directo, se guía a pie juntillas la opinión de Montesquieu. El ginebrino apostrofaba. “Como la libertad no es fruto de todos los climas, no está al alcance de todos los pueblos”, la lista sigue…
A propósito de esta limitada visión del hecho colonial y de esta grosera incapacidad para explicarlo, nos atrevemos a referir brevemente una obra de Albert Memmi, prologada por Sartre, responsable de este tipo de incomprensiones últimamente, recién editado al castellano.
La referencia la creemos oportuna, porque muchos argumentos de Memmi serán utilizados paradójicamente en las sesiones de lavado de cerebro; versión delicada de las torturas a las que eran sometidos los cuadros intelectuales nacionalistas en Argelia.
Fanon nos hablará de ello con bastante detalle; cosa increíble, los torturadores serán, en este caso, psicólogos y sociólogos, funcionarios de la represión colonialista y honestos profesionales.
En opinión de Frantz Fanon, la irrupción colonial y el montaje objetivo del esquema que ésta adelanta, petrifica y amordaza, tras el aplastamiento de la resistencia nacional en un primer momento a la cultura autóctona. Nuestro país tuvo un ejemplo de esta verdad en el célebre decreto 4161, por el que se prohibía nombrar al general Perón, ostentar los símbolos del movimiento, etc.
Se pretendía así paralizar y reprimir los símbolos de esa cultura, arrastrarla si fuera posible hasta el inconsciente mismo del pueblo colonizado, aunque el colonialismo, pretendiendo erradicarla, la venga a instalar con más fuerza aún.
Memmi llama a esto amnesia. “Preguntemos -escribe- al mismo colonizado cuáles son sus héroes populares, sus grandes líderes, sus sabios”. Memmi se contesta solo: “Apenas podrá esbozar algunos nombres en completo desorden y cada vez menos, a medida que se desciende en las generaciones”.
He aquí una conclusión básica para que el colonialismo se desarrolle y organice sin obstáculos; el pasado, en franca exclusión y el presente en sus manos.
Y todo, porque sobre el colonizado pesa la condena de perder la memoria. Pero veamos más de cerca esta extraña dialéctica. Según Memmi: “en el fondo de sí mismo el colonialista se declara culpable”.
Bueno, al menos alguien conserva la memoria, aunque contra Memmi debemos aclarar siguiendo a Fanon que a medida que el colonizado gana la memoria, digamos mejor que la actualiza, arribamos a una evidencia que la lucha política muestra con una claridad meridiana. El colonizado en el proceso de participación activa contra el sistema, reencuentra a cada paso las figuras más sublimes de su historia y no vacila en encarnarlas. Pero al colonizador le ocurre lo contrario, dice Fanon, “el colonialista, por un mecanismo de pensamiento bastante común, llega a no poder imaginar una historia que se haga sin él, su irrupción en la historia del pueblo colonizado es deificada, transformada en necesidad absoluta”. La pérdida de perspectiva histórica, observemos, es total.
Esta naturalización de lo social (histórico), provocada por la singular mistificación que el sistema produce, a cada momento es instrumentada como excelente justificación por la cultura colonialista.
Un psiquíatra de Rabat explicaba a Memmi, que la neurosis norafricana se comprendía por el alma.
Agreguemos la pereza como signo de menor valía, el ocio crónico de todo pueblo colonizado, mencionemos a la barbarie estadio cultural de ese ocio y tendremos el alma famosa; pero también el racismo colonial más refinado.
De lo que se trata en este caso, es de negar toda originalidad a la creación política del Tercer Mundo, máxime cuando ésta moviliza una praxis descolonizadora. Europa y la arrogancia de sus ideologías, nunca dejaron de aceptar a las culturas del Tercer Mundo como barbarie o exotismo, siempre se nos encadenó a la niñez del mundo.
O como dice Cesaire, “caímos, para ellos, con las últimas lluvias… “Es evidente que el sistema colonial fija ciertas pautas en el colonizado, para hacerlas operar como datos o función. Con estos elementos las ciencias sociales, tributarias de la expansión colonial, harán el resto.
Por último es preciso reconocer que el colonizado será lo que la colonia lista dice que es y esta modalidad básica de las relaciones humanas, en todo sistema colonial, acaba reduciendo a los hombres, sometiéndolos a pura exterioridad, plasmándolos en el relieve de la mera vida natural.
Hay una crisis en la vida de Frantz Fanon, que se enlaza objetivamente con su profesión, ubicada entre el período de su negritud, ya tardío por ese entonces, y su crítica a la medicina en la sociedad colonizada.
En efecto, como veremos más adelante, en las condiciones inhumanas en que su profesión se desenvuelve, Fanon abandona la estrecha visión individua lista de la enfermedad y de la medicina tan común en la sociedad colonizada.
A tal punto que se logrará determinar al sistema como una verdadera enfermedad y a la descolonización como la cura más cierta. Somos plenamente consientes acerca del aporte y el enriquecimiento de la psiquiatría por parte de Frantz Fanon, y de la atención que ello merece.
Sin apartarnos de nuestro interés, nos limitamos a extraer ciertas conclusiones respecto de dichos aportes. Sin embargo el tema referido desborda nuestras posibilidades; de allí que nos atrevamos a sugerir su estudio en profundidad a quien esté en condiciones de hacerlo.
Y en esto la deuda con Fanon sigue en pie.

Carlos Fernández Pardo

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